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Bernabé Sarabia es Catedrático de Sociología de la Universidad Pública de Navarra

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Jordi Pujo

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Pasqual Maragall

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Xavier Rubert de Ventós

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Joan Laporta

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José Luis Rodríguez Zapatero

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Tribuna/Tribuna libre
Imperialismo catalán
Por Bernabé Sarabia, miércoles, 2 de noviembre de 2005
El nacionalismo y el fundamentalismo religioso están en el origen de la mayoría de las tragedias bélicas del siglo pasado. En lo que va de siglo XXI se han evitado las grandes guerras, pero tras la explosión de la antigua Yugoslavia las heridas siguen abiertas y el eterno conflicto de Oriente Medio chorrea muertos todas las semanas.
En España, el sorprendente proceso democratizador llevado a cabo tras la muerte del general Franco ha traído un bienestar colosal en todos los órdenes. La profunda descentralización acometida en las tres últimas décadas ha hecho de este país el Estado menos jacobino de Europa. Alemania no cuenta porque aún no es un país totalmente libre, todavía está pagando las consecuencias de su enloquecido nacionalismo y de la II Guerra Mundial. Los länder, los 16 estados federados que componen la República Federal Alemana, son una consecuencia de la derrota bélica, de las pérdidas territoriales impuestas por los vencedores y de su deseo de tener bajo vigilancia ese “pathos” alemán que tan decisivamente contribuyó al desencadenamiento de los desastres que están en la mente de todos. Ninguno de los länder se define en sus estatutos como nación, ni siquiera Baviera que tiene una historia milenaria. Alemania, su esencialismo totalitario, fascina a los nacionalistas vascos y catalanes. No en vano el ex cura Arzallus pasó una buena temporada en el país de Goethe y Pujol habla alemán.

España es diferente. El nacionalismo independentista sigue irredento. Hoy cualquiera que se dé una vuelta por el País Vasco, por alguno de los singulares pueblos de los valles del Pirineo navarro o vasco se tropezará con alguna deliciosa muchacha de límpida mirada azul y tersa piel blanca que dirá al forastero que en este país no hay democracia y que España ocupa militarmente a los vascos. Es lo que aprende en la ikastola, lo que le dicen en la iglesia y lo que justifica los cerca de 1.000 muertos y 4.000 heridos a cargo de Eta y sus compinches.

La avaricia y el miedo son los ingredientes básicos del nacionalismo. En el caso español hay que añadir egoísmo e insolidaridad porque tanto el País Vasco como Cataluña son regiones privilegiadas por su ubicación geográfica, su clima y su renta de situación. En parte por ello, por sus recursos naturales, gozan de una situación económica que no quieren compartir con el pretexto de que ellos trabajan más que los demás. En Barcelona sorprende la cantidad de gente que considera ‘inferiores’ a murcianos, andaluces, extremeños o a los inmigrantes de Hispanoamérica. El País Vasco desarrolla, con discreción, una política anti-inmigración desde hace años.
La situación creada por el Estatuto tiene mucho que ver, en lo individual, con esa alteración de la personalidad bien conocida por los psicoanalistas que se denomina narcisismo

Cataluña es un lugar maravilloso, fascinador, sólo así puede entenderse que vendan esa suerte de vino espumoso, copia del champán, que llaman cava. Bien, vale. Pero eso no justifica el narcisismo del nacionalismo catalán.

La situación creada por el Estatuto tiene mucho que ver, en lo individual, con esa alteración de la personalidad bien conocida por los psicoanalistas que se denomina narcisismo. Lo cual no hace menos verdad que el nacionalismo catalán tenga cada vez más que ver con el poder y sus ventajas materiales.

En el orden de las pequeñas diferencias, este salto cualitativo hacia la independencia que cristaliza en el Estatuto se puede contemplar en sus rasgos básicos al observar el comportamiento de algunos de sus protagonistas. Un ejemplo curioso lo constituye Xavier Rubert de Ventós, amigo y compañero generacional de Maragall. Convertido en filósofo independentista cuando la cosa empezó a ser rentable. Comenzó su carrera académica a la sombra filosófica de Aranguren, pidió todas las becas que pudo para no tener que dar clase y consiguió un escañó gracias a un PSOE al que ahora, como Maragall, traiciona. Rubert de Ventós es en realidad un arquetipo de intelectual cuya honestidad es más que dudosa. Un señorito al que hacen catedrático en Barcelona.

Otro personaje que conviene no perderse para entender cómo sucede lo que sucede en Cataluña es Laporta. Un maleducado que ‘monta un pollo’ cuando tiene que someterse a las medidas habituales de seguridad en el aeropuerto de El Prat y que mete en la directiva del F.C. Barcelona a un cuñado, Echevarría, que a su vez es miembro del patronato de la Fundación Francisco Franco y a quien, presionado por la afición y los medios de comunicación, acaban echando a la calle.
El victimismo es otro de sus rasgos psicológicos centrales. Ser víctima implica la necesidad, artificial en el caso del nacionalismo catalán, de defenderse

Laporta incardina como nadie el imperialismo catalán y no duda en convertir un partido de fútbol en un acto de propaganda política a favor de los Països Catalans. La opa de Gas Natural sobre Endesa es más de lo mismo, y no seguimos añadiendo ejemplos para no cansar al lector. El imperialismo, el delirio de grandeza conforma uno de los elementos básicos en la construcción psicosociológica del nacionalismo expansionista.

El victimismo es otro de sus rasgos psicológicos centrales. Ser víctima implica la necesidad, artificial en el caso del nacionalismo catalán, de defenderse. No puede resultar extraño que Maragall haya decidido en estos primeros días de noviembre dar un empujón a la vieja idea de remodelar y fortificar el Palau de la Generalitat. Maragall ambiciona tener su ‘Berlin’. Construir la capital de su estado.

Zapatero se equivocó el pasado miércoles 2 de noviembre cuando quiso ser Manuel Azaña en su famosa intervención parlamentaria de 27 de mayo de 1932 defendiendo el Estatut. Se equivoca, porque el nacionalismo es insaciable y los nacionalistas catalanes ‘pasan’ del federalismo y otras sandeces propias de profesores universitarios que ven el mundo desde pesebres alimentados por la Generalitat. Lo que quieren los nacionalistas catalanes es un estado independiente. Y a eso van.
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