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Carlos Malamud

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Análisis/Política y sociedad latinoamericana
Colombia: ¿guerra o paz?
Por Carlos Malamud, sábado, 10 de febrero de 2001
La reanudación de las conversaciones de paz es un desafío para Colombia, que se debate entre los ataques de la guerrilla, del narcotráfico y de los paramilitares. La responsabilidad de los principales actores, comenzando por los estatales, es alta. El peligro es el enquistamiento del conflicto y mayores sufrimientos para el conjunto de la sociedad colombiana.
En medio de una cuidadosa puesta en escena, que parece que quiere dejar muy claro quien tiene el poder, el presidente de Colombia, Andrés Pastrana, y el que funge como máximo jefe de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), Manuel Marulanda (a) Tirofijo, volvieron a verse la cara el 8 de febrero. Entre los más diversos puntos que figuran en la agenda, todos ellos vitales para el futuro del país, se habló de la reanudación de las conversaciones de paz, el combate contra los paramilitares y el Plan Colombia.

En Colombia nadie quiere ser Estado y tampoco nadie quiere ser político. Se trata de un país curioso donde un ministro no es elite y un candidato a presidente no es político


Pastrana alcanzó la presidencia después de reunirse en plena campaña electoral con Tirofijo, lanzando unas claras señales a la sociedad colombiana de que él era el más indicado para hacer avanzar las negociaciones de paz. De modo que después de alcanzar la presidencia regaló a las FARC, a cambio sólo de una leve promesa de que se iban a sentar a negociar, tres municipios con más de 42.000 kilómetros cuadrados. La zona de despeje, así se llama, de San Vicente de Caguán se convirtió en un santuario para la guerrilla. Allí se debía conversar de paz, pero en realidad se hace la guerra, ya que allí se planifican operaciones que pulverizarán pueblos a cientos de kilómetros de distancia. Allí se ejercitan los marciales y aguerridos guerrilleros, los nietos del Che, encargados de ejecutar a sus compatriotas en nombre de la justicia revolucionaria. Allí se ubican los campos de concentración de las FARC donde malviven los soldados y policías que tienen retenidos como rehenes. Allí también se apiñan algunos de los colombianos secuestrados por la guerrilla en otros lugares.

Las gentes de Colombia suelen estar orgullosas de su manejo del español. Así lo atestigua la magia tropical de Gabriel García Márquez y la meritoria labor del Instituto Caro y Cuervo. Sin embargo, el idioma que hoy hablan los colombianos, enfrascados en su conflicto, se ha convertido en una jerga incomprensible para los demás hispanohablantes. Los paramilitares son sólo las autodefensas consideradas de derecha, los enrolados en las FARC y el ELN (Ejército de Liberación Nacional) son guerrilleros o combatientes, heroicos por supuesto. La zona de despeje es aquella de donde se despejó (eliminó) al Estado. Los derechos humanos son algo que sólo el Estado y las Fuerzas Armadas deben respetar y que nunca, por supuesto, vulnera la guerrilla. Pertenecer a la sociedad civil es la máxima aspiración de la mayoría de los colombianos, comenzando por aquellos vinculados a las ONG´s, pese a que se señala que la sociedad civil vive amenazada desde un lado y otro. En Colombia nadie quiere ser Estado y tampoco nadie quiere ser político. Se trata de un país curioso donde un ministro no es elite y un candidato a presidente no es político.

Los ingentes recursos provenientes del narcotráfico y de los secuestros permiten a las FARC disponer de un saneado presupuesto y de cuantiosos recursos


Pastrana y Marulanda se vieron las caras para hablar de paz, pero, ¿quién quiere la paz? Está claro que Pastrana sí. Su proyecto político depende de ella, aunque las Fuerzas Armadas teóricamente bajo su mando, ante los magros resultados del proceso, prefieren la escalada bélica. Si vix pacem, para bellum... En vez de tanto cónclave conspirativo los militares deberían apostar no sólo por su necesario rearme, sino también por una mayor profesionalización y por una clara política de respeto a los derechos humanos. También está claro que Marulanda y las FARC no, por ello no se ha avanzado ni un ápice en la negociación y por ello se han sacado de la chistera al comandante Hugo Chávez. Mientras la guerrilla siga siendo un gran negocio no habrá modo de que ésta se siente a negociar. Los ingentes recursos provenientes del narcotráfico y de los secuestros permiten a las FARC disponer de un saneado presupuesto y de cuantiosos recursos con los cuales compraron mísiles tierra-aire a la mafia rusa y más de 10.000 fusiles de asalto a la sociedad de autobeneficencia del tándem Montesinos-Fujimori.

Tampoco los paramilitares, que pasan por uno de sus momentos más dulces, quieren la paz. Su crecimiento de los últimos tiempos es espectacular. Es interesante ver sus fuentes de reclutamiento. En parte, militares y policías depurados por violadores de los derechos humanos; en parte, desertores de la guerrilla que ante su incapacidad de hacer otra cosa prefieren utilizar productivamente el know how adquirido durante años. Al igual que la guerrilla, Carlos Castaño y sus muchachos también viven del narcotráfico. Pero a diferencia de ella no se alimentan de los secuestros sino de aportaciones de empresarios emprendedores y de propietarios rurales (muchos de ellos pequeños y medianos) que quieren ver cómo se acaba por cualquier medio con la que piensan es su peor pesadilla.

No se puede estar contra los paramilitares y contra el Estado al mismo tiempo. ¿Quién se va a encargar de ellos? ¿Las masas desarmadas? ¿La guerrilla? Por aquí sólo se va al desastre, por aquí sólo se puede llegar a la Camboya de Pol Pot


Resulta obvio que hay que acabar con los paramilitares y con todo lo que ellos representan. No quiero ni pensar ni un solo momento en el horror en que puede convertirse el futuro de Colombia si su proyecto se consolida. Pero para que esto sea posible, ante la seria amenaza que la guerrilla supone para la convivencia, el único camino es fortalecer al Estado. No hay otro, no hay atajos al alcance de los bienpensantes. En este punto no hay neutralidad posible. No se puede estar contra los paramilitares y contra el Estado al mismo tiempo. ¿Quién se va a encargar de ellos? ¿Las masas desarmadas? ¿La guerrilla? Por aquí sólo se va al desastre, por aquí sólo se puede llegar a la Camboya de Pol Pot. Andrés Pastrana y su gobierno apostaron por el Plan Colombia, un plan que supone la erradicación de los cultivos de coca y amapola, especialmente en el Putumayo, y mil millones de dólares en ayuda militar a cargo de los Estados Unidos, destinados básicamente a comprar helicópteros de combate y entrenar a las brigadas necesarias para llevar a buen término la aventura. ¿Son necesarias estas fuerzas? En tanto guerrilla y paramilitares protegen los cultivos y los laboratorios clandestinos, parece que sí. Otra cosa es la cuestión de los campesinos perjudicados en esta empresa.

Hace dos semanas el Parlamento Europeo rechazó el Plan Colombia por militarista, siguiendo una resolución de un eurodiputado portugués de Izquierda Unida. La votación fue abrumadora: 474 votos a favor, uno en contra y 33 abstenciones. Nuestros representantes creen que la Unión Europea debe seguir una estrategia propia y que los 300 millones de euros que debemos aportar al Plan deben costear proyectos de educación, sanidad, agricultura, pesca y reforma judicial, así como iniciativas a favor del respeto a los derechos humanos. Estima el Parlamento que el conflicto colombiano no es sólo armado, y que también tiene una dimensión económica, política y social. Una vez más queremos ser los buenos de la película. Para el trabajo sucio están los yankys. Ahora bien, si no hay Estado en Colombia, ¿quién velará por esos proyectos? ¿Las ONG´s? Seamos serios. Colombia está luchando por su futuro y no debemos darle la espalda. Si lo hacemos estamos apostando claramente por proyectos mágicos (que suelen acabar en desastre) para terminar con el conflicto, como el de Alvaro Uribe, que quiere convertir a la sociedad colombiana en una gran milicia, según él desarmada. Lo peor del caso es que hay muchos deseosos de seguirlo en la aventura. Que no nos tengamos que arrepentir.
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