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Gilles Leroy: Alabama Song (RBA Libros, 2008)

Gilles Leroy: Alabama Song (RBA Libros, 2008)

    AUTOR
Gilles Leroy

    LUGAR Y FECHA DE NACIMIENTO
Bagneux (Francia), 1958

    BREVE CURRICULUM
Terminó su carrera universitaria con una memoria sobre el poeta Henri Michaux. Trabajó como periodista. En 1996 dejó París para irse a vivir al campo, donde se consagró a la escritura. Desde entonces ha aprovechado su tiempo para viajar y estudiar la literatura japonesa y americana. Publicó su primera novela Habibi en 1987. Después de ésta vendrán otras muchas: El Amante Ruso en 2002, Crecer en 2004, Campo Secreto en 2005



Gilles Leroy

Gilles Leroy


Creación/Creación
Gilles Leroy: Alabama Song
Por Gilles Leroy, lunes, 2 de febrero de 2009
La historia escrita por Gilles Leroy es el relato de una destrucción, del viaje hacia la nada de Zelda, la niña del sur que creyó que escapando de su casa tocaría el cielo y que acabó en un hospital psiquiátrico en el que tenía que esconder lo que escribía para que no se lo confiscaran los médicos. Esas eran las órdenes tajantes de su marido, el famoso escritor Scott Fitzgerald. Ganadora del prestigioso premio Goncourt, Alabama Song narra el devenir de una mujer que lo tenía todo: hija de jueces, descendiente de senadores, riqueza, belleza, unos padres comprensivos, amigos, amantes y sobre todo una libertad absoluta y que todo lo perdió. Su futuro: la mayor negación, el más negro destino. La víctima inconsciente que sin embargo es incapaz de alejarse de su verdugo. Alabama Song es un bello relato escrito en primera persona con una prosa delicada y a la vez valiente capaz de mostrarnos, con sólo unas pinceladas, el ambiente cálido y seco de Alabama, la vida nocturna del Nueva York de los años veinte, la Europa de entreguerras, la España de la guerra civil. Los grandes nombres se humanizan. Gilles Leroy no teme mostrarnos ni lo bueno ni lo malo de su manera de ser: artistas, bailarinas o escritores pasean por sus páginas y todos son descritos sin piedad, a cuchillo; como los narraría alguien que tuvo la oportunidad de conocerlos.
El baile de los soldados

1918, junio

De pronto invadieron nuestra ciudad miles de jóvenes, pobres chicos en su mayoría, a quienes habían sacado a la fuerza de su granja, de su plantación, de su tiendecilla, y que procedían de todos los estados del Sur mientras que sus oficiales, recién salidos de la academia militar bajaban del Norte, de los Grandes Lagos y las praderas (nunca habían vuelto a verse tantos yanquis en la ciudad desde la guerra civil, me dice mamá).

Tan jóvenes, tan vigorosos, aquellos guerreros risueños se nos venían encima haciendo mucho ruido y se desparramaban por nuestras calles como bandadas de aves de plumaje azul, o gris, o verde, algunas empenachados de oro o de plata, consteladas de medallas al valor y de barras de mil colores; pero todas, las aves del comedor de oficiales y las avecillas del pelotón, los secesionistas y los abolicionistas, unidos al fin, si no reconciliados, todos iban a volver a ponerse en camino enseguida para iniciar una larga travesía del Océano hacia la vieja Europa que no era aún la de nuestros sueños, aunque sí el continente de una angustia desconocida, de ese hecho desconocido que consistía en morir en una guerra extranjera.

Si tenían miedo, no lo demostraban. Había constantemente bailes, en las calles, en los aeródromos que rodeaban la ciudad y en los campos de entrenamiento. Es algo curioso, sí, algo único e inexplicado: ninguna ciudad con las modestas dimensiones de Montgomery contaba con tantos aeródromos. Y así fue cómo escogieron nuestra ciudad ridícula para que fuera el criadero de esos chiquillos a quienes iban a entregar a la lucha. El Fuego dicen ellos, la Acción.

Aún estoy oyendo su fervoroso murmullo: ese ufano barullo de pasos que restallan, de voces escandalosas y de entrechocar de vasos, como si veinte mil muchachos formasen un cuerpo grande y único, un titán de pulso febril en quien se podía oír hervir la adrenalina y una irreprimible subida de la savia. Era como si la inminencia del peligro y la llegada segura de otros impactos, de otros furores, mortales éstos, volvieran a aquellos hombres aún más alborotadores, infantiles y curiosamente eufóricos.

Y a nosotras, las Hermosas Muchachas del Sur, no sé muy bien cómo nos veían aquellos chicos, un enjambre zumbador quizá, o también una pajarera de colibríes y de cotorras trastornadas. No había más razón para levantarse y vivir que la de esperar la siguiente parada militar por la ciudad y, para las chicas con suerte como yo, a quienes sus padres no ataban corto, el siguiente baile en el Country Club o en las dependencias de oficiales de Camp Sheridan.
 
Papá había intentado, desde luego, encerrarme en casa mientras las tropas estuvieran en la ciudad. Aquel funcionario pálido y tímido, aquel austero hombre de ley que se acostaba todas las noches al ponerse el sol, no cabía duda de que no veía en la soldadesca sino un gentío anónimo de hombres bestiales y depravados, de violadores o de asesinos. Minnie —gracias, mamá— me dejaba ir al Country Club, y no a ningún otro baile ni a ningún otro local, y me daba suelta hasta las doce de la noche. Se quedaba despierta hasta tarde, esperando a que yo volviese para irse a dormir, y no se iba a la cama hasta muy pasadas las doce.
 
El teniente Fitzgerald tiene veintiún años y muchos talentos ya. Baila de maravilla todos los bailes de moda, me enseña el turkey trot, el maxie y el aeroplano; escribe relatos que no tardarán en publicarse en los periódicos, está convencido de ello; es pulcro y elegante; sabe francés —por ese conocimiento del francés es por lo que lo hicieron teniente de infantería tras las clases en Princeton, pues los francófonos disfrutan de un privilegio que los hace ascender a oficiales— y ante todo es «pulcro» y «atildado» y viste con una coquetería casi de dandi. Lleva un uniforme hecho a medida en los hermanos Brooks de Nueva York. Y en vez de usar las habituales polainas de lienzo encima de los pantalones de montar, calza botas altas, de color amarillo paja, con unas espuelas que le dan el aspecto un tanto irreal de un héroe de tebeo.

Es bajo, sí, pero le compensan esa carencia de unos pocos centímetros la cintura delgada, que resalta la guerrera entallada, la frente despejada, un algo que tiene (la seguridad de ser alguien, la fe en sí mismo, el sentimiento de que lo llama un destino simpar) y, de hecho, una prestancia por todo lo alto, que le añade una cabeza de estatura. A las mujeres las vuelve locas, y a los hombres también. Tendré que pensar un día en esa singularidad: ninguno de sus hermanos de armas le tiene envidia ni siente celos. No, es como si los demás hombres aceptasen que sea así de seductor y lo alentasen a serlo...

¡Me turba tanto cuanto me irrita! Divórciate de ese sueño tuyo. Ahora mismo.

***



Sí, nacía a diario un baile nuevo y yo me los sabía todos. Podía pasarme horas delante del espejo para perfeccionar un paso y sonreír dilatando el plexo y separando mucho los hombros.

Los chicos de los clubs, los jóvenes del comedor de oficiales, me comen en la palma de la mano, enguantada de hilo blanco. Soy Zelda Sayre. La hija del Juez. La futura prometida del futuro gran escritor.

***



Desde el día en que lo vi, ya no dejé de esperar.

Ni de pasarlo mal por él, con él, contra él.

En el jardín de Pleasant Avenue se inclinaba hacia las rosas europeas de mamá y parecían complacerlo las más oscuras, las carmesíes, las Baccara y las Crimson Glory.
Aquel primer día de las presentaciones, frisaba la perfección. El uniforme de la sastrería Brooks era de una pulcritud irreprochable, la raya del pantalón permitía intuir un talento inmenso y la raya del pelo rubio parecía tirada a cordel, centrada y recta a la perfección.

— Scott —dijo.

—Encantada. Minnie Machen Sayre. Soy la mamá del fenómeno.
 
Le clavaba la mirada sin recato, con un resplandor goloso en la sonrisa. Pero no se quitó los guantes de jardinería para alargarle la mano.

Pocas horas después:

—No sé si ese teniente yanqui tuyo es tan buen bailarín como dices, pero, desde luego, es la cara masculina más hermosa con que he me he cruzado hasta hoy. Rasgos finos y regulares; piel delicada... un cutis de melocotón; pelo rubio, tan suave que es como acariciar una pelusilla... Parece una chica. No te durará mucho. Los hombres demasiado guapos son el azote de las mujeres. Las llevan a la perdición, garantizado... ¡Qué ojos azules tiene, Dios mío !

—Los ojos los tiene verdes, mamá. Y me gustaría mucho saber qué experiencia de hombres guapos tiene usted para poder hablar de ellos.

—¡Zelda Sayre, no seas tan descarada! No conociste a tu padre de joven. ¡Muchas amigas mías me lo envidiaban, puedes creerme!
 
Soy hija de viejos. En eso somos iguales Scott y yo: dos hijos de viejos. Los hijos de viejos son unos tarados, dice Scott.
 
...¿Qué ocultan los hombres tras el uniforme? ¿Qué les añade el uniforme a los hombres? Bueno, de acuerdo, lo sé perfectamente: lo que les añade el uniforme a los hombres es precisamente lo que me quitan a mí. Y no voy a pelear por ello. El romanticismo ese se lo dejo a los guerreros: y les regalo a las viudas, a los huérfanos y a los mutilados. Que se apañen entre sí.

Yo soy una chica dura (no, cruel, no) y mi novio, tan rozagante, tan nuevo, no se irá nunca a la guerra. Me importan un bledo la paga y los galones probables: tengo otros proyectos para nosotros. Impediré que se vaya al frente. Ya tendremos Europa. Llegaremos a ella, pero en cubierta de primera clase. Y sin uniforme.

La noche más hermosa de mi vida

1918

Han firmado el armisticio. Scott ha dado en Camp Sheridan con un papel a su medida; es ayudante de campo del general Ryan, o, más bien, su secretario para la vida mundana. Hay juergas continuamente y en todas partes. Ayer, pasaban revista a las tropas. Fanfarria y cañonazos. Toda la ciudad se había congregado para ver a sus arrogantes soldados que se han quedado sin empleo. Y el pobre Goofo es tan mal jinete que la yegua lo tiró al suelo en el primer minuto de la parada ante los ojos consternados del general, que se aguantaba la risa, como todo el mundo.

Pobre Goofo, tan hábil para llevar a su pareja y tan lastimoso llevando su montura.
 
Pero al general le administra con tanto tino el carnet de baile que éste lo sigue queriendo y le da más y más dinero para organizar en el Country Club y en otros sitios, también en el casco urbano, veladas sensacionales a las que me lleva, a mí, a la pavisosa del Sur que nunca había visto tamaños refinamientos.

No tardarán en desmovilizarlo y se irá... ¿Qué joven que tenga unas cuantas neuronas se quedaría en Montgomery, ni tan siquiera por amor?

Esto es de hace cuatro meses, del 27 de julio: Scott mandó un faetón para que me recogiera en Pleasant Avenue; el Juez levantó una ceja; Minnie cortó una rosa y me la prendió en el pecho y, luego, el cochero bajó el estribo. Mientras cruzaba la ciudad en aquella calesa de antaño, no sabía si sentirme estúpida, avergonzada o embustera. ¿Usurpadora o sencillamente princesa por una noche? Cumplía dieciocho años y le deseo a todo el mundo que entre así en la vida adulta. No obstante, en aquel detalle galante de Scott, que habría halagado a cualquier jovencita, había una desmesura y una autoridad dominante que me daban la sensación de ser un juguete. Sé cómo se guían unos caballos y aborrecía a aquel cochero que llevaba un frac ridículo: me habría gustado mucho más conducir yo el cabriolé. Había no menos de siete oficiales alrededor de la mesa principal del Country Club y Scott los miraba con una expresión pasmosa de triunfo, de vanidad, de desafío. Todos aquellos muchachos me hicieron un discursito y un regalo, algunos con tanta gracia que, con ayuda del champán, estábamos doblados en dos de risa y borrachos antes incluso de que llegase el primer plato.
 
Teniente Fitzgerald, mi guapo Goofo, me está regalando la noche más hermosa de mi vida.

Los dos somos como un torbellino en la pista, volamos y despegamos de la tarima ante las miradas de envidia (sin verlas, las intuyo; noto cómo nos van siguiendo, como acosan nuestros arabescos).
La culpa la tiene mi padre —dice—. Me matriculó en unas clases de baile. De baile de salón; y también en clases de buenos modales y de rudimentos de etiqueta. Compréndeme, Bebé. Una suerte adversa nos convirtió en unos desclasados y mi padre nunca se rindió ante ella. Vivíamos con apuros, e incluso sin tener donde caernos muertos, pero tuvimos la educación que exigía y merecía nuestro apellido. ¡Porque este apellido que llevo fue el del fundador del país, sí, sí, abre bien los oídos!

Y se puso a cantar el himno nacional, esa murga, o mejor dicho, esa cursilada de la que tan orgullosos están todos, los hijos y los padres de aquí, con el traje de los domingos, el himno que compuso su bisabuelo (o su tío abuelo, me armo un lío con todas esas genealogías atropelladas de inmigrantes irlandeses). Quise bromear con la poesía del bisabuelo

Then conquer we must, when our cause is just,
And this be our motto: In God is our trust

y se molestó. Cuando los hombres se dan pisto y peroran, no sé qué contestarles. Sólo me entran ganas de salir huyendo y meterme bajo tierra en el invierno de las salamandras.
 
Pero al final son ellos, los hombres, los que se evaden. Es privilegio suyo: desaparecen.



Nota de la Redacción: Este texto corresponde al libro de Gilles Leroy, Alabama Song (RBA Libros, 2008). Queremos hacer constar nuestro agradecimiento a RBA Libros por su gentileza al facilitar la publicación en Ojos de Papel.
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