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Justo Serna es profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de Valencia

Justo Serna es profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de Valencia



Jósé Mª Aznar: "Retratos y perfiles" (Planeta, 2005)

Jósé Mª Aznar: "Retratos y perfiles" (Planeta, 2005)

Con Silvio Berlusconi

Con Silvio Berlusconi

En las Azores con Bush y Blair

En las Azores con Bush y Blair

Con George W. Bush

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Con Juan Pablo II

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Con Margaret Thatcher

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Con Manuel Fraga

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Con Helmuth Kohl

Con Helmuth Kohl





Con Jordi Pujol

Con Jordi Pujol

Monte Rushmore

Monte Rushmore


Tribuna/Tribuna libre
José María Aznar, autorretrato
Por Justo Serna, domingo, 29 de mayo de 2005
Ustedes lo recordarán. El miércoles 25 de febrero de 2004, José María Aznar se dejaba mecer por sus cofrades afectando un embarazo satisfecho cuando éstos, sin musiquilla y ‘a capella’, le cantaban el cumpleaños feliz. Todo eso ocurría en un acto electoral la mar de simpático, justamente cuando procedía a la colocación de la primera piedra del Plan Hidrológico Nacional en la Comunidad Valenciana. Hemos de admitir que era ésta una faena insólita, una tarea de albañil simbólico de la que se encargaba José María Aznar. También por aquellas fechas, el entonces presidente del Gobierno inauguraba la nueva terminal de Barajas sin que hubieran concluido las obras, volcando en un espacio aún inexistente un porvenir o una realidad que era deseo. Etcétera.
Una vez en el Gobierno, los líderes de todos los partidos, y Felipe González también incurrió en espejismos de este tipo, suelen atravesar alguna fase de ensueño, de exaltación propia, que les lleva a confundir las quimeras o proyectos aún ilusorios con la realidad, como si el simple hecho de inaugurar permitiera recomponer lo real y su sombra. Esto de inaugurar obras que no se han completado o de enterrar unos pocos ladrillos como afán de perdurar es verdaderamente ingenioso del que son expertos los gobernantes. Son actos de habla, como dijera John Austin en su clásico Cómo hacer cosas con palabras: acontecimientos en los que los enunciados mayestáticos que se profieren son un acto en sí. En efecto, al pronunciar las palabras de inauguración o de soterramiento se ejecuta una acción, en este caso subrayada por el énfasis de la piedra y la argamasa. Esto es, la voz del líder conforma lo real a hechura de sus deseos para desconcierto y prestidigitación de los espectadores.

Pero hay más. Inaugurar obras que no se han completado o enterrar un ladrillo son mañas ingeniosas que no sólo remiten al porvenir, sino también al pasado. Los antiguos proyectistas, aquellos esforzados reformadores de otros tiempos, eran unos tipos animosos y algo tronados que se empeñaban en planes enérgicos. No les frenaban ni lo impracticable de su obra ni el desinterés del Gobierno: estaban tan persuadidos, tan pagados de sí mismos, que no se paraban ante nadie y elevaban sus proyectos a la Superioridad, esperando de la Monarquía su aprobación y su ejecución. ¿Escaseaban los fondos? No había problema, pensaban. El Soberano aprontaría lo preciso para su consecución. Duerme en los archivos nacionales y provinciales una variada muestra de esos atadijos, de esas Exposiciones pensadas para el fomento de la prosperidad pública. Sus autores eran tipos denodados, algo misántropos, habitantes de una localidad lejana, individuos que tenían hechas algunas lecturas, que tenían unas pocas ideas, individuos que, a la postre, aspiraban a ser interlocutores del Monarca, premiados con su interés. Sus cartapacios contenían no sólo el texto escrito sino también documentación gráfica, unos garabatos mejor o peor ejecutados en los que el proyectista detallaba el plano de la obra pública. ¿Cuál era el destino habitual de aquellos pliegos de papel? Lo corriente era que la Superioridad archivara dichas peticiones olvidando al desprendido corresponsal, un remitente que, con toda probabilidad, seguiría absorto en su aldea ajeno al descuido de la Corona.
Esta cuestión, la del liderazgo, la del Gabinete de Planes, Obras y Proyectos, obsesionaba a Felipe González, sabedor de su carisma y empeñado en la ‘modernización’ del país. Pero obsesionaba y obsesiona también a José María Aznar, carente de aura, un estadista que, de creer lo que dice de sí mismo, habría sabido sobreponerse a su imagen devaluada para materializar una cierta idea de España

Ahora las cosas ocurren justamente al revés: no son los eruditos de provincia quienes extenúan con sus planes al Soberano, sino que son los ministros o los presidentes del Gobierno los que nos distraen o nos confunden con todo tipo de proyectos, con ideaciones intrépidas acerca de lo que es o debería ser España, con trabajos formidables e imperiosos y sobre todo con el ejemplo de su liderazgo, de su mano firme. Desde que llegara el PP al poder se despertó en los nuevos gobernantes un arrebato proyectista e idealista. De lo que se trataba era de un intervencionismo empeñoso: paradójico, desde luego, en alguien que se proclama liberal, como es el caso de José María Aznar, consciente tal vez de que para pasar a la historia había que desplegar un liderazgo que se materializaba en decisiones audaces e imaginación sin complejos. ¿Por qué digo todo esto? ¿Por qué empezaba hablando de las obras virtuales? Porque la inauguración es, en efecto, una acción de representación escénica, pero es también un acto enérgico de liderazgo. Se hace ver que el líder es perspicaz, que tiene proyectos, ideas, planes (tan imaginativos como los de aquellos arbitristas) y se hace ver de manera omnipresente y enfática su persona, una especie de oráculo.

Esta cuestión, la del liderazgo, la del Gabinete de Planes, Obras y Proyectos, obsesionaba a Felipe González, sabedor de su carisma y empeñado en la ‘modernización’ del país. Pero obsesionaba y obsesiona también a José María Aznar, carente de aura, un estadista que, de creer lo que dice de sí mismo, habría sabido sobreponerse a su imagen devaluada para materializar una cierta idea de España. Así lo pudimos constatar cuando el político del Partido Popular estuvo en la presidencia del Gobierno y así lo podemos corroborar ahora cuando reflexiona y escribe sobre lo que hizo, sobre lo que inauguró, sobre lo que emprendió y sobre las amistades que, como mandamás, logró atraer como validación de sí mismo.
En realidad, los retratos y perfiles que traza en dicho volumen no descubren gran cosa que no supiéramos de antemano y, justamente, sus páginas sirven para comprobar qué es lo que Aznar valora en los demás, en los que admira y que, de algún modo, le devuelven su propia imagen, partes de su propia ‘anatomía’ y de su psique. Los toma como espejo favorecedor y, por eso, las virtudes que en ellos resalta son, en parte, las bondades en las que él mismo quiere creer o cree poseer

En esta tribuna no juzgo su acción política. Sólo me ocupo brevemente de las últimas páginas que ha escrito: me ocupo como lector sorprendido que ya se dejó llevar por su anterior volumen y del que aquí, en Ojos de Papel, dejé reseña bajo el título de "Liderazgo y amargura" (ver link). Ahora, un año después, abordo Retratos y perfiles (Planeta, 2005). En esta obra reúne a una gavilla de grandes y de autoridades del mundo que han hecho historia en nuestros días y con los que se enorgullece de tener relaciones, incluso íntimas, si hemos de creer lo que nos revela en su último libro. ¿Revela? En realidad, los retratos y perfiles que traza en dicho volumen no descubren gran cosa que no supiéramos de antemano y, justamente, sus páginas sirven para comprobar qué es lo que Aznar valora en los demás, en los que admira y que, de algún modo, le devuelven su propia imagen, partes de su propia ‘anatomía’ y de su psique. Los toma como espejo favorecedor y, por eso, las virtudes que en ellos resalta son, en parte, las bondades en las que él mismo quiere creer o cree poseer. A esta operación psíquica, los terapeutas la llaman ‘transferencia’: se toma a un individuo del que se tienen o se ofrecen pocos datos o sólo una información externa y se le recrea con características propias, haciendo de esa persona real un objeto virtual. En el interior del retratado se entierra el lastre que acarrea el que habla y describe y con dicho trabajo psíquico se compone una figura que sólo en parte existe. Ese acto de habla es, así, una especie de acto creador, pues, constituido por enunciados ‘realizativos’ que rellenan lo que estaba vacío: una figura de la que se cree conocer algo, de la que se puede conocer algo, pero a la que se la completa de manera subjetiva.

“Me gustan los triunfadores”, dice José María Aznar trazando la semblanza del crooner hispano Julio Iglesias. “Admiro su esfuerzo, su tenacidad, su capacidad de sacrificio, su voluntad de marcarse unos objetivos y cumplirlos. Me gustaría que España fuera un país de triunfadores, y no porque no haya muchas personas capaces de triunfar, y que de hecho han triunfado, sino porque con frecuencia los españoles no reconocemos el mérito que le corresponde a la gente que tiene éxito y que ha sido capaz de alcanzar la excelencia por su talento y por su trabajo”. Cuesta creer que Aznar diga todo esto del cantante español sin tener la impresión de que escribe un autoelogio.
Liderazgo, liderazgo, liderazgo fuerte como el de Juan Pablo II, o el de Margaret Thatcher, o el de Helmut Kohl, o el de George W. Bush. Eso es lo que repite aquí y allá y, a excepción de las semblanzas dedicadas a sus rivales o a sus familiares, es lo que subraya como cualidad en sus amigos

Algo semejante valora en Silvio Berlusconi. De él habla con admiración, con la admiración de quien reconoce en el italiano a un hombre original, quizá demasiado original, cosa que no se acepta bien por tanto envidioso. Berlusconi es un hombre, insiste Aznar, "hecho a sí mismo, que debe su éxito únicamente a su talento y a su esfuerzo". Tal vez resulte algo ambicioso, un empresario que persigue el propio interés, pero, eso sí, es leal y amigo de sus amigos y, además, ha estructurado el centro-derecha italiano. Si lo pensamos bien, este esbozo es, en los términos más elogiosos que lo retratan, una semblanza de lo que el propio Aznar parece creer de sí mismo. También el ex presidente español es original, puesto se habría levantado contra las ideas recibidas que satanizan a la derecha de nuestro país, cosa por lo que se le tendría envidia e incluso rencor. También Aznar es un hombre hecho a sí mismo, según él confiesa aquí y allá, puesto que valora como los máximos galardones la abnegación y la responsabilidad individuales o, en otros términos, el talento y el esfuerzo. También el ex presidente es ambicioso, puesto que es su porfía personal lo que le habría permitido erigir una empresa que parecía condenada al fracaso: llevar a la derecha al poder. También Aznar, en fin, dice ser leal y amigo de sus amigos y, justamente por eso, recuerda siempre los favores y no olvida los ultrajes o lo que él juzga afrentas.

Liderazgo, liderazgo, liderazgo fuerte como el de Juan Pablo II, o el de Margaret Thatcher, o el de Helmut Kohl, o el de George W. Bush. Eso es lo que repite aquí y allá y, a excepción de las semblanzas dedicadas a sus rivales o a sus familiares, es lo que subraya como cualidad en sus amigos. Si los amigos de uno lo son porque tienen capacidad de liderar, entonces hemos de pensar que uno tiene pocos y ambiciosos amigos, con los cuales, por cierto, Aznar se llevaría bien porque no hay posibilidad de establecer con ellos un juego de suma cero: si de verdad compitieran en su mismo terreno o país, entonces las alabanzas serían menos hiperbólicas, desde luego. Y de los familiares..., ¿qué destaca?
Aunque el mejor retrato, en fin, es que hace de sí mismo por vía indirecta: es el capítulo que dedica al ‘Despacho de La Moncloa’ (...) el despacho es el expediente que le permite hablar de sí mismo, pues toma la parte por el todo, por vecindad, por contigüidad, y así de hablar de dependencias pasa a hablar de su principal inquilino y de la virtud que lo adorna, que es –como no podía ser de otro modo— la del liderazgo. Aznar sería un líder que sabe ejercer como tal, aunque eso deteriore su imagen hasta hacer de él, presuntamente, un “hombre hermético y desconfiado”. Lo cierto es que el liderazgo no lo sacrifica al consenso, como hacen los falsos demócratas, los débiles, los...

En el retrato de su padre, por ejemplo, no se aprecian claramente los sentimientos de ternura del hijo. No parece hacer esfuerzo alguno para recordarlo con la afectividad tierna o irónica de quien es sucesor y a la vez alguien que supera o corrige al progenitor. Sólo alaba en él que fue un hombre bueno así como la rectitud y aquello otros que lo adornó externamente: su profesionalidad en la radio, ese liderazgo del innovador, otra vez. ¿Y de Ana Botella..., qué nos dice? Insistir en que Ana Botella es muy importante para él es lo normal, pero que se insista cuatro veces en un párrafo preliminar y breve parece un énfasis excesivo, como lo es también que nos recuerde una y otra vez lo guapa que es –“increíblemente guapa”-- y la belleza de la que estaría dotada y por la que sigue destacando, prendas a las que habría que sumar inteligencia y genio...

Hay páginas y páginas de afirmaciones contundentes y obvias, de tópicos (“Praga tiene un encanto especial, lleno de historia y de misterio”) y de semblanzas de fotomatón que resultan decepcionantes, de relleno: como las de Putin o Hassan II o Muammar al-Gadafi, etcétera. Aunque el mejor retrato, en fin, es que hace de sí mismo por vía indirecta: es el capítulo que dedica al ‘Despacho de La Moncloa’. No niego que algún lector pueda tener interés en averiguar cómo son por dentro aquellas dependencias, incluso aquella vivienda que no parecía adecuada para una familia. Pero hemos de admitir que destinar páginas y páginas a esto parece irrelevante. Bien mirado, no lo es: el despacho es el expediente que le permite hablar de sí mismo, pues toma la parte por el todo, por vecindad, por contigüidad, y así de hablar de dependencias pasa a hablar de su principal inquilino y de la virtud que lo adorna, que es –como no podía ser de otro modo— la del liderazgo. Aznar sería un líder que sabe ejercer como tal, aunque eso deteriore su imagen hasta hacer de él, presuntamente, un “hombre hermético y desconfiado”. Lo cierto es que el liderazgo no lo sacrifica al consenso, como hacen los falsos demócratas, los débiles, los...

Tal vez, todo lo anterior, que supone lectura atenta y anotación, podría habérmelo evitado si hubiera hecho caso a mi primera impresión, la de cubierta del libro. Ahí está condensado José María Aznar. ¿Un exceso? Siempre cabría reprocharme que el análisis de la cubierta es una sobreinterpretación del personaje, ya que el montaje no suele corresponder a autor sino al publicitario diseñador. Ahora bien, estoy seguro de que ha sido el propio ex presidente quien la ha autorizado mostrando su conformidad. Así, las letras del nombre, ese ‘José María Aznar’ que encabeza, son del mismo tamaño que las que figuraban en el volumen anterior, pero en este caso resaltadas, enfáticas, apreciables al tacto, con un plata elegante frente al azul del otro libro, que ahora se reserva al título propiamente. No es eso lo más llamativo, sin embargo. Lo sorprendente es el montaje de imágenes de la cubierta, la composición icónica. Como ya sucedía en el anterior volumen, también los perfiles se desvanecen, aunque ahora de una manera más obvia: hay siete retratos que corresponden, de izquierda a derecha, a Fidel Castro, a Tony Blair, a Manuel Fraga, a José María Aznar, a George Bush, a Ana Botella y a Jordi Pujol.

Ustedes lo habrán captado: el ex presidente español está en el centro, como el punto de equilibrio, como el punto de Arquímedes, pero además su imagen es la de mayor tamaño. Mira hacia la derecha y observa con lo que parece suspicacia o desazón, con sombras poco favorecedoras. Salvo Castro, los demás personajes sonríen o incluso ríen, pero Aznar no, Aznar mira algo ceñudo, hosco o malhumorado incluso, quizá algo aturdido. Me sorprende ese narcisismo enfático de quien precisa colocarse en el centro y a mayor tamaño que el resto de los comparecientes. Me llama la atención ese sfumato con que se perfilan los retratos, esos contornos imprecisos que se difuminan, esa neblina... Pero lo que más me sorprende es el lugar secundario que le reserva a Ana Botella. Quienes lindan con Aznar, sus inmediatos vecinos, son Fraga y Bush: quien le dio la alternativa y quien le encumbró en la esfera internacional. Pero hay algo más: si no fuera por la presencia de Castro y Pujol, adversarios a los que se dedica sus respectivas semblanzas, la composición de esas efigies recordaría extraordinariamente a la sucesión de mandatarios que se tallaron en el Monte Rushmore, sito en Dakota del Sur, como materialización del Destino Manifiesto norteamericano. Pero no me hagan caso: tal vez es pura casualidad o el aturdimiento que me ha causado leer tanto y tan seguido la prosa sentenciosa, grave y campanuda del ex presidente, la prosa que le asea José María Marco. Punto final.
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