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Milagros Martín Carreras

Milagros Martín Carreras

    AUTORA
Milagros Martín Carreras

    LUGAR Y FECHA DE NACIMIENTO
Salillas (Huesca, España), 1931

    BREVE CURRICULUM
Ha colaborado en múltiples recitales y actos, siempre relacionados con la poesía y la forma de expresarla y hacerla llegar al público. Perteneció a la tertulia “Azor” hasta la muerte de su director, José Jurado Morales. Ahí conoció a buenos poetas, conservando la amistad con muchos de ellos. José Membrive, que también fue miembro de la tertulia “Azor”, fundó en el Reial Cercle Artístic de Barcelona la tertulia “Diálogos literarios”, de la que Milagros Martín formó parte

    OBRA
Otros libros publicados de esta autora son Hablo con mi amigo el mar (Ediciones Rondas, 1980); Trenzados de viento (Ediciones Rondas, 1983); Silencios de Cristal (Instituto Fernando El Católico, 1992), y Dos voces y un deseo (Zaragoza, 2001)




Opinión/Entrevista
Entrevista a Milagros Martín Carreras, autora de Descubriendo mi tiempo
Por Jesús Martínez, miércoles, 01 de enero de 2020
Pan y vino

“Mi madre, estaba aterrada. Intentó cruzar el puente que pasa sobre el río Vero, en Barbastro. Los milicianos no la dejaban pasar, temerosos por las bombas que caían sobre la ciudad, que lanzaban los aviones de Franco, ese imbécil. Mi madre, que era aragonesa y una mujer de armas tomar, se libró de ellos y echó a correr. Vino a buscarnos, a mi hermano y a mí, que estábamos escondidos debajo de una escalera, en el patio del colegio, abrazados el uno al otro, resguardándonos de las explosiones. Recuerdo la cara de alivio de mi madre al vernos y, cuando nos cogió a los dos, recuerdo echar la vista atrás y ver una pared pringada con el cuero cabelludo sanguinolento de una niña. Yo tenía cinco años. A Barbastro no he vuelto nunca. Desde entonces, cuando oigo cualquier sirena, me da repelús porque me viene a la memoria cuando debía bajar al sótano a esconderme.” Las memorias de Milagros Martín (Salillas, Huesca, 1931) pertenecen a la cofradía del pa negre, ese almanaque de sensaciones, emociones y contriciones en la novela de Emili Teixidor. Milagros anda más deprisa que el Conejito de Pascua de Hop. Aun sus ojos de ardilla, hace poco tropezó con una losa mal colocada y cayó de bruces al suelo, con tan mala pata que se rompió el húmero, y ahora va a rehabilitación. No es nada, porque ella nació con la República, y su nombre vino ya para contradecir el discurso oficial imperante en aquellas Cortes. Y con Milagros, el 14 de abril de 2011, festejamos que la versificación la salvó de la guerra. Descubriendo mi tiempo, un poemario de “confidencias y reflexiones”, es la tarta que ha preparado para la ocasión. Sólo hay una vela, y es una margarita.
En Descubriendo mi tiempo (Ediciones Carena, 2011) Milagros Martín habla de su madre cuando habla de sus hijos (“rostros de mágica mirada”), en un poema titulado “A una madre”, que es una especie de estimulación psicomotriz para afrontar la pérdida del ser querido. “Mi madre era una mujer muy fuerte. De hecho, yo estoy engendrada en África. Mi padre era guardia civil y estaba destinado en la zona colonial del Sáhara. Cuando se casaron, pasaron unos días en el cuartel de mi padre. A mi madre, Pabla, la llamaban ‘la cristiana’”, refiere Milagros, y de sopetón, carraspea, se aclara la voz y cambia de registro, para describir a su progenitor: “A mi padre, Sinforiano, zamorano, le destinaron a la sazón en la localidad oscense de Adahuesca, y luego en Peralta de Alcolea, hasta acabar en Barbastro, donde pasó la guerra con los rojos, como carabinero. Le recuerdo llorar desesperadamente, reclinado en unos escalones, lamentándose por la muerte de un amigo”.

Acabada la contienda, a su padre le enviaron a las cordilleras del Bierzo, “al maquis”, lo cual se supone que constituía una especie de depuración del cuerpo armado (posteriormente, un decreto de Don Camulo, el ministro de Gobernación Camilo Alonso Vega, más bruto que un mulo, le apartó de la Benemérita por haber pasado los años de guerra en zona desleal); aunque él no se esmeraba mucho por cazar a los guerrilleros. A Milagros la llevaron a Toro, en Zamora, para que recuperara los estudios y el enternecimiento perdido. “Yo era la sobrina de Don Benancio, el maestro de escuela”, apostilla. Milagros asistía a clase del profesor Don Eugenio Caja, en Pedro Muñoz (una calle lleva su nombre como homenaje). “A Franco le estorbaban los maestros, y a Don Eugenio le estorbaba Franco, aunque no pudiera hacer nada para evitar el Régimen. Bueno, en una clase que en sí era un cuartucho, toda llena de niños (yo debía de tener 11 años), nos hacía leer El Quijote y una obra muy bonita, Corazón, de Edmundo de Amicis, que estaba prohibido por aquel entonces.” Un párrafo de este último libro:

Lunes 17 de octubre

Hoy, ¡primer día de escuela! ¡Pasaron como un sueño aquellos tres meses de vacaciones consumidos en el campo! Mi madre me condujo esta mañana a la sección Bareti para inscribirme en la tercera elemental. Recordaba el campo, e iba de mala gana. Todas las calles que desembocan cerca de la escuela hormigueaban de chiquillos…

La madre de Milagros, que también pasaba por dificultades económicas, le preguntaba, solícita:

-Dígame qué le tengo que pagar.

-Señora, deme usted pan y vino.

Don Eugenio Caja tenía seis hijas: Rosarito, Asunción, Emilia… Encontrar qué comer cada día, su más ardua tarea.

A los 15 años, Milagros vino con su padre a Barcelona. Poco a poco, la familia se fue reagrupando. En Barcelona, esta mujer se matriculó en la Academia de Sants: “Por la mañana cosía y por la tarde estudiaba taquigrafía y francés”. Se casó y tuvo hijos, y cuando estos crecieron “enlazados con el viento”, y se valieron por ellos mismos, despertó “del largo letargo”. Ella lo llama “renacer”. Escribió versos, tan sofisticados algunos y tan taciturnos otros como las primas de riesgo que suben sus puntos básicos y bajan su diferencial de bono.

Hace unos meses, sintió la necesidad de recoger de la era que había trillado la parva de sus vivencias, y dar un último beso a los “paseos imaginarios”, a su tierra y a sus amores. Así se acordó de Vicente, y de este poema que se sabe de memoria y que compuso cuando tenía diez añitos.

Una tarde en que solita

Antonia y yo estábamos

se nos ocurrió una idea

que al momento practicamos.

Era una idea genial,

para mí grande sorpresa.

Era que quería a Vicente

y no podía explicarlo.

Antonia me declaró que quería mucho a Tillo,

y yo le choqué la mano diciendo: “Te felicito”.

Esta niña de la que os hablo

se llama Antonia Montero

y somos grandes amigas

por eso mismo la quiero.

Este […] tan preciado

que tan gran secreto encierra

lo tenía muy guardado

para que nadie lo vea.
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