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Joaquín Roy es Catedrático de Relaciones Internacionales de la Universidad<br>de Miami e investigador senior del Centro Norte-Sur

Joaquín Roy es Catedrático de Relaciones Internacionales de la Universidad
de Miami e investigador senior del Centro Norte-Sur




George Walker Bush

George Walker Bush

Francis Fukuyama

Francis Fukuyama

Samuel P. Huntington

Samuel P. Huntington

George Bush I

George Bush I

Bill Clinton

Bill Clinton

Osama Ben Laden

Osama Ben Laden


Tribuna/Tribuna internacional
El triunfo de Bush: impacto en Europa y América Latina
Por Joaquín Roy, lunes, 29 de noviembre de 2004
La dimensión decisiva de la reelección de Bush ha sido la ideología. Fukuyama se equivocó en su diagnóstico. Decretando “el fin de la historia”, abofeteaba a los ilusos que se habían movido en el siglo que fenecía gracias a los vientos de los movimientos ideológicos. El triunfo de la democracia liberal significaba el fin de la utopía. Sería, en fin, un mundo feliz, sin ideologías. Pero, tozudamente acechaba el fantasma de la tesis del enfrentamiento de “civilizaciones”. Huntington no reparaba que en realidad era un choque entre ideologías, diferentes a las del siglo anterior. También ocultaba que un contrincante formidable se estaba incubando en el seno de la sociedad norteamericana. Sería el pensamiento que alimentaría a los asesores de Bush, resentidos del largo invierno bajo Clinton, llegada su oportunidad de oro con el 11 de Setiembre.
La clave interior y reflejo exterior

Mientras, los demócratas no conseguían coagular los ingredientes para enfrentarse a la autodefensa con que la América profunda, rural y sureña se había equipado. Paradójicamente, las propuestas y experimentos que los votantes demócratas habían endosado, como señas de identidad diferenciadoras del mensaje republicano y conservador, se convertían en un letal boomerang cuando eran recibidos en las praderas del Medio Oeste, las aldeas del sur de William Faulkner y las ciudades aburridas que no pueden compararse con Nueva York o Boston, Los Angeles o San Francisco.

Los “valores” se habían convertido en la coraza de ese 51-52 por ciento que ha votado a Bush. El resultado de la elección es sencillamente la diferencia entre la consolidación de una ideología que tiene sus raíces hondamente instaladas y otra que no ha conseguido su idóneo perfil. Ante la incertidumbre presentada por el 11 de Setiembre y la perplejidad por casi todo lo que es lejano y distante, los naturales votantes de Bush han sido inexorablemente incrementados por los que Nixon llamó la “mayoría silenciosa”. Osama Ben Laden y los avances verdaderamente osados de la agenda demócrata, cuando no lo que se perciben como excesos intolerables de las demandas de las minorías, les iban a proporcionar una voz con resonancias sin complejos.

Por ejemplo, ese bando natural se vio enriquecido por la transfiguración de las “madres del fútbol” en “madres de la seguridad”. Las que simultaneaban los trabajos con las actividades extraescolares de sus hijos ahora se preocupaban por su futuro amenazado por una repetición de la tragedia de las Torres Gemelas. Sin leer el New York Times y todos los grandes rotativos que respaldaron a Kerry, ni conocer apenas las portadas de los libros que tenazmente revelaban las mentiras de la Casa Blanca, esa América profunda se sentía prendada por los valores defendidos por Bush.

La cesta variopinta de las propuestas demócratas chocaba con el credo que trazaría una raya en la arena: aborto, matrimonio homosexual, inmigración incontrolada, abusivos programas sociales, trabas a los negocios. Como argumento incontestable, muchos asentían ser impelidos por las mismas instrucciones divinas que aconsejaron a Bush dejar la bebida. Al final, parecía resonar en los oídos de los atónitos demócratas la ironía con que hace catorce años las huestes de Clinton le recordaban al padre de W.: “es la ideología, estúpido.”

¿Qué aplicación tiene esto a la relación con Europa y América Latina? Poca, para los que se opusieron a Bush, y exagerada por los que lo apoyaron. Después de la tradicional tanda europea de telegramas de felicitación al Presidente George W. Bush por su reelección, las opciones de los que desconfían de a ambos lados del Atlántico se reducen a dos: actuar arriesgadamente o esperar que la otra parte lo haga. Desde Europa, para la expresión de Aznar, cuando retó a Castro a la reforma, la actitud más cómoda es que ahora le toca a la nueva administración de Bush mover ficha. Fueron las acciones unilaterales en Irak las que provocaron la división en el seno de la UE, y el divorcio transatlántico. Aunque las buenas palabras, y no pocas recomendaciones de los analistas y algunos líderes, aconsejan que Europa se debe anticipar, de momento la prudencia presidirá el ambiente. A pesar de los reclamos de América Latina y las amables declaraciones de rutina en Washington, la inercia se enseñoreará de las relaciones interamericanas.

En cualquier caso, por activa o por pasiva, como bien dicen en el vecindario de la Casa Blanca y en los aledaños del rancho de Crawford, Texas, en la relación transatlántica se necesitan dos para bailar un tango. En realidad, para sorpresa de los que se contentan con la simplicidad, todo es más complicado de lo que parece, debido a los contrastes entre las diversas acepciones de lo que es la Unión Europea, y la latente explosividad de diversas regiones de Latinoamérica.

Impacto en Europa

En primer lugar, en lo que atañe a Europa, Bush II deberá decidir si reconoce explícitamente la existencia de una entidad de 25 miembros. La UE está en plena transformación. Es menos que una federación y mucho más que un estado. Pero no es, como hiciera pensar la actitud de Bush I una ONG elevada a la categoría de ONU de restringido escenario. Desde el 11 de Setiembre, si no antes, la UE no aparece en el radar de los discursos de Bush. No existe como protagonista mundial. Es más, Bush y sus asesores se propusieron su “desagregación”, eufemismo moderno del histórico “divide y vencerás”, que tan buenos réditos han dado a numerosos dirigentes desde los césares.

Temeroso de los entramados multilaterales, Bush I prefirió entablar alianzas voluntarias, puntuales e individuales que verse inmiscuido en una telaraña de negociaciones. Agotado el triángulo formado por Varsovia, Londres y Roma (tras el cambio de guardia en Madrid), abandonando su apuesta por la “nueva Europa” de triste memoria, en pleno desastre de la ocupación militar de Irak, ahora con sus capacidades económicas y logísticas al límite, Bush II no debería tener más remedio que solicitar la ayuda europea. Pero las primeras declaraciones no pasaron de la ambigüedad.

Ahora bien, igual como hubiera sucedido con Kerry (a pesar de las vanas esperanzas sembradas en Europa), la controversia sobre Irak no es aislada, ya que el desacuerdo profundo entre los Estados Unidos y Europa incluye temas tan espinosos como Kyoto, el Tribunal Internacional, los subsidios a la industria, la manipulación de alimentos, y naturalmente el desarrollo de una política común de seguridad y defensa en Europa, autónoma de la OTAN, un tema que es la bestia negra de los estrategas de Washington.

Sin embargo, por parte de la UE, se deberá definir la carencia de un liderazgo claro, algo extremadamente difícil cuando cada uno de los gobiernos más significativos está mirando más hacia el contexto interior que hacia Bruselas. Es más: después de la nueva y corregida Comisión Europea, luego del fiasco del nombramiento de Buttiglione, no se asiente, y a mediano término no se vislumbre un claro núcleo que tire del pelotón europeo, Bush II se recubrirá de la máscara de Kissinger. Preguntará cuál es el teléfono de Europa. Sin que la nueva Constitución europea sea ratificada, en un largo e incierto proceso que comenzará con un tirón de España y probablemente Francia, el doble papel de Solana seguirá siendo un proyecto.

En cualquier caso, si quiere que los urgentes temas espinosos vean algún progreso y beneficio, Washington deberá entonces reconocer en Europa una verdadera contraparte. Esto quiere decir que los europeos deberán convencer a la Casa Blanca de que no desean ser un contrapeso. No va a ser fácil, ya que el discurso de Chirac es convenientemente traducido por Blair, que ya batió su propia marca (tras el 11 de Setiembre) al ser el primer mandatario en presentarse en la Casa Blanca. Las admoniciones de Aznar en su medio favorito, el Wall Street Journal, aunque testimoniales, no dejan de causar confusión y refuerzan la división en las huestes europeas.

Escenarios posibles para la cooperación no faltan. En los Balcanes, la responsabilidad primordial pasaría a manos de Europa. En Afganistán debiera consolidarse la contribución del Eurocuerpo. En Irán la única fórmula factible es combinar la estrategia norteamericana con la europea. En el explosivo Medio Oriente, tras la desaparición de Arafat, no hay más salida que conservar lo básico de mapa de ruta. Quedaría, naturalmente Irak, en los meses duros que llevarán a las elecciones inciertas e incompletas, sin que se sepa la viabilidad de un formato siguiendo el modelo de Dayton. En cualquier caso, esa necesaria nueva relación requerirá un mutuo respeto. Nobleza obliga, pero por ambas partes.

Repercusiones en América Latina

Con la atención centrada en el Oriente Medio, de reojo mirando hacia Irán y más lejos a Corea del Norte y China (que apostó por Kerry, y la que no se sabe cómo se le perdonará), la región que tiene todos los números para pagar los platos rotos es América Latina, con la excepción de los contados países que se consideran incondicionales fieles de Bush y los que están en la lista negra.

Recuérdese que el mandato recibido por Bush es fundamentalmente ideológico, pero en clave estrictamente local. Además de la defensa de los “valores” de claro perfil conservador, gran parte de los votos que le han dado al presidente su mayoría popular proceden de unos sectores que se oponen a la inmigración incontrolada, la pérdida de puestos de trabajo derivada del libre comercio, la incomodidad hacia el otro (sobre todo el hispano) y, naturalmente, a la erosión de la sociedad causada por el consumo de drogas ilícitas, procedentes precisamente del sur.

De ahí que solamente los temas de seguridad pueden acaparar la atención de la administración Bush II en el continente. El resultado será que los escenarios que se perciben como más alejados pueden quedar a la merced del tradicional “desdén benigno”. De ahí que la alarma por el ascenso de los dirigentes de izquierda y neopopulismo en el Cono Sur, con la excepción de la moderación de Chile, paradójicamente dirigido por un socialdemócrata, no sirva para generar nerviosismo perceptible en Washington.

Por un lado, se seguirá observando con curiosidad (y, si es conveniente, ejercer una conveniente “contención”) la evolución del neoindigenismo en los países andinos, mientras la atención se seguirá concentrando en Venezuela y Colombia, por dos razones distintas. Por un lado, la desestabilización del bolivarismo de Chávez no parece convenir a Wall Street; por otro, hay que seguir apuntalando a Uribe en Colombia.

Aunque puede resultar una exageración simplista, Washington observará con distancia, seguro de su superioridad, la América del Sur del Atlántico (Argentina, Uruguay, Brasil, Venezuela), apoyada en nueva dirigencia escorada hacia la izquierda. Mientras, apostará selectivamente por sus aliados en la ladera del Pacífico.

Con el Caribe y Centroamérica, se dejará que las élites decidan con quién se juegan su futuro, sin muchas opciones. De no recibir los favores incondicionales de una Europa en transición, y siempre celosa de defender sus intereses agrícolas, al gran arco que va de Trinidad a El Salvador no le queda mas remedio que apostar por acuerdos parciales con Estados Unidos o dejarse mecer a la deriva del ALCA.

México, con Fox en la cuerda floja, puede ver cada vez más alejada la utopía de la legalización de los inmigrantes indocumentados en Estados Unidos. Como durante los 60 años del PRI, puede verse reducido a ser garantía de la seguridad fronteriza. La incógnita, paradójicamente, será la presión de los votos prestados que le haya dado un sector mexicoamericano a Bush para ganar las elecciones, un triunfo apuntalado por el grueso conservador que desprecia a los hispanos.

Y, ¿Cuba? Curiosamente, y a pesar de la aparente tensión, seguirá simplemente bajo el acoso verbal y concreto (remesas, viajes), pero sin extralimitarse. La ‘caída’ de Castro y su convalecencia, paradójicamente, pueden aconsejar mantener una actitud prudente, ya que una impredecible evolución interna con posibles enfrentamientos no es el mejor de los escenarios para unas fuerzas militares al borde de su capacidad, a un metro de tener que acudir al reclutamiento obligatorio para garantizar un mínimo de éxito en Irak. Con un escenario mundial complicadísimo, los marines saben que no se les permitiría permanecer impasibles, mirando desde Cayo Hueso a una Cuba en conmoción. Como sucedía a finales del XIX, antes del Maine, Bush, a pesar de las lógicas presiones del núcleo duro del exilio, puede optar por esperar a que simplemente caiga la fruta madura.
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