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Daniel Riu Maraval

Daniel Riu Maraval

    NOMBRE
Daniel Riu Maraval

    LUGAR Y FECHA DE NACIMIENTO
Madrid, 1936

    CURRICULUM
Licenciado en Derecho. Es en Barcelona donde aparecen sus dos primeros libros: Momentos (Alcros, 1955) e Inquietud (Alcros, 1958). Después de un largo silencio, publica Poemas y Decires (Ediciones Picazo, 1989). Más adelante, inicia un nuevo ciclo poético con Los agujeros del aire (DIALTT Editores, Barcelona, 1994); al que siguen Poema del hombre el árbol y los hombres (Carena, Barcelona, 1997) y La voz de los silencios (Rocamor, Palencia, 1999).



La voz de los silencios (Rocamor, Palencia, 1999)

La voz de los silencios (Rocamor, Palencia, 1999)

Los agujeros del aire (DIALTT Editores, Barcelona, 1994)

Los agujeros del aire (DIALTT Editores, Barcelona, 1994)


Creación/Creación
Poemas de Y perderemos los nombres de las piedras, de Daniel Riu Maraval
Por Daniel Riu Maraval, domingo, 29 de mayo de 2005
Forma parte de la tertulia “La Mano en el Cajón”, Barcelona. Ha publicado poemas y artículos en diversas revistas, siendo sus más recientes colaboraciones las aparecidas en 11-M: Poemas contra el olvido (Bartleby Editores, 2004), Alandar Cuerdernos de Poesia, Papeles de Urs, La Poesía, señor hidalgo, Cuadernos del Matemático, Arena y Cal, Pliegos poéticos del Ateneo de Almería y El Pipiripao.

Agradecemos a Ediciones Carena y a su director, José Membrive, su gentileza por permitir la publicación de esta selección de poemas y del texto del prólogo, obra de Miguel Veyrat.


LA PIEDRA QUE SEGUIRÁ CANTANDO


Por Miguel Veyrat

Le livre survit au livre
Edmond Jabés

Teníamos dieciocho años. Y reíamos, cantábamos, llorábamos y bebíamos. Daniel Riu ya había publicado un libro de poesía. Yo también, pero el suyo era el bueno. Ya en aquel primer libro, llamado Momentos, y con qué acierto, Daniel daba a entender lo que sería a lo largo de su vida su entendimiento secreto y fugaz de las cosas, el afán de nombrarlas de nuevo, de poner tibiamente la mano por encima y sentirlas palpitar para despertarlas a una nueva aventura vital incorporándolas a la propia respiración: o el lacerante dolor de perderlas. Ya entonces su palabra poética brotaba desnuda y veraz, sin adornos ficticios, sin rimas ni corsés, con un ritmo interno perfecto en el diástole-sístole del decir.

Daniel Riu empezó a encarnar para mí esa tercera vía que en la polémica abierta y dura entre Heidegger y Sartre pretendía distinguir la prioridad de paso entre esencia y existencia, entre Ser y Tiempo o entre Ser y Nada. Daniel investía ya tempranamente al homo viator que enunció más tarde un Gabriel Marcel todavía marxista, cortando la polémica al anunciar que el hombre “es” al tiempo que avanza, y que al conocer existe. Así avanzó poéticamente Daniel, casi sin saberlo, desentrañando la esencia que la más dura experiencia de saberse vivir latiendo le proporcionaba. Y así nos lo cantaba a sus amigos. Así era, tal como existía. Sencillamente. Dando “voz a los silencios” y “abriendo agujeros en el aire” por donde se filtrase el conocimiento.

Ahora, sí,
sé cosas que antes no sabía.


Tal como hubiera querido Hölderlin al anunciar en su verso que “Poéticamente habita el hombre la tierra”, ha ido poblando Daniel Riu Maraval paso a paso, libro a libro, el aliento de su tránsito por su propia vida entre los seres y las cosas. Ha caminado conociendo, reconociendo, identificando, nombrando, asombrándose ante la injusticia y el dolor de los demás, denunciando, conmoviéndose, apasionándose ante “las mentiras de los ángeles” o el “nacimiento de las madrugadas”, y comunicándolo al oído del amigo que le acompaña en el paseo, para implicarle en su secreto.

Daniel y yo dejamos de vernos durante casi cincuenta años: nos dispersamos, cada uno tras sus propios anhelos y un buen día, no hace mucho, Daniel localizó un libro mío en un librero de viejo, lo compró, me buscó con denuedo, con tenacidad de hormiga, me localizó en alguno de mis destinos periodísticos, me abrazó efusivamente en larguísimas conversaciones telefónicas y después puso entre mis manos sus breves, intensos, densos, ligeros, profundos versos.

Ahora, ya viejos los dos, me llega el último libro escrito por Daniel Riu y me pide que lo inicie con unas líneas como pórtico. ¿Y qué voy a hacer yo más que contar, como estoy haciendo, cómo es Daniel, cómo era, cómo sigue siendo, cómo lo leemos, lo queremos sus lectores? Ya sé que la tradición en la llamada “vida literaria” pide que el prologuista ilustre con hondas frases y sabias citas ad hoc el elogio del poeta, que ahonde en los lagos de la filología, la filosofía o la lingüística para exaltar sus habilidades y virtudes. Pero en este caso no va a hacer ninguna falta.

Porque basta con abrir este libro de enigmático título —ya volveremos a él— por cualquier página, para que salte al aire la auténtica poesía escapándose para siempre del silencio, existiendo con voz propia, naciendo directamente del lenguaje que en choque brutal con la emoción balbucea un canto nuevo. Basta con abrirlo, este libro, para sentirse ganado por él y no poder dejarlo hasta terminar de leer el último verso, pues la lenta elegía que brota de su primer poema pide que el aliento siga sin desmayo “por la ambigua orilla” hasta la invocación final:

Volved a sembrarme en esta tierra
donde el jilguero canta.


Sembradme sin ojos y sin boca,
sin dolor y sin sombra.
Sembrad mi corazón desnudo,
como un sonido dulce
una semilla cierta
o un secreto.


Bastaría en verdad leer sólo estos versos a quien ignorase todo de la obra de este poeta cierto y certero, para adivinar enseguida cuán adentro lleva y de qué modo se adentra en la poesía de la que conoce a la perfección su esencia. Pues es su poesía sonido puro que procede de la semilla cierta del secreto. Es instrumento de conocimiento que al nacer precede al pensamiento, que a su vez se torna pasión pura, que es luego canto y sólo canto. Y en ello no se busca el poeta a sí mismo sino a todos y a cada uno.

“Poesía es reintegración, reconciliación, abrazo que cierra en unidad al ser humano con el ensueño de donde saliera, borrando las distancias”, dice María Zambrano. Y tal parece que este libro se le escapó al poeta para cumplir tal propósito, y con él cerrar un círculo, un ciclo vital. Su tono mayor es elegíaco, de despedida, de recorrido por cada pequeño o gran dolor sentido, de constatación de que “han cesado los prodigios”, de interminables ecos que proclaman “el derrumbe de los almendros”, de que

las tinieblas invaden
y perdemos los nombres de la piedra.


¿Pero quién nombró a la piedra? ¿Cuántos son los nombres de la piedra? ¿Noventa y nueve, como los de Jhvé o Alá? ¿Quién, qué es la piedra? ¿Por qué invoca Daniel Riu sus nombres perdidos? Existe en la Tradición —eso que el poeta conoce por intuición, pues la Tradición con mayúsculas la ha creado él a lo largo de los siglos directamente desde la Naturaleza— una relación estrechísima entre el ánima y la piedra. Desde Prometeo, procreador del género humano, las piedras han conservado un aroma humano. La piedra y el hombre presentan un doble movimiento de ascenso y descenso: el hombre nace del espíritu y a él retorna.

La piedra tallada con la que construimos los templos no es sino la obra humana: desacraliza la obra de Dios, simboliza la acción que se sustituye a la energía creadora del Universo. La piedra bruta ha sido siempre el símbolo de la libertad, andrógina, viva, caída del cielo y que sigue viviendo entre nosotros. Cuando la talla el hombre, la piedra de la palabra nace para servir, para comunicar colaboración, amor, verdad, belleza. Y piedra es ahora y siempre símbolo de conocimiento, como bien sabían los practicantes de la Gaya Ciencia, que yace enterrada —Pistis Sophia, piedra filosofal o bien ruah Elohim, aliento de Dios, como quería el Abraham fundador del primer templo en torno a la piedra negra Ka’aba, símbolo de la luz oscura— y sólo se levanta ante la voz del iniciado para dar comienzo a su transformación espiritual .

Solamente un auténtico iniciado, un poeta como Daniel Riu puede evocar el fin, la pérdida de los nombres, la propia vida, pero dejar en su lector la verdadera emoción de saber que la piedra seguirá alentando, que su fuerza ígnea, magmática, seguirá golpeando sílex contra sílex mientras la talla un hombre que tiene el don del canto, para hacer brotar el fulgor que da lugar al fuego. Que algunos llaman Verbo, otros Logos, y que en estado puro no es sino Poesía cuando se une al amor que le da forma y lo comunica: tan auténtica esta vez que cuando ustedes comiencen a leerla notarán que forma ya parte irremediable de su propia vida y desearán —como yo mismo deseo, para brotar con él de nuevo—, que ahora mismo siembren su propio corazón, desnudo, muy cerca del de su autor, con el que siempre

Somos entrega, sangre, instante,
somos un ruido despertado,
una palabra sólo,
un ansia detenida.


Madrid, a 9 de abril de 2005



***



( No indagues el nombre de los signos )


No indagues el nombre de los signos,
las lunas vulneran
y el enigma penetra
y nos arrastra.


Hemos amado
y amamos todavía,
hemos vagado clamando las señales
aunque la longitud es inmensa
y estremece.


Cuando llegue
habrá un silencio triste
y el pájaro caído
ofrendará sus alas
endureciendo al aire.
Dolerán la carne y el recuerdo
y la lluvia, vencida,
quebrantará los frutos.


Somos entrega, sangre, instante,
somos un ruido despertado,
una palabra sólo,
un ansia detenida.


***


( Arrancad esta noche )


Arrancad esta noche.


La lágrima ennegrece,
nos manchamos de luces
que no alumbran,
fracasan los acentos,
un paisaje de alambres
nos circunda
y en las pieles
fermenta la promesa.


¿Qué espera al otro lado de los bordes?
¿Quiénes ocuparán las playas?
¿Qué vendrá después del llamamiento?


Preguntad,
preguntad a los soplos,
cuentan que hay sílabas de menta
liberando verdades.


***


( Antes que nos olviden )


Antes que nos olviden,
antes que deshabiten los caminos
y se haga amargo el fuego,
ven conmigo,
aún laten las bocas,
aún nos llegan
sombras azules
y palabras.


Por un momento seremos transparentes,
nos crecerán los ojos,
palpitará la roca,
pisarás otros ruidos,
renacerán los vientres
y estrecharemos la tierra
siempre blanda.


Antes que derrumben
el centro de las flores
y se enturbie la alondra,
dejaremos abiertas
en la nube
la caricia y el árbol.


***



( Tengo un dolor nacido )


Tengo un dolor nacido,
un alba vacilante
y un ángel pálido a mi lado
coronado de musgos
y tristezas.


Tengo un puñado de viejos horizontes,
una penumbra clavada dulcemente
y una hoguera sin llama.


Tengo secretamente hundidas
las manos en la tierra
para que así no puedan arrancarme.


Tengo sobre mi espalda
los pasos desandados,
despojos de tibiezas
y anillos de nostalgias.


Tengo una música tardía,
también tengo un latido
y un presagio
y un árbol alzado
que me aguarda.


***



( Vacilan las raíces )


Vacilan las raíces
enmudecen los himnos
y renuncia el sueño
que se aleja
en busca de una oquedad
o un limbo.
Ha envejecido el roce,
todo se precipita,
todo se humilla
y se destruye.


¿De qué han servido las plegarias?
¿Por qué los surcos no fecundan,
las aves doblegan en su vuelo
y revientan los signos sin protesta?


Palpo el vacío,
estoy lleno de ausencias
de coronas antiguas
y memorias.
Sé –confusamente- que me adentro,
que han renunciado los asombros
y que no germinan las palabras.
Sé que giran inciertos los espejos,
que no hay retorno
ni músicas
ni labio.


Extrañamente olvido los racimos,
escucho el desvelo de los pactos
y someto mi tiemblo
al ciclo inexorable del milagro.


Qué ambigua es ya la orilla.


Brota un dolor distinto
que no cede,
algo desconocido y tibio,
algo tan íntimo
como el aliento nuevo.
Es solamente nuestro,
es algo que acude lentamente,
que se ciñe a los cuerpos
y que acalla.


Concluyen los prodigios,
un eco interminable
proclama el derrumbe del almendro,
las tinieblas invaden
y perdemos los nombres de la piedra.


Presiento profundas las arenas,
acaricio los vientos,
conjugo lejanías,
me entrego a mi abandono,
me obscurezco.

***



( Volved a sembrarme en esta tierra )


Volved a sembrarme en esta tierra
donde el jilguero canta.


Sembradme sin ojos y sin boca,
sin dolor
y sin sombra.
Sembrad mi corazón desnudo,
como un sonido dulce
una semilla cierta
o un secreto.
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