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Tribuna/Tribuna libre
Sloterdijk y la biotecnología.
Por José María Lassalle Ruiz, sábado, 17 de febrero de 2001
La polémica suscitada con la publicación de Normas para el parque humano del filósofo alemán Peter Sloterdijk tiene el mérito de haber puesto el dedo en la llaga más purulenta de la revolución biotecnológica: si han de establecerse, o no, límites a su desarrollo.
Que la biotecnología será uno de los peligros que tendrá que afrontar la Humanidad a lo largo del nuevo siglo, es algo tan evidente que no merecería mayor comentario si no fuera por el hecho de que, a veces, lo evidente no lo es tanto a la vista de los problemas que nos golpean a diario. Herederos de la tradición moderna, la conciencia filosófica de la Ilustración nos ha legado una visión optimista e instrumental acerca del papel de la ciencia y de la técnica que hoy en día la realidad se encarga de cuestionar de numerosas formas. Y es que al concebir a la ciencia como un medio de acumulación y crecimiento del saber, y a la técnica como su mera aplicación práctica, los ilustrados incurrieron en el error de creer que mientras estuvieran enmarcadas dentro de un discurso humanista como era el suyo, ambas permanecerían al servicio de la emancipación de la Humanidad, instituyéndose de este modo una visión optimista acerca de la relación del hombre con la ciencia y la técnica que ha sido, precisamente, uno de los rasgos que a lo largo de los dos últimos siglos han venido definiendo la autorrepresentación cultural de nuestro mundo.

Hemos confiado tanto en el progreso que nos proporcionan la ciencia y la técnica, que hemos olvidado que el mismo atañe tan sólo al bienestar material y no a la capacidad moral de los hombres. Sobre todo cuando la presunta neutralidad instumental de la técnica es algo filosóficamente discutible. Primero, porque como vieron Jünger en El trabajador (1932), Ortega en Meditación sobre la técnica (1934), Horkheimer y Adorno en Dialéctica de la Ilustración (1945) o Heidegger en La pregunta por la técnica (1954), el hombre que está en contacto con ella ve modificada su naturaleza al ofrecerle posibilidades de acción que pueden transformar radicalmente su entorno vivencial, que es, no lo olvidemos, esencialmente necesitado. Segundo, porque en el contexto presente, la ciencia y la técnica han alcanzado un grado de desarrollo tal que, guiadas por su derecho a emprender una continua tentativa de lo posible, amenazan incluso con destruir el orden de la Naturaleza.
La llamada revolución tecnológica que ha engendrado el final del siglo XX ha supuesto casi un salto en el vacío. Sobre todo a raíz de la proyección que la misma ha tenido sobre la vida a un nivel genético

De ahí que ahora tengamos que afrontar los peligros que genera la administración de la capacidad de acción que la técnica nos brinda desde un gravísimo desequilibrio entre lo que puede hacer el homo faber y lo que está en condiciones de juzgar el homo sapiens. Y es que si el poder acumulado por la ciencia y la técnica ha ampliado casi infinitamente el mundo efectivo de nuestra libertad, sin embargo, la administración de ésta debe seguir afrontándose desde ese limitado entramado moral que, más o menos, es el mismo que la filosofía occidental alumbró con su nacimiento. Por eso, la llamada revolución tecnológica que ha engendrado el final del siglo XX ha supuesto casi un salto en el vacío. Sobre todo a raíz de la proyección que la misma ha tenido sobre la vida a un nivel genético. Tal es así que ante nuestros ojos se despliega un nuevo escenario geográfico, mucho más basto que el que contemplaron los hombres del Renacimiento al descubrir América. Sin mapas de él todavía, tenemos delante un horizonte nebuloso que ha empezado a ser confeccionado en esos reducidos espacios que son los laboratorios biotecnológicos y que nos ofrecen, aunque sólo sea todavía de un modo embrionario, instrumentos que pueden remodelar completamente la vida sobre la faz del planeta al alterar nuestra cotidianidad e, incluso, nuestra propia consciencia individual y colectiva de la mano de lo que el Nobel Joshua Lederberg denominó, en su día, la “algenia”; que no es otra cosa que una metáfora global del siglo de la biotecnología que acabamos de inaugurar, y que Jeremy Rifkin ha definido como “el intento de la humanidad por dar un significado metafísico a su naciente relación tecnológica con la naturaleza”.

La importancia de la reflexión que contiene Normas para el parque humano (2000) del filósofo alemán Peter Sloterdijk estriba, precisamente, en que ha puesto el dedo en la llaga más purulenta de la biotecnología. En este sentido, nos encontramos ante un ensayo cuyo mayor interés reside en ser un síntoma de un determinado estado de opinión acerca de los aspectos más inquietantes que gravitan sobre aquélla.

El origen de este libro de Sloterdijk hay que buscarlo en la conferencia que dio en julio de 1999 en el castillo de Elmau (Baviera) dentro de un coloquio titulado “Filosofía al final del siglo”, conferencia que desató una viva polémica a raíz del artículo que, azuzado por Jürgen Habermas, publicó Thomas Assheuer en Die Zeit, y en el que acusaba a Sloterdijk de proponer un “proyecto Zaratustra” de cría de seres humanos que, guiado por una “voluntad de poder” biogenética, fuese capaz de renunciar a los esquemas humanistas de la modernidad con el fin de superar el callejón sin salida al que nos ha conducido el fracaso de la reforma moral del hombre emprendida por la Ilustración.

A partir de aquí el ovillo de la polémica fue enredándose más y más debido a la publicación del ensayo de Sloterdijk. Las intervenciones de filósofos como Habermas, Safranski, Spaeman, Frank y Tugendhat, han echado más leña al fuego, quizá porque lo que se ventila en el fondo tiene más de confrontación personal y política que de argumentación intelectual. En cualquier caso, el debate trasciende los límites del tema para penetrar en cuestiones de mayor hondura. Especialmente cuando analizamos con detalle el tenor de la propuesta de Sloterdijk.
La manipulación de las propiedades del género humano aflora como una posibilidad a la que el hombre no debe dar la espalda escudándose en prejuicios morales

Desde uno de esos calveros en el bosque del Dasein heideggeriano, Sloterdijk mantiene que la “domesticación” del hombre a partir de las pautas intelectualistas del humanismo ilustrado es inviable a la vista de la experiencia de los últimos siglos. Por eso la filosofía no puede volver a llegar tarde a la cita de la historia y debe plantearse con toda seriedad la tarea de pensar. Que el proyecto racionalista de la Ilustración ha sido incapaz de erradicar el embrutecimiento humano es, a sus ojos, un hecho. La conversión del hombre a la razón y sus atributos es un imposible, pues, domesticarlo inculcándole una serie de mecanismos morales de autocontención con el propósito de que repriman su potencial agresivo está abocado al fracaso, sobre todo cuando la violencia crece a nuestro alrededor espoleada por la cultura hedonista y la sociedad de consumo televisiva.

Arrojados dentro del mundo postmoderno como esos seres deyectos de los que habla Heidegger en Ser y tiempo, los hombres del nuevo milenio deben afrontar la aporia actual perdiendo el miedo a los dioses de nuestros antepasados y asumiendo la responsabilidad ineludible de pensar, pero, eso sí, desde nuestra problemática contemporaneidad. Y eso significa, según Sloterdijk, tener en cuenta que la Humanidad tiene hoy a su alcance un poder que no tenía hasta ayer: ese progreso técnico que le permite penetrar en las entrañas del código genético en el que se resume la esencia del hombre. De este modo, la manipulación de las propiedades del género humano aflora como una posibilidad a la que el hombre no debe dar la espalda escudándose en prejuicios morales, pues, ¿de qué sirve rehuir este horizonte evolutivo si puede depararnos el beneficio de la erradicación de los males que hoy nos desbordan? Además, ¿por qué no hacerlo si antes han sido fijados taxativamente los objetivos y los medios de esa manipulación a través de un código antropotécnico elaborado de consuno por filósofos, juristas y científicos?
¿Pueden ponerse puertas al campo de la biotecnología? La respuesta práctica es que no, desgraciadamente (...) Querámoslo admitir, o no, tendremos que convivir con ella y habremos de hacerlo condicionados por la presencia de sus “riesgos”

Hasta aquí la reflexión de Sloterdijk. Como se señalaba antes, la importancia de la misma no radica tanto en su contenido cuanto en que estamos ante un síntoma de un estado de opinión del que ya hablara Lord Ritchie-Calder en los años setenta cuando advirtió que lo mismo que los hombres habían manipulado en el pasado materiales plásticos y metales, ahora están en condiciones de fabricar materiales vivos y de abordar, por tanto, su manipulación. En este sentido, hay que agradecerle a Sloterdijk el valor de su planteamiento ya que nos ha recordado algo que hemos estado omitiendo desde hace mucho tiempo y que se resume en esta pregunta: ¿qué tiene que decir la filosofía acerca de la orientación de la acción humana en una época en la que la ciencia y la técnica pretenden constituirse en un saber capaz de ofrecernos puntos de referencia para orientar nuestra acción?

En realidad, ¿pueden ponerse puertas al campo de la biotecnología? La respuesta práctica es que no, desgraciadamente. Bajarse de su carro, a la manera romántica, o intentar aporrearlo hasta destruirlo como hicieron los ludistas con la máquina de vapor es un absurdo. Querámoslo admitir, o no, tendremos que convivir con ella y habremos de hacerlo condicionados por la presencia de sus “riesgos”. La clave está, parafraseando a Ulrich Beck, en saber preveer y, sobre todo, gestionar esos riesgos ya que el escenario postmoderno en el que vivimos se caracteriza por una expansión sin fin de las opciones y una consiguiente expansión correlativa de los riesgos asociados a ellas.

La indeterminación de nuestro mundo nos obliga a desplegar una cosmovisión –a la manera weberiana- de la experiencia de la humanidad. Sobre todo de las lecciones que pueden extraerse de las anteriores revoluciones científicas, ya que la revolución biotecnológica es imparable al estar edificada sobre un entramado de intereses económicos descomunales, y al apelar a ese componente fantástico que, como vio Nieztsche, late en nuestro interior como una fuerza irreprimible; máxime si, como sucede con la biotécnica, estamos ante instrumentos de ensueño que pueden otorgarnos el poder de crear una nueva visión de nosotros mismos y del mundo. Ahora sólo nos queda lo más difícil: pensar en un "ethos" de la sobriedad que sea capaz de moralizar su desarrollo, pues de lo contrario el horizonte humano será el nihilismo.
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