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Carlos Malamud

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Análisis/Política y sociedad latinoamericana
Latinoamérica, Iberoamérica, Hispanoamérica
Por Carlos Malamud, sábado, 27 de enero de 2001
La polémica entre Iberoamérica y América Latina esconde el eurocentrismo de vastos sectores de la sociedad española que tienden a no reconocer la realidad americana.
La sola mención de la palabra América Latina genera en ciertos sectores de la sociedad y del mundo político español una irritación que no provoca casi ningún otro acontecimiento de la realidad que nos rodea. Las explicaciones que se dan para no usar América Latina son de lo más atrabiliarias y por lo general remiten al origen francés de la definición y a los deseos de Francia de apoderarse de la gran obra de España: el descubrimiento, la conquista, la colonización y la evangelización del Nuevo Mundo. La obstinación y el esfuerzo para no decir o escribir la palabra tabú llama la atención de buena parte de los latinoamericanos, que en un exceso de educación con los anfitriones deciden utilizar Iberoamérica cada vez que vienen a España en visita oficial.

El problema taxonómico no existe en el norte del continente donde los estadounidenses se han apropiado olímpicamente de la palabra América y quienes viven del Río Grande hacia el sur son los que tienen que decidir cómo se llaman. Algunos intentaron acuñar el concepto de Indoamérica, aludiendo al componente indígena de la región. Otros, parcelando la realidad en función de la matriz colonial y lingüística hablaron de Hispanoamérica, un tema sobre el que volveremos, y de Lusoamérica. Para integrar ambas realidades se apeló a Iberoamérica y también a Latinoamérica, un concepto que incluía a la mayor parte de los países del continente.
A muchos americanos el nuevo concepto de América Latina les vino como anillo al dedo para diferenciarse de la antigua metrópoli

El conflicto terminológico hunde sus raíces en el proceso de independencia americano de principios del siglo XIX. En esa época tanto los criollos como los peninsulares eran españoles, españoles europeos unos, españoles americanos otros, pero todos españoles al fin. La independencia supuso un duro trauma y un gran desgarro que llevó a los americanos a negar una parte importante de su identidad a fin de poder afirmar y construir otra nueva. Desde entonces, la imagen de lo hispánico y de la hispanidad tuvo en las antiguas colonias un sesgo claramente negativo. El rechazo de España a reconocer durante bastantes años a las nuevas repúblicas ayudó bastante poco al cambio de imagen. Por eso, a muchos americanos el nuevo concepto de América Latina les vino como anillo al dedo para diferenciarse de la antigua metrópoli. Pese a todo, durante bastante tiempo, las gentes que vivían entre la Tierra del Fuego y el istmo centroamericano prefirieron hablar de América del Sur.
La llegada de la democracia aconsejó reemplazar Hispanoamérica por la políticamente más correcta Iberoamérica, como atestigua la supresión del Instituto de Cultura Hispánica y la creación del Instituto de Cooperación Iberoamericano

Después de 1898 los países americanos comenzaron a mirar nuevamente hacia España, aunque con sentimientos ambivalentes que mezclaban la búsqueda de las propias raíces con la admiración por el progreso experimentado en los Estados Unidos. En esos años la idea de hispanidad se contraponía al panamericanismo, un concepto que abarcaba a todas las naciones americanas, incluyendo a los Estados Unidos. La tendencia al reencuentro y a la confluencia de ambas orillas del Atlántico fue quebrada por la Guerra Civil Española. El clima de cruzada católica y nacionalista del franquismo se apoyó en la idea de la Hispanidad y en la figura de los Reyes Católicos. La evangelización de las Indias era el modelo para recristianizar España.

Desde entonces, el americanismo académico español insistió en rescatar los valores de la conquista y la evangelización y en el rechazo sistemático de cuanto intentara escamotear o menoscabar la experiencia hispana. De ahí el rechazo frontal a todo cuanto cuestionara esta experiencia, como la Leyenda Negra, y también a todo lo que pretendiera minimizarlo, como el nombre de América Latina. La llegada de la democracia aconsejó reemplazar Hispanoamérica por la políticamente más correcta Iberoamérica, como atestigua la supresión del Instituto de Cultura Hispánica y la creación del Instituto de Cooperación Iberoamericano.
Tal era la carga negativa de Hispanoamérica que tras las reticencias iniciales la propia derecha española terminó aceptando el concepto de Iberoamérica. Uno de los problemas de esta palabra es que alude a dos conceptos distintos e introduce una gran confusión en torno al significado de las palabras. De un lado, Iberoamérica es la América no anglosajona ni francesa; del otro es la suma de ésta más España y Portugal, lo que también se ha dado en denominar la Comunidad Iberoamericana de Naciones.

Mientras España ha hecho un gran esfuerzo por adaptar su toponimia a la nueva realidad autonómica, respetando el deseo de vascos, catalanes y gallegos por designar sus lugares en función de sus deseos, se resiste, sin embargo, a aceptar el hecho de que los latinoamericanos llamen a su continente como quieran, aunque el nombre elegido sea el de América Latina. El actual gobierno está en una situación inmejorable para introducir en el lenguaje oficial el concepto de América Latina, ya que no contaría con el rechazo de la oposición, como ocurrió con los gobiernos socialistas. De hacerlo, los países americanos mirarían de otra manera a España. Lamentablemente poco o nada hace pensar que la actual Administración esté dispuesta a dar este gran paso de reconciliación en pro de la Comunidad Iberoamericana de Naciones que tanto dice defender.
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