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Análisis/Política y sociedad latinoamericana
El futuro de la izquierda brasileña
Por Carlos Malamud, domingo, 31 de diciembre de 2000
El sonado triunfo de la izquierda brasileña en las elecciones locales, que le ha dado el control de las grandes ciudades, ha creado sólidas expectativas de acceder al poder presidencial (2002) Sin embargo, los desafíos, tanto en lo que se refiere a su evolución interna hacia la moderación como a los resultados de su gestión al frente de la administración local, son todavía considerables
Los resultados de las últimas elecciones municipales brasileñas, celebradas en octubre pasado, han confirmado un importante avance del PT (Partido dos Trabalhadores), que se ha impuesto en algunas de las más importantes ciudades del país, como Sâo Paulo, Porto Alegre o Recife. Pese a lo publicado en algunos medios españoles, las elecciones no supusieron un plebiscito en contra del presidente Fernando Henrique Cardoso, ya que se centraron en los problemas locales, como la buena administración de los ayuntamientos y la seguridad pública. Este último es un tema de gran preocupación para todos los habitantes de las grandes urbes, como muestran los resultados de algunas encuestas recientemente publicadas en la prensa paulista.
Las nuevas expectativas han puesto en la agenda el tema de la candidatura presidencial para la que ya hay dos serios aspirantes

El importante avance electoral del PT hizo renacer la confianza y la ilusión en las filas partidarias y sus máximos dirigentes ya se han puesto a pensar en la próxima elección presidencial (2002). De acuerdo a los recientes resultados electorales y a la conflictividad existente en algunos partidos, las posibilidades del PT hoy por hoy son considerables. Las nuevas expectativas han puesto en la agenda el tema de la candidatura presidencial para la que ya hay dos serios aspirantes: el actual presidente de honor del PT, Luiz Inácio Lula da Silva, y el senador Eduardo Sulplicy, el millonario marido de la nueva alcaldesa de Sâo Paulo, que dice encarnar la línea social-demócrata frente a la mayor radicalidad de Lula y la vieja guardia partidaria.

Sin embargo, los problemas del PT no son pocos si quiere ganar realmente las próximas elecciones presidenciales. No sólo debe resolver la cuestión de la candidatura, sino también su política de alianzas con otros sectores de la izquierda, buscando al mismo tiempo el tan necesario respaldo de los votantes de centro. Simultáneamente, debe hacer de la gestión de los municipios y estados que gobierna el mejor escaparate de su capacidad y eficacia política y administrativa. En ellos deberá realzar su buen hacer al frente de los gobiernos estatales y municipales y los logros concretos en el combate contra la pobreza, la corrupción y la lucha contra la desigualdad. Algunos de estos problemas se pusieron de manifiesto en la Asamblea de Alcaldes electos celebrada a principios de noviembre en Brasilia. A la misma acudieron no sólo los nuevos cargos municipales, sino también la plana mayor del partido y en ella surgieron claramente las dificultades que debe enfrentar un partido que ya es oficialismo en numerosos lugares y debe dejar de lado la alegría de la oposición para hacerse cargo de la responsabilidad de la administración. Esto se puede observar de forma nítida en el estado de Mato Grosso do Sul, donde el gobernador del PT, José Orcírio (Zeca do PT), ha comenzado a aplicar importantes medidas tendientes a recortar el déficit fiscal y el gasto público.

Dentro de la política de gestos iniciada de cara a la actual carrera por la presidencia, el PT también ha confirmado su separación del MST (Movimento dos Trabalhadores Sem Terra), una deriva que ya se había iniciado en 1995, pero que se ha acentuado en los últimos meses de un modo más categórico, debido al descrédito creciente de un movimiento que había sido presentado como la gran esperanza de la izquierda latinoamericana. A mediados de la década de 1990, cuando la democracia se estabilizaba en casi todo el continente, las mayores expectativas de la nueva izquierda latinoamericana pasaban por el zapatismo mexicano y el MST brasileño (ver Ajoblanco, Nº4, 1997). Se trataba de posturas claramente anticapitalistas, antiimperialistas y, por supuesto, antisistema.

El MST se convirtió en un gran movimiento social gracias a su política agresiva de ocupación de fundos con el ánimo de impulsar la reforma agraria, una demanda realmente sentida por cientos de miles de campesinos brasileños. Aprovechando un resquicio legal que permite la expropiación de las tierras sin cultivar para usos sociales, el MST basó en ella su estrategia de ocupación de fundos, lo que le valió un creciente respaldo social en un país que cuenta con algunos de los mayores latifundios del planeta (más de uno a costa de grandes ilegalidades), así como con una cantidad intolerable de campesinos sin tierra que malviven en su pobreza.
Al MST le ocurre algo similar a lo que pasa con las Madres de Plaza de Mayo que siguen a Hebe Bonafini (no confundir con las Madres-Línea Fundadora) que a medida que se radicalizan se aíslan cada vez más de la sociedad a la que dicen pertenecer

Pese a las expectativas levantadas, su proyecto a largo plazo pasaba por convertirse en la alternativa revolucionaria brasileña, no en un partido político ante el descrédito de éstos, pero sí en la verdadera encarnación de las esencias socialistas. El logro de estos fines implicaba la radicalización creciente de la Iglesia y del PT, que debían seguir la senda del MST. Sin embargo, los cambios que está viviendo la sociedad brasileña no fueron comprendidos por sus principales dirigentes que insistieron en su mensaje radicalizado, como bien prueba el reciente intento de ocupación de la hacienda de los hijos del presidente Cardoso. Al MST le ocurre algo similar a lo que pasa con las Madres de Plaza de Mayo que siguen a Hebe Bonafini (no confundir con las Madres-Línea Fundadora) que a medida que se radicalizan se aíslan cada vez más de la sociedad a la que dicen pertenecer. En fechas recientes se han destapado numerosos escándalos protagonizados por los máximos dirigentes del MST, que obligaban de un modo compulsivo a las cooperativas agrarias vinculadas al movimiento a pagarles el 4% de los recursos recibidos del gobierno, un dinero que se utilizaba para financiar el funcionamiento interno y todas las tareas políticas asociadas al mismo, como reconoció Joâo Pedro Stedile, su máximo dirigente.

La noticia cayó muy mal entre la opinión pública brasileña. Una encuesta de octubre muestra que el 57% de la población no apoya al movimiento, el 67% piensa que su labor es más política que social y el 87% defiende que el gobierno federal impulse una auditoría de las cuentas del MST. El arrinconamiento de los Sin Tierra aumentó gracias a la hábil labor desarrollada por Raul Jungmann, el ministro de Desarrollo Agrario del presidente Cardoso. Este ex comunista multiplicó por diez la media anual de familias campesinas asentadas y repartió 17 millones de hectáreas en los últimos cinco años, frente a los 22 millones que se habían repartido en toda la historia anterior de la reforma agraria brasileña.

Los desafíos que tiene el PT en su sana y legítima ambición de alcanzar la presidencia del Brasil son enormes. Para ello debe alejarse del discurso populista que lo caracterizó en el pasado, clarificar sus alianzas con la izquierda radical, intentar ocupar el centro izquierda en desmedro del partido del presidente, el PSDB (Partido de la Social Democracia Brasileña) y clarificar su lenguaje. De ahí la importancia de las palabras de Zeca do PT, quien insiste en la necesidad de promover el ajuste fiscal, en cortar los gastos de un Estado clientelista e ineficiente, aunque sea en perjuicio de los privilegios de algunas corporaciones. Y remacha su idea diciendo que aunque no hubiera la necesidad financiera de emprender esas reformas, existe la exigencia moral de hacerlo, ya que los más perjudicados por la actual situación son los más pobres. Si el PT quiere ganar, el PT tiene la palabra.
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