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    AUTOR
Janet Malcolm

    GÉNERO
Ensayo

    TÍTULO
En los archivos de Freud

    OTROS DATOS
Traducción de Catalina Martínez Muñoz. Barcelona, 2004. 191 páginas, 16,80 €

    EDITORIAL
Alba



Justo Serna es profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de Valencia

Justo Serna es profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de Valencia

Janet Malcolm

Janet Malcolm

Jeffrey Masson

Jeffrey Masson


Tribuna/Tribuna libre
Freud, Masson, Malcolm y... Espada
Por Justo Serna, lunes, 29 de noviembre de 2004
La clave fundacional del psicoanálisis a debate: la teoría de la seducción traumática. Este asunto se aborda en un libro que es ya un clásico del periodismo norteamericano: en él Janet Malcolm reconstruye la pesquisa llevada a cabo por un erudito conflictivo, Jeffrey Masson, pesquisa que le llevó a enfrentarse a la Asociación Psicoanalítica Intenacional. Por este libro, la propia autora, Janet Malcolm, también se vería acosada judicialmente por el propio Masson.
Los Diarios electrónicos (2004) de Arcadi Espada son la continuación de un libro que con el mismo título obtuvo el Premio Espasa de Ensayo. Están concebidos como un cuaderno de bitácora que el autor vuelca sobre la Red con el fin de hacer públicas sus reflexiones, malestares, observaciones de lo que la prensa trae o de lo que él mismo lee en otros libros. Con puntualidad mañanera, sobre las once horas, el escritor muestra lo que ha ido anotando, sus opiniones, con la esperanza de que seguidores, lectores, críticos o enemigos depositen también sus comentarios. Ese blog ha sido un éxito de público: numerosas acotaciones, hasta trescientas algunos días, han enjuiciado a lo largo de 2004 lo que el propio escritor evaluaba. Lo habitual es que esos debates electrónicos, muchos de ellos de gran ferocidad, hayan tenido que ver con los desvaríos periodísticos de los que está aquejada la prensa, algunos desvaríos para los que Espada sería revelador y azote. Una populosa tripulación de colaboradores se ha sumado a esta navegación diaria en la que alguien, aupado a cubierta, otea y monologa irascible, irónica, melancólicamente, y otros muchos, auténticos galeotes, escriben un Nickjournal, que es el rótulo algo cursi y adulador con que se llama a la hacinada bodega del barco. Además de examinar el periodismo, Espada también ha utilizado Diarios como un cuaderno de libros, como un bloc en el que dejar caer párrafos, extractos o pasajes literales de esta o de aquella obra que leía y que citaba a manos llenas.

Por ejemplo, uno de los autores sobre los que más se ha extendido es Steven Pinker, el célebre cognitivista, cuya Tabla rasa ha deslumbrado a tantos lectores, entre ellos Arcadi Espada. Una ciencia sin metáforas y sin metafísicas, destructora de velos y encubrimientos sería la razón de ese aplauso, una meta en el fondo muy próxima a la porfía con que el periodista catalán arremete contra la confusión de ficción y realidad en el periodismo contemporáneo. Concebida así esa tarea iluminadora, no deberá extrañarnos que Sigmund Freud no sea admirado por Espada. Más aún, según sus adeptos, Pinker y los desarrollos recientes de las ciencias cognitivas habrían desmantelado una a una las aseveraciones del psicoanálisis, sus fundamentos y sus procedimientos: Freud sería así uno de esos literatos que dicen hacer ciencia y que, en el fondo, poco aportan al conocimiento exacto de la realidad, de la conducta humana, pues sus bases esotéricas no permitirían tratar lo verdaderamente ocurrido, lo real, y sus respuestas no serían más que metáforas deslumbrantes y dudosas, un tropo que el periodista catalán deplora y que también ve entre muchos de sus colegas cronistas, cada vez más ajenos al hecho y cada vez más dados a las imágenes y al símbolo.

El 26 de octubre de 2004, Arcadi Espada introdujo en su blog una anotación retadora, provocativa. Era la siguiente: “El envidiable libro de Janet Malcolm, Los archivos de Freud. Este párrafo de Jeffrey M. Masson sobre los psicoanalistas: “Defendían que la experiencia de Auschwitz pudo ser positiva para algunas personas. Afirmaban que nadie tiene derecho a juzgar la experiencia ajena; que no se puede decir que todo el que estuvo en Auschwitz salió de allí gravemente afectado, que es lo que yo sostenía. No creo que nadie saliera de Auschwitz sin haber enfermado. Creo que una experiencia traumática de esas características destruye a la gente, no la fortalece. Hay ciertas realidades tan abrumadoras que sólo admiten una interpretación. Y si a alguien le da por decir ‘Auschwitz me hizo un hombre’, sabes que eso es una defensa. La función del análisis consiste en desmontar esa defensa y aceptar el dolor y la pena. Pero ellos sostenían que la realidad no existe; que no hay ningún Auschwitz. Esto es lo peor que el análisis ha legado al mundo: la idea de que la realidad no existe, de que sólo existen experiencias individuales de la realidad. Ése ha sido el legado de Freud para el siglo XX. Ha obligado a la antropología, la filosofía, y la sociología de toda la centuria a adoptar la misma postura, y se trata de una postura errada y peligrosa. Aunque muy oportuna. Es lo mismo que dicen los alemanes: ‘Auschwitz no fue para tanto. Algunos ya estaban enfermos antes de entrar, de lo contrario no les habría pasado nada. Auschwitz no hacía enfermar a una persona sana.’ Y ésa es una postura malvada”.

Esta anotación de Espada y las otras entradas del día suscitaron abundantes comentarios a lo largo de la jornada, más de doscientos cuarenta. Entre las acotaciones que se hicieron a ese párrafo hubo dos escritos por quien esto firma, dos textos titulados “Freud y la realidad” y “Freud y Auschwitz” en los que matizaba o criticaba la oportunidad, la verdad o la justeza de ese párrafo, un párrafo recortado con truco cuyo sentido se prestaba a confusión. En efecto, el pero principal que le opuse fue la descontextualización de esa poda, unas palabras literales, extraídas de un libro y que se debían a alguien que no era la autora del volumen. En principio parece algo enrevesado, algo que se presta a confusión, y verdaderamente a quien no conozca la obra puede desconcertarle ese hecho. Hay que tener en cuenta, sin embargo, que en el blog Arcadi Espada hace uso de una escritura depurada, económica, sentenciosa, casi en clave, una escritura que tiende al aforismo, al comentario escueto y desgarrado, incluso a la greguería afilada. Justamente por ello no parece sentirse obligado a precisar los detalles editoriales de los libros que cita. Suele evocarlos sin más: menciona sus títulos y añade el párrafo que aprecia o combate. Las críticas que le formulé merecieron una respuesta privada, amistosa y desafiante de Arcadi Espada. En ella me pedía demostrar lo que apretadamente yo había dicho. Él y yo estamos de acuerdo reproducir parte de la correspondencia que me remitió sobre ese párrafo y sobre ese libro. “Querido, acabo de ver un comentario tuyo en el blog, que te agradezco, y que, dada nuestra amistad, me parecería una descortesía no contestar en privado. Sinceramente, Justo, lo que tiene truco es no aclarar por qué lo tiene el parrafito de Masson y mi recorte malvado. Aunque puedes intentar solucionar el problema: ve a ver si leyendo En los archivos de Freud demuestras el truco y la maldad. A mí, que lo acabo de leer, me resultaría difícil, pero igual tú sales con bien de la empresa. En cualquier caso te lo recomiendo vivamente: aprenderás algo nuevo sobre la teoría de la seducción y el origen de su abandono y es probable que devuelvas a Masson su autoridad para hablar del psicoanálisis y de su relación con lo real. Pero, sobre todo, verás que yo no tengo necesidad alguna de vilipendiar a los freudianos. Se bastan y se sobran. Buena lectura, querido. Arcadi”.

Lo que ahora sigue es, pues, un desarrollo de lo que allí sostuve, una incursión literal en el libro de Janet Malcolm de donde se había extraído el pasaje reproducido, un libro que yo ya conocía aunque el desafío de Espada pareciera indicar lo contrario. Espero hacer una reflexión sobre dicho volumen, sobre su modo de composición y sobre algunas de las enseñanzas que de él se derivan para así entender mejor la oportunidad o no de dicha palabras. Es evidente que no trataré con detalle una teoría, la teoría de la seducción, para la que ni Espada ni yo tenemos suficiente competencia y de la que, por otra parte, hay ya una bibliografía oceánica. Pero sí que abordaré de qué modo ese asunto aparece en la obra de Janet Malcolm.
La entrevistadora extrae de los entrevistados información con la promesa de ser correcta, precisa. Ahora bien, en el fondo, la operación no deja de ser moralmente incómoda: como Malcolm admite al comienzo de El periodista y el asesino, todo entrevistador “es una especie de hombre de confianza, que explota la vanidad, la ignorancia o la soledad de las personas, que se gana la confianza de éstas para luego traicionarlas sin remordimiento alguno”

Para empezar, y como ya he anticipado, la inserción del párrafo literal del que se valió Arcadi Espada y que he reproducido, tenía su truco y el recorte era ingenioso, pero malvado. En primer lugar, por los que son sus protagonistas implícitos, que no son los psicoanalistas, como el periodista catalán cree, sino Janet Malcolm y Jeffrey M. Masson. La pequeña historia que está detrás de este libro es muy conocida en el mundo periodístico. Janet Malcolm acostumbra a tratar sus objetos entrevistando a quien considera relevante y decisivo para el conocimiento de la materia que le importa. Así, entre otros volúmenes, la autora estadounidense ha concebido varios libros que ya forman parte de la pequeña o gran historia del periodismo norteamericano. Son, entre otros, Psicoanálisis: la profesión imposible, 1981 (Gedisa, 2004), En los archivos de Freud, 1983 (Alba, 2004), El periodista y el asesino, 1990 (Gedisa, 1991, 2004) y La mujer en silencio, 1994 (Gedisa, 2004). Un interlocutor principal, otros a los que emplea como soporte o contraste (como secundarios), sucesivas entrevistas que complementan o matizan lo que anteriormente se ha dicho, un repertorio, en fin, de voces contradictorias le sirven para tratar un caso, pero le sirven sobre todo para abordar asuntos capitales del mundo contemporáneo: el psicoanálisis, la literatura o el periodismo. Partiendo de un Case Study, bien concreto y presentado con pormenor, Malcolm reconstruye la vicisitud personal del entrevistado, su relación con el objeto (el psicoanálisis, la literatura o el periodismo), se mide y se expone ella misma frente a lo que narra, y saca consecuencias morales que sirvan de ilustración y ejemplo para uso de sus lectores.

En el fondo, la escritora es una moralista desconcertada, alguien que se pone en el límite, en situaciones poco claras, embarazosas, alguien que trata a individuos de conducta ambivalente: situaciones e individuos que exigen información, documentación, discernimiento. No toma a sus interlocutores como pretextos obvios, como excusa para averiguar algo más general o para iluminar asuntos abstractos. Los toma como sujetos de pleno derecho a los que hay que dar la voz y la vez, capaces de hablar, de mentir, de fantasear, en parte conocedores de ciertos hechos y en parte ignorantes de sí mismos. Mientras dura la elaboración del libro (e incluso después de publicado), Malcolm establece con ellos una relación amistosa y conflictiva, distanciada y emocional, una relación en la que los objetivos de la autora y los de sus entrevistados no coinciden: ella espera construir un caso revelador, con situaciones bien descritas y con psicologías bien resueltas; ellos se sirven de Malcolm como medio para promocionar una causa, para reparar un ultraje al que habrían sido sometidos o para difundir los detalles de la profesión a la que se dedican.

En principio, esas diferencias, sin embargo, se salvan gracias a un pacto fiduciario entre entrevistadora y entrevistados, dado que habría un convenio de mutuo aprovechamiento: cuanto más hablen los interlocutores mejor podrá reconstruir el caso la periodista y con ello mejor podrán defenderse los derechos de la otra parte. La entrevistadora extrae de ellos información con la promesa de ser correcta, precisa. Ahora bien, en el fondo, la operación no deja de ser moralmente incómoda: como Malcolm admite al comienzo de El periodista y el asesino, todo entrevistador “es una especie de hombre de confianza, que explota la vanidad, la ignorancia o la soledad de las personas, que se gana la confianza de éstas para luego traicionarlas sin remordimiento alguno”. Es probable que esta analogía entrevistador-“hombre de confianza” resulte extraña, pero la rareza se aclara si objetamos esa traducción, porque, como me recuerda Luis Magrinyà, confidence man significa en realidad “timador”, alguien que abusa de la confianza de otro.

Aceptado ese paralelismo, la traición a la que se refiere Malcolm es que esas declaraciones sólo son un medio y las personas que las hacen un instrumento para otros fines. No se trata, en efecto, de convertirse en portavoz de una causa (que es lo que suele mover a los interlocutores), sino en cronista que reconstruye unos hechos al margen del juicio que esa reconstrucción merezca. “Los más pomposos”, añade Malcolm, “hablan de libertad de expresión y dicen que ‘el público tiene derecho a saber’; los menos talentosos hablan sobre arte y los más decentes murmuran algo sobre ganarse la vida”. De algo hay que vivir, en efecto. Decía Kant que la Ilustración es hacerse cargo de los otros como fines y no como medios, tomarse a cada individuo por lo que es y no por lo que a mí me vale. Sin embargo, esa admirable divisa no siempre se cumple, no siempre puede cumplirse y ni siquiera es deseable que se cumpla siempre: mientras desempeñe su cometido adecuadamente a un barman lo tomo como medio y no como fin, algo semejante a lo que le debo parecer yo mismo, un cliente a quien atender y nada más. Mientras no haya colisión en este hecho, mientras el otro tomado como medio no proteste por ello, las relaciones humanas podrán seguir siendo meramente funcionales, instrumentales, sin que las partes se sientan especialmente dañadas.

Pues bien, al tratar casos excepcionales o situaciones de difícil discernimiento, al entrevistar a individuos de difícil pelaje y de cataduras complicadas, obcecados por una idea o causa, Malcolm se arriesga a que el otro se sienta decepcionado, a que se sienta estafado, a que juzgue incumplido el pacto de confianza con que esa entrevista empezó. Algo semejante sucede con el género biográfico, según señala la periodista en La mujer en silencio: la biografía es una rapiña insólitamente aceptada por la sociedad, un “medio por el cual los secretos que aún queden de los muertos que son famosos les son arrebatados y se ofrecen a la vista del mundo. Cuando trabaja, el biógrafo es, en efecto, como un ladrón profesional, que irrumpe en la casa, rebusca en determinados cajones que tiene buenos motivos para creer que contienen joyas y dinero, y se marcha triunfante con su botín”. En medio de esas ambigüedades se mueve Malcolm, consciente de las sevicias y de las fechorías usuales que entraña escribir sobre otros, tan frecuentemente detestables pero indefensos, o con el concurso de otros, ajenos a las consecuencias o al empleo que se hará de sus palabras o declaraciones. Esa conciencia retórica y moral de la reconstrucción periodística es, pues, un ejercicio acostumbrado de esta autora, algo que dice explícitamente y de la que ella suele salir bien parada, con la imagen más favorecedora: “Decir algo malo de otra persona es una de las cuestiones retóricas más difíciles y delicadas; ser persuasivo, dejar al lector con la impresión de la maldad de X y del desinterés y bondad de uno mismo, requiere gran habilidad”, apostilla en La mujer en silencio.
Las palabras literales de sus entrevistados que Malcolm reproduce manteniendo la oralidad, los vicios de lenguaje, las dudas y las contradicciones, tienen su función: describen mejor a quien las pronuncia y retratan con una instantánea verbal lo que exigiría páginas y páginas de prolija escritura. Pues bien, el párrafo que Arcadi Espada recortaba y que podíamos leer en su blog es de esta índole. Son palabras de Jeffrey Masson, no de Malcolm

Etcétera, etcétera. En fin, los libros resultantes no son una mera trascripción de interviús o de documentos, sino una reescritura de lo que fueron palabras literales o textos exhumados. Hay partes que se presentan en estilo directo, otras en estilo indirecto y otras en estilo indirecto libre. La información no se administra exactamente según la cronología de los hechos ni tampoco según le fue proporcionada a Malcolm, sino que se dosifica por la autora de acuerdo con una necesidad estratégica: se trata de mantener la atención del lector y de hacer de los personajes figuras interesantes, incluso fascinantes, y no meros entrevistados, tan tediosos o previsibles como cada uno de nosotros. Por tanto, las palabras literales de sus entrevistados que Malcolm reproduce manteniendo la oralidad, los vicios de lenguaje, las dudas y las contradicciones, tienen su función: describen mejor a quien las pronuncia y retratan con una instantánea verbal lo que exigiría páginas y páginas de prolija escritura. Pues bien, el párrafo que Arcadi Espada recortaba y que podíamos leer en su blog es de esta índole. Son palabras de Jeffrey Masson, no de Malcolm. Pero examinémoslas más concretamente, que es lo que el periodista catalán me pedía en su comunicación privada.

Masson, que frecuentó los archivos Freud en los años setenta para editar la correspondencia de éste con Fliess por encargo de Kurt Eissler (y con aprobación de Anna Freud), acabó por enfrentarse a la Asociación Psicoanalítica Internacional y a su principal valedor: al decir de Masson, su investigación previa, de la que se hizo eco la prensa, habría revelado algo oculto en la biografía de Freud: una cobardía, la de quien habría abandonado la teoría de la seducción traumática como etiología de la histeria para aceptar su alternativa: la teoría de la seducción generalizada. Lo que en principio sostuvo Freud a partir de la experiencia clínica --que muchos padres ejercían algún tipo de violencia sexual sobre sus niñas indefensas— pronto lo habría abandonado al sentirse espantado por la contundente verdad que de ese hecho se derivaría: que abundan la pederastia y la práctica de la violación entre los progenitores y que es frecuente la agresión a los infantes. La nueva tesis de Freud sería para Masson una abdicación, una mentira, y sobre ese embuste se habría edificado el psicoanálisis y su clave explicativa: la de que muchos de los recuerdos que los adultos tienen sobre acoso carnal de sus padres es simplemente una fantasía persecutoria. En su nuevo planteamiento, Sigmund Freud habría insistido en la eficacia dañina de las fantasías, capaces de recrear o inventar o agigantar escenas que originalmente había descrito él mismo como ataques o violaciones. Gracias a la segunda teoría, los abusos reales, añade Masson, se habrían convertido en acontecimientos imaginarios. El empuje de las fantasías fue, pues, la base sobre la que edificar el psicoanálisis y con ello pareció avanzarse en el estudio del psiquismo, pero a costa de negar la realidad, las pruebas de acoso o incesto. En el fondo, insiste Masson, el rechazo de esa primera explicación habría tenido un efecto desastroso sobre las pacientes: a fuerza de desmentir la violencia paterna se inculpaba a la víctima, a esa niña que habiendo sido objeto de ultrajes se le decía que los había inventado edípicamente.

Sobre esa controversia erigió Jeffrey M. Masson su celebridad crítica. Janet Malcolm entrevistó a Jeffrey M. Masson largamente, desde 1982, componiendo un libro con sus declaraciones, un libro en el que abordaba estas y otras cuestiones: En los archivos de Freud (In the Freud Archives, 1983) se titula, y no Los archivos de Freud, como precipitada y abreviadamente lo llama Espada, puesto que el objeto no es el documento albergado, esa fuente abundosa, sino la sorprendente verdad que de él se derivaría. Poco tiempo después, el propio Masson publicaría El asalto a la verdad, 1984 (Seix Barral, 1985), que era la conclusión de sus investigaciones. Al decir de su protagonista, el libro escrito por Janet Malcolm no le habría hecho justicia, incluso lo habría caricaturizado, pues de las interviús a que la periodista le había sometido se extraería una imagen dañada de su persona y de sus descubrimientos. Más aún, Malcolm habría literalmente inventado frases, declaraciones que él no habría hecho ni dicho, manifestaciones falsas que probarían su arrogancia intelectual, su narcisismo incurable, su verbosidad iconoclasta. Se sintió manipulado, vejado, estafado en el pacto de confianza que se establecería entre interpelante y entrevistadora, dando lugar a un proceso muy célebre sobre la libertad de expresión y sobre la malicia o no de la periodista (Jeffrey M. Masson vs. New Yorker Magazine Inc., Alfred A Knop Inc. y Janet Malcolm, 501 U.S, 115 L.Ed. 2d 447, 1991), un proceso que le quitaría la razón a Masson. El volumen español, que se basa en la edición americana de 1997, recoge atisbos de ese hecho y un epílogo de la autora en donde con amargura habla de esa querella que por espacio de diez años la tuvo en jaque para finalmente salir airosa: en principio, Masson le reclamaba once millones de dólares por el supuesto de que Malcolm habría tergiversado sus palabras con mala fe.

Ese mismo asunto es precisamente el que está en la base biográfica (por mucho que la escritora lo niegue) de El periodista y el asesino (1990), un libro citado frecuentemente por Arcadi Espada como otros de los clásicos del periodismo del que es autora Malcolm. Debe verse dicho volumen como una reivindicación de su tarea, de la ambivalente libertad de expresión y de la licencia para tratar a un interlocutor con derechos pero con quien no necesariamente se comparten valores y juicios (cosa que había dañado el narcisismo exorbitante de Jeffrey Masson en el libro anterior). De ahí deriva, precisamente, el famoso, el paradójico y también narcisista incipit de dicho volumen: "todo periodista que no sea tan estúpido o engreído como para no ver la realidad sabe que lo que hace es moralmente indefendible”. Por eso, por los elementos personales que hay detrás, y que Espada no detallaba en su blog, y por la batalla en la que está envuelto Masson frente a los psicoanalistas (cosa que no le da necesariamente la razón al crítico) me parece dudosa la operación de exhumar esa cita en la que se vilipendia a los freudianos y cuyo pecado sería el de su presunta dejación de la realidad.
Siendo ésta la versión de Malcolm, que yo he abreviado y reconstruido, y habiéndose pronunciado las palabras de Masson ante treinta psicoanalistas, ¿por qué Arcadi Espada acepta lo dicho por el archivero cuando Malcolm añade más versiones de aquella reunión y cuando el personaje fue tomado y obraba, según admite con pesar, como un auténtico gigoló intelectual?

Freud jamás dijo que la realidad no existiera. ¡Cómo iba a decir tal cosa si la injuria más insoportable de la vida, la muerte que provoca la guerra, se la tomó como objeto de una reflexión pormenorizada y dolorosa!
Lo que dijo es que la realidad provoca daños gravísimos al margen de que haya existido objetiva, externa o universalmente si quien la padece la cree existente (por ejemplo, la seducción traumática fantaseada o, mejor, la que se llama seducción generalizada). O en términos extrafreudianos, los propios del teorema de Thomas enunciado por Robert K. Merton: "Si los individuos definen las situaciones como reales, son reales en sus consecuencias". ¿Por qué razón? Porque los individuos "responden no sólo a los rasgos objetivos de una situación, sino también, y a veces, primordialmente, al sentido que la situación tiene para ellos. Y así que han atribuido algún sentido a la situación, su conducta consiguiente y algunas de las consecuencias de esa conducta, son determinadas por el sentido atribuido". O, en otros términos, lo que enuncia este teorema es que no sólo es verdad lo que es verdad objetivamente, con las pruebas que fundamentan el enunciado, sino también lo que la gente define como tal, siempre que lo crea, al menos en el sentido de que aquello en lo que acaba creyendo produce consecuencias, con independencia de que sea falso o no. Algo semejante dirá Janet Malcolm en uno de sus libros más celebrados, en La mujer en silencio: “todas nuestras relaciones se fundan en la imaginación tanto como en la realidad”, que es una manera de decir que las fantasías dañinas del interior, fundadas en datos brutos de la experiencia, pueden inhabilitar tanto como las injurias del exterior.

Pero hay más. Observemos de manera literal el pasaje que Arcadi Espada reproduce. Esas palabras no son sin más un argumento genéricamente expresado, sino un recordatorio del propio Masson ante Malcolm, una evocación que pretende exacta de lo dicho una vez ante una reunión de treinta analistas. Treinta psicoanalistas. A Arcadi Espada le parece afortunada la declaración rotunda de Masson porque se compadece bien con su idea de la verdad y los hechos y con su combate contra quienes presuntamente abdicarían de la realidad. Sin embargo, ese diagnóstico concreto y literal del interpelado es objetado dos veces por Malcolm. “No creo que [los psicoanalistas] defendieran que Auschwitz era un buen sitio”, observa en primer lugar. Masson, sin embargo, no responde a esa duda razonable expresada por la periodista, únicamente acusa a quienes una vez fueron sus valedores y colegas terapéuticos. Desconcertada, Malcolm añade: “Esto”, es decir, el párrafo que Arcadi Espada reproduce, “suena a parodia de la visión psicoanalítica”. Porque, en efecto, lejos de ser una firme opositora del psicoanálisis, Malcolm es, para algunos, una eficaz propagandista. Así lo afirma Richard Webster en Por qué Freud estaba equivocado (Destino, 2002). Otra cosa diferente es que la periodista pueda hacer una crítica acerba a las miserias que acompañan a esta profesión terapéutica y a cualquier realización humana y, más aún, al conocer a Jeffrey Masson. Tal vez, al conocerlo bien es por lo que En los archivos de Freud no nos da de él una imagen muy favorecedora. Abreviadamente, para mis lectores, esa imagen la puedo resumir así.

Un individuo ingenioso, suspicaz, siempre atento a lo que los otros dicen o hacen, con un mundo interno volcado al exterior, con un afán desmedido de protagonismo, deseoso de sobresalir, de que se le escuche o se le lea, de que se le preste atención, sutilmente adulador de quien pueda recibir ventajas o parabienes y, a la vez, su crítico aspaventoso, sectario y servil, dueño de un verbo acerado que cree inteligente y temido. Le pierden las prisas, los apremios por destacar y por internarse en un nuevo dominio en el que aplicar su genio destructivo, incendiario, iconoclasta. Pronto aburrido por lo que tan rápidamente alcanza, persigue meta tras meta, como un conquistador promiscuo que se supiera rodeado de piezas fáciles a las que debiera apartar con resignación. Aunque espera algún día ser reconocido como un hombre de peso, como aquel que fue capaz de conmocionar los cimientos de la institución a la que pertenece, como quien pudo cambiar las cosas con el solo uso de la palabra, no confía en un mundo que abierta o secretamente le envidia. Sus textos son más incisivos y deslumbrantes que sosegados e inteligentes: pirotécnicos, enérgicos, afectadamente cultos, con el aporte imprescindible de documentación, pero sin la paciencia callada del erudito. Tiene que mostrar que es un individuo que lo sabe todo, que lo ha leído todo, que está obligado a enfrentarse a pares y rivales siempre tediosos, rutinarios, necesitados de su brillo e interlocución. Cuando se cree fuerte y protegido le gusta ponerse en el límite, desconcertando a sus protectores, esperando el cataclismo que haga de él una víctima, que haga de él ese héroe que cayó con coraje y bravura. Así podrá hablar después de lo que pudo ser y no fue, de la animadversión de los mediocres, de los tímidos, de los ganapanes que anteponen la supervivencia a lo justo. Porque, en efecto, siempre cree obrar correctamente, sin doblez, exhibiéndose, comprometiéndose, cosa por la que se le haría pagar con creces, aunque eso sí: confía aún en hacerse con seguidores que aplaudan su valor.

Siendo ésta la versión de Malcolm, que yo he abreviado y reconstruido, y habiéndose pronunciado las palabras de Masson ante treinta psicoanalistas, ¿por qué Arcadi Espada acepta lo dicho por el archivero cuando Malcolm añade más versiones de aquella reunión y cuando el personaje fue tomado y obraba, según admite con pesar, como un auténtico gigoló intelectual? Que el respetable círculo freudiano al que deslumbró Masson (en particular, a Kurt Eissler) cayera bajo su embrujo obliga a preguntarse sobre las miserias humanas, sobre el espejismo y sobre la seducción, ahora sí, que ciertos personajes deslumbrantes provocan. Justamente como hace Janet Malcolm.

Pero hay más. Puestos a ser críticos, tal vez Arcadi Espada debiera haber ido más allá de Masson hasta reparar en otro iconoclasta radical de Freud que supera al antiguo archivero hasta desmontar pieza a pieza –según cree él-- la teoría de la seducción. Me refiero a Han Israëls. En El caso Freud, 1993 (Turner-FCE, 2002), dice lo siguiente: “Masson creía, sin duda, que estaba criticando radicalmente la evolución intelectual de Freud. En realidad, con su crítica quedó atrapado en un mito creado por el propio Freud: la idea de que Freud había prestado crédito alguna vez a semejantes historias” de seducción traumática. Sin embargo, como apostilla Israëls, no serían los pacientes quienes habrían narrado “historias sobre abusos sexuales, era Freud quien creía poder reconstruir estos acontecimientos a partir de los recuerdos explícitos de sus pacientes”. ¿Por qué razón? Porque según el contexto de la teoría de la seducción, “no había ningún paciente que contara semejantes historias. Freud afirmaba que sus pacientes histéricos no tenían ni idea de los acontecimientos sexuales que se habían producido en su infancia”. Por tanto, no habrían sido las enfermas histéricas, sino el propio Freud quien habría inducido o provocado esos recuerdos o, mejor aún, quien habría inventado esa teoría de la violencia parental para encajar hechos inexplicables. En fin..., me permitirán que no me pronuncie.

Leído lo fundamental de estas
palabras, sabedor Arcadi Espada de cuál era mi posición y mi evaluación de su –insisto— malvado recorte, me escribió privadamente. Con una porfía admirable, volvía a desafiarme. “Mi querido Justo, acabo de leer con atención tu artículo [el texto que llega hasta este párrafo]. Interesante, y tan generoso para con el blog. Dado que según dices no es el texto definitivo me permito sugerirte algo, aunque tal vez sea marginal para tus intereses retóricos. Es la inclusión de algún análisis, breve incluso, sobre la cita transcrita en el blog. No niego que pueda tener algún interés saber si hay que atribuir su textualidad a Masson, Malcolm...o Arcadi Espada (sobre este particular, además, habría mucho que discutir, como bien sospechas: ya sabes que entre las citas que Masson reprochó judicialmente a Malcolm no figura precisamente nuestro párrafo: y si me refiero a este detalle fáctico es para no entrar en arduas, y por ahora, y para mí, imposibles consideraciones sobre algunos pasajes de tu texto que aluden a las tesis de Malcolm sobre el oficio del periodista). Pero te sugiero, dado que estamos, además, en plena jurisdicción del nick, que fijes tu mirada crítica in texto. Porque lo diga Masson, que lo dice; Malcolm, que lo dice; o Arcadi Espada, que lo dice, el texto señala con aspereza y contundencia uno de los rasgos más inverosímiles del discurso (y la terapia, je, je) psiconalítico, una de las plagas, y no la menos maléfica, del siglo veinte cambalache, problemático y febril. Hay alguna posibilidad de que me encuentre con Malcolm el año próximo. A buen seguro hablaremos de todo esto. Un abrazo, Arcadi”.

En el fondo, lo que amistosamente me pedía Espada era que me dejara de contextos y que me ciñera al texto, que no me extendiera de modo erudito sobre la composición del libro y sobre la inserción del párrafo, y que me atuviera al significado áspero y contundente de ese pasaje. Creo haberlo hecho al desmentir que Freud abandonara lo real, pero lo que no haré será defender al creador del psicoanálisis a partir de un diagnóstico expeditivo de doscientas cuarenta palabras, unas palabras que a alguien pertenecen y que no veo por qué tendríamos que hablarlas con Janet Malcolm.
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