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Justo Serna es profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de Valencia

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Javier Cercas

Javier Cercas

Javier Cercas: "La velocidad de la luz" (Tusquets, 2005)

Javier Cercas: "La velocidad de la luz" (Tusquets, 2005)

Javier Cercas: "Soldados de Salamina" (Tusquet, 2003)

Javier Cercas: "Soldados de Salamina" (Tusquet, 2003)

Antonio Muñoz Molina

Antonio Muñoz Molina

Antonio Muñoz Molina: "El jinete polaco" (Seix Barral, 2002)

Antonio Muñoz Molina: "El jinete polaco" (Seix Barral, 2002)

Diálogos de Salamina (Tusquets, 2003)

Diálogos de Salamina (Tusquets, 2003)

David Trueba

David Trueba

Javier Cercas: "El móvil" (Tusquets)

Javier Cercas: "El móvil" (Tusquets)

Javier Cercas: "El vientre de la ballena" (Tusquets)

Javier Cercas: "El vientre de la ballena" (Tusquets)

Javier Cercas: "El inquilino" (Acantilado)

Javier Cercas: "El inquilino" (Acantilado)


Tribuna/Tribuna libre
Javier Cercas. Un heroísmo posible
Por Justo Serna, lunes, 4 de abril de 2005
En El jinete polaco, que se desarrolla en 1991, hay un motivo que se repite, un hecho del pasado, de 1936, que vuelve una y otra vez, evocado por los protagonistas. Son dos amantes que tienen un amor furioso y extenuante en Nueva York y, allí, en ese contexto extraño, haciendo un ejercicio de memoria lo exhuman intentando darle algún significado. Se trata de la decisión tomada en 1936 por un familiar de ella, por su padre: un antiguo Comandante, el Comandante Galaz, que estuvo destinado en Mágina, un militar republicano que estando al frente de la guarnición se opuso e impidió la sublevación local.
Para evitar que aquella rebelión triunfara en el cuartel y, por extensión, en la localidad, el valeroso jefe tuvo que descerrajarle dos tiros a algún subordinado, al Teniente Mestalla, justamente un oficial sedicioso, simpatizante del falangismo y exaltado, bravucón, dispuesto a unirse a las fuerzas rebeldes. Frente al levantamiento, Galaz fue el soldado que supo mantenerse en el puesto y en la función que se le había asignado, el soldado que se cuadró con dignidad ante el poder civil de la población para dar el parte de novedades y para declarar su lealtad. Ese acto, ese acto heroico, le trajo graves consecuencias: tuvo que abandonar patria y familia, amigos, deshonrado para siempre entre los suyos.

Un acto, un solo acto, reitera el narrador, cambia la existencia y con él podemos oponernos al curso irrevocable de la historia. Los automatismos de una vida invariable y establecida de una vez para siempre –como “el sol que no se detendrá en medio del cielo”-- se terminan de improviso. El Comandante Galaz, como cualquiera de nosotros, podía haber optado contra el riesgo, abandonándose a una pereza determinista y al ejemplo de la mayoría de sus conmilitones: habría sido un modo cierto de escapar a su seguro y futuro infortunio. Pero “un acto, dijo, o soñó que decía, un solo acto verdadero, el más mínimo, el más desconocido, puede cambiar la rotación del mundo y detener el sol y hacer que se derrumben las murallas de Jericó”. Al menos ocho veces se reitera la voz “acto” a lo largo de ese capítulo y expresa justamente la rebeldía contra el determinismo. Los seres humanos no somos evidentes ni nuestras vidas están fijadas de una vez para siempre. Podemos romper con lo obvio o con el destino, podemos evitar los engaños con que la fatalidad nos aturde, acabar con la rutina o la inercia, y al hacerlo podemos alcanzar un grado de dignidad inconmensurable, aunque ese acto nos dañe o malogre parte de nuestra supervivencia.

He visto este motivo de la dignidad del acto no sólo en la novela de Antonio Muñoz Molina, sino también (y más recientemente) en las historias de Javier Cercas. De hecho, podríamos decir que ese asunto es tan viejo como el propio arte narrativo y queda ilustrado perfectamente en el tema del traidor y del héroe, que es la base del cuento como apólogo moral. O como decía Borges: los dioses nos mandan desdichas o nos someten a todo tipo de pruebas para que a los hombres no nos falte algo que cantar y que contar, nuestras gestas o nuestras derrotas, esas hazañas o hundimientos que prueban nuestro temple y que sirven para evaluarnos. En los cuentos populares, ya lo señaló Vladímir Propp, hay una estructura que se repite, un repertorio de funciones que encarnan determinados personajes y que valen para relatar siempre la misma historia o, al menos, la misma lección moral. Hay una ruptura del orden, de la estabilidad incuestionable de las cosas, un acecho del mal, de algún villano, que armado de doblez consigue romper lo esperado o la felicidad modesta de las personas. Pero, justamente en ese momento, alguien que no estaba destinado a acometer grandes empresas, alguien que debe sobreponerse a sus rutinas y a sus pánicos, se le opone para acabar convertido en un héroe. Cuando digo todo esto no quiero reducir la gesta heroica a las ficciones: los heroísmos se dan, y tanto que se dan, en la vida real, y en ocasiones algunas de esas desdichas que nos mandan los dioses y las que conseguimos hacer frente luego las cantan los poetas.

Javier Cercas escribió Soldados de Salamina, lo que él llamó un ‘relato real’, con el fin de evocar un acto de piedad en plena Guerra Civil española: la decisión simple pero dignísima tomada por un soldado republicano de no delatar a un enemigo falangista, un enemigo que luego resulto ser importante (Rafael Sánchez Mazas). Gracias a esa conducta benevolente, el falangista pudo evitar su captura y su segura muerte. Toda la novela gira en torno a este acto y hay en el relato y en la lección moral que entraña una filosofía de la existencia bien explícita y que yo veo kantiana y finalmente sartreana. No hay empresa que acometamos que nos resulte indiferente, no hay acción que emprendamos que sea irrelevante: en cada acto nos la jugamos. ¿Por qué razón? Porque al tomar una decisión u otra definimos un modelo particular de humanidad, delimitamos qué tipo de ser humano hemos querido ser. Con cada elección acarreamos un pasado en el que queremos apoyarnos y juzgamos directa o indirectamente lo que hay que hacer.

En la nueva novela de Javier Cercas, en La velocidad de la luz, un narrador nos dice: “Unos meses atrás yo había publicado una novela que giraba en torno a un episodio minúsculo ocurrido en la guerra civil española; salvo por su temática, no era una novela muy distinta de mis novelas anteriores (...), pero, para sorpresa de todos y salvo escasas excepciones, la crítica la acogió con cierto entusiasmo, y en el poco tiempo transcurrido desde su aparición había vendido más ejemplares que todos mis libros anteriores juntos, lo que a decir verdad tampoco bastaba para convertirla en un best-seller: a lo sumo se trataba de un ruidoso succès d’estime...” ¿Quién habla y a qué relato se refería?

En La velocidad de la luz hay indicios suficientes para identificar al narrador con el autor empírico: esa novela que en principio tuvo un moderado éxito parece ser, en efecto, Soldados de Salamina, aunque nunca se la mencione con ese rótulo; y se alude también a otra novela, titulada El inquilino (homónima a la del propio Cercas, fechada en 1989). Frente a lo que sucedía en ‘Soldados’, ficción en la que la voz relatora era la de un tal Javier Cercas muy semejante al Javier Cercas del Registro Civil, en La velocidad, quien habla no es identificado nunca con nombre y apellidos, pero a ese ser anónimo que se pronuncia en primera persona parecen haberle ocurrido cosas que sabemos que le han sucedido al escritor. Ahora bien, eso mismo podríamos decir las restantes novelas del autor, en donde siempre hay un tipo humano, protagonista (El móvil o El inquilino) o narrador también (El vientre de la ballena), al que le pasan hechos o atraviesa por circunstancias que sabemos pasados o atravesados por el propio escritor.

Cercas recrea sus vidas y construye ficciones autobiográficas solapando caracteres, incorporando tantos rasgos de sí mismo que se hace difícil discernir qué hay de ficticio (e intuimos que mucho) en sus narraciones. Por ejemplo, las mujeres de sus novelas, las esposas, quiero decir, de los protagonistas o narradores o se han alejado emprendiendo sus propias vidas o, como en La velocidad de la luz, simplemente fallecen con tragedia y desgarro. En todos los casos, nos las vemos con un personaje masculino algo calamitoso, alguien bastante torpe a la hora de manejar adecuadamente su existencia, alguien que comete incluso pequeñas villanías que le llevan al desastre. Las novelas de Cercas son, así, un relato de un varón algo desorientado, repleto de referencias, profesor o periodista, dueño de una cultura que en parte le incapacita, un tipo que no desea sobrevivir simplemente, sino triunfar o lo que él cree que es triunfar. Su vida privada no augura nada bueno, sin embargo: por ejemplo, parece haberse resignado a una existencia provincial en una Gerona menuda que, no sé por qué, me evoca al Rouen pequeñoburgués de Flaubert; por ejemplo, parece haberse instalado en la cómoda y mediocre existencia de un trabajo docente de poca proyección; por ejemplo, parece haberse aceptado como escritor secreto o ignorado que ya casi descarta amasar una legión de lectores. Así es el Javier Cercas que habla en Soldados, el Tomás de El vientre, o el narrador de La velocidad, etcétera. Esa vida mediocre, como digo, suele estropearse aún más, fruto de las indecisiones, de las acometidas crueles del destino, de las acciones erróneas, de las abdicaciones, una vida que casi se malogra, incluso cuando el espejismo del éxito extravía completamente al protagonista, como así le sucede al de La velocidad. Es entonces cuando en las novelas de Cercas comienza una reflexión sobre la culpa, sobre la parte desastrosa a la que contribuyen el propio narrador o personaje, alguien que se maneja mal, que incluso hace el mal por omisión.

Pero es entonces también cuando un ejemplo de vida que, en principio, le es ajeno o distante, el republicano (de Soldados) o el veterano de Vietnam (de La velocidad) le sirve de ilustración y contraste, de reflexión, de escrutinio y de evaluación. Quienes hablan como narradores en sus novelas los sabemos ateos y no pueden apelar a Dios para preguntarse por su desdicha. Justamente por eso es por lo que toman las existencias de los otros, siempre mediocres o en parte malogradas, para cotejo personal y siempre acaban descubriendo un acto admirable o un acto detestable a partir de los cuales examinarse. Pero no hay en ello una fría inspección, sino un crescendo de emociones aparejado al descubrimiento del otro, su debilidad, sus odiosas decisiones o, por qué no, su heroica determinación de no hacer el mal o de no infligir más daño.

Hay algo de conradiano (de Lord Jim) o de faulkneriano (de ¡Absalón, Absalón!) en la construcción de esos personajes, aquejados de una pena inextinguible o de una culpa incurable o de una derrota insaldable. Y es también muy conradiana o faulkneriana la forma de recreación de sus respectivas peripecias: un narrador que no anda nada bien, ya digo, se vale del relato del personaje evocado para juntar pieza a pieza y hacer así de sus vidas..., existencias con sentido. Pero el significado de las vidas no se aclara, como le sucede al Javier Cercas de Soldados o al relator de La velocidad y siempre queda alguna pieza del rompecabezas por casar o encajar o, incluso, aunque disponga de todos los trozos del cuento, no se obtiene conclusión o moraleja. El narrador de Cercas sabe que las novelas de hoy ya no tienen un desenlace reparador y sabe que la vida real no concluye con todas las partes bien trabadas. Ha leído a los grandes novelistas del siglo XX y no ignora que la consumación sólo pertenece al naturalismo. Si Cercas hace del ‘relato real’ su principal motivo como urdidor de ficciones, entonces la novela que aparenta no serlo no podrá acabar como presumiblemente acaban todas las fábulas. Por eso, los relatos quedan sin que el personaje recobre una felicidad completa que, en verdad, nunca tuvo y, por tanto, el protagonista siente las averías que aún le lastiman y con las que deberá seguir viviendo.

Pero para llegar a esa conclusión tolerable hay que recibir una ayuda providencial, una ayuda que coincide con el punto de inflexión del relato. En las narraciones de Cercas, hallamos siempre un momento en que la vida calamitosa parece enderezarse aunque sea en un sentido aceptablemente mediocre gracias a la intervención de alguna mujer. Las mujeres están también dañadas, siguen adelante acarreando su propio lastre, sus penas, sus propios fracasos, pero a diferencia de los varones, del varón que se descubre intolerablemente lesionado, han aprendido a sobrevivir con cordura, sin incrementar el mal. Frente los hombres, generalmente tan desastrosos, podríamos decir, las mujeres de sus relatos no hacen uso inmediato y bronco de la brutalidad, de la agresividad, o de la inconsciencia irresponsable. Eran y son capaces de dañar, claro, pero con demora, con lentitud, con parsimonia, no con fuerza bruta. Como decía Joseph Conrad, la fuerza bruta no es "nada de lo que pueda uno vanagloriarse cuando se posee, ya que la fuerza no es sino una casualidad nacida de la debilidad de los otros". Tal vez por eso, por esa chiripa de nacer así, por la falta de potencia muscular con la que poder ejercer la fuerza bruta, las mujeres se valen de otros recursos. Además, la maternidad, el hecho potencial de tener un cuerpo nutricio, las ha vuelto más sensatas, mientras que los varones siempre parecen predispuestos a dejarse llevar por la irresponsabilidad. Tal vez, saberse continuadoras de la especie les hace ser menos temerarias. El personaje masculino de Cercas no es, sin embargo, un machote, sino alguien sensible, alguien incluso dispuesto a adoptar funciones y papeles de protección, de cuidado, de asistencia de sus vástagos, funciones de las que antes sus congéneres se desentendían. Precisamente por eso, el narrador de La velocidad se siente culpable por haber desatendido a su mujer y a su hijo en el momento decisivo de sus vidas.

Volvemos, pues, a la clave de la que partía en mi reflexión: el acto que nos salva o que nos hunde, que nos condena o que nos redime, es una decisión de la que somos capaces nosotros mismos y que poco tiene que ver con el acogimiento colectivo, con el colectivismo bajo el que cobijarse. Algunos aún se preguntan acerca del inmenso suceso de Soldados de Salamina: más de quinientos mil ejemplares vendidos. Las razones que se señalan son de lo más variado e incluso se habla de los mimetismos o el fraseo de Javier Cercas: que si el ritornello de Salamina (hasta catorce veces enunciado) como leit motiv de la prosa, al modo de Javier Marías; que si el sentimiento del relato y de los descubrimientos, al modo de Muñoz Molina. Con ello se espera rebajar el arcano de un éxito. Yo creo, por el contrario, que son estas razones que he ido exponiendo las que confirman una sensibilidad que encaja muy bien con los requerimientos morales de nuestro tiempo: no hay un bando de los buenos frente al mal localizado en otra parte. Hay conductas indignas y hay comportamientos valerosos, hay el empeño de obrar el bien o, al menos, el empecinamiento honroso de no agravar ni agrandar los males, la voluntad expresa de reconocer nuestras propias culpas. Creo haber leído todas las obras de Cercas, incluso el material parásito a que el mismo ha contribuido, como Diálogos de Salamina, en el que habla con David Trueba en estado de gracia o aquellos otros textos que, como el guión cinematográfico, se inspiran en su obra (Soldados de Salamina, de David Trueba). No veo otras razones que justifiquen su acierto. Ni el fraseo, ni el sentimiento, ni la Guerra Civil, ni Vietnam son suficientes: está, en todos los casos, el acto heroico que endereza lo que estando torcido amenazaba con destruirnos, con anegarnos, arrastrados por la historia o la fatalidad.
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