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Bernabé Sarabia es Catedrático de Sociología de la Universidad Pública de Navarra

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Tribuna/Tribuna libre
La superioridad vasca
Por Bernabé Sarabia, domingo, 6 de febrero de 2005
Entrar en el laberinto vasco supone, en primer lugar, darse de bruces con una idea: para el nacionalismo los vascos son mejores que los españoles. Sabino Arana (1865-1903), un evidente precursor del totalitarismo que acabó por destruir Europa en la Segunda Guerra Mundial, escribió en 1889 y 1892 dos libros titulados Orígenes de la raza vasca y Bizcaya por su independencia. En ellos remachaba –publicó mucho en periódicos, fundó en 1899 El Correo Vasco- sus tesis racistas contra España. Dado que los españoles eran perezosos y tenían alma de siervos era preciso, para la salvación de Euskadi, alejarse de un pesado lastre que no hacía sino contaminar, arruinar y hundir el espíritu superior de los hombres y mujeres que habitaban la patria vasca.
Sabino Arana fundó en 1894 el Partido Nacionalista Vasco (PNV). Dirigió con mano férrea un partido que en su Bilbao de nacimiento, para honrar su memoria –la de un protonazi- le ha puesto una fundación a su nombre y una estatua. Desde su nacimiento, y a lo largo de sus más de cien años de vida, el PNV no ha sido un partido democrático al uso. Su lógica interna, sus reacciones, su manera de presionar a los militantes es más bien la de un movimiento. En términos del marketing político actual, el PNV es un estilo de vida que impregna con fuerza insospechada a sus militantes y simpatizantes.

En las instalaciones reservadas de ciertos clubes madrileños es muy curioso escuchar a empresarios vascos poner de hoja de perejil a los políticos del PNV. Mientras preparan sus bolsas de palos y se ponen los zapatos para salir al campo de golf no dejan de lamentarse. Son gente viajada, inteligente, laboriosa en los negocios y rica. Son capaces de percibir las miserias internas del PNV y la calaña asesina de una Eta que incluso ha podido obligarles, a ellos o a sus amigos, a vivir y trabajar alejados del País Vasco. Sin embargo, pese a sus quejas y amarguras, de lo que no son capaces es de variar el sentido estratégico de su voto. Da igual que se trate de un papelero de Tolosa, de un empresario de la televisión o de un chatarrero de volumen, al final tocan la trompeta, triunfa la patria vasca y vuelven a votar al PNV.

El sentido de superioridad étnica presente en Sabino Arana no se circunscribe al PNV, está también presente en el nacionalismo radical de izquierda, Eta por supuesto. Apurando un poco se puede afirmar, con escaso riesgo a equivocarse, que este sentimiento de superioridad está extendido en gran parte de la población vasca. Dada la naturaleza de esta creencia se hace difícil disponer de estadísticas o de escalas de actitudes fiables y válidas, pero un buen observador, sobre todo si conoce el vascuence, encuentra su rastro en mil pistas diseminadas en el folklore o en la vida cotidiana. ¿Acaso la política del Atlético de Bilbao de fichar únicamente a los de casa, no es un signo revelador del racismo que permea gran parte de la sociedad vasca?
Tras la muerte de Franco, la balbuceante democracia española, asustada por la determinación de una minoría de vascos cohesionada, decidida y asesina trató de calmar a un nacionalismo dispuesto a utilizar como arma arrojadiza el despotismo de la identidad y del etnicismo. En este proceso de centrifugación se traspasaron a las autonomías las competencias educativas, un error de consecuencias incalculables como se está viendo ahora

El etnicismo del nacionalismo vasco ni es nuevo ni único. En distintos momentos de la historia y en diferentes lugares se ha expresado con virulencia y destrucción. En la Alemania nazi ser ario del norte, de Berlín, era mejor que serlo de Viena. A continuación, se iba degradando la escala de humanidad hasta que se llegaba a los que entraban por la puerta y salían por la chimenea. Desde el País Vasco un castellano puede ser visto con el odio con el que se contempla al enemigo, pero a un murciano se le contempla con desprecio.

Dichas así las cosas parecen un disparate y, salvo casos excepcionales, nadie admitiría, en caso de ser preguntado, algo semejante. Tampoco ningún alemán entrevistado por un encuestador aceptaría que con su voto se iban a exterminar judíos o gitanos, pero los hechos están ahí, bien cerca en el espacio y en el tiempo.

Llegados a este punto conviene advertir que, en esencia, este aspecto del problema vasco es el mismo a ambos lados de los Pirineos. Los vascos de Francia responden, un poco más diluidos, a los mismos esquemas. Reaccionan igual ante estímulos semejantes. Su único problema es que tienen menos poder debido a una serie de razones históricas y políticas que ahora no vienen al caso, y a que Francia es fuerte y España débil.

En 1979, un autor de “best sellers”, escondido bajo el seudónimo de Trevanian, publicó Shibumi, una novela épica que se vendió masivamente en todo el mundo y cuya acción discurría por las entretelas del terrorismo internacional, el espionaje y los intereses de la industria del petróleo. Hel, su héroe principal, es instalado por Trevanian en el País vasco-francés, lo que le da pie al narrador para hacer una descripción vívida, aguda y detallada del nacionalismo vasco. Consigue poner los pelos de punta al lector con la pretendida superioridad de unos personajes vasco-franceses cuya miseria moral y fanatismo religioso es la base real de su errónea percepción de sí mismos.
Desde el inicio de la Transición, el nacionalismo vasco ha ido ganando espacio y peso específico con el viento a favor de un gobierno en sus manos y con los asesinatos de Eta. El pensamiento único que pretenden unos y otros tiene como objetivo un País Vasco monolingüe. El multiculturalismo y la tolerancia no entran en los planes de quienes han hecho del vascuence esencia de la identidad nacional

Esta idea de superioridad, tan anclada en el inconsciente colectivo vasco, se ha ido elaborando y sedimentando con el paso del tiempo y con la ayuda inestimable del clero. Se ha construido siempre contra alguien. Ni romanos ni árabes llegaron con su impulso civilizatorio al corazón de su territorio, y eso, añadido a su estrecha religiosidad, se nota en la pobreza histórica de la cultura vasca, algo que ahora se pretende justificar achacándola a una secular opresión española o francesa. Una pobreza cultural que contrasta con la riqueza individual y colectiva del país.

Subidas a la modernización, industriosa y dispuesta, la sociedad vasca ha sabido crear riqueza y aprovechar su estratégica posición geográfica. En los años cincuenta y sesenta las grandes familias vascas, los empresarios y toda una compleja fauna de intermediarios hicieron lucrativos negocios con el franquismo y con España como telón de fondo. Fueron años en los que ser alto, delgado, ingeniero y de Bilbao constituía el no va más de cualquiera que quisiera casar a una hija. Años en los que la inmigración de las gentes del sur ponía su mano de obra barata al servicio de una industria vasca que luego vendía sus productos en los pueblos españoles porque en Europa se exigía más calidad.

El insaciable nacionalismo vasco se ha construido a base de mitos, imposturas, falsedades, anacronismos y violencia. Tras la muerte de Franco, la balbuceante democracia española, asustada por la determinación de una minoría de vascos cohesionada, decidida y asesina trató de calmar a un nacionalismo dispuesto a utilizar como arma arrojadiza el despotismo de la identidad y del etnicismo. En este proceso de centrifugación se traspasaron a las autonomías las competencias educativas, un error de consecuencias incalculables como se está viendo ahora. En manos del PNV, el sistema educativo se ha transformado en una máquina socializadora que niega España de modo sistemático.

Desde el inicio de la Transición, el nacionalismo vasco ha ido ganando espacio y peso específico con el viento a favor de un gobierno en sus manos y con los asesinatos de Eta. El pensamiento único que pretenden unos y otros tiene como objetivo un País Vasco monolingüe. El multiculturalismo y la tolerancia no entran en los planes de quienes han hecho del vascuence esencia de la identidad nacional.

Pensar en el futuro del País Vasco produce una profunda inquietud, más aún tras analizar el boato y las desmesuradas pretensiones del plan Ibarretxe. El líder vasco necesitó un Mercedes de gran tonelaje, con la ikurriña en presenten armas, para trasladarse cien metros desde el hotel en el que habían instalado su numeroso campamento. El victimismo de todo su comando, su rigidez y su fe ciega no hacen presagiar nada bueno.

¿Conseguirán los independentistas vascos su objetivo? ¿Qué pasaría en el caso de un País Vasco independiente con Navarra y con el territorio francés situado al norte de los Pirineos? ¿Seguiría el terrorismo hasta que se cumpliera el sueño de los independentistas de crear un estado propio entre el río Adour y el río Ebro?

En el supuesto escenario de un País Vasco independiente asentado sobre Álava, Guipúzcoa y Vizcaya la violencia no puede quedar descartada. En ese caso, ¿qué es lo que único que garantizaría la seguridad del nuevo estado frente a España? La respuesta no es otra que el armamento atómico. El panorama, incompleto en estas pocas líneas, no puede ser más negro.
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