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Carlos Malamud es profesor Titular de Historia de América Latina de la UNED e investigador principal del Real Instituto Elcano

Carlos Malamud es profesor Titular de Historia de América Latina de la UNED e investigador principal del Real Instituto Elcano



Carlos Huneeus: "El régimen de Pinochet" (Ed. Sudamericana, Santiago de Chike, 2001)

Carlos Huneeus: "El régimen de Pinochet" (Ed. Sudamericana, Santiago de Chike, 2001)

Ernesto Ekaizer: "Yo, Augusto" (Aguilar, Madrid, 2003)

Ernesto Ekaizer: "Yo, Augusto" (Aguilar, Madrid, 2003)

Víctor Farias

Víctor Farias

Salvador Allende (1908-1973)

Salvador Allende (1908-1973)

Augusto Pinochet al lado de otros miembros de la Junta Militar

Augusto Pinochet al lado de otros miembros de la Junta Militar

Eduardo Grei Montalva (1911-1982)

Eduardo Grei Montalva (1911-1982)


Análisis/Política y sociedad latinoamericana
El golpe de Pinochet: treinta años después
Por Carlos Malamud, jueves, 9 de octubre de 2003
Con motivo de los treinta años del sangriento golpe de Estado que acabó con el gobierno constitucional de Salvador Allende, se han publicado numerosos libros que intentan cubrir los más diversos aspectos del pasado reciente de Chile, como el gobierno de la Unidad Popular, la figura de Allende, el golpe de Estado liderado por Augusto Pinochet, la dictadura militar y la prisión y definitiva caída de Pinochet. Sin embargo, el período requiere de un análisis más reposado, que vaya incorporando la información de aquellos archivos que queden a disposición del público.
Uno de estos libros es el de Ernesto Ekaizer (Yo, Augusto; Aguilar, Madrid, 2003) centrado precisamente en la figura del dictador y especialmente en su dura caída. No en vano, Ekaizer cubrió para El País el proceso iniciado en Londres contra el dictador chileno, después de su orden de captura dictada el 16 de octubre de 1998. Yo, Augusto es un excelente trabajo de investigación periodística y uno de los más sólidos productos elaborados en relación a la efeméride mencionada. Sin embargo, y desde una perspectiva más académica, de los últimos trabajos publicados sobre estas cuestiones creo que destaca ampliamente El régimen de Pinochet, de Carlos Huneeus (Ed. Sudamericana, Santiago de Chile, 2001), que desde la perspectiva de la ciencia política aborda el funcionamiento de una dictadura que el autor describe como desarrollista, pero que en cualquier caso tuvo en la vulneración permanente de los derechos humanos y de la democracia una de sus notas características.

Treinta años han pasado desde la caída de Allende y parece llegado el momento en que los historiadores y la Historia comiencen a ocuparse del tema. Algo parecido ha ocurrido recientemente en España con los últimos años del régimen franquista y el comienzo de la transición, lo que ha permitido la publicación de excelentes estudios al respecto. Esta cuestión queda claramente reflejada en la muy atinada respuesta de Santos Juliá a Stanley Payne en la Revista de Libros a raíz de una reseña del historiador británico sobre ciertas revisiones de la Guerra Civil. Por diversos motivos que sería largo explicar aquí, los historiadores chilenos no se han ocupado del tema de forma sistemática (hay obviamente excepciones), pero ya comienza a estar disponible una cantidad importante de documentación para profundizar en algunas de las cuestiones más polémicas. Destaca en este sentido el monumental esfuerzo de Victor Farías, editor de La Izquierda Chilena (1969-1973). Documentos para el estudio de su línea estratégica (6 volúmenes Wissenschaftlicher Verlag Berlin-Centro de Estudios Públicos, Berlin/ Santiago de Chile, 2000), quien ha recopilado un impresionante conjunto de documentos que permite iniciar el estudio sistemático de la izquierda chilena antes y durante su paso por el poder de la mano de Salvador Allende.
Más allá de los errores cometidos por el gobierno de Allende, el primer elemento a considerar es la traición institucional de una serie de militares golpistas, encabezados a ultimísimo momento por Augusto Pinochet

Una de las preguntas más importantes tiene que ver con los factores, o las causas, que desencadenaron la ruptura democrática en Chile, algo directamente vinculado con las responsabilidades de unos y otros y con lo que pomposamente se conoce como “el juicio histórico”. Sabemos que el ego de los dictadores es grande y que todos quieren quedar en paz con Dios, con la Justicia humana y con la Historia. Tras el frustrado intento de conquista del cuartel de Moncada, Fidel Castro pronunció aquellas palabras de “la Historia me absolverá”. Pues bien, por el camino que vamos, resulta muy difícil que la Historia absuelva a Castro o a Pinochet. El daño que los dos han hecho a sus respectivos países va mucho más allá del bienestar que pudieran aportar algunas de las medidas impulsadas por ellos.

Más allá de los errores cometidos por el gobierno de Allende, el primer elemento a considerar es la traición institucional de una serie de militares golpistas, encabezados a ultimísimo momento por Augusto Pinochet, que mancillaron la trayectoria profesional de las Fuerzas Armadas chilenas. A esto hay que agregar la falta de confianza de la derecha chilena en la democracia, un valor compartido con el conjunto de la derecha latinoamericana. En aquel entonces, en plena Guerra Fría, eran muy pocos quienes anteponían la defensa de los valores democráticos a la cruzada contra el peligro comunista. El temor compartido por muchos era que la democracia servía para que el comunismo (palabra que se empleaba para englobar a todos los izquierdismos, socialismos, populismos y antiimperialismos) se colara por la ventana de unos sistemas políticos que habían convertido a la proscripción de determinados grupos o partidos en una de sus principales señas de identidad. Con todo, éste no era el caso de Chile, ya que tanto el Partido Comunista como el Partido Socialista podían presentarse a las elecciones, aunque lo hicieran bajo las siglas de la Unidad Popular.
La impaciencia de la derecha chilena ante los actos gubernamentales de la Unidad Popular, su falta de confianza en la alternancia y en su propia capacidad para ganarse con sus propuestas el favor de los chilenos la llevaron a vulnerar la ley

Un grupo de extrema derecha de aquel entonces, que llevaba por nombre la nada sospechosa denominación de Tradición, Familia y Propiedad, definía a Eduardo Frei, el presidente que había precedido a Allende en el poder, como el Kerenski chileno (la denominación fue el título de un libro de Fábio V. Xavier da Silveira, un dirigente de la rama brasileña de la agrupación, publicado en 1967), ya que con su revolución en libertad abriría la puerta al socialismo en Chile. Esta definición, y los problemas que planteaba a ciertos sectores de la sociedad un gobierno como el de la Democracia Cristiana y su reforma agraria, son un buen indicio para entender algunas de las cosas que pasaron después. Sin tener presente el anticomunismo militante de cierta derecha es imposible entender algunas motivaciones del golpe de estado del 11-S.

La impaciencia de la derecha chilena ante los actos gubernamentales de la Unidad Popular, su falta de confianza en la alternancia y en su propia capacidad para ganarse con sus propuestas el favor de los chilenos la llevaron, en repetidas ocasiones, a vulnerar la ley y a cometer repetidos actos delictivos. A esto hay que agregar la opción de los grupos más radicalizados por el terrorismo y la lucha armada, lo que sólo conducía a la polarización de las posiciones. En esta situación algunos activistas, ciertos dirigentes políticos y determinados militares no dudaron en recibir el apoyo de algunas agencias de los Estados Unidos, como la CIA, para quebrar el orden institucional. De todas formas, debe quedar claro que si hubiera dependido de la voluntad del gobierno de los Estados Unidos, Allende nunca hubiera sido presidente, ya que presionaron sobre las Fuerzas Armadas para que dieran un golpe preventivo y sobre los partidos políticos para que el Congreso no lo eligiera. Si Allende fue presidente, y si lo dejó de ser, fue por lo que hicieron o dejaron de hacer los propios chilenos. Es obvio que todo este proceso se produjo en pleno contexto de la Guerra Fría, ya que de otra manera, y en otro tiempo, las cosas podrían haber sido de otra manera, pero eso ya es entrar en terrenos especulativos.
Fueron muchos los que, en su momento, desconfiaron profundamente de “la vía chilena al socialismo”, que implicaba atajar por el camino de las urnas, una meta a la que sólo se llegaba por la vía de las armas

La falta de confianza en la democracia no era patrimonio de la derecha chilena ni latinoamericana. La izquierda tampoco creía en ella. Solía descalificarla por formal o burguesa y consideraba que sólo era un instrumento al servicio del imperialismo para la explotación de los trabajadores y de los recursos nacionales. De este modo, fueron muchos los que, en su momento, desconfiaron profundamente de “la vía chilena al socialismo”, que implicaba atajar por el camino de las urnas, una meta a la que sólo se llegaba por la vía de las armas. Ellos pensaban que sin una revolución armada, sin un contundente triunfo popular, el pueblo acabaría siendo traicionado e indudablemente las instituciones democráticas, comenzando por el Parlamento, serían un factor clave en dicha traición.

De todas maneras, el panorama no sería completo si no se examina en profundidad (y esto debería ser parte de la agenda de investigación de los historiadores, chilenos y no chilenos, del futuro) la forma en que el gobierno de Allende concebía el ejercicio democrático del poder. La “vía chilena hacia el socialismo” pretendía realizar los cambios en profundidad que según la Unidad Popular necesitaba el país, aunque sin necesidad de una revolución violenta o sin necesidad de acudir a la lucha armada. Esta situación se hizo patente tras el triunfo electoral de Allende y la conquista de la presidencia. El gran error de la Administración Allende fue no entender que las grandes transformaciones sociales, políticas y económicas requieren de grandes consensos sociales y políticos, ya que de otra manera generan grandes resistencias sociales y políticas. Al usar de un modo discrecional las grandes prerrogativas del presidencialismo chileno, recurriendo con bastante frecuencia a los decretos, lo que implicaba gobernar sin respetar las mayorías parlamentarias, se vulneraba la voluntad popular, pese a que la UP fuera la minoría mayoritaria.
En un continente tan convulso, con grandes desigualdades sociales y con el precedente de la Revolución Cubana la propuesta de la “vía chilena al socialismo”, de carácter pacífico y en el marco de la legalidad democrática, tuvo muchas y positivas repercusiones

Queda por considerar la violencia de la extrema izquierda, especialmente del MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionaria), blandida por los militares golpistas como una de las causas centrales de su determinación de acabar con el gobierno. En un contexto racional, distinto al existente en los últimos dos años del gobierno de Allende, el problema de la guerrilla del MIR se hubiera limitado a ser tratado como una cuestión de orden público que requiere únicamente de una solución policial. Para que esta aproximación sea completa debería incluir la labor de los sectores más radicales del socialismo chileno, como el dirigido por Carlos Altamirano, que blandían el fantasma de la guerra civil y que, jugando a la ruptura y a la provocación, llamaban al pueblo a armarse en defensa de su gobierno y de sus conquistas. Esta situación fue agravada por la mala imagen propagandística que generó la prolongada estancia de Fidel Castro en Chile, que con sus andares moderados y el bajo perfil que lo caracteriza tuvo el gran tino de decirle a Allende y a los chilenos lo que debían hacer para construir el socialismo en su país.

Es evidente que la llegada de Allende y de la UP al gobierno habían generado grandes expectativas en Chile, en América Latina y en el mundo. En un continente tan convulso, con grandes desigualdades sociales y con el precedente de la Revolución Cubana y sus intentos de exportar la revolución y la lucha armada a otras partes de la región, la propuesta de la “vía chilena al socialismo”, de carácter pacífico y en el marco de la legalidad democrática, tuvo muchas y positivas repercusiones. Para Occidente, América Latina representaba, todavía lo representa aunque en menor medida que en aquellos años, el lugar de la utopía. De ahí la visión romántica del Che Guevara que todavía perdura o la visión algo más ñoña del subcomandante Marcos, convertido gracias a las culpas eurocéntricas que acompañan nuestro ánimo en una estrella virtual y mediática del limitado cosmos revolucionario actual. En América Latina todo era posible, incluso que se construyera el socialismo tras una victoria electoral. De ahí que la quiebra del proceso, de la legalidad democrática, fuera percibida de una manera tan dramática. Por otra parte, el gobierno destituido no era un gobierno corrupto o populista, sino un gobierno con lazos con la Internacional Socialista. Esta situación, explica, a no dudarlo, la gran corriente de solidaridad con los derrotados y con el exilio chileno. Otro factor no menor fue la brutalidad de los golpistas, unido a un discurso poco movilizador de la opinión pública europea: se hablaba de cruzada anticomunista, de la amenaza marxista, de la defensa de la civilización occidental y cristiana. Era un discurso vacío de contenido y que a la vista de las violaciones de los derechos humanos quedaba totalmente deslegitimado.

Pero volviendo al juicio de la Historia, la imagen que en el futuro se cree de Salvador Allende y de Augusto Pinochet dependerá básicamente de la labor de los historiadores, pero también de los clichés acuñados hasta ahora. Sin embargo, a la vista de lo que sabemos, se puede decir que ni el primero mantendrá su imagen de mártir, aumentada por su suicido, ni el segundo la de gran cruzado o liberador de Chile. Es posible que la imagen de Allende se modifique en la medida que se valore en profundidad su labor de gobierno y los logros y errores cometidos durante su ejercicio del poder. Más complicado es el juicio histórico de Pinochet. Será complicado revertir la idea de la traición a un presidente constitucional que lo había incorporado a su gobierno como Comandante en Jefe o la imagen de un brutal represor y violador de los derechos humanos. Sin embargo, su juicio sería incompleto si no se tienen presentes los logros de su gestión ni el respaldo social y político con el que llego al poder y con el que gobernó. El amor o el odio a estos dos hombres todavía sigue dividiendo a un sector de la sociedad chilena, aunque cada vez son más aquellos que no tuvieron que vivir esos duros momentos. El paso del tiempo, el conocimiento del pasado y la justicia, restañarán las viejas heridas y permitirán a Chile pasar página definitivamente.
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