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Carlos Malamud es profesor Titular de Historia de América Latina de la UNED e investigador principal del Real Instituto Elcano

Carlos Malamud es profesor Titular de Historia de América Latina de la UNED e investigador principal del Real Instituto Elcano



Lucio Gutiérrez

Lucio Gutiérrez

Raúl Alfonsín

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Fernando Collor de Mello

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Enrique Bolaños Geyer

Enrique Bolaños Geyer

Gonzalo Sánchez de Losada

Gonzalo Sánchez de Losada

Hugo Chévez

Hugo Chévez

General Paco Moncada Gallegos

General Paco Moncada Gallegos


Análisis/Política y sociedad latinoamericana
La profunda crisis ecuatoriana refleja la crisis política continental
Por Carlos Malamud, domingo, 29 de mayo de 2005
La destitución del presidente Lucio Gutiérrez ha vuelto a poner sobre la mesa no sólo la cuestión de la profunda inestabilidad que se respira en Ecuador sino también en toda la región andina. Siendo el tercer acto de esta naturaleza en pocos años es evidente que no sólo fallan las personas (algunas pueden ser más corruptas que otras) sino el sistema en su conjunto que favorece tal estado de cosas. Ante una situación como ésta son numerosas las preguntas que emergen, entre otras: ¿han reemplazado en América Latina los golpes populares a los golpes militares?, ¿qué o quiénes inspiran este tipo de movilizaciones populares?, o ¿cuál debe ser la respuesta de la comunidad internacional?
Un análisis del Centro de Estudios Nueva Mayoría sostiene que la destitución de Lucio Gutiérrez es la décima interrupción de un gobernante sudamericano que se produce en dieciséis años, después que el argentino Raúl Alfonsín se viera obligado a acortar su presidencia en 1989. De este modo, siete de los diez países de América del Sur, con la excepción de Colombia, Chile y Uruguay, sufrieron algún tipo de turbulencia política. Si bien las causas son diversas, y van desde mecanismos claramente constitucionales, como el impeachment que puso fin a la presidencia de Fernando Collor de Mello en 1992, a asonadas callejeras, como las de Argentina en 2001 o las de Bolivia en 2003. Algunas noticias provenientes de Nicaragua probarían que el mal comienza a extenderse fuera de América del Sur y en Nicaragua lo más retrógrado del sandinismo apuesta a la movilización popular, a través del llamamiento de algunos alcaldes, para echar al presidente Bolaños.

En algunos casos se trata de verdaderos golpes de calle que han reemplazado a los golpes militares en su papel de reloj regulador de la duración de los gobiernos en América Latina. En lo más álgido de la Guerra Fría eran los militares los que condicionaban la duración de los gobiernos y condicionaban el calendario electoral. Hoy es la repulsa popular frente a gobiernos inoperantes o corruptos el principal factor a tener en cuenta y que se justifica con el grito de guerra del “que se vayan todos”. En Ecuador se nos ha contado por activa y por pasiva que los forajidos, término con el que Gutiérrez calificó a los manifestantes y que luego ellos hicieron propio en un gesto de autoafirmación, fueron la pieza clave en la destitución presidencial. Pero, ¿se trató de algo espontáneo o hubo elementos (organizados o no, conscientes o no, demagógicos o no) que atizaron la protesta? En este sentido, los llamados a la movilización provenientes de la radio La Luna fueron claramente decisivos, así como la actitud claramente irresponsable de ciertos periodistas y otros medios de comunicación

El complemento ideal de esta situación es esa consigna aparentemente tan neutra y tan revitalizadora del que se vayan todos. Pero, ¿quiénes vendrán si efectivamente se van todos?

De este modo, los partidarios del populismo y de la demagogia utilizan el fracaso de determinados gobiernos para poner de relieve las enormes virtudes de la democracia participativa frente a las limitaciones de la democracia representativa, en la línea de las reivindicaciones chavistas y bolivarianas. La caída de Gutiérrez en Ecuador, como antes la de Sánchez de Losada en Bolivia, serían la evidencia patente de la crisis terminal de la democracia en la región. El complemento ideal de esta situación es esa consigna aparentemente tan neutra y tan revitalizadora del que se vayan todos. Pero, ¿quiénes vendrán si efectivamente se van todos?

El gran problema que plantea el caso ecuatoriano es el de las contradicciones entre el ser y el deber ser, entre la razón y el método, entre la teoría y la defensa de las instituciones y la práctica y el eficaz manejo de la cosa pública. Para comenzar digamos que algunos de los actores del drama que puso fin al gobierno de Gutiérrez eran antiguos golpistas, como el propio presidente-comandante, lo que llevó a que en más de una vez se lo comparara con el comandante Hugo Chávez, tanto por su condición de militar golpista y antidemócrata, como por el hecho de ser un recién llegado a la política. Tampoco hay que olvidar al actual alcalde de Quito, el general Paco Moncayo. Segunda cuestión a tener presente junto a la elevada fragmentación del sistema político ecuatoriano y a la debilidad de sus partidos: los escasos apoyos que tenía Lucio Gutiérrez, especialmente en el Parlamento, donde estaba en franca minoría.

De cara al futuro, es que se plantea la duda de qué hacer en casos similares. ¿Se debe correr página rápidamente y reconocer a las nuevas autoridades surgidas del caos, por más constitucional que sea la renovación?

Fue su débil situación la que lo llevó a pactar una y otra vez con diferentes socios, dando uno y otro bandazo. Quizá el acontecimiento más patético de sus 27 meses de gobierno fue la operación que montó para reemplazar a la Corte Suprema, nombrando una a su imagen y semejanza. Sus constantes juegos malabares, sus acercamientos y rupturas generaron una serie de amores y odios que sirvieron para ir crispando el ambiente, como se pudo ver en el caso del movimiento indígena Pachakutik, que en su momento se constituyó como el brazo político de la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (CONAIE).

La mejor prueba de su debilidad es que en el momento en que se complicaron las cosas, cuando la cuerda se tensó hasta lo inimaginable, y, sobre todo, a partir del instante en que perdió la confianza de las Fuerzas Armadas, Gutiérrez se vio obligado a huir y fue cesado en una rocambolesca cita parlamentaria, que no guardó ni las formas ni la esencia de las normas democráticas. Y ahora, de cara al futuro, es que se plantea la duda de qué hacer en casos similares. ¿Se debe correr página rápidamente y reconocer a las nuevas autoridades surgidas del caos, por más constitucional que sea la renovación? ¿No favorecen estas actitudes la repetición de actos similares, como el que se puede estar gestando en Nicaragua? ¿Qué hacer con los malos gobiernos o los gobiernos corruptos? Se trata de preguntas difíciles de responder, pero la respuesta pasa necesariamente por potenciar y mejorar la política, por reforzar a los partidos políticos como espacios de intermediación entre el Estado y la sociedad. No olvidemos que al menos teóricamente los partidos se ocupan del interés general y tienen una agenda diversificada, mientras que las ONG y los luchadores contra la corrupción sólo tienen agendas de un sólo punto, al que le dedican toda su atención. De momento Ecuador no es un Estado fallido, pero está al borde de serlo. Sólo la responsabilidad de sus elites y de sus ciudadanos evitarán que se siga corriendo en dirección al precipicio.
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