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Fernando Lugo

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Carlos Malamud es profesor Titular de Historia de América Latina de la UNED e investigador principal del Real Instituto Elcano

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Walker San Miguel, ministro de Defensa de Bolivia

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Eco Morales

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Cristina Fernández de Kirchner

Cristina Fernández de Kirchner


Análisis/Política y sociedad latinoamericana
Lugares comunes latinoamericanos: el esperpento político
Por Carlos Malamud, lunes, 4 de mayo de 2009
La falta de pudor, de sentido común o el desmedido (a veces compulsivo y necesario) deseo de agradar a sus seguidores suelen deslizar, con inusitada frecuencia y facilidad, a buena parte de los políticos latinoamericanos hacia el esperpento. Con independencia de sus orígenes políticos o ideológicos, con independencia de la mayor o menor legitimidad que los acompaña (gobiernos democráticos o dictatoriales), con independencia del género (masculino o femenino) o del componente étnico, es indudable que eso que se ha dado en llamar el realismo mágico atraviesa todas las líneas y cruza todas las fronteras para marcar de una forma indeleble a buena parte de los líderes políticos regionales.
En los años 70 del siglo XX, una revista de la izquierda peronista montonera reproducía en su portada una foto de la entonces presidenta argentina, Isabel Martínez, saliendo de un carro de combate, creo recordar tocada con los adminículos de un buen tanquista. El titular que la acompañaba rezaba: “De todos lados se vuelve, menos del ridículo”. Si observamos algunas de las reacciones, declaraciones o medidas adoptadas o impulsadas por algunos dirigentes latinoamericanos en las últimas semanas vemos cómo allí se puede encontrar material suficiente para continuar la línea emprendida por Carlos Arniches en su colección de sainetes Del Madrid castizo. En realidad, al tratarse de quien se trata sería más correcto traer a colación a Armando Discépolo, que supo darle al género chico un giro más sombrío y dramático para llegar al grotesco criollo.

En esa suerte de cambalache en que se ha convertido la política regional podemos incluir esa especie de frenética carrera en torno a la búsqueda del santo grial regional, que adopta la forma de la reelección. En este sentido, cuántas más veces pueda ser reelegido un presidente, tanto mejor. Por supuesto que el desiderátum es la reelección permanente, y mientras ésta llega, la posibilidad de tres reelecciones consecutivas es mejor que dos. En rigor de la verdad, muy pocos se han librado de caer en esta tentación y hasta ahora nadie ha dicho: esto de la reelección es necesario para mejorar la gobernabilidad y el buen funcionamiento de nuestro sistema político, pero yo no me voy a beneficiar de ella y comenzará a contar a partir del próximo presidente.

Aquí también podríamos mencionar otra tendencia, de momento algo más limitada, que es la irrupción de los matrimonios presidenciales. El nepotismo no es un fenómeno nuevo ni en América Latina ni en ningún otro lugar del planeta, pero la presencia de presidencias gananciales sí lo es. Éstas, de momento, responden a dos modelos con algunos puntos de común entre si: 1) el modelo kirchnerista, en el cual la sucesión se articula dentro del matrimonio o 2) el modelo orteguiano, capaz de situar al cónyuge no gobernante en un lugar de gran poder y mando. A lo largo de este artículo me centraré en el análisis de tres hechos que darían lugar a un buen sainete: la paternidad del presidente paraguayo y ex obispo Fernando Lugo, el proyecto boliviano de cambiar los uniformes de los integrantes de sus Fuerzas Armadas (los actuales son muy fieles a un modelo USA) y la pregunta retórica de Cristina Fernández de para qué quiere la oposición ganar las elecciones y hacerse con la mayoría parlamentaria.

Ni Dios ni amo

Con matices, el aforismo del anarquista ruso Mijail Bakunin, ni Dios ni amo, ha inspirado a numerosas generaciones de la izquierda latinoamericana. Esa misma izquierda que durante décadas rechazó de plano, y con buen conocimiento de causa, el acenso a la primera línea de la política de religiosos y militares. Hoy las cosas han cambiado enormemente y generales, o comandantes, y obispos son bienvenidos cuando llegan al poder. Es tal el relativismo que inspira a una parte nada desdeñable de la izquierda latinoamericana que todo aquel que recite un discurso antinorteamericano o antiglobalizador es bienvenido al campamento. Hasta Mahmud Ahmadineyad o, incluso, Vladimir Putin pueden entrar en tal categoría.

Huérfana de liderazgo, la oposición paraguaya a la tradicional dominación del Partido Colorado, decidió apostar por la emergente figura de un obispo de los pobres que tenía numerosos conflictos con el Vaticano. En poco tiempo, y ungido no con el óleo santo sino con crudo procedente de otras latitudes, Fernando Lugo saltó al estrellato. En poco tiempo más fue elegido presidente de Paraguay, a la cabeza de una heterogénea coalición opositora integrada por casi todas las izquierdas, por lo más lúcido de la oposición interna y por el tradicional Partido Liberal radical Auténtico.

Al cabo de un año de gobierno el escándalo de varias paternidades le ha saltado a la cara y ha venido a complicar el futuro de su gobierno. En línea con lo actuado por otros gobiernos bolivarianos (y no tanto) amigos, el hermano del presidente, Pompeyo Lugo, habló de una “campaña sucia” en su contra. El objetivo: desestabilizar al gobierno, dar un golpe de estado incruento, o no tanto. El problema aquí es que se pretende arrebatar a las oposiciones, cualesquiera sean, su función de control del ejecutivo.

Lo cómico del sainete: los nombres de los tres hijos atribuidos, de momento, al ex obispo, ya que se especula que podría haber algunos más. Uno de ellos se llama Fernando, como él. Otro, Armindo, que es su segundo nombre. El tercero fue bautizado como Juan Pablo, en honor al papa Wojtyla. Intentando una defensa que lo acercara más a la realidad que lo rodea Lugo se justificó señalando que “nada de lo humano me es ajeno”. Por tanto el sexo no debería serle ajeno, pese al voto de castidad emitido en su momento. Lo dramático del caso, y entramos en el cono de sombra del sainete, es que una cosa es el sexo consentido, con personas adultas y capaces de elegir libremente, y otra muy distinta el que se realiza con menores de edad, con personas que dependen directamente de uno o con mujeres necesitadas que se acercan a la sombra del poderoso para encontrar una salida a sus problemas.

El uniforme militar debe ser antiimperialista, o no será

A fines de abril de 2009, el ministro de Defensa boliviano anunció que todos los integrantes de las Fuerzas Armadas bolivianas cambiarán sus uniformes a partir de 2010, porque los actuales se parecen mucho a los estadounidenses. Para colmo de males, éstos confunden a la ciudadanía, ya que en repetidas oportunidades se han utilizado para delinquir. Walker San Miguel, el mencionado ministro, dijo que: “Nuestros soldados van a vestir un uniforme nuevo, autentico, que represente a todas las regiones y a todas las culturas del país y que represente el espíritu militar propio”. De este modo, los nuevos uniformes tendrán símbolos propios de las culturas indígenas del país, “y ya no será[n] importado[s]”.

El último comentario se alinea claramente con las posiciones proteccionistas actualmente en boga en buena parte de los países de la región. El resto merece algunos comentarios, no en la línea de la chanza fácil de la orientación folklórica de las nuevas indumentarias, si no en relación con el teórico impulso a la integración regional que dice apoyar el gobierno de Evo Morales, aunque el nacionalismo lo lleve a adoptar medidas claramente contradictorias. Si bien el recientemente aprobado Consejo Sudamericano de Defensa (CSD) no se plantea la coordinación de las distintas Fuerzas Armadas de la región, el hecho que los distintos ejércitos latinoamericanos desarrollen sus propios y nuevos uniformes aportaría poco o nada al objetivo de avanzar en la integración regional en materia de Defensa. En realidad, esto no debería provocar ninguna reacción de sorpresa, toda vez que entre los fundamentos del CSD están el principio de autodeterminación de los pueblos, la defensa de la soberanía nacional y la no ingerencia en asuntos de terceros países.

La oposición es leal si no cumple sus funciones

En medio de una precampaña electoral que se tornará cada vez más agria, la presidenta argentina Cristina Kirchner le preguntó a la oposición: “¿Para qué quieren la mayoría?” La pregunta fue formulada de cara a unas elecciones legislativas que, si se cumple lo previsto por algunas encuestas, podría dejar al gobierno en minoría parlamentaria. Al margen de la respuesta tópica: para controlar mejor a la presidenta y sus acciones y para, eventualmente, poder gobernar a partir de 2011, lo cierto es que se trata de una pregunta totalmente ajena al concepto de democracia y a su significación institucional.

¿Cómo se puede preguntar a la oposición para qué quiere presentarse a las elecciones y, sobre todo, para qué quiere ganarlas? De este modo se admite que quienes actualmente ocupan las poltronas presidenciales están ahí para quedarse para siempre, como afirmó algún presidente andino, o que el monopolio de la verdad sólo reside en quienes gobiernan. Esta pregunta sirve también para encubrir la política de la polarización y de la crispación, la que defiende hasta el final la existencia de la patria y la antipatria, la de quienes merecen vivir en el suelo de la patria y la de quienes sólo quieren lucrar a su costa. En la misma línea se encuentran algunas manifestaciones del recientemente reelegido presidente Rafael Correa, que pretende elegirse en el árbitro del diálogo entre el gobierno y la oposición. Al presidente imbuido de todos los atributos del mando le corresponde legitimar a sus interlocutores, en función de si le agradan más o menos y no por el porcentaje de respaldo popular que tengan detrás.

El peligroso sesgo de algunas de estas manifestaciones puede llevar, de mantenerse, a la política latinoamericana, del sainete a la tragedia. Acallar las voces del disenso, potenciar la arbitrariedad y no respetar las leyes que defienden a los menores son sólo algunas manifestaciones de una forma de entender el poder, libre de cualquier atadura legal, o libre de los controles (de los pesos y contrapesos) inherentes a cualquier sistema democrático.
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