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Albert Mallofré: <i>Simplemente, vivíamos</i> (Ediciones Carena, 2009)

Albert Mallofré: Simplemente, vivíamos (Ediciones Carena, 2009)

    AUTOR
Albert Mallofré

    LUGAR Y FECHA DE NACIMIENTO
Vilanova i la Geltrú (Barcelona, España), 1926

    BREVE CURRICULUM
Es miembro del Col legi de Periodistes de Catalunya y de la Asociación de Veteranos de RTVE. En los años cuarenta se inició en el semanario de Villafranca del Penedès. Más tarde colaboró en Vida Deportiva, Destino y La Vanguardia. Ha trabajado en radio como guionista, presentador y entrevistador. Entre sus libro destacan L'any passat a Valldordis, DeVilanova i la Geltrú: la memòria captiva en imatges i alliberada en fantasies y Con la música a ésta parte




Creación/Creación
Albert Mallofré: Simplemente, vivíamos (Ediciones Carena, 2009)
Por Albert Mallofré, martes, 1 de diciembre de 2009
"`Con la dictadura franquista sólo pudieron sobrevivir los traidores que colaboraron con el régimen y quienes se agacharon para doblegar su conciencia´. Este aserto se repite y se acepta ahora como una verdad evangélica, pero quienes vivíamos entonces sabemos que no. Yo mismo sobreviví a la dictadura sin doblegarme ni traicionar nada, igual que quienes me rodeaban. Simplemente viví. Simplemente vivíamos."

LA INSTITUCIÓN POPULAR DEL ESTRAPERLO

¿Cómo pudimos salir adelante?

Pudimos. Para ello tuvimos dos ayudas convergentes y ambas milagrosas. De una parte, la esposa de nuestro pariente Sebastián, asesinado por los milicianos al borde de la Navidad de 1936, se ofreció para suministrarnos hortalizas de sus cultivos, que sus dos hijos habían podido mantener (patatas, tomates, coliflor, este tipo de alimentos, y, a veces, también algún que otro pollo desplumado), y que yo iba a recoger con la bicicleta de mi padre a donde ella, doña Carmen, me indicaba.

La otra ayuda fue mucho más inesperada. Resulta que mi hermano Andrés tenía una novia. O más exactamente una semi-novia, que yo no sabía que existiese, pero mi madre sí. Y entonces la conocí. Era también “filósofa”, es decir, compañera de la Facultad. Tenía un nombre poco común: se llamaba Ernestina, y, por alguna razón que nunca llegué a descifrar del todo, su padre estaba mezclado en un tinglado misterioso, relacionado con los suministros para el ejército nacional, con quien organizó de pronto una especie de correo, no sé si ilegal, pero seguro que al margen de la ley. Se trataba de aceite, arroz, café, azúcar, harina, lentejas, garbanzos, pasta de sopa, buñuelos de bacalao, etcétera.

Los “buñuelos de bacalao” eran un invento de la época, de fabricación artesanal, con ingredientes no identificados, entre los cuales ciertamente no figuraba el bacalao.

Según aquella especie de correo de suministro, varias expediciones irregulares de tales substancias llegaban a casa, de manera intermitente, para nuestra supervivencia personal. Pero como se recibían con cierta abundancia, resulta que de algún modo sobrepasaban nuestras propias necesidades inmediatas. Lo que nos sobraba, mi madre lo vendía.

Representó un alivio financiero en días de negra penuria porque, no sólo nos facilitaba una cierta fluidez para afrontar el coste de lo que consumíamos, sino que nos dejaba remanente para contemplar otros horizontes.

Al cabo de varias semanas, o digamos de algunos meses, los suministros de referencia se habían incrementado sensiblemente, y lo del intercambio “estraperlístico” de mi madre se consolidó de tal manera que hasta llegó a comprar unas sencillas balanzas y envases para despachar el producto, que tenía escondido en un desván de manera ordenada y profesional.

Gracias a la institución del estraperlo, que mi madre consolidó apoyándose en el favor de sus amistades vecinales reconvertidas en clientes, no sólo pudimos sobrevivir sino incluso consolidar nuestro estatus satisfactoriamente. Sólo un dato ilustrativo: como la bicicleta de mi padre era ya muy vetusta, me pude comprar una bicicleta nueva. Bueno, de segunda mano, pero era nueva para mí.

En el ínterin, se confirmó la trágica desaparición de mi hermano Andrés en combate. A mi madre y a mí nos pareció todo muy raro puesto que Andrés había sido alistado en el ejército de la República y la referencia de su nombre como “desaparecido” venía en una lista documentada por el ejército franquista. Mi madre no lo quiso creer. Se aferró a la variante “desaparecido” que, para ella, tenía un significado marcadamente distinto de “fallecido” y, como consecuencia, nunca se avino a aplicar la idea de la “muerte” a su hijo predilecto. Para ella, lo que desaparece puede reaparecer . Así que decoró toda la casa con fotos suyas y objetos personales de todo tipo. Conservó su ropa en el armario, sus zapatos, sus libros, sus cuadernos de estudio, todo limpio y ordenado, como esperando que Andrés llegase de un momento a otro.

A mí, la verdad, me parecía muy teatral todo aquello, y me incomodaba bastante. Si he de ser sincero, yo en el fondo sentía como un cierto alivio por no tener a Andrés el Sabio gravitando constantemente sobre mi cabeza. No es que me alegrara de su muerte, o de su desaparición oficial, pero es que toda mi vida le había tenido como un espejo que reflejaba una imagen deforme y ridícula de mí. Cualquier cosa que yo hiciera, él ya la había hecho antes, y mucho mejor. Cualquier cosa que yo dijera, o pensara, era simplemente un eco distorsionado de lo que él había dicho o hecho antes, y por supuesto mucho mejor. Él era siempre el modelo, y yo, la caricatura.

Al principio, abrigué una cierta esperanza secreta de que si él no estaba, podría aspirar a una especie de emancipación, aunque sólo fuese meramente emocional. Él no estaba físicamente, pero su presencia en el ambiente de la familia se hizo más determinante aún. Todo el mundo le idealizó como una referencia constante. Si él no estaba allí para hacer esto o aquello o para decir no-sé-qué o para opinar sobre cualquier incidencia puntual, su figura se evocaba de inmediato “en ausencia”. De manera que no me pude librar de él.

Quien sí se libró fue la dinámica Ernestina que, con la “desaparición” oficialmente confirmada de mi hermano, se alejó de nosotros gradualmente, supongo que en busca de otras perspectivas personales. Coherente con la nueva situación, los suministros por su conducto familiar cesaron, pero mi madre se había organizado tan bien que le tomó cariño al asunto y obtuvo facilidades para encontrar fuentes de suministro ajenas a la influencia del padre de Ernestina. En otras palabras, se relacionó con otras fuentes del mismo carácter alegal e hizo tratos con otras damas estraperlistas como ella. Así, con intercambios y cooperación recíproca, el sistema se mantuvo boyante por algún tiempo.

DEL ESTRAPERLO A LA TRAMPA INSTITUCIONAL

Al mencionar el fenómeno del estraperlo me permitiré un inciso. Su implantación general, en los ámbitos del trato comercial, generó una curiosa filosofía de la trampa consabida, que se instaló en todos los resortes del sistema. La gente del pueblo acabó admitiendo el trato y, en última instancia, se instauró una pintoresca política del fraude general que, por la vía de la complicidad compartida, redundó en coraza protectora del régimen y, en sentido inverso, condujo a una suavización efectiva de los rigores dictatoriales.

A los más jóvenes nos costaba trabajo aceptarlo, sobre todo porque no habíamos tenido acceso todavía a ninguna plataforma decisiva desde la que ejercer el fraude en provecho propio y, por tanto, la evidencia de la trampa institucional nos escandalizaba. Con sordina, como funcionaba entonces todo. Nos producía una cierta alarma vergonzante.

Voy a citar una experiencia. En tiempos de la dictadura consolidada, una de las muchas estafas públicas permanentes, generalmente conocida y aceptada, era el fraude de los surtidores de gasolina en las estaciones de servicio. Aparte de la mala calidad del producto, que era notoria cuando uno repostaba más allá de los Pirineos, no había la absoluta certeza de que en ningún surtidor se suministraba realmente la cantidad de gasolina que uno pagaba. Es decir, que si el surtidor señalaba un consumo de 30 litros, por ejemplo, que era la cantidad que había que pagar, en realidad sólo habían manado 28 por la manguera. O algo así. El fraude era tan conocido y aceptado que entre los consumidores ya se conocían las estaciones de servicio que estafaban más y las que estafaban menos, y a estas últimas convenía dirigirse con preferencia.

Generalmente se buscaban estaciones de servicio propias de CAMPSA, ya que allí el suministro se acercaba más a la fiabilidad.

Yo pertenecía a una asociación motorista que tenía acceso a una publicación semanal especializada. Un día decidí actuar, recordando a mi hermano Andrés cuando decía que el delito hay que combatirlo sea quien sea el delincuente, que con la ley en la mano no hay nada que temer, y la denuncia es un deber social. Bueno, pues con las teorías de Andrés convencí a un grupo de colegas, y un día nos personamos, en compañía de un notario, sucesivamente, en tres importantes estaciones de servicio, para hacer la prueba. La hicimos, efectivamente, y se comprobó que en las distintas mangas del servicio se daba en realidad sólo entre un 80 y un 82 por ciento de gasolina por cada litro que el contador marcaba, lo cual representaba un fraude muy notorio. El notario levantó acta y nosotros lo comunicamos a los responsables de cada gasolinera (de CAMPSA, por supuesto), los cuales se encogieron de hombros, como si el lance no fuera con ellos.

La historia se publicó, efectivamente, en la revista mencionada, con todo lujo de detalles. Nosotros esperábamos una reacción tumultuosa pero, para nuestro desencanto, no pasó nada. Nadie replicó. La pública denuncia del fraude se diluyó en silencio.

Aunque de manera oficiosa, y por vía indirecta, sí recibimos información. El caso era que los dueños-concesionarios de las estaciones de servicio recibían de CAMPSA una gratificación insignificante, apenas un céntimo por litro suministrado, algo que no les permitía tener el establecimiento abierto, pagar sueldos al personal y, encima, ganarse la vida. CAMPSA, por su parte, pretendía aumentar el precio de venta de la gasolina, para abonar alguna comisión mejor a los consignatarios de las estaciones de servicio, pero el gobierno no permitía el aumento del precio de las gasolinas porque entendía que podía ser una medida impopular. Por consiguiente, los concesionarios de CAMPSA se tomaron el beneficio por su mano estafando al cliente de manera discrecional (quiero decir unos más que otros). CAMPSA hacía la vista gorda, con el consentimiento tácito del Gobierno, que de manera solapada consentía la estafa al consumidor (que era oculta) y no movía el precio de venta de la gasolina (que hubiera sido un aumento muy notorio).

Se prefería una trampa oculta antes que una flaqueza visible, confiando, por supuesto, en el sistema de censura y represión. Pero como fuera que la misma represión era corrupta y la censura era arbitraria, se podían publicar cosas como el fraude de las gasolineras en un semanario de difusión nacional, y no pasaba nada. Ni se solucionaba el problema ni se enmudecía a la revista delatora. No se daba nadie por enterado. Era el sistema.

Como dato para la historia conviene puntualizar que el caso de las gasolineras, donde habitualmente se expendía el litro español a razón de 800 centímetros cúbicos, era sólo un mero ejemplo de un sistema generalizado. En general, ningún producto envasado se servía realmente lleno ni nada de lo que el consumidor compraba respondía a lo que la apariencia prometía, ni en cantidad ni en calidad ni en densidad ni en volumen ni en ningún tipo de valoración posible.

Es por esta razón que, cuando muchos españoles empezaron a salir para visitar ciudades extranjeras, por placer o por trabajo, el shock emocional no venía tanto de comprobar los efectos del sistema democrático en la natural convivencia ciudadana como de darse cuenta de la eficiencia del sistema comercial.

Con otras palabras, si aquellos españoles que empezaban a viajar (mediante visados, permisos de toda clase, etc.) se compraban una prenda de vestir en Francia o en Suiza o en Inglaterra, notaban con sorpresa, con el tacto, la calidad superior de la lana y del algodón u observaban que las cremalleras funcionaban (se deslizaban suavemente y no se atascaban), que los botones estaban firmemente cosidos y no se caían al segundo día de abrocharlos, que las tallas eran fiables, que las prendas que estaban en exposición, en escaparates o en vitrinas, estaban forzosamente en existencia y en todas sus tallas... Que los productos de consumo comestible llevaban visible una fecha de caducidad; que los yogures, por ejemplo, no estaban aguados, y que los envases de litro de leche contenían realmente un litro...

En resumen, después de habituarse durante décadas al imperio del fraude consolidado, sumergirse de pronto en una especie de insólito universo regularizado en el que un metro medía 100 centímetros redondos, un kilo eran 1.000 gramos, y un cuarto de litro eran exactamente 250 centímetros cúbicos, y comprobando además que semejante fórmula increíble se complementaba con normas razonables que ordenaban el consumo de manera racional, constituyó para muchos españoles espabilados el choque emocional más demoledor en los años sesenta, cuando la ciudadanía de este país empezaba a “verse las orejas”.



Nota de la Redacción: agradecemos a Ediciones Carena en la persona de su director, José Membrive, la gentileza por permitir la publicación de este fragmento del libro de Albert Mallofré, Simplemente, vivíamos (Ediciones Carena, 2009).
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