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    AUTOR
Leni Riefenstahl

    GÉNERO
Memorias

    TÍTULO
Memorias

    OTROS DATOS
Traducción de Juan Godó Costa. 694 páginas. 2995 pesetas

    EDITORIAL
Evengreen




Reseñas de libros/No ficción
Luces y sombras de Leni Riefenstahl
Por José María Lassalle Ruiz, sábado, 21 de abril de 2001
¿Hay ética sin estética? Las memorias de la que fue considerada la musa de Hitler nos coloca ante el viejo debate sobre el arte y su proyección política.
Fue George Santayana quien dijo que los que desconocen la historia están condenados a repetirla. Con esta advertencia estaba apelando a la oportunidad del conocimiento de nuestro pasado ya que actúa como una baliza que nos indica los peligros que flanquean la bocana de ese puerto imaginario que es nuestra memoria colectiva. La crudeza de la advertencia es clara. El mito de la caída aplicado a la historia nos revela que todo el brillo acumulado durante siglos por la humanidad puede ser dilapidado por una sola generación que, además, es capaz de inocular su infamia en quienes la precedan si éstos no son capaces de enfrentarse al reto de su pasado.

Y es que, como vio Jaspers al reflexionar sobre la Alemania que hizo posible el Holocausto, la culpa se eterniza en el inconsciente colectivo si quienes descienden de los que fueron autores del acto culpable no saben cómo exorcizarlo. Para eso está la historia precisamente: para desvelar las claves del pasado y evitar que los males del ayer reaparezcan en el presente o en las generaciones del mañana. Pero para conseguir ésto hace falta tener una templanza de ánimo que permita mirar sin histerismos el ayer despreciado y, sobre todo, hacerlo sin ideas preconcebidas y estereotipos de andar por casa. La defensa de la dignidad de la persona (que es la tarea a la que sirve la civilización, no lo olvidemos) exige, en todo caso, que el estudio de la historia se haga de modo que no pueda procederse a su reinvención mítica y, para esto, no hay peor aliado que el establecimiento de tabúes a cuya sombra pueda crecer la hidra de la mentira totalitaria.

Probablemente el mayor interés de sus memorias radica en que gracias a ellas podemos entrar de lleno en la vida y la obra de una mujer que, aunque lo niegue y se autoexculpe, fue una artista al servicio del régimen hitleriano

La polémica reedición de las Memorias de Leni Riefenstahl por la editorial Evengreen es una magnífica oportunidad de quebrar uno de esos peligrosos tabúes de los que hablamos, ya que nos permite retrotraernos a un ayer especialmente desagradable que tiene en el testimonio de esta bella mujer a una de las expresiones más palpables de lo que fue el fascismo.

Probablemente el mayor interés de sus memorias radica en que gracias a ellas podemos entrar de lleno en la vida y la obra de una mujer que, aunque lo niegue y se autoexculpe, fue una artista al servicio del régimen hitleriano. Aquí estriba, sin duda, la mayor aportación del libro que comentamos: en que a través de sus páginas podemos asomarnos a la intimidad de una mujer inteligente, repleta de vitalidad y exuberancia que es autora de una fascinante e inquietante producción cinematográfica y que, además, vivió como protagonista de primera mano el drama de una Alemania que se rindió sin contemplaciones ni disculpas al horror practicado por los nazis.

Si es sincera o no cuando nos confiesa que no era nazi carece de relevancia porque lo verdaderamente fascinante es el hecho de que gracias a lo que dice y, sobre todo, a lo que fue capaz de hacer con su extraordinario genio artístico, podemos instalarnos privilegiadamente en la cabeza y en la sensibilidad de una mujer que, por mucho que se empeñe, no puede ocultar su fe en el fascismo

Lo quiera admitir o no Leni Riefenstahl, el "romanticismo de acero" (por utilizar la expresión acuñada por Goebbels) que se aprecia en los desnudos esculturales de Arno Breker o en el frío clasicismo arquitectónico de Albert Speer es el mismo que aletea sobre la creatividad visual de películas como El triunfo de la voluntad (1935) y Olímpia (1938). Caracterizado por su desprecio hacia ese otro romanticismo decimonónico que buscaba la mímesis artística y la vivencia proyectiva y moral del artista, el arte engendrado por los nazis no pretendía entablar ningún diálogo fructífero con los hombres porque, sencillamente, no creía en las posibilidades individuales de ellos. Así, la factura titánica de éste es la propia de una ideologia que despreciaba cualquier supuesta sensiblería intelectual para entregarse al cultivo de la idea absoluta del Estado. Por eso, en la brillante y depurada plasticidad de las imágenes de Leni Riefenstahl no hay lugar para los hombres mortales sino tan sólo para esas tipologías humanas decisionistas que contemplan inmutables la experiencia abismática de quienes han rehusado previamente a cualquier fundamento moral que no sea esa voluntad de poder que se afirma sobre el nihilismo de un mundo que tan sólo es capaz de comprender el lenguaje de la fuerza.

En este sentido, el contenido político del arte de Riefenstahl es indisimulado a pesar de que en sus memorias nos pretenda hacer creer lo contrario. Que denuncie en ellas el racismo de su idolatrado Hitler, o los manejos despreciables de la gentuza que lo rodeaba es lo de menos a la vista de esas fotos que la muestran risueña junto al Führer de los alemanes. Si es sincera o no cuando nos confiesa que no era nazi carece de relevancia porque lo verdaderamente fascinante es el hecho de que gracias a lo que dice y, sobre todo, a lo que fue capaz de hacer con su extraordinario genio artístico, podemos instalarnos privilegiadamente en la cabeza y en la sensibilidad de una mujer que, por mucho que se empeñe, no puede ocultar su fe en el fascismo.

Y es que cuando años después de acabada la II Guerra Mundial se trasladó a África y se dedicó a fotografiar a los Nuba sudaneses, siguió proyectando sobre ellos la misma magia que a los ojos del fascismo irradia el cuerpo por sí solo y, asociado a él, esa fuerza bruta, esa vitalidad fría, desnuda e inconsciente que vive desprovista de cualquier intermediación moral o intelectual que es, no lo olvidemos, la esencia más íntima e indeclinable del ideario en el que cree, y ha creído, el fascismo.
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