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Carlos Malamud es profesor Titular de Historia de América Latina de la UNED e investigador principal del Real Instituto Elcano

Carlos Malamud es profesor Titular de Historia de América Latina de la UNED e investigador principal del Real Instituto Elcano



Néstor Kirchner

Néstor Kirchner

James Petras

James Petras

Hebe Bonafini

Hebe Bonafini

Lula

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Carlos Menem

Carlos Menem

Jorge Videla

Jorge Videla

Raúl Alfonsín

Raúl Alfonsín

Fernando de la Rúa

Fernando de la Rúa


Análisis/Política y sociedad latinoamericana
El museo de la (mi) memoria
Por Carlos Malamud, martes, 6 de abril de 2004
El pasado 24 de marzo se celebraron 28 años del golpe militar encabezado por el general Videla que acabó con el gobierno de Isabel Perón. Se trató de una jornada simbólica en la cual el presidente Néstor Kirchner proponiendo la creación de un Museo de la Memoria intentó exorcizar algunos de los fantasmas del pasado, especialmente aquellos relacionados con las desapariciones y con los temas de derechos humanos. Sin embargo, lo que pretendía ser un acto de Estado y un festejo integrador sólo sirvió para reabrir viejas heridas en la sociedad argentina y en el peronismo, teóricamente el partido del presidente.
Al presidente argentino Néstor Kirchner le encanta la confrontación y la pelea. Parecería que no es feliz si no comienza cada día abriendo un nuevo frente de polémica. De momento, y según confirman sistemáticamente todas las encuestas realizadas en el país, se trata de un camino que le ha redituado excelentes dividendos. Pese a la escasa legitimidad de origen con la que llegó al poder, actualmente cuenta con índices de aprobación cercanos al 80%, cifras sólo alcanzadas por el presidente colombiano Alvaro Uribe, teóricamente en las antípodas políticas e ideológicas de Kirchner. Sin embargo, el diagnóstico de uno de los mayores gurús de la antiglobalización, el estadounidense James Petras, apunta en otra dirección: “Kirchner representa la nueva estrategia de la derecha neoliberal. Creo que forma parte de esa nueva derecha”, lo que teóricamente se confirmaría en 2005. Esta afirmación es poco compartida por ciertos medios de la derecha norteamericana, que ya han comenzado a demonizar al presidente argentino, basándose, entre otras consideraciones, en ciertas declaraciones de amor al presidente de Hebe Bonafini, otra gran protagonista de los sucesos del 24 de marzo y actualmente gran defensora de la labor presidencial.

Néstor Kirchner es un político difícil de clasificar. Excelentes analistas políticos y económicos creen ver no uno sino varios Kirchner en la escena política argentina. Entre ellos destaca el admirado por la señora Bonafini, que es el Kirchner volcado a la recuperación de los valores de los años 70 (lo que en Argentina se denomina setentismo). Este Kirchner coexiste con otro más pragmático, el repudiado por Petras por neoliberal, que es el que negocia con el FMI y, a regañadientes, termina pagando las deudas argentinas con los organismos financieros multilaterales. Entre estos extremos ha podido emerger la figura de un curioso personaje que no sólo se ha ganado el favor de la opinión pública argentina, sino también el de cierta prensa internacional y el del progresismo de medio mundo. En buena medida, ese respaldo viene dado por las medidas adoptadas en el campo de los derechos humanos, por el descabezamiento de las cúpulas militar y policial y por lo que se percibe como el relanzamiento del Mercosur y un claro alineamiento con el presidente Lula, del Brasil, aunque de momento esto camine únicamente por los derroteros de la retórica.

Veintiocho años después del golpe de Estado de 1976 las heridas abiertas en la sociedad argentina no han sido cicatrizadas totalmente


Sin embargo, si hay algo que define claramente a Kirchner, más allá de las imágenes percibidas o de los mensajes que él mismo y su entorno se empeñan en transmitir, es su decidido empeño en borrar de la faz de la Argentina el recuerdo de Carlos Menem. Los años 90, según su interpretación, son una especie de agujero negro en la historia argentina, que han llevado al país al borde del precipicio y, por lo tanto, no deben repetirse de ninguna manera. El menemismo, o los 90, son sinónimo de corrupción, de pésima gestión política, de subasta del país al mejor postor, del saqueo generalizado de las riquezas nacionales. Los 90 son condenables en si mismos. Hay que hacer tabla rasa con ellos, ya que no tienen nada de rescatables. Frente a ese pasado deleznable emerge en versión restauradora la mística de los 70, la encarnación no ya de la pureza republicana pero sí de una serie de reivindicaciones juveniles, bien intencionadas por supuesto, aunque la vía utilizada para hacerlas realidad hubiera sido la de la lucha armada y el terrorismo.

Veintiocho años después del golpe de Estado de 1976 las heridas abiertas en la sociedad argentina no han sido cicatrizadas totalmente. Hay quienes creen legítima la acción de las organizaciones guerrilleras como Montoneros o el ERP y también quienes siguen sosteniendo que las Fuerzas Armadas actuaron en defensa del Estado. Aún hoy se sigue discutiendo sobre las causas de la violencia y sobre las razones que enfrentaron al terrorismo de izquierdas con el terrorismo de Estado. Todavía hay víctimas que siguen pidiendo legítimamente que se haga justicia, pero también hay toda una serie de grupos antisistema que pretenden utilizar políticamente el pasado en su propio beneficio. Ellos son los que proclaman que durante la dictadura militar “aquí hubieron 700 campos de concentración y actualmente todas las cárceles y penales son campos de concentración”. Todavía hay agrupaciones como HIJOS que bajo el argumento de la defensa de los derechos humanos, y el pretexto de hacer justicia con las víctimas y los victimarios del pasado, desarrollan su propia agenda política. En la página web de HIJOS-Madrid se puede leer un alegato de solidaridad con el Sr. Pepe Rei, acusado por la justicia española de estar vinculado a ETA.

La mala prensa de las Fuerzas Armadas en algunos colectivos sociales hizo que se apostara más por una operación de imagen que por una medida tendiente a superar las herencias del pasado


De cara a sajar las viejas heridas y exorcizar definitivamente los fantasmas del pasado, el presidente Kirchner decidió un par de gestos simbólicos, vinculados ambos con un nuevo aniversario del 24 de marzo de 1976 (fecha del golpe de Estado liderado por el general Jorge Videla). Por un lado, se retirarían del Colegio Militar los retratos de los generales Videla y Reynaldo Bignone, ex directores del Colegio y ex presidentes durante la dictadura militar. Por el otro, las instalaciones de la tristemente famosa ESMA (Escuela de Mecánica de la Armada), el paradigma del horror y la tortura entre 1976 y 1982 serían cedidos al gobierno de la Ciudad de Buenos Aires para erigir en sus instalaciones un Museo de la Memoria, en recuerdo de los miles de desaparecidos durante la dictadura militar. Si bien ambos actos deberían haber tenido un carácter balsámico sobre las profundas heridas existentes en algunos sectores de la sociedad argentina, esto no fue así por la forma en que los dos fueron concebidos. En el Colegio Militar, el presidente Kirchner ordenó a la máxima autoridad militar, el general Bendini, tras un protocolario y gélido “proceda”, que descolgara los retratos, lo cual provocó innecesarias tensiones entre los uniformados. El mismo efecto, en caso de haberse querido, se hubiera logrado en un acto privado con menos pompa y más efectividad. La mala prensa de las Fuerzas Armadas en algunos colectivos sociales hizo que se apostara más por una operación de imagen que por una medida tendiente a superar las herencias del pasado.

Con todo, lo más grave fue el acto ante la ESMA, que terminó en medio del saqueo y la destrucción de parte de las antiguas instalaciones navales por un grupo de vándalos. Lo que debería haber sido un acto de Estado, con la presencia de las más altas magistraturas de los tres poderes, con la presencia de los ex presidentes, o al menos con la asistencia de Raúl Alfonsín, si se asume que Carlos Menem y Fernando de la Rúa podrían haber generado resistencias entre los participantes. Esto no ocurrió así porque hubiera supuesto restar protagonismo al presidente Kirchner. También deberían haber estado presentes los gobernadores provinciales, lo que tampoco fue posible, ya que su asistencia fue vetada (ellos o nosotros), por algunas agrupaciones que se dicen defensoras de los Derechos Humanos, como las Madres de Plaza de Mayo dirigidas por Hebe Bonafini, quien señaló: "Le dije al señor presidente que si iban los gobernadores, no íbamos las Madres. Le pedí que no los invite, porque la mayoría de los gobernadores son los mismos que torturan y violan en las cárceles y las comisarías". Se da la paradoja que mientras los gobernadores acusados fueron elegidos en elecciones democráticas por los ciudadanos, la Sra. Bonafini carece de representación y legitimidad en el sistema democrático argentino. Con todo, lo más grave no fueron las manifestaciones de Bonafini, que precisamente por esa falta de representatividad puede decir lo que más se le venga en gana, sino que el presidente Kirchner optara por ella y no por los gobernadores. Los coletazos del acto provocaron una fractura importante en el seno del oficialista Partido Justicialista, con imprevisibles consecuencias para la época de vacas flacas.

Memoria e historia serían categorías antagónicas y sin ningún punto en común, ya que la memoria, a diferencia de la historia, es más fácilmente manipulable

Todas estas consideraciones vienen a cuenta del proyecto del Museo de la Memoria. Aquí es donde encontramos un primer problema al hablar de la memoria y de su museo: ¿qué es lo que se quiere recordar?, y, sobre todo, ¿para qué se quiere recordar? Las respuestas a estas dos preguntas deberían servirnos para plantearnos otras, como: ¿es la memoria igual a la historia, o es sólo una parte de ella?, ¿puede convivir mi memoria con la de los demás?, ¿la memoria de las víctimas refleja la misma verdad que la de los verdugos?, y finalmente, ¿hay memorias más legítimas que otras? Estos y otros interrogantes vienen a cuento de unas recientes declaraciones de la Sra. Bonafini, en las que se mostraba contraria a la creación de un Museo de la Memoria en los predios de la ESMA. El rechazo de Bonafini se debe a que allí no podrían exhibirse “los FAL (fusiles) que usaban nuestros hijos, ni las estrategias que usaban cuando ellos quisieron hacer la revolución. Siempre pensé en mis hijos como guerrilleros y revolucionarios, con un gran orgullo. Si en un museo no va a estar cómo fue la organización, las luchas que hubo, los hechos que realizaron, no sirve”. Por eso propone que en su lugar se construya una escuela de arte popular.

El trasfondo de todo es la propuesta, todavía inacabada, de construir un Museo de la Memoria. Al paso que vamos será sólo el Museo de mi Memoria, o de la tuya, o de la del que está más allá, o de la de todos aquellos capaces de instrumentalizar el proyecto en su propio beneficio. Por este camino vamos hacia una memoria maleable, como la plastilina, en función de intereses particulares. De este modo, memoria e historia serían categorías antagónicas y sin ningún punto en común, ya que la memoria, a diferencia de la historia, es más fácilmente manipulable. Por eso dijo el presidente Kirchner en el acto de la ESMA, sin ningún rubor: “Como Presidente de la Nación Argentina vengo a pedir perdón del Estado nacional por la vergüenza de haber callado durante 20 años de democracia, tantas atrocidades”. Como no podía ser de otra manera, las palabras de Kirchner causaron un profundo dolor al presidente Alfonsín, impulsor de los juicios contra las Juntas militares de la dictadura, pero también entre los autores del Nunca Más, esa colosal investigación que permitió a los argentinos y al mundo conocer buena parte de la verdad sobre las violaciones a los derechos humanos en el período 1976-1983. En estos veinte años si bien no se solucionó definitivamente el problema sí se dieron pasos importantes, que permitieron que hoy se esté donde esté. La democracia no depende de las genialidades de unas autoridades más o menos afortunadas, sino de la lenta construcción institucional y esto es algo que debería tener presente el actual gobierno argentino.
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