El baile de los soldados 1918,
junio De pronto invadieron nuestra ciudad miles de jóvenes,
pobres chicos en su mayoría, a quienes habían sacado a la fuerza de su granja,
de su plantación, de su tiendecilla, y que procedían de todos los estados del
Sur mientras que sus oficiales, recién salidos de la academia militar bajaban
del Norte, de los Grandes Lagos y las praderas (nunca habían vuelto a verse
tantos yanquis en la ciudad desde la guerra civil, me dice mamá).
Tan
jóvenes, tan vigorosos, aquellos guerreros risueños se nos venían encima
haciendo mucho ruido y se desparramaban por nuestras calles como bandadas de
aves de plumaje azul, o gris, o verde, algunas empenachados de oro o de plata,
consteladas de medallas al valor y de barras de mil colores; pero todas, las
aves del comedor de oficiales y las avecillas del pelotón, los secesionistas y
los abolicionistas, unidos al fin, si no reconciliados, todos iban a volver a
ponerse en camino enseguida para iniciar una larga travesía del Océano hacia la
vieja Europa que no era aún la de nuestros sueños, aunque sí el continente de
una angustia desconocida, de ese hecho desconocido que consistía en morir en una
guerra extranjera.
Si tenían miedo, no lo demostraban. Había
constantemente bailes, en las calles, en los aeródromos que rodeaban la ciudad y
en los campos de entrenamiento. Es algo curioso, sí, algo único e inexplicado:
ninguna ciudad con las modestas dimensiones de Montgomery contaba con tantos
aeródromos. Y así fue cómo escogieron nuestra ciudad ridícula para que fuera el
criadero de esos chiquillos a quienes iban a entregar a la lucha. El Fuego dicen
ellos, la Acción.
Aún estoy oyendo su fervoroso murmullo: ese ufano
barullo de pasos que restallan, de voces escandalosas y de entrechocar de vasos,
como si veinte mil muchachos formasen un cuerpo grande y único, un titán de
pulso febril en quien se podía oír hervir la adrenalina y una irreprimible
subida de la savia. Era como si la inminencia del peligro y la llegada segura de
otros impactos, de otros furores, mortales éstos, volvieran a aquellos hombres
aún más alborotadores, infantiles y curiosamente eufóricos.
Y a nosotras,
las Hermosas Muchachas del Sur, no sé muy bien cómo nos veían aquellos chicos,
un enjambre zumbador quizá, o también una pajarera de colibríes y de cotorras
trastornadas. No había más razón para levantarse y vivir que la de esperar la
siguiente parada militar por la ciudad y, para las chicas con suerte como yo, a
quienes sus padres no ataban corto, el siguiente baile en el Country Club o en
las dependencias de oficiales de Camp Sheridan.
Papá había
intentado, desde luego, encerrarme en casa mientras las tropas estuvieran en la
ciudad. Aquel funcionario pálido y tímido, aquel austero hombre de ley que se
acostaba todas las noches al ponerse el sol, no cabía duda de que no veía en la
soldadesca sino un gentío anónimo de hombres bestiales y depravados, de
violadores o de asesinos. Minnie —gracias, mamá— me dejaba ir al Country Club, y
no a ningún otro baile ni a ningún otro local, y me daba suelta hasta las doce
de la noche. Se quedaba despierta hasta tarde, esperando a que yo volviese para
irse a dormir, y no se iba a la cama hasta
muy pasadas las
doce.
El teniente Fitzgerald tiene veintiún años y muchos talentos
ya. Baila de maravilla todos los bailes de moda, me enseña el
turkey
trot, el
maxie y el aeroplano; escribe relatos que no tardarán en
publicarse en los periódicos, está convencido de ello; es pulcro y elegante;
sabe francés —por ese conocimiento del francés es por lo que lo hicieron
teniente de infantería tras las clases en Princeton, pues los francófonos
disfrutan de un privilegio que los hace ascender a oficiales— y ante todo es
«pulcro» y «atildado» y viste con una coquetería casi de dandi. Lleva un
uniforme hecho a medida en los hermanos Brooks de Nueva York. Y en vez de usar
las habituales polainas de lienzo encima de los pantalones de montar, calza
botas altas, de color amarillo paja, con unas espuelas que le dan el aspecto un
tanto irreal de un héroe de tebeo.
Es bajo, sí, pero le compensan esa
carencia de unos pocos centímetros la cintura delgada, que resalta la guerrera
entallada, la frente despejada, un algo que tiene (la seguridad de ser alguien,
la fe en sí mismo, el sentimiento de que lo llama un destino simpar) y, de
hecho, una prestancia por todo lo alto, que le añade una cabeza de estatura. A
las mujeres las vuelve locas, y a los hombres también. Tendré que pensar un día
en esa singularidad: ninguno de sus hermanos de armas le tiene envidia ni siente
celos. No, es como si los demás hombres aceptasen que sea así de seductor y lo
alentasen a serlo...
¡Me turba tanto cuanto me irrita! Divórciate de ese
sueño tuyo. Ahora mismo.
***
Sí, nacía a diario un baile nuevo y yo me los
sabía todos. Podía pasarme horas delante del espejo para perfeccionar un paso y
sonreír dilatando el plexo y separando mucho los hombros.
Los chicos de
los clubs, los jóvenes del comedor de oficiales, me comen en la palma de la
mano, enguantada de hilo blanco. Soy Zelda Sayre. La hija del Juez. La futura
prometida del futuro gran escritor.
***
Desde el día en que lo vi, ya no dejé de
esperar.
Ni de pasarlo mal por él, con él, contra él.
En el jardín
de Pleasant Avenue se inclinaba hacia las rosas europeas de mamá y parecían
complacerlo las más oscuras, las carmesíes, las Baccara y las Crimson
Glory.
Aquel primer día de las presentaciones, frisaba la perfección. El
uniforme de la sastrería Brooks era de una pulcritud irreprochable, la raya del
pantalón permitía intuir un talento inmenso y la raya del pelo rubio parecía
tirada a cordel, centrada y recta a la perfección.
— Scott
—dijo.
—Encantada. Minnie Machen Sayre. Soy la mamá del
fenómeno.
Le clavaba la mirada sin recato, con un resplandor goloso
en la sonrisa. Pero no se quitó los guantes de jardinería para alargarle la
mano.
Pocas horas después:
—No sé si ese teniente yanqui tuyo es
tan buen bailarín como dices, pero, desde luego, es la cara masculina más
hermosa con que he me he cruzado hasta hoy. Rasgos finos y regulares; piel
delicada... un cutis de melocotón; pelo rubio, tan suave que es como acariciar
una pelusilla... Parece una chica. No te durará mucho. Los hombres demasiado
guapos son el azote de las mujeres. Las llevan a la perdición, garantizado...
¡Qué ojos azules tiene, Dios mío !
—Los ojos los tiene verdes, mamá. Y me
gustaría mucho saber qué experiencia de hombres guapos tiene usted para poder
hablar de ellos.
—¡Zelda Sayre, no seas tan descarada! No conociste a tu
padre de joven. ¡Muchas amigas mías me lo envidiaban, puedes
creerme!
Soy hija de viejos. En eso somos iguales Scott y yo: dos
hijos de viejos. Los hijos de viejos son unos tarados, dice
Scott.
...¿Qué ocultan los hombres tras el uniforme? ¿Qué les añade
el uniforme a los hombres? Bueno, de acuerdo, lo sé perfectamente: lo que les
añade el uniforme a los hombres es precisamente lo que me quitan a mí. Y no voy
a pelear por ello. El romanticismo ese se lo dejo a los guerreros
: y les
regalo a las viudas, a los huérfanos y a los mutilados. Que se apañen entre sí.
Yo soy una chica dura (no, cruel, no) y mi novio, tan rozagante, tan
nuevo, no se irá nunca a la guerra. Me importan un bledo la paga y los galones
probables: tengo otros proyectos para nosotros. Impediré que se vaya al frente.
Ya tendremos Europa. Llegaremos a ella, pero en cubierta de primera clase. Y sin
uniforme.
La noche más hermosa de mi
vida 1918 Han firmado el armisticio. Scott ha
dado en Camp Sheridan con un papel a su medida; es ayudante de campo del general
Ryan, o, más bien, su secretario para la vida mundana. Hay juergas continuamente
y en todas partes. Ayer, pasaban revista a las tropas. Fanfarria y cañonazos.
Toda la ciudad se había congregado para ver a sus arrogantes
soldados que
se han quedado sin empleo. Y el pobre Goofo es tan mal jinete que la yegua lo
tiró al suelo en el primer minuto de la parada ante los ojos consternados del
general, que se aguantaba la risa, como todo el mundo.
Pobre Goofo, tan
hábil para llevar a su pareja y tan lastimoso llevando su
montura.
Pero al general le administra con tanto tino el carnet de
baile que éste lo sigue queriendo y le da más y más dinero para organizar en el
Country Club y en otros sitios,
también
en el casco urbano,
veladas sensacionales a las que me lleva, a mí, a la pavisosa del Sur que nunca
había visto tamaños refinamientos.
No tardarán en desmovilizarlo y se
irá... ¿Qué joven que tenga unas cuantas neuronas se quedaría en Montgomery, ni
tan siquiera por amor?
Esto es de hace cuatro meses, del 27 de julio:
Scott mandó un faetón para que me recogiera en Pleasant Avenue; el Juez levantó
una ceja; Minnie cortó una rosa y me la prendió en el pecho y, luego, el cochero
bajó el estribo. Mientras cruzaba la ciudad en aquella calesa de antaño, no
sabía si sentirme estúpida, avergonzada o embustera. ¿Usurpadora o sencillamente
princesa por una noche? Cumplía dieciocho años y le deseo a todo el mundo que
entre así en la vida adulta. No obstante, en aquel detalle galante de Scott, que
habría halagado a cualquier jovencita, había una desmesura y una autoridad
dominante que me daban la sensación de ser un juguete. Sé cómo se guían
unos caballos y aborrecía a aquel cochero que llevaba un frac ridículo: me
habría gustado mucho más conducir yo el cabriolé. Había no menos de siete
oficiales alrededor de la mesa principal del Country Club y Scott los miraba con
una expresión pasmosa de triunfo, de vanidad, de desafío. Todos aquellos
muchachos me hicieron un discursito y un regalo, algunos con tanta gracia que,
con ayuda del champán, estábamos doblados en dos de risa y borrachos antes
incluso de que llegase el primer plato.
—Teniente
Fitzgerald, mi guapo Goofo, me está regalando la noche más hermosa de mi
vida.
Los dos somos como un torbellino en la pista, volamos y despegamos
de la tarima ante las miradas de envidia (sin verlas, las intuyo; noto cómo nos
van siguiendo, como acosan nuestros arabescos).
—La culpa la tiene mi
padre —dice—. Me matriculó en unas clases de baile. De baile de salón; y también
en clases de buenos modales y de rudimentos de etiqueta. Compréndeme, Bebé. Una
suerte adversa nos convirtió en unos desclasados y mi padre nunca se rindió ante
ella. Vivíamos con apuros, e incluso sin tener donde caernos muertos, pero
tuvimos la educación que exigía y merecía nuestro apellido. ¡Porque este
apellido que llevo fue el del fundador del país, sí, sí, abre bien los
oídos!
Y se puso a cantar el himno nacional, esa murga, o mejor dicho,
esa cursilada de la que tan orgullosos están todos, los hijos y los padres de
aquí, con el traje de los domingos, el himno que compuso su bisabuelo (o su tío
abuelo, me armo un lío con todas esas genealogías atropelladas de inmigrantes
irlandeses). Quise bromear con la poesía del bisabuelo
Then conquer
we must, when our cause is just, And this be our motto: In God is our
trust y se molestó. Cuando los hombres se dan pisto y peroran, no sé
qué contestarles. Sólo me entran ganas de salir huyendo y meterme bajo tierra en
el invierno de las salamandras.
Pero al final son ellos, los
hombres, los que se evaden. Es privilegio suyo: desaparecen.
Nota de la Redacción: Este texto corresponde al libro de
Gilles Leroy,
Alabama Song (RBA Libros, 2008).
Queremos hacer constar nuestro agradecimiento a
RBA
Libros por su gentileza al facilitar la publicación en
Ojos de
Papel.