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Karl E. Meyer y Shareen Blair Brysac: Torneo de Sombras. El Gran Juego y la pugna por la hegemonía en Asia Central (RBA Libros, 2008)

Karl E. Meyer y Shareen Blair Brysac: Torneo de Sombras. El Gran Juego y la pugna por la hegemonía en Asia Central (RBA Libros, 2008)

    TÍTULO
Torneo de Sombras. El Gran Juego y la pugna por la hegemonía en Asia Central

    AUTORES
Karl E. Meyer y Shareen Blair Brysac

    EDITORIAL
RBALibros

    TRADUCCCION
Joan Solé

    OTROS DATOS
Barcelona, 2008. 586 páginas. 25 €



Karl E. Meyer y Shareen Blair Brysac

Karl E. Meyer y Shareen Blair Brysac


Reseñas de libros/No ficción
Karl E. Meyer y Shareen Blair Brysac: Torneo de Sombras. El Gran Juego y la pugna por la hegemonía en Asia Central (RBA Libros, 2008)
Por Rogelio López Blanco, jueves, 2 de enero de 2014
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Más tarde, Polanski adquirió igualmente una serie de potentes micrófonos de “pin” y transmisores, que, según dicen, introdujo estratégicamente en las casas de sus amigos. Cuentan que algunos actores y productores famosos se sentaban a cenar con sus familias y que a veces incluso hablaban de Polanski, sin saber que el director los estaba escuchando desde su puesto de vigilancia en la habitación de un hotel cercano. Un día, Bill Castle, el productor de La semilla del diablo, se acercó a «ofrecer su apoyo y ver qué tal estaba Roman». Polanski lo recibió en la puerta con una hoja de papel y le pidió que escribiera la palabra “CERDO” en ella. Esta muestra y algunas de otros amigos fueron enviadas a un grafólogo de Nueva York, que cobró 2.500 dólares a Polanski y nunca identificó de forma concluyente a un sospechoso. La red se extendió hasta el escritor Jerzy Kosinski, cuya novela de 1968 “Pasos” relataba un asesinato especialmente bárbaro y absurdo. Actuando a título independiente o a petición de Polanski, Victor Lownes envió una carta al departamento de homicidios de Los Angeles sugiriendo investigar a Kosinski. La carta terminaba diciendo: «¿Sería remotamente posible que el autor de textos tan extraños pudiera ser él mismo una persona francamente extraña?». Una variante de la misma pregunta se formulaba todavía a diario en la prensa de Los Angeles, aplicada al mismo Polanski. Kosinski fue debidamente entrevistado y exonerado, tras lo cual criticó públicamente «el intento de Polanski de “dirigir” el [reportaje] de la revista “Life” sobre Cielo Drive», cosa que encontraba grotesca.

La explicación más caritativa es que Polanski estaba temporalmente trastornado por la conmoción de los asesinatos, y por cierto sentido de culpa por no haberlos impedido de alguna forma. También quedaba la acuciante idea de que las víctimas masculinas, por lo menos, no deberían haber sido, como dijo un amigo de Hollywood, «corderos para el matadero». Wojtek Frykowski, en particular, había sido un atleta reconocido a nivel nacional y un camorrista consumado, que una vez había alzado tranquilamente una pesada silla de madera y la había estrellado en la cabeza de un desconocido, durante una fiesta. Según varias fuentes, más tarde había dejado inconscientes a dos miembros de la policía secreta polaca, un hecho que pudo acelerar su decisión de emigrar. Antes de que los hechos de los asesinatos quedaran establecidos por completo, Polanski, comprensiblemente, se preguntaba a veces en voz alta por qué su viejo amigo no había «hecho algo» para resistirse. Como se demostró más tarde, Frykowski había luchado heroicamente por su vida; sin las drogas y el alcohol, a saber si no habría podido con sus asaltantes.

Polanski no fue el único familiar de víctima que investigó por su cuenta las atrocidades de Cielo Drive. El coronel Paul Tate nunca había acabado de aceptar la profesión que su hija había elegido, aunque ni siquiera él podría haber pronosticado el horrendo resultado. Después de prejubilarse del ejército, Tate, a sus 46 años, se dejó el pelo largo, se colgó un par de abalorios y comenzó a frecuentar “chozas de hippies” de la vecindad de Sunset Strip, convencido de que alguien de allí sabía la verdad sobre la muerte de Sharon. El ex especialista en espionaje militar iba armado con su antiguo revólver reglamentario, pero, igual que Polanski, sus pesquisas no depararon nada concreto.

El 10 de octubre de 1969, los funcionarios de la oficina del sheriff de Inyo County emprendieron una serie de redadas coordinadas en el rancho Barker, un pueblo fantasma en el extremo sur del Valle de la Muerte, al que Manson y la mayor parte de su Familia habían migrado el mes anterior. La operación deparó veinticuatro sospechosos, que fueron acusados de una serie de delitos, desde el robo de coches hasta el incendio provocado. Uno de los últimos detenidos fue el propio Manson, que fue encontrado agazapado en un pequeño armario, bajo la pila del lavabo. Uno de los agentes que los arrestaron habla de la inesperada timidez de aquella figura «encorvada que arrastraba los pies», y que sólo dijo que «se alegr[aba] de volver a estirar las piernas» y que «no iba a causar ningún problema a nadie».

Tres semanas después, durante su detención, Susan Atkins se acercó a la litera de otra reclusa llamada Virginia Graham y después de algunos preámbulos le dijo que la policía era tan tonta que «ahora mismo hay un caso, pero están tan despistados que no tienen ni idea de lo que pasa».
«¿De qué estás hablando?», preguntó Graham.
«De lo de Benedict Canyon».
«¿Benedict Canyon? ¿No estarás hablando de Sharon Tate?».
«Sí», dijo Atkins, que pareció «emocionarse». «Tú sabes quién lo hizo, ¿no?».
«No».
«La estás mirando».

De resultas de esto, de una confesión posterior y de otros hechos que incluyeron el descubrimiento de la pistola desechada de Charles Watson por un niño de 10 años, el jefe de la policía de Los Angeles, Edward Davis, pudo anunciar, el 1 de diciembre, que su cuerpo había «resuelto» el caso Tate. Davis alabó la «magnífica actuación» de sus investigadores durante los cuatro meses anteriores. Añadió que los mismos sospechosos estaban implicados en el caso LaBianca, cosa que, tal como observaron los periodistas, contradecía las declaraciones oficiales que el jefe había efectuado hasta entonces.

En la vista preliminar con gran jurado, el 5 de diciembre, a Atkins se le preguntó si reconocía una fotografía policial del cadáver de Steven Parent.

«Sí», contestó ésta alegremente. «Es la cosa que vi en el coche».

El juicio contra Charles Manson, Susan Atkins, Patricia Krenwinkel y Leslie Van Houten empezó el 24 de julio de 1970 en Los Angeles. Manson compareció ante el tribunal con una “X” tallada en la frente. Seis meses después, el jurado declaró a los acusados culpables de los veintisiete cargos de asesinato y conspiración para cometer asesinato. Fueron condenados a morir en la cámara de gas. El 12 de octubre de 1971, un jurado distinto declaró a Charles Watson culpable de siete cargos de asesinato en primer grado; también él fue condenado a muerte. “Clem” Grogan fue declarado culpable de asesinato, aunque el juez que presidió el proceso, observando que «Grogan era demasiado tonto y estaba demasiado enganchado a las drogas para decidir nada por su cuenta», lo condenó a cadena perpetua. A Linda Kasabian se le concedió inmunidad, a cambio de su testimonio sobre sus compañeros de la Familia.

El 18 de febrero de 1972, el Tribunal Supremo de California aprobó, por seis votos contra uno, la abolición de la pena de muerte en el estado, sobre la base del artículo de la Constitución que prohíbe «los castigos crueles o inusuales». Finalmente, cinco años después se reinstauró una versión modificada de la ley, incluyendo una disposición específica que permitía las ejecuciones en casos de «interés excepcional» para la seguridad pública, por ejemplo «los caracterizados por una brutalidad especial, o por el homicidio de varias víctimas». Los asesinos de Sharon Tate y de sus amigos, y de Leno y Rosemary LaBianca, fueron exquisitamente afortunados en la coincidencia de los hechos. Después del fallo original del Tribunal Supremo, las condenas de Manson, Watson, Atkins, Krenwinkel y Van Houten fueron automáticamente conmutadas por cadenas perpetuas, con posibilidad de libertad provisional al cabo de siete años. Doris Tate, la madre de Sharon, se convirtió en una tenaz activista contra los asesinos de sus hijos y en una pionera de los derechos de las víctimas en general, hasta su muerte de cáncer en 1992. En la actualidad, Manson y la mayoría de los miembros de su Familia están todavía en la cárcel. Se calcula que pueden haber sido responsables de hasta cuarenta asesinatos.

Polanski no hizo declaraciones públicas sobre las primeras condenas ni sobre su reducción posterior. Casi cuarenta años después, la naturaleza prácticamente aleatoria de los asesinatos sigue siendo difícil de aprehender. «¡Mentira! ¡Mentira!», declaró Polanski en el “New Yorker”, en respuesta a diversas teorías sobre los móviles de la Familia. «Manson iba a por Melcher. Y punto. Era un artista despreciado, y despreciar a cierta clase de artistas puede ser peligrosísimo. Piense en Hitler».

Este calvario, por supuesto, no ayudó al estado de ánimo general de Polanski, en el que, en palabras de un amigo, «no faltaban las sombras» mucho antes de agosto de 1969. En su mediana edad sufría de melancolía y depresión, adoptando, como escribió en su autobiografía, algunos de los atributos de su padre, Ryszard -«su pesimismo arraigado, su eterna insatisfacción con la vida, su sentido de culpa profundamente judaico, su convencimiento de que toda experiencia dichosa tiene un precio» (en el orden normal de los hechos hay pocas cosas que abatan el ánimo como un libro de memorias polaco, pero hay que decir que el de Polanski también refleja la sensibilidad, la imaginación y el ingenio de un contador de historias nato). En 1974, el director declaró en una entrevista que «el asesinato de Sharon fue el golpe final a cualquier fe que pudiera quedar dentro de mí en aquel momento». Diez años después confirmó: «Ya no sé disfrutar con la libertad de antes. Tengo [el] sentido judío de la culpa, y la muerte de Sharon aumenta mi fe en lo absurdo».

Polanski llegó a aborrecer a los medios de comunicación, o a aquéllos que habían venido a acusarlo de ser uno de los cómplices de Manson. «No la leo», declaró al presentador de televisión Dick Cavett. «Pero [...] en general desprecio tremendamente a la prensa, por su falta de rigor, por su irresponsabilidad, por su crueldad muchas veces deliberada. Y todo por lucrarse». Y sin embargo este desagrado hacia las “hienas” no era la historia completa. «Todo lo que uno hacía con Roman tenía algo de drama tremendo», recordó el director y actor John Huston después de coprotagonizar Chinatown. «Uno descubría enseguida que la pasión que realmente lo sostenía eran sus películas». Huston llegó a creer que, más allá de su «tribu inmediata», la gente era en cierto modo insignificante para él, «salvo como sujetos de sus películas». Polanski era imparcial, observó Huston tristemente: «Todo el mundo era igual de superfluo».

El caso Tate cambió no sólo a las familias de Polanski y del resto de las víctimas, sino, tal vez, a la misma Norteamérica. Gracias a Vietnam, en un momento anterior de los años sesenta cierta inseguridad se había instaurado subrepticiamente, pero el proceso pareció acelerarse casi a diario en el periodo que medió entre los macabros hallazgos del 9 de agosto de 1969 y la dimisión de un deshonrado Richard Nixon cinco años después, exactamente, hora por hora. Este periodo podría pretender al título de momento más traumático de la historia del Estados Unidos posterior a la Guerra de Secesión, sin excluir la presente. El individualista y conservador candidato presidencial Barry Goldwater, siempre un buen crítico social, más allá de lo que uno piense de su postura ideológica, situó el «final de nuestra inocencia nacional» en la noche en que «unos críos montados en un coche se desmandaron» en un apartado hogar de las colinas de Hollywood (6).

En la misma semana en la que Manson y su banda fueron inculpados, Polanski hizo sus maletas, entregó las llaves de su Ferrari a Paul Tate y abandonó Estados Unidos sin planes de regresar algún día. Pasó un tiempo en París, nunca el lugar idóneo para que una celebridad disfrute de «la paz y tranquilidad totales» que decía buscar; cuentan que una noche, Polanski y Gérard Brach se liaron a tortas con un fotógrafo, que protegió su carrete extrayéndolo de su cámara y tragándoselo. El director pasó la Navidad de 1969 con Victor Lownes, en un chalé alquilado en los Alpes suizos, una ocasión para perderse en sus pistas tanto como para conocer al resto de los miembros del grupo de Lownes, entre ellos dos gemelas idénticas que más tarde adornaron el póster central “Doble lío” del “Playboy”. Polanski también se surtió de varias bonitas alumnas de las varias escuelas de cultura general de la vecindad. La mayoría de las noches, a una hora acordada, Polanski esperaba en el coche, a una distancia discreta de la puerta del colegio, para recoger a su acompañante de 16 o 17 años, que acudía apresuradamente cubierta con un camisón, antes de devolverla sana y salva a su dormitorio a primera hora de la mañana siguiente. Polanski encontraba terapéuticas estas relaciones, tan breves como perfectamente consentidas (que no conducían necesariamente al sexo, dice Polanski, «aunque algunas sí»), y esto parece haber sido mutuo. Ciertamente no faltaban las jóvenes voluntarias dispuestas a complacerlo, incluso a riesgo de congelación y expulsión; preparadas para dejarlo todo por acompañar a Polanski a su chalé, ofreciendo al famoso director por lo menos un cambio de las clases de comportamiento.

Diez años antes, Polanski había recibido la década de los sesenta con su nueva esposa, Barbara Kwiatkowska, en la habitación de un hotel francés, aunque el hogar de la pareja seguía siendo un pisito sin agua caliente en la calle Narutowicra, en Lodz. Ahora se desplazó entre Gstaad, París y Londres para una serie de reuniones con su amigo Warren Beatty, al que quería dirigir en la superproducción Papillon (Papillon).Que Polanski había enriquecido la década con el sombrío encanto –infinitamente superior a cualquier cosa que pudieran lograr sus plomizos imitadores- de sus películas era incuestionable. Pero, para él, el éxito y el poder tenían su contrapeso en el «asfixiante» peso de la fama. Un psiquiatra al que Polanski había conocido a finales de agosto de 1969 le había advertido que superar el dolor de los últimos acontecimientos requeriría «cuatro años de duelo».

«Han sido más», observa Polanski.


NOTAS

(1) En este punto de su carrera, y a pesar de ser uno de los directores más solicitados del mercado, los ingresos de Polanski todavía eran significativamente inferiores a los de su mujer. Según la mayoría de las versiones, Tate iba cobrar entre 110.000 y 120.000 dólares por su papel en 12+1, el equivalente aproximado a dos millones de dólares actuales.
(2) La leyenda insiste en que Charles Manson, ávido lector de revistas de cine, pudo ver La semilla del diablo en el verano de 1968, y que por algún motivo montó en cólera, aunque esto no podemos saberlo con seguridad. En la carta que le escribí a Manson en junio de 2006 mencioné este punto entre otros. Declinó contestar.
(3) Polanski se confunde acaso, comprensiblemente, en este punto, puesto que la mujer de McQueen, Neile, parece recordar que ambos estuvieron en la ceremonia juntos; además, un colaborador del actor, Jim Hoven, me dijo: «Steve no sólo estuvo allí; fue armado, para el caso de que, como él dijo, “algún pez gordo intente liquidarme a mí”». Aun así es posible que McQueen (cuya tolerancia de los funerales era muy baja) se limitara a “asomarse” para presentar sus respetos a Tate, antes de dirigirse de inmediato a la ceremonia de Jay Sebring.
(4) Esto sucedió en la misma noche en que la revista “Vanity Fair” aseguró erróneamente que Polanski se había insinuado a una «belleza sueca», diciéndole supuestamente: «Te voy a convertir en la nueva Sharon Tate». Aunque nunca sucedió tal cosa, una modelo noruega rubia llamada Beatte Telle, que aquella noche estaba cenando en Elaine’s, recuerda que «Polanski se acercó a la mesa. Se me quedó mirando muchísimo tiempo. [...] A lo mejor le recordaba a Sharon Tate». Telle insiste en señalar que Polanski no habló con ella ni «deslizó su mano dentro de su muslo», como aseguró la revista. Como parte de esta terapia postraumática, el director, sin embargo, y según señala él mismo, empezó de nuevo a mantener «relaciones sexuales esporádicas» un mes después de la muerte de Tate.
(5) Según una versión muy extendida, además, el cadáver de Jay Sebring apareció «cubierto por un embozo», otorgando así credibilidad a la teoría de que “los cinco de Cielo” habían sido víctimas de una secta. En realidad el único “embozo” era la toalla ensangrentada que Susan Atkins había arrojado al azar en el cuarto de estar, donde había caído sobre la cara de Sebring.
(6) En 1984, Polanski declaró al periodista del “Nouvel Observateur” Olivier Giesbert que aquellos asesinatos «fueron el toque de difuntos del agonizante movimiento hippy. Junto a la llegada a la Luna es uno de los acontecimientos que marcaron la transición entre la década de los sesenta y la de los setenta. Simbólico, ¿no cree?».
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