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Felipe L. Aranguren

Felipe L. Aranguren

    NOMBRE
Felipe L. Aranguren

    LUGAR Y FECHA DE NACIMIENTO
Madrid, 1951

    CURRICULUM
Escritor y poeta. Entre sus poemarios destacan Escombros y laberintos (Argés, Madrid, 1997), El viajero y su tierra (Madrid, 1999) y La esfinge (La Palma, Madrid, 2001). Actualmente reside en Barcelona, colabora en distintas publicaciones y revistas y trabaja en diferentes medios para la difusión de la cultura.




Creación/Creación
Dados trucados
Por Véase ficha del autor, jueves, 14 de octubre de 2004


Para vivir es preciso
Traicionar a los fantasmas.


G. Bachelard



Me había perdido. Desde que la niebla apareció, repentina, a la vuelta de una curva, esperando agazapada, el mundo había desaparecido. Hacía rato que las ruedas del coche habían abandonado el asfalto. Pero yo continuaba, con la esperanza de que aquel camino me llevase a algún lugar civilizado. Había apagado la radio. La luz de los faros se estrellaba inútilmente contra el muro blanquecino, como si estuviese sumergido en leche condensada. Me dolían los ojos y la espalda, los unos fijos en los pocos metros de camino que podía divisar, inclinada la otra sobre el volante en un intento por acercarme al parabrisas y que esto me ayudase. Intuía, más que veía, las sombras de los árboles a ambos lados. El tiempo parecía haberse vuelto elástico. Continuamente echaba una ojeada al reloj. Para constatar, decepcionado, que sólo habían transcurrido unos pocos minutos. Y lo peor era el hipnótico ronroneo del motor, que parecía rebotar en la niebla, volviendo como un eco que quisiera adormecerme o para simular que otro vehículo se acercaba. Engañándome.

La noche fue cayendo, o más bien la niebla pasó de blanca a gris azulada. Mi marcha se hizo más y más penosa. Súbitamente percibí un letrero, pero antes de que pudiera frenar para leerlo, me encontré transitando entre paredes de piedra. Reduje la velocidad. Algunas ventanas rompían los muros ennegrecidos. Suspiré aliviado. Eran casas. Sin duda un pueblo de montaña. Abrí la ventanilla, saqué la cabeza. La calleja se ensanchaba. Ante mí se abrió, repentino, un espacio vacío. Detuve el coche. Apagué el motor y el silencio se adueñó del universo. Descendí. Unas masas difusas erraban bajo la niebla. Pero no, era la propia niebla quien se movía, confundiendo el contorno de las casas a oscuras. Apagadas. Como si nadie las habitase. La niebla se alzó levemente y percibí una pequeña luz bamboleante. Avancé hacia ella pisando las desiguales losas de la plaza. La puerta de madera despintada carecía de llamador. El musgo y el verdín cubrían las paredes. Un olor mohoso flotaba en el aire.

Alcé la mano y llamé. Con el primero de mis golpes se abrió la puerta. Entré. Una fonda costrosa, una abyecta posada. El humazo denso casi me hizo echar la niebla en falta. Acostumbrando mis ojos al picor que les invadía, avancé unos pasos. Unos seres grises, sentados ante unas mesas desvencijadas, me observaban. Parecían formar parte del mortecino escenario. Susurré un “Buenas noches” que se perdió en el aire. Nadie me respondió. Al fondo de la estancia rebrillaba una chimenea moribunda. Me aproximé. Tendí las manos. En mi nuca noté los ojos de los parroquianos atravesándome. Cerca del hogar había una mesa y un taburete de madera groseramente desbastada. Me senté. Desabroché mi chaquetón. Oí un ruido a mis espaldas. Me volví. Un hombre avanzó hacia mí. Con un golpe seco depositó en la mesa un abollado vaso de metal y un jarro desportillado. No me miró. No dijo nada. Dio media vuelta y volvió a confundirse en la sombra. Unos pocos candiles de carburo arrojaban una luz dubitativa. A su ligero resplandor danzaban en las paredes las sombras de los parroquianos.

Tomé el jarro, olí precavidamente su contenido, vertí lo que se presumía vino en el vaso de hojalata. El líquido parduzco rebosó, cayó sobre la mesa y fue absorbido, dejando en la madera una negra mancha. Ni tiempo tuve para probar el brebaje. Con pasos desiguales una vieja se acercó a mi lado. Toda ella era un puro harapo. Sus sucios mechones verticales atravesaban sus arrugas en una decrépita encrucijada. Sus vestidos despedían un hedor a ceniza de Viernes Santo. Continuamente sacaba por entre sus encías desdentadas una lengua rasposa que relamía sus labios exangües. Sus manos tiznadas apretaban algo que escondía. Hizo una mueca por sonrisa y me pareció que el tiempo se agrietaba. Se aproximó aún más y rió cuando me retiré para que sus andrajos no me rozasen. Un chirrido escapó de su boca y su fétido aliento golpeó mi cara.

--Hombre joven, hombre guapo. Has llegado hasta mí. Juguemos. Juguemos a algo emocionante. Hombre joven, hombre guapo a quien la niebla trae a mi lado.

Puso sus manos en la mesa. Entre sus fúnebres uñas adiviné un cubilete de dados. Alcé la cara. Sus ojillos relampaguearon. Sus dedos de retama se engarfiaron. Agitó el cubilete. El sonido llenó la posada. Lanzó los dados. Mis ojos siguieron su danza que pareció eternizarse.

--Hombre joven, hombre guapo. Seré tuya si ganas. Toda la noche estaré a tu lado. Para ello sólo es preciso que saques cinco ases. Hombre, hombre guapo. Ya ves que no es mucho lo que te demando.

Los dados acabaron su baile. Clavé en ellos mi desamparo. Horrorizado, mientras en el antro resonaban sus vetustas carcajadas, pude advertir que los dados que me ofrecía tenían un as en cada una de sus caras. Alcé la mirada. La repulsiva vieja me escrutó por entre las legañas. De su boca salía un ronroneo rijoso. A los acordes de este sonsonete se contoneaba. A su espalda, las sombras de las mesas se habían alzado. Creí percibir entre ellos brillos acerados. Todo me amenazaba.

--Vamos, valiente. Cinco ases. Sé que para ambos será una noche inolvidable.

Alargué la mano. Recogí los dados. Así el cubilete de cuero inmemorial. Todo pareció fundirse, chimenea, humo, sombras, brillo, cubilete, dados, sonrisa desdentada. Intenté serenarme. Sobre la mesa volqué la suerte. Estalló mi ademán con un seco sonido restallante. La luz se hizo opaca. Se detuvo el tiempo y el latir de la sangre. Mi mano se mantuvo firmemente sobre el mugriento cubilete. Mis nudillos blanquearon. Sin cesar de apretarlo me puse en pie. Las greñas se inclinaron ávidas. Lentamente elevé el cubilete. Debajo no había nada. Habían desaparecido los dados.

Hubo un murmullo. La maldita vieja exhaló el aire con un silbido de sucia decepción. Sin darle la espalda me alejé de la mesa, caminé hacia la puerta mientras me perseguían sus caducos insultos, su odio roñoso, su engaño centenario. Abrí a tientas la puerta. Giré y la noche giró conmigo, acompañándome. Gané la calle. La niebla se había levantado. El viento me alborotó el cabello, como una dulce amante. Inspiré goloso el aire. Un ligero sonido me hizo sonreír aliviado. Alcé el puño, con esfuerzo abrí los dedos fuertemente apretados. En la palma los marfiles entrechocaban, dados con ases en todas las caras danzaban. Reuniendo todas mis fuerzas, lancé hacia la noche, hacia lo negro y oscuro, los siniestros dados trucados. Ante mis ojos se insinuaba el alba.
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