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Magazine/Nuestro Mundo
Estancia en Marruecos (II): Ramadán
Por Marta Blanco Vispo, sábado, 27 de enero de 2001
La experiencia del primer Ramadán en Marruecos, un cambio radical en la vida cotidiana, donde la espiritualidad y la fiesta se entrelazan durante la noche
Llegué a estar entre intrigada y asustada esperando la llegada del Ramadán en Marruecos. Encima, la incertidumbre de no conocer el día exacto de su comienzo, ya que al regirse por el calendario lunar musulmán, hasta el último momento no se sabría que día empezaría ese mes tan esperado por todos en esta tierra.

La gente ahorrando desesperadamente para derrochar más tarde en las sucesivas fiestas familiares. Enormes compras de aceite, harina y azúcar, para que no falten los dulces en las frecuentes visitas que se recibirán en todos los hogares. Arreglos en las casas para que todo sea perfecto, manteles de hilo, la plata muy brillante,... Nervios. También dietas, reducción de cafés y tés, para ir acostumbrando el cuerpo al ayuno que se llevará a cabo durante un mes entero. Excitación en los más jóvenes para los que será su primer Ramadán y por tanto ya se les considerará mayores.

Nosotros, los extranjeros que vivimos aquí, procuramos mantenernos prudentes y observadores a la expectativa del mes que se nos echaba encima, con tanto sentido religioso ajeno, costumbres únicas en esta época del año y cambios de horarios para poder respetar las horas de rezo musulmán y de ayuno. En mi caso, también era mi primer Ramadán, la intriga era mayor. Los que ya lo han vivido se dividen a la hora de opinar y así me hice con una serie de consejos de lo más diverso. Mientras para unos, el Ramadán es la mejor época del año, debido al ambiente nocturno y festivo que se vive en el país, otros opinan que abundan los robos debido a la necesidad de dinero para aguantar el ritmo con tanta fiesta, que aumentan los accidentes de tráfico y que encima todo está cerrado, principalmente los restaurantes. También hay quien intenta alarmar asegurando que se pegará públicamente o se llevará preso a quien se vea comiendo por la calle en horas de ayuno. Y claro, yo mientras muerta de miedo y de intriga.

Y al fin llegó. Se anunció el comienzo del Ramadán de un día para otro y todo cambió. Reconozco que el primer día no sabía que ponerme para ir a la oficina ya que había oído que durante ese mes todo el mundo se viste de modo tradicional con las chilabas. Las mujeres ni se maquillan ni se perfuman. Elegí ir lo más discreta posible pero al salir a la calle todo me pareció igual que el día anterior y no pude evitar sentirme un poco decepcionada. Sin embargo, poco a poco, sí pude ir reconociendo los cambios. Efectivamente, la mayoría de las mujeres lucían más discretas, mientras las corbatas alternaban con chilabas impecables, nuevas, hechas para ser estrenadas precisamente en esa época; todo esto sin olvidar que yo vivo en Casablanca, la ciudad de costumbres más modernas del país.

Los horarios sí cambiaron: jornada continua en las oficinas, mercados que no abren por las mañanas y restaurantes con cartel de “cerrado por vacaciones”, aprovechando la época poco propicia para este negocio. La gente sale de sus lugares de trabajo entre las tres y las cuatro de la tarde. No han comido nada desde la noche anterior ya que, siguiendo los preceptos musulmanes, han de ayunar desde que sale el sol hasta que se pone. Carreras en las calles, mucho, mucho tráfico. Muchos accidentes. Todo el mundo apura para llegar a sus casas y hacer los preparativos para sentarse con toda la familia a romper el ayuno, unidos, respetando el ritual.

Y de repente un sonido que se oye en toda la ciudad: el sol se ha puesto al fin y son los imanes desde todas las mezquitas quienes lo anuncian, procediendo al rezo del Corán. Cada vez se oye con más intensidad sus rezos a medida que las calles se van quedando desiertas. En un par de minutos es ya imposible encontrar un taxi y uno se podría tumbar en medio de una avenida sin riesgo a que pasara coche alguno. Ya solo se oirá a los imanes y a los pájaros. No me había dado cuenta de que había tantos pájaros en Casablanca.

Las familias, reunidas, saborean la sopa tradicional, especialmente nutritiva para recuperarse del ayuno diario, acompañada de dátiles y frutos secos. En los zocos, muchos comerciantes pasan la cortina y se toman la sopa en sus propios puestos. Silencio, paz y olor a comida por todas partes. Descansan. Durante al menos una hora la ciudad parece haber muerto. Más tarde acuden a la mezquita a hacer uno de los cinco rezos diarios. Abren las tiendas, todo retoma su ritmo. Vuelven a casa y cenan, se visitan, salen a pasear. Viven la noche como nunca, en otra época del año no estaría bien visto hacerlo.

La práctica de los preceptos indicados en la religión musulmana durante el Ramadán es obligatorio para todos los musulmanes. Quienes lo viven devotamente, no dejan de lado sus obligaciones, su trabajo; aprovechan de verdad para purificarse por dentro y por fuera. Sin embargo, una gran mayoría, practicantes o no durante el resto del año, se ven obligados a guardar las formas durante el día para no llamar la atención, y vivir durante la noche, la mayoría de las veces con excesos. Abundan las fiestas y se intenta recortar las horas de ayuno todo lo posible durmiendo hasta bien entrada la mañana. Este ritmo, sin duda, repercute en la vida laboral del país, que vive un enorme bajón de productividad y de responsabilidad en todos los ámbitos.

No he visto que hayan pegado o detenido a nadie por comer en público. Tampoco he visto a nadie comer en público en horas de ayuno, cuestión de respeto. Tampoco me han robado, ni me he asustado por las juergas del anochecer pero lo que sí me ha impresionado es el secuestro que ejerce la religión de la vida cotidiana de una nación.
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