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Carlos Malamud es profesor Titular de Historia de América Latina de la UNED e investigador principal del Real Instituto Elcano

Carlos Malamud es profesor Titular de Historia de América Latina de la UNED e investigador principal del Real Instituto Elcano



Baltasar Garzón: "Un mundo sinmiedo" (Plaza y Janés, 2005)

Baltasar Garzón: "Un mundo sinmiedo" (Plaza y Janés, 2005)

Augusto Pinochet

Augusto Pinochet

Carlos Menem

Carlos Menem

Jorge Videla

Jorge Videla

Marcos

Marcos

Vladimiro Montesinos

Vladimiro Montesinos

Abdalá Bucaram

Abdalá Bucaram

Alvaro Uribe

Alvaro Uribe


Análisis/Política y sociedad latinoamericana
El juez Garzón y América Latina
Por Carlos Malamud, lunes, 4 de abril de 2005
El juez Baltasar Garzón ha aparecido repetidamente vinculado a América Latina. Quizá haya sido la captura del general Pinochet en Londres lo que más proyección mediática le ha dado, pero los puntos de contacto con el continente son numerosos. Estos incluyen el proceso que comenzó a instruir contra la dictadura militar argentina y que luego se unió al caso Pinochet; su discusión epistolar con el subcomandante Marcos a raíz del terrorismo etarra y de su particular visión del significado del “movimiento de liberación nacional vasco” y terminan con su apoyo constante y permanente a las causas indígenas. A través de las recientes memorias del magistrado, Un mundo sin miedo, podemos calibrar más acertadamente su visión sobre la realidad latinoamericana.
No va a encontrar aquí el lector una reseña ni un comentario de las memorias de Baltasar Garzón. Lo único que se pretende en las siguientes líneas es una discusión de la aproximación a la realidad latinoamericana que Garzón propone. Si tuviera que recurrir a la brocha gorda podría comenzar hablando de un enfoque eurocéntrico y corporativista, que intenta trasladar los valores europeos a América Latina. En realidad, así planteada, la cosa está bien: la región requiere instituciones sólidas y una justicia independiente y eficaz, como apunta el propio Garzón. No hay duda que la corrupción en la justicia y las manipulaciones a que suele someterla el poder ejecutivo poco hace por el imperio de la ley y el orden en la región. Pero detengámonos un instante en alguna de las soluciones aquí propuestas: la inamovilidad de los jueces. Piénsese un solo instante el regalo que supone para los jueces corruptos, los Pascual Estivill de este mundo, un regalo semejante. Y en la mayoría de los países latinoamericanos sobran los jueces corruptos. Por supuesto que hay que abogar por la separación de poderes, pero exigiendo para el judicial las mismas garantías de transparencia, responsabilidad y rendición de cuentas que se le exigen al legislativo y al ejecutivo.

Garzón ha tenido una clara postura antidictatorial, de defensa de la democracia y de los derechos humanos y de firme solidaridad con las víctimas. De ahí su crítica a las leyes argentinas de Punto Final y Obediencia Debida, a los indultos y a otras medidas similares que pudieran darse en otras partes del mundo y su reivindicación de la justicia internacional, comenzando por el Tribunal Penal Internacional. De ahí, también, su crítica sistemática a aquellas comisiones de la verdad que no ponen la justicia por delante. Según su punto de vista sólo la justicia es reparadora y cualquier intento de pasar página es una traición a las víctimas. Sus reparos a las mencionadas leyes se deben a que fueron arrancadas al Parlamento argentino a través de la coacción. Ahora bien, su crítica que nace de criterios morales y de una aproximación claramente corporativa debería entrar, para ser más completa y ponderada, en consideraciones políticas, por más que sea un juez el que hable.
La democracia son votos y es la gente, los votantes, la que exige o demanda ciertas cosas a sus gobernantes.

¿Por qué digo que el enfoque aquí propuesto es eurocéntrico? Se podrían dar unos cuantos ejemplos sobre este punto, pero valdría la pena comenzar con su visión de lo que es “la noble nación argentina, degradada tantas veces por gobernantes corruptos que han hecho del nepotismo, la concusión, el latrocinio y el asesinato una moneda de cambio corriente y su norma básica de conducta”. Esta bien que aquí el juez escriba a vuelapluma en una muy informal carta a sus hijos, pero se le podría exigir un poco de rigor. ¿Cuántas veces la Argentina fue degradada por gobernantes corruptos y, sobre todo cuántas veces más que algunos países europeos como algunos de la vieja Europa? ¿Qué pasó en la Unión Soviética de Stalin o la Alemania de Hitler? ¿Acaso el asesinato de disidentes, por no hablar de otros casos sangrantes, no era moneda de cambio corriente? ¿Qué pasa en la vida académica española, para no ir demasiado lejos, con el nepotismo? Y sobre todo, ¿se puede separar tan radical y tajantemente a la noble nación argentina, o al pueblo argentino, que para el caso es lo mismo, de sus gobernantes corruptos? Es verdad que a los Videla, Masera y demás dictadores no los eligió nadie, ¿pero cuántos ciudadanos de bien los jalearon en aquella memorable campaña de “los argentinos somos derechos y humanos”? Queda claro en el libro que Carlos Menem no le provoca ninguna simpatía. Es un personaje prepotente y desfachatado, muy “acostumbrado a medrar con la justicia”. Pero, ¿quién lo votó una y otra vez, tanto a él como a sus candidatos? A lo largo de muchas páginas aparece la tensión entre las leyes nacionales y la justicia internacional. Sin embargo, habría que tener más presente que la democracia son votos y es la gente, los votantes, la que exige o demanda ciertas cosas a sus gobernantes.

También vale la pena rescatar su relato sobre el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) y los sucesos de Chiapas, otra prueba de su eurocentrismo. En realidad, todo comienza con una gran sobredimensión del papel jugado por el EZLN en la historia mexicana, e internacional, de los últimos diez años, algo similar a su balance sobre el papel por él jugado en la resolución del caso Pinochet y en la extensión de la justicia en América Latina. Garzón nos cuenta que el EZLN “se nutrió de la experiencia milenaria de resistencia y de lucha de los pueblos indios de la región”. Estaba claro en cierto discursos legitimador de los movimientos indígenas el medio milenio de lucha contra el invasor español, o europeo si se quiere, y sus terribles secuelas. Pero lo del otro medio milenio rompe todos los esquemas, porque entonces se nos habla, y está bien que sea así, de la explotación de unos pueblos indígenas por otros y de unos indios por otros.
No dejará de llamar la atención del lector avisado la prevención de nuestro autor de hablar de Marcos, a quien tarda bastante en mencionar, hasta que finalmente alude a él denominándolo “peculiar portavoz” de los zapatistas

Según su particular interpretación, el EZLN no sólo supo integrar todos aquellos hombres y mujeres de izquierda que se sintieron ideológicamente huérfanos tras la caída del muro de Berlín, sino también fue capaz de expresar el conjunto de reivindicaciones de los indios de Chiapas. Para Garzón, por tanto, sólo existe la lucha de los buenos, los indios vinculados al EZLN, contra los malos, las estructuras de poder local herederas del PRI. Esto lo lleva a no ver los enfrentamientos entre unas comunidades con otras, entre unos indios con otros por el control de la tierra, por poner sólo un ejemplo. La influencia del EZLN es enorme y gracias a ella se puede explicar la aceleración que sufrió el proceso de democratización en México así como el triunfo del PRD en el Distrito Federal, por más que el principal líder del EZLN, el autoproclamado subcomandante Marcos, abomine del PRD. En este sentido, no dejará de llamar la atención del lector avisado la prevención de nuestro autor de hablar de Marcos, a quien tarda bastante en mencionar, hasta que finalmente alude a él denominándolo “peculiar portavoz” de los zapatistas. Por eso, el lente corrector que utiliza para analizar la realidad latinoamericana lo lleva a afirmar que “la paz social y política [de México] depende en gran medida de la solución que el gobierno federal, la clase política y la sociedad mexicana en su conjunto construyan para el presente y el futuro de los pueblos originarios”. Sin entrar a discutir el espinoso tema de los pueblos originarios, que nos puede llevar por derroteros impensables, o el de la necesidad irrenunciable de contar con una justicia indígena (¿por qué?), se ve una vez más que la defensa de las víctimas, de sus víctimas, es el eje en torno al cual debe girar toda la realidad latinoamericana.

Una consideración final, comenzando por su sensibilidad por la teoría conspirativa. En octubre de 2002 mantuvo en la base militar de El Callao una conversación con Vladimiro Montesinos, prisionero en dicho lugar. Del diálogo rescató una supuesta confesión de tan siniestro personaje, que le dijo que para conseguir que el presidente ecuatoriano, Abdalá Bucaram firmara la paz con el Perú, que dependía del Congreso del Ecuador, sobornó a los parlamentarios del país vecino con más de veinte millones de dólares. No voy a discutir la verdad de tal afirmación, porque no me compete, pero si quisiera mencionar la irresponsabilidad de Garzón al contarlo ahora, haciéndole el juego a Montesinos, que es el único que gana en este río revuelto. ¿Qué pasa en la eventualidad de que no fuera verdad? ¿Cómo beneficia esto al sistema democrático ecuatoriano, y al peruano? Pero en esa conversación Montesinos, que quería alardear de contactos para realzar su importancia, su valor y la veracidad de sus afirmaciones, le comentó, al pasar, como suelta todas sus cargas de profundidad, que Estados Unidos iba a invadir Irak y posteriormente haría lo mismo con Colombia. Así fue como Garzón concluyó que Montesinos, “por su vinculación con los servicios de inteligencia norteamericanos, debía saber lo que iba a suceder porque ya estaba decidido”. La cuestión es que valor tiene Montesinos para los servicios, en la cárcel, y por qué le iban a informar. Pero no sólo eso, Montesinos acertó con Irak, pero no con Colombia, que no ha sido invadida. Y es que más allá del Plan Colombia, por el que Garzón no tiene ninguna simpatía, más allá de los avances en materia de derechos humanos que ha supuesto la política de seguridad democrática del presidente Uribe, la realidad latinoamericana es algo más complicada de lo que nos presenta nuestro autor.
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