Es ésta una historia divertidísima en la que se burla de la crisis,
nuestra crisis: en sus páginas salen bazares chinos en plena expansión y
peluquerías de señoras sin clientas; salen estatuas vivientes y fanáticos de
chiste; salen alcaldes de Barcelona de gran facundia, mandatarios europeos de
postín y vecinos recelosos, ya resignados. Esta historia es, sí, un enredo: en
el fondo, una novela nada fantasiosa. Es decir, una farsa algo insensata, por
momentos asombrosa y finalmente costumbrista.
En tiempos de
recesión, nada es tan raro, nada es tan extravagante como creemos. ¿Un terrorista que se
llama Alí Aarón Pilila? ¿Unos comerciantes asiáticos de gran pompa? ¿De qué nos
sorprendemos? Pasamos apuros o estrecheces (unos más que otros, oigan), no
esperamos gran cosa y hay pocos cuartos en la bolsa. De esa bolsa habla Mendoza
en su novela: como los pícaros de siempre, como Lázaro de Tormes. Y habla de la
vida que comparten los personajes de El
enredo…: tipos locos, incluso majaderos, pero fraternales. No es pequeña
lección para el género humano: quizá, la meta no es ser enteramente racionales,
sino sensatamente razonables y solidarios. Podemos estar desnortados, qué
remedio. Pero a la vez podemos remontar nuestros desvaríos --esa brújula
perdida-- con un poco de arrojo y mucha hilaridad. ¿Es posible? A mí, si me
permiten esta expansión, me gustaría vivir en una Barcelona de esa índole. El
colmo sería convertirse en un personaje de esta fábula.
El autor no
bromea con lo grave. Lo que hace es quitarle hierro, empañar el brillo o
restarle solemnidad a la hinchazón. Además nos habitúa a lo hilarante. Pese a lo
que pueda parecer, los contemporáneos no estamos acostumbrados al júbilo y a la
inteligencia: nos resignamos a la pompa y al abatimiento. Lo bueno de estas
hazañas que Mendoza nos cuenta es que tienen su contexto corriente, su
circunstancia ingrata, su cosa ordinaria. Desde El misterio de la cripta embrujada
(1979) hasta El enredo…, la chirigota
es su motivo y la pesadumbre es su trasfondo: protagonizadas por un tipo avenado
que habla en primera persona, que narra con desparpajo y celo, dichas historias
son un retrato del desatino que nos envuelve. Hay que ver cómo se expresa.
Parece catedrático de Salamanca.
Un pasatiempo
de Mendoza nos hace pensar y dolernos: nos hace interrogarnos sobre lo
inverosímil, sobre la incoherencia que nos rodea. Si no fuera por el humor, sus
novelas serían reprimendas muy feroces. Pero Mendoza es un caballero que espera
desternillarse. O un señor que aspira a desatornillar las tuercas de este
inmenso engranaje. Que dichas historias despierten la simpatía del gran público
no significa que sean objetos de mero consumo, algo banal y puramente
alimenticio. Desde luego, esas novelas alimentan, nutren: como un aperitivo, sus
ocurrencias nos sacian temporalmente. No es poca cosa. Cuando disfrutamos de un
tentempié no buscamos el empacho. En un piscolabis identificamos sabores
conocidos y reconocidos, buena materia prima y esmero en la elaboración. No
esperamos el empalago de una comilona. Queremos exquisiteces livianas. Entre
risas –las del autor y las de sus destinatarios--, las ficciones de Mendoza nos
instruyen, nos regañan: nos ilustran, en fin.
Hay una
tradición cervantina que el novelista asume. Y hay unas corrientes (la que viene
de Galdós y la que viene de Baroja) que el autor incorpora. Antes que nada,
Mendoza es lector de esos gigantes y como tal se propone pasárselo bien. Procura
aprender, asimilar y aceptar lo que en el género novelesco más hondura tiene: el
humor, que es esfuerzo y transpiración, sí. A la etiqueta y la solemnidad,
Mendoza opone la carcajada y lo chocarrero, esa juerga de señor circunspecto.
Hay un lugar
común: aquel según el cual hacer reír es tarea menor; aquel según el cual lo
atormentado es más distinguido que lo cómico. Y sin embargo, como ya nos
advirtió Umberto Eco, la risa es disolvente, la expresión del sentido común que
tanto temen los poderes ampulosos, que no facundos. Mendoza tiene mucho sentido
común y gran elocuencia, que no grandilocuencia. De hecho, cuando lo ves, parece
un señor parco, incluso conservador: un catalán morigerado, moderadamente
burgués. Tal vez por eso, Mendoza no tiene nada de enfático o campanudo. Como
tampoco las historias que cuenta: siempre escritas en un español de gran
precisión, de mucho celo.
Sencillamente,
el novelista desconfía de la marcha de las cosas. Por ello, sus creaciones son
logros: como pequeñas son las hazañas humanas. Y por ello sus novelas son
ligeras, deliberadamente ligeras: vodeviles, sainetes, comedietas. Por su parte,
los personajes son livianos. Con dos trazos están definidos y nombrados: Rómulo
el Guapo, Quesito, etcétera. Ahora bien, esos mismos tipos se ven como
personajes de farsa o de ficción y hablan al modo de máscaras ante un público
atento (“Nací bonita y bien formada…”). Eso les da un toque sardónico y
consciente, paródico, posmoderno: no son marionetas del autor, sino peleles del
destino que se sienten observados. Al igual que los humanos, se saben autómatas
que un tercero acciona. O en otros términos: se saben servidores de una
fatalidad ciega, feroz y mediocre; protagonistas de una farsa de tres al cuarto.
Lo esperamos todo, no llegamos a casi nada y, al final, todos acabamos fiambres
y calvos, con los pies por delante.
Yo espero que
estas novelas tengan secuelas o efectos secundarios; que continúen, vaya. Y
espero también evaporarme antes de que acabe la saga de Mendoza: sencillamente,
para morirme de risa, que no de
llanto.