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Carlos Malamud es profesor Titular de Historia de América Latina de la UNED e investigador principal del Real Instituto Elcano

Carlos Malamud es profesor Titular de Historia de América Latina de la UNED e investigador principal del Real Instituto Elcano



Néstor Kirchner

Néstor Kirchner

Fidel Castro y Diego Armando Maradona

Fidel Castro y Diego Armando Maradona

Carlos Menem

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Eduardo Duhalde

Eduardo Duhalde

Juan Domingo Perón

Juan Domingo Perón

Raúl Alfonsín

Raúl Alfonsín

Mauricio Macri

Mauricio Macri

Jorge Sobisch

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Cristina Fernández de Kirchner

Cristina Fernández de Kirchner

Eduardo Rodríguez Sáa

Eduardo Rodríguez Sáa


Análisis/Política y sociedad latinoamericana
Un nuevo triunfo del peronismo
Por Carlos Malamud, miércoles, 2 de noviembre de 2005
Mientras la Unión Europea se reúne para hablar de los efectos de la globalización, mientras el Caribe siente una y otra vez los devastadores efectos de los huracanes provocados por el calentamiento global de la Tierra, mientras hasta la India sufre los zarpazos del terrorismo islámico, el reloj del tiempo parece haberse detenido en la Argentina, donde los viejos temas siguen de moda: el peronismo vuelve a ganar unas elecciones legislativas y Maradona, convertido en estrella de la televisión, entrevista a Fidel Castro y dice que se pondrá al frente de las manifestaciones anti-Bush.
Se podrá decir que exagero y que saco de contexto, a la vez que realzo de manera desmesurada, el papel de Maradona. Sin embargo, se trata de un síntoma que refleja claramente algunas de las enfermedades que padece la Argentina de nuestros días. Que un antiguo toxicómano y ex gordito, teóricamente redimido de ambos males, se convierta en estrella de la televisión es un problema de quien le paga y quiere tenerlo en nómina. Pero cuando sus dichos y ocurrencias se convierten en un fenómeno social estamos frente a un fenómeno de otro orden que tiene que ver con los mitos y las creencias compartidos por buena parte de los argentinos.

Cuando hace dos años atrás Néstor Kirchner ganó las elecciones presidenciales y comenzó a tomar sus primeras medidas de gobierno, se comenzó a decir que estábamos frente a un nuevo gobierno de izquierda en América Latina, que se sumaba a los ya existentes de Brasil, Chile y Venezuela. Ahora bien, más allá de algunas medidas cosméticas, estamos frente a un político que claramente proviene del omnipresente tronco peronista. El presidente Kirchner está donde está porque en el momento preelectoral, cuando el peronismo estaba a la búsqueda de un candidato, una vez eliminado Carlos Menem y descartados otros políticos que no llegaban a dar la talla, el entonces presidente Duhalde decidió apoyar su candidatura. Gracias a ello logró el 22% de los votos que le colocó en situación de pasar a la segunda vuelta. Pero no sólo eso. En sus largos años de gobernador de la austral provincia de Santa Cruz, Néstor Kirchner acató disciplinadamente las líneas maestras partidarias diseñadas por quien entonces simultaneaba la conducción del partido Justicialista con la presidencia de la Nación: Carlos Menem. Su permanente ejercicio de verticalidad, nombre con que en las filas peronistas se alude a la disciplina partidaria, le fue muy bien remunerado, por más que el actual presidente reniegue de unos y otros.
Actualmente el kirchnerismo vuelve a discutir de geometría. La gran duda gira en torno a la verticalidad o a la transversalidad, o en construir poder a partir del peronismo o reunir a los leales, peronistas y no peronistas, en un nuevo movimiento de centro izquierda, que corte transversalmente a las fuerzas políticas tradicionales

Actualmente el kirchnerismo vuelve a discutir de geometría. La gran duda gira en torno a la verticalidad o a la transversalidad, o, dicho de otra manera, en construir poder a partir del peronismo o reunir a los leales, peronistas y no peronistas, en un nuevo movimiento de centro izquierda, que corte transversalmente a las fuerzas políticas tradicionales. Sin embargo, pese a lo que pueda dictar el corazón, la fuerza de la razón señala que las estructuras peronistas siguen siendo una considerable máquina de movilización de votos y, por tanto, de poder. Desde que el peronismo es peronismo el poder se construyó en torno al poder, mediante la utilización de los dineros públicos. En realidad, se trata de una de las notas distintivas del populismo: la movilización de los actores políticos gracias al discrecional manejo del presupuesto del Estado. En este sentido ha sido sumamente ilustrativo el hecho de ver a numerosos gobernadores de provincia, peronistas y no peronistas, alineados detrás de las posturas presidenciales (¿o de la chequera presidencial?). De este modo vemos a políticos de izquierda conviviendo en un mismo proyecto con políticos de derecha y todos alineados verticalmente detrás del presidente Kirchner. Es en este contexto que algunos le reclaman que se haga con el control del partido Justicialista y otros le piden que lidere a la izquierda argentina a partir de un nuevo movimiento nacionalista y antiimperialista.

Esta situación se ha reforzado después del triunfo oficialista en las elecciones legislativas de octubre pasado. Según las fuentes, los leales al presidente Kirchner, los hombres K, habrían obtenido entre el 40 y el 45%. Es obvio que en el gobierno se apuesta por la segunda cifra, que hablaría de un mayor respaldo popular. Se trata de una cuestión no baladí ya que la elección fue presentada por el propio presidente como un plebiscito para respaldar su acción de gobierno y para elevar su legitimidad de origen, lastrada por ese 22% de los votos con los que accedió a la presidencia. Ahora bien, ¿por qué asistimos a ese baile de cifras? Por la sencilla razón de que en varias provincias hubo varias listas electorales, inclusive antagónicas entre sí, que se presentaron a los comicios reclamando su lealtad al presidente. (Lealtad, como verticalismo, es otra palabra clave del peronismo, a tal punto que el 17 de octubre, el día mayor del movimiento, que recuerda a una jornada de 1945 en que la movilización popular logró sacar de la cárcel a Perón, se festeja como el “Día de la Lealtad”).
El presidente se anotó una gran victoria. Si esto es posible es porque la oposición está enormemente dividida y, de momento, no se ve ni a izquierda ni a derecha ninguna fuerza capaz de acumular el suficiente poder como para evitar la reelección en 2007

Frente a esos deseos plebiscitarios, la gran duda que emerge es si se trata de una cifra que permita hablar o no de victoria. Es verdad, ganó el presidente pero no obtuvo la mayoría absoluta que le permitiría el control del Parlamento y por eso tendrá que negociar. Y sin embargo, el presidente se anotó una gran victoria. Si esto es posible es porque la oposición está enormemente dividida y, de momento, no se ve ni a izquierda ni a derecha ninguna fuerza capaz de acumular el suficiente poder como para evitar la reelección en 2007. No se trata, con todo, del único escenario posible, ya que algunas fuentes hablan de una eventual candidatura de la actual primera dama, Cristina Fernández de Kirchner, ante lo cual su esposa daría un prudencial paso al costado.

Si bien muchos interpretaron la elección en clave de la elección presidencial de 2007, todavía es pronto para saber que va a pasar. ¿Qué ocurrirá con el radicalismo? ¿Lograrán los radicales sacudirse del pesado yugo de Raúl Alfonsín, que todavía conduce los destinos partidarios? ¿Le llegará el turno de la renovación generacional, política e ideológica al más que centenario partido, optando por una orientación claramente social demócrata? ¿Qué ocurrirá con las otras expresiones de la izquierda y el centro izquierda, desde las más antisistema, que hicieron una pobrísima elección en esta oportunidad, pasando por el ARI de Elisa Carrió, hasta los socialistas de Santa Fe, que lograron un gran éxito en su provincia? ¿Y que será del centro derecha, que deberá dilucidar claramente su identidad, tan teñida de populismo, como lo expresan tan bien tanto Mauricio Macri como el gobernador Sobisch, sus dos mayores exponentes? Y por último, ¿qué será del peronismo no kirchnerista, expresado en estos momentos por tres ex presidentes derrotados: Carlos Menem, Eduardo Duhalde y Adolfo Rodríguez Sáa? ¿Se mantendrá unido el peronismo o asistiremos a su última y definitiva división?
Sólo en la medida que el presidente renuncie al clientelismo populista y se centre en construir instituciones, reforzar la democracia y mantener la senda del crecimiento económico, los maradonas de este mundo se convertirán en una mera e intrascendente anécdota

El estilo K de gobierno se ha caracterizado por tensar la cuerda y crispar situaciones innecesarias. Ahora toca remodelar el gobierno, ya que tres ministros han sido elegidos como parlamentarios y se trata de puestos incompatibles. Se dice que asistiremos a la consolidación de un gabinete más kirchnerista, aunque en realidad si se cumple la tendencia de los dos años anteriores da exactamente igual ya que en ese período el presidente nunca reunió a su gabinete en pleno y prefirió despachar con sus ministros de forma separada. Mucha gente espera que tras las elecciones el presidente se serene y se concentre en la que debería ser su tarea primordial: gobernar para todos los argentinos. Sin embargo, es poco probable que eso sea así. Todo indica que quien supo qué hacer para sacar a la Argentina de la crisis no tenga la misma claridad de miras para llevar al país por la senda de la modernización, el crecimiento y la democracia. Se trata de una tarea que implica construir y en la que es necesario sumar a toda la sociedad y no restar. Pero eso es algo ajeno a las raíces y a los mecanismos del populismo y el gran desafío del presidente es mostrar a sus ciudadanos y al mundo que esos comportamientos le son totalmente ajenos. Sólo en la medida que el presidente renuncie al clientelismo populista y se centre en construir instituciones, reforzar la democracia y mantener la senda del crecimiento económico, los maradonas de este mundo se convertirán en una mera e intrascendente anécdota.
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