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Bernabé Sarabia es Catedrático de Sociología de la Universidad Pública de Navarra

Bernabé Sarabia es Catedrático de Sociología de la Universidad Pública de Navarra




Tribuna/Tribuna libre
Comunicación, poder y cultura nacionalista
Por Bernabé Sarabia, jueves, 3 de marzo de 2005
Un aspecto crucial de esta época de globalización, mundialización o dominio norteamericano del planeta, lo constituye el complejo y sutil sistema que conforma tanto la identidad personal como la colectiva. La globalización cultural puede tener entre sus efectos perversos el de producir una disminución, o pérdida, del sentimiento de pertenencia de las personas. La consecuencia psicosociológica es la aparición de un sentimiento de indefensión que deja cojeando la estabilidad emocional de las personas y de los grupos humanos.
Ante este efecto de la globalización, el rango de las respuestas es muy variado. No es raro encontrar gentes que reaccionan afirmándose en formas ancestrales de identidad religiosa o étnica. Los extremistas islámicos constituyen una clara ilustración de este fenómeno social. En otro orden de cosas, aunque con mecanismos psicosociológicos muy parecidos, nos encontramos a los cristianos evangélicos norteamericanos, vueltos con fuerza a la vieja tradición del protestantismo radical.

En España, tanto el nacionalismo vasco como el catalán han sabido entender la complejidad de este fenómeno social, inducido por la evolución planetaria, y han adoptado políticas culturales y económicas destinadas a canalizar en su provecho la situación. En un primer momento, tanto el Partido Nacionalista Vasco como Convergencia y Unión han buscado reforzar los elementos de la cultura tradicional relacionados con la religión y la etnicidad. Desde ambos partidos se ha tratado de reforzar la identificación nacional reafirmando sus bases culturales tradicionales, subrayando lo autóctono, reforzando los límites sociales tradicionales y creando un enemigo externo, España, a modo de chivo expiatorio.

En segunda instancia, los nacionalismos vascos y catalanes han transformado este problema imbricado en la identidad personal y colectiva, derivado de la globalización, en un problema de control, es decir, de poder. De lo que se trata ahora es de reclamar y conseguir poder. Es evidente que el poder en el mundo globalizado está muy distribuido, pero como señalamos, los nacionalismos vasco y catalán han sabido ver que éste es uno de los problemas cruciales de la época y que hunde sus raíces en la cultura que soporta la identidad individual y colectiva de lo que ellos denominan sus “pueblos”.
Ahora mismo puede afirmarse con sólo algunas reservas que los llamados medios de comunicación de masas son los agentes determinantes de la producción cultural y, en el contexto de dichos medios de comunicación de masas, la televisión es, con mucho, el agente más potente

Llegados a este punto, cabe preguntarse por la relación entre identidad, cultura y poder. Y la respuesta hay que buscarla en la cultura, que es la instancia que media entre la identidad personal y el complejo entramado del poder. De este modo, la pregunta por el papel de la cultura en este mundo globalizado, se transforma en la cuestión de cómo se produce la cultura a disposición de nuestros contemporáneos. La respuesta no ofrece demasiadas dudas. Ahora mismo puede afirmarse con sólo algunas reservas que los llamados medios de comunicación de masas son los agentes determinantes de la producción cultural y, en el contexto de dichos medios de comunicación de masas, la televisión es, con mucho, el agente más potente.

Por otro lado, reflexionar sobre los medios de comunicación es pensar su relación con el poder. Al utilizar el término relación se hace necesario considerar el de subordinación. Una breve reflexión histórica, aunque para ello hayamos de recurrir a la brocha gorda, puede arrojar luz sobre la espinosa relación entre cultura, comunicación y poder.

No existía la televisión cuando Felipe II organizó eso que venimos denominando globalización, mundialización o dominio norteamericano del mundo. En sus años de esplendor –entre 1556 y 1598-, Felipe II ejerció su poder sobre más de 11 millones de kilómetros cuadrados. Una extensión insólita para una época en la que las comunicaciones eran lentas y difíciles. Felipe II marca el comienzo de unos siglos en los que la fuerza imperial habrá de ir acompañada del poder de los medios de comunicación y de la propaganda.

El 21 de octubre de 1805, Gran Bretaña se adueñaba de los océanos tras hundir en la batalla de Trafalgar a la flota combinada de España y Francia. Al morir, en 1901, la reina Victoria dejaba el Reino Unido en la cúspide del mundo. Atrás quedaba un ingente esfuerzo de comunicación y propaganda en el que la labor de los misioneros, que con sus sermones arrimaban el ascua a la sardina imperial, tuvo una importancia considerable. La industria editorial y una prensa capaz de ofrecer a sus lectores unos periódicos magníficamente confeccionados contribuyeron con eficacia a envolver con el fascinante paño de la cultura un dominio militar que se expresaba en el mar con una flota de rápidos barcos de vapor en la que los acorazados eran la pieza más temible y, en tierra, con un ejército eficaz y brutal armado con las mejores ametralladoras, el arma más letal de la época.
El problema no está, en mi opinión, en la cultura de masas: mejor cultura, aunque sea de masas, que analfabetismo. El problema radica en que ha desplazado a otras formas culturales y en que es muy permeable a los abusos del poder político y económico

Desde la caída del muro de Berlín en 1989, Estados Unidos se consagró como la gran potencia militar del planeta. El Financial Times señalaba en septiembre de 2002 que Norteamérica gasta en presupuesto militar el 40 ó 45% del total del gasto de los 191 estados del mundo. Kosovo en 1999, Afganistán en 2001 e Iraq en el 2003 muestran que la capacidad operativa del ejército norteamericano está muy por encima de cualquier otro. El expansionismo de los Estados Unidos viene de lejos y ha estado siempre apoyado por una opinión pública caldeada por la propaganda de los medios de comunicación. Baste recordar cómo a finales del siglo XIX, la prensa estadounidense aceleró la independencia de Cuba y la penetración norteamericana. William Hearst creó desde la prensa el clima necesario para hacer creer a la opinión pública que ayudar a los cubanos a independizarse de los españoles era una operación humanitaria.

Para facilitar un ambiente social en el que las tropas norteamericanas pudieran desembarcar en la isla con legitimidad, Hearst despachó a Cuba a todo un equipo de periodistas encabezado por un conocido ilustrador que debía, con sus dibujos, emocionar a sus lectores. Una vez instalados en la isla caribeña, el famoso ilustrador envió un cable a Hearst con el siguiente contenido: “Todo tranquilo. Aquí no hay problemas. No habrá guerra. Deseo regresar”. Hearst le contestó inmediatamente: “Quédese. Usted proporcione ilustraciones, yo proporcionaré la guerra”. Los resultados son bien conocidos; una misteriosa explosión en un acorazado estadounidense anclado en la bahía de La Habana, muertos entre la tripulación, y la intervención militar norteamericana se precipita. Como la historia ha demostrado sin dejar hueco a la duda, España no tuvo nada que ver con la explosión pero ésta sirvió de excusa para que Estados Unidos se instalase militar y económicamente en Cuba hasta la llegada de Fidel Castro.

La utilización de la propaganda para apoyar una intervención militar o una política determinada no es nada nuevo aunque con el paso de los años y el perfeccionamiento de los medios de comunicación social se ha convertido en una práctica social habitual. Sobre todo ahora que en países como España las campañas electorales se han convertido en algo permanente. En esta utilización de la propaganda la imagen ha jugado un papel de primera magnitud. En las filmotecas está el excelente cine soviético en apoyo de la revolución de 1917. Hitler también supo utilizar con tremenda efectividad la propaganda visual.

En la actualidad los periódicos tradicionales, aquellos cuya lectura al principio del día constituían, en frase atribuida a Hegel, la oración laica de la mañana, están en la Unión Europea estancados o en regresión. En Francia diarios del prestigio de Le Monde o Libération atraviesan dificultades económicas y pérdida de lectores. En España, con un índice de lectura de periódicos bajo en relación con la media europea, todavía se mantiene la difusión, pero más de un periódico está en manos de unos propietarios cuyo dinero viene de la construcción y cuya preocupación se relaciona más con el poder que con la cultura.
La televisión escoge qué es lo que debe ser visible, condenando a la nada a todo aquello que no aparece en la pantalla. La televisión crea la potente ilusión en el espectador de estar asistiendo, mientras se hace, al desarrollo de la historia

La prensa escrita ha visto erosionada su vieja finalidad de producir cultura, aclarar y enriquecer el debate democrático. Las ideas tanto de Montesquieu como de Tocqueville, que contemplaban el periodismo como el ejercicio de la libertad frente al poder político, se ha difuminado en los últimos años a la vez que la noción de progreso vinculada a los periódicos se ha ido apagando.

Si antes la noción central era la de progreso, ahora esa centralidad ha sido ocupada por la de comunicación. La información es ahora superabundante, rápida y se ha transformado en mercancía. Este es un hecho de enormes consecuencias ante el que distintos autores y analistas vienen mostrando su preocupación. Ignacio Ramonet, en su libro La tiranía de la comunicación (Madrid, Debate, 1998), señala que la cultura de masas ha establecido su hegemonía gracias a la alianza de la telefonía, el cable, la informática, la televisión, la publicidad, el vídeo y el cine.

El problema no está, en mi opinión, en la cultura de masas: mejor cultura, aunque sea de masas, que analfabetismo. El problema radica en que ha desplazado a otras formas culturales y en que es muy permeable a los abusos del poder político y económico. La conjunción de la informática, la telefonía, la televisión y la publicidad se ha concentrado en Estados Unidos, algunos países de la Unión Europea y Japón.

Por otro lado, los enormes beneficios de la industria bélica han ido a posicionarse a unos medios de comunicación que han invertido a su vez en cultura y en entretenimiento. En Francia este hecho es muy evidente y muy significativo en un país que ha hecho de la cultura una de sus señas de identidad. De este modo, el difícil equilibrio entre los creadores culturales y el poder se ha ido haciendo más precario y más débil frente a la manipulación. En esta cultura mediática, las posiciones de grandes magnates de la cultura y de la comunicación como Bertelsmann, Thomson o Murdoch están imbricadas con prácticas que hacen de la televisión un medio de información muy rápido pero muy sometido a intereses que con frecuencia se mueven en las esferas del poder. La televisión escoge qué es lo que debe ser visible, condenando a la nada a todo aquello que no aparece en la pantalla. La televisión crea la potente ilusión en el espectador de estar asistiendo, mientras se hace, al desarrollo de la historia.

En España, como señala El País del pasado 25 de febrero, existen 27 millones de televisores según cálculos de Corporación Multimedia. 70.000 personas trabajan para las televisiones españolas y la publicidad que aparece en sus pantallas cuesta a los anunciantes 2.500 millones de euros al año. El consumo de televisión sigue en España pautas semejantes a las de otros países del entorno. La diferencia a escala estatal radica en la utilización que se hace de la misma desde las Comunidades Autónomas Vasca y Catalana.

Como en todo juego de poder, su ejercicio supone atacar y defender. El ataque es más evidente, la defensa es más sutil porque con frecuencia requiere maniobras de encubrimiento. Los últimos sucesos ocurridos en Cataluña ilustran la relación entre cultura, comunicación y poder en un ámbito político de marcado carácter nacionalista. Primero, la impericia en la construcción del metro hunde un buen pedazo de un humilde barrio de honrados trabajadores que se fueron, desde distintos lugares de España, a ganarse la vida a Cataluña. Ante tal catástrofe, la televisión catalana y nacionalista, obediente a las consignas del poder, tapa en todo lo que puede el desastre del Carmelo.

En segundo término, el Presidente de la Generalidad, en un debate del Parlamento Catalán, acusa a Convergencia y Unión de quedarse con el 3 por cien del dinero empleado en las obras públicas realizadas en Cataluña. Ante una acusación de tal magnitud, la televisión que maneja el nacionalismo catalán vuelve a mirar a otro lado. Correa de transmisión del poder, disimula y desinforma. Su público recibe información incompleta.

¿Ha existido alguna vez el llamado “oasis catalán”? La respuesta requiere otra entrega.
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