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    AUTOR
Javier Tusell

    GÉNERO
Madrid, 1999. 272 páginas. 3100 pesetas.

    TÍTULO
España, una angustia nacional

    OTROS DATOS


    EDITORIAL
Espasa




Reseñas de libros/No ficción
Una terapia contra la esencialitis
Por Rogelio López Blanco, martes, 9 de enero de 2001
El historiador Javier Tusell aborda desde la perspectiva histórica el problema de la distribución del poder territorial en España y propone alternativas que faciliten el talante para el diálogo y las concesiones mutuas

Esta obra se concibe a partir de la polémica del pasado año sobre el decreto de Humanidades y del debate suscitado por algunos autores que propugnan el cierre del Estado de las autonomías por considerar que la insaciable demanda de atribuciones y las sucesivas cesiones amenazan la dimensión de España como entidad nacional. Javier Tusell media en la controversia situando su fondo histórico en un contexto comparativo y presentando los avances historiográficos y de la ciencia política como los instrumentos adecuados para abordar el problema. Persigue evitar que la cuestión se plantee en términos de sentimientos excluyentes que han llevado a un infructuoso enconamiento.

La primera parte del ensayo está dedicada al pasado. Un amplio estudio del estado de la cuestión en torno a la formación de la realidad histórica española, cuyo rasgo esencial es la pluralidad. Paralelamente el autor trata de fijar los conceptos básicos (estado, nación,...) para evitar las confusiones que tanto han abundado en la polémica. En la segunda parte se aborda la situación actual, el planteamiento del problema en la Constitución de 1978 y el instrumento del consenso, que ha reportado tan excelentes rendimientos en nuestro pasado reciente, como la mejor fórmula para poder zanjar el problema de la organización territorial española y sustituir la conllevancia orteguiana por una convivencia armónica. También se incluye la descripción de las posiciones y de los protagonistas del debate aludido al comienzo, para luego fijar, a través de los datos sociológicos, el estado de opinión y las adscripciones de identidad en la sociedad española, lo cual permite cierto optimismo por la escasa porción que ocupan las posturas extremas y el avance de las identidades compartidas. Por último, el autor defiende una propuesta constructiva en forma de una serie de supuestos que se han de respetar para encontrar solución al problema.

Este ensayo merece ser muy tenido en cuenta. En particular, su propuesta de que los nacionalismos periféricos abandonen las baterías que le proporciona el historicismo romántico, significaría el fin del deslizamiento hacia el exclusivismo

El método que emplea el autor es aceptar sin prejuicios el nacionalismo como un hecho objetivo, empapándose de él para comprender sus posiciones. Así se observa cómo la perspectiva histórica desde la que describe el proceso “nacionalizador” español es la de la historiografía nacionalista, concretamente la catalana. En realidad, el interlocutor en el diálogo que se establece en el libro es esencialmente el nacionalismo catalán. Se constata en la valoración de la revolución liberal del XIX. Para el autor, lo central es el proceso uniformador y nacionalizador llevado a cabo por el régimen liberal, cuando no se puede olvidar que al unitarismo se debe la salida airosa de los liberales de la lucha contra un absolutismo que de haberse impuesto hubiese sumido al país en las tinieblas medievales. Sin embargo, este aparente desequilibrio en favor de las posturas catalanistas está compensado al final de la obra, cuando somete a una penetrante crítica al nacionalismo de sello romántico que impregna a la derecha nacionalista catalana y a los independentistas.

Aquella objección, que no empaña lo acertado de la metodología, va acompañada por otro reparo. Si el autor considera conveniente, que lo es, sumergirse en las posturas de los nacionalistas, ¿por qué no hace lo mismo con la de aquéllos que se preocupan sinceramente por la pérdida de la idea de España como realidad nacional? Puede ser que en algunos autores se dé un excesivo desgarro o que se incurra en una hiperbolización que desenfoca el problema, pero en conjunto no hacen más que recoger la patente inquietud de una parte importante de la sociedad española que asume la pluralidad y la diversidad del Estado, pero que advierte en los nacionalismos periféricos la intención de extinguir a España como única forma de conseguir su objetivo final. Así se percibe cuando aseguran que la unidad europea acabará con los antiguos estados y sólo quedará una Europa de los pueblos. Sin embargo, es cierto que sin ponerse en el lugar de este sector, Tusell proporciona en el libro una vía para canalizar el problema.

Este ensayo merece ser muy tenido en cuenta. En particular, su propuesta de que los nacionalismos periféricos abandonen las baterías que le proporciona el historicismo romántico, significaría el fin del deslizamiento hacia el exclusivismo, daría paso a la posibilidad del diálogo y de las mutuas concesiones, simbólicas y prácticas.

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