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Joaquín Roy es Catedrático de Relaciones Internacionales de la Universidad<br>de Miami e investigador senior del Centro Norte-Sur

Joaquín Roy es Catedrático de Relaciones Internacionales de la Universidad
de Miami e investigador senior del Centro Norte-Sur





Tribuna/Tribuna internacional
La UE en las Américas:
ignorancia, desdén y esperanza
Por Joaquín Roy, martes, 4 de enero de 2005
Una serie de recientes experiencias (participación en programas de televisión, defensa de tesis doctorales, reopción de opiniones diversas, observación de decisiones políticas y económicas) me han resultado verdaderamente aleccionadoras para conformar un diagnóstico aproximado (y espero que provisional en lo negativo) acerca de la percepción, el conocimiento y el potencial del modelo de integración europeo en América, tanto en el sur como en el norte. El balance es, a grandes trazos, preocupante en lo que atañe a la asimilación del objetivo fundamental de la Unión Europea.
Diagnóstico preocupante

Este detalle resulta doblemente digno de meditación, ya que la incorrecta percepción no aqueja solamente a la masa desinformada, sino que peligrosamente afecta también a la élite mediática y política. El desdén generalizado presenta unos tenues signos esperanzadores representados por el interés genuino de un sector minoritario de los medios de comunicación, del mundo académico y de los medios de comunicación, que revelan una sincera esperanza en que el modelo del sistema de integración europeo sea adoptado, adaptado o por lo menos observado con rigor. Estos esforzados sectores no tienen la labor fácil, sin embargo.

Aparte de la generalizada ignorancia (reflejo también de la propia existente en el continente europeo, fuera de los círculos selectivos y los sectores que se benefician directamente de las ayudas comunitarias), más preocupante resulta lo que hay que calificar como mala fe (por un lado, en sectores relativamente ilustrados) y como insostenible falta de rigurosidad básica en no pocos niveles académicos.

En las Américas (especialmente en sectores de liderazgo norteamericanos, pero presente también en Latinoamérica), destaca un evidente interés en presentar la integración europea en diversas modalidades tácticas, que responderían a una estrategia global simple y contundente: la UE se ve como un adversario que hay que batir. Las variantes incluyen siempre la presentación del proceso de la UE como un fracaso, aduciendo que los problemas económicos y sociales harán el experimento insostenible. El estado benefactor (ocultando que es solamente una cara del sistema) se presenta como obsoleto. En el terreno político, se prefiere ver el proyecto de la creación de una política de seguridad exterior y de defensa común como lanza de ataque de una estrategia adversarial ante los Estados Unidos. La adopción del euro se interpreta no como una racionalización del proceso económico y social, sino como competencia desleal a la hegemonía del dólar. Es más: se ha llegado a predecir que sería la causa de la resurrección de la endémica naturaleza bélica del continente europeo.

En un terreno más académico, se sigue observando una más que alarmante y deprimente resistencia a la simple consideración de que la UE sea una especie única de una entidad regional, diferente del estado-nación westfaliano tradicional, distinta a su vez de las conformaciones federales y confederales (que siguen a su modo los parámetros del estado moderno), y de las demás organizaciones inter-gubernamentales. La posibilidad de que un mismo país (conformado como Estado al uso tradicional) sea al mismo tiempo co-soberano de un ente supranacional es un ejercicio de experimentación analítica al parecer demasiado fuera del alcance de las mentes que optan por cerrarse ante alternativas fuera de lo común. No se acepta lo que no se entiende.

Obsesionados por la omnipresente fiebre del libre comercio que aparentemente debe resolver todos los problemas del mundo, especialmente en el continente americano, observadores esporádicos y especialistas mal intencionados soslayan el origen político de la UE. Esta carencia viene agravada por el inexorable paso del tiempo que nos aleja más de su fundación. Aburre tener que recordar, como recalcó constantemente Walter Hallstein, el primer presidente de la Comisión Europea tras el Tratado de Roma, que la UE no se fundó “para hacer el capitalismo más eficiente”, sino “para convertir la guerra en algo inconcebible, sino también en materialmente imposible”, tal como dice taxativamente la Declaración Schuman del 9 de mayo de 1950. Esta “Declaración de Interdependencia”, inspirada por Jean Monnet, no solamente puso en marcha la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA) sino que abrió la ventana a algo insólito: compartir la soberanía, sin cederla, pero dejando, voluntariamente y bajo el control de la ley, que entes independientes la administren.

Apenas se anuncia la puesta en marcha de un nuevo esquema de integración o cooperación en las Américas, se añade alegremente que no vendrá acompañado de burocracias. Monnet consideraba que “nada es posible sin la labor de los hombres, pero nada es duradero sin las instituciones”, porque son “pilares de la civilización”. Se olvida, por otra parte, que las instituciones sin poderes y competencias son meramente burocracias.

Complejidad y naturaleza

De ahí que la solidez de los entes con poder decisorio tenga un costo, que se traduce en la complejidad institucional de la UE, un obstáculo demasiado impotente para mentes simplificadoras. La terminología del entramado institucional de la UE, con funciones sorprendentes, no ayuda.

Hay una Comisión que es presentada como un “gobierno’, pero no responde ante un Parlamento al uso tradicional, ni está sujeto a elecciones. El Parlamento no legisla directamente, sino que esta función se halla en manos fundamentalmente de un Consejo (llamado antes de Ministros, luego “de la Unión Europea”, y con la nueva Constitución, de vuelta a “de ministros”), compuesto por los diferentes ministros de los gobiernos nacionales de los Estados Miembros. Pero por encima existe un Consejo Europeo, compuesto por los jefes de gobierno. No hay que confundir a estos “consejos” con el Consejo de Europa, otra organización internacional, ahora de 46 socios.

Además el Consejo de Ministros puede decidir (hacer “leyes”, que no se llaman así, sino como media docena de nombres) por unanimidad (solamente en pocos terrenos sensibles de política exterior y de seguridad, y de orden interior, fuera de la soberanía compartida) o por medio de un complicado sistema de mayoría cualificada. Esta invención requiere el uso de una calculadora, y ha cambiado dos veces en una década, y se convertirá en aparentemente menos complicada doble mayoría si se aprueba la Constitución, que no es en sí tal constitución sino un “tratado”. En cualquier caso, complicado o sencillo, es un sistema para acomodar el espinoso asunto de chantajear las decisiones de una organización internacional, bajo la espada de Damocles del veto. Es una opción disponible en las Américas, para conservar la sacrosanta soberanía y someterse a alianzas.

Además, no hay ni siquiera consenso sobre cómo etiquetar la naturaleza de esta criatura que ha cambiado de carnet tantas veces: Comunidad del Carbón y del Acero, Comunidad Europea, Comunidades Europeas, Comunidad Económica Europea, Mercado Común, Unión Europea. No resulta extraño que se le considere como un OPNI (Objeto Político no Identificado), según la feliz definición de Jacques Delors. Algunos teóricos lo llaman “federalismo intergubernamental”. En conclusión, es demasiado complicado para mentes simplistas. Ya lo dijo una vez Madeleine Albright: para entender a la UE, uno tiene que ser francés o muy inteligente, o ambas cualidades a la vez.

Opciones y esperanza

Pero la complejidad no excusa la ignorancia o la mala fe. Por un lado, el Presidente Bush no ha mencionado una sola vez a la UE en sus discursos; por otra, en América se resiste a la supranacionalidad y a la sujeción a decisiones de instituciones por encima del estado nacional. Pero se vende a Miami como futura sede del ALCA en el que pocos creen como “la Bruselas de las Américas”. Cuando se anuncia la fundación (bienvenida sea, ya era hora) de la Comunidad Sudamericana de Naciones (mientras todavía se torpedea el progreso de MERCOSUR, que no ha superado ni el primer peldaño de una Unión Aduanera), se predice que en pocos años se contará con un pasaporte y una moneda comunes. Mientras, otras voces claman el agotamiento del proceso europeo, pero insisten en el ingreso de Turquía, y por supuesto de Rumanía y Bulgaria. Ya lo dijo una vez el malogrado ministro de Asuntos Exteriores español Fernández Ordóñez: fuera de la Unión Europea hace mucho frío. Antes ya se acuñó el dicho castellano: “ladran, luego cabalgamos”.


En las Américas, y muy especialmente en América Latina, hay tres opciones con respecto al modelo de la Unión Europea: adoptarlo (un ejercicio más que problemático, si participa Estados Unidos), adaptarlo (algo más razonable y factible) o simplemente estudiarlo. El error fatal será ignorarlo. La aspirina, o funciona para todos, o para nadie. Ya lo aprendieron a tiempo los funcionarios norteamericanos acreditados en Bruselas: si la UE falla, siempre podremos decir que fue una travesura más de los europeos; si tiene éxito, sabremos de qué va. El quid es saber de qué va. Me temo que este aspecto falla, de momento. Por ello, hay que hacer los esfuerzos necesarios para aminorar el déficit de conocimiento y comprensión.

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Nota: Este artículo es la base de la conferencia ofrecida en la ceremonia de clausura y entrega de diplomas de la Universidad Tres de Febrero de Buenos Aires, Argentina, celebrada el miércoles 15 de diciembre de 2004.
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