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Rogelio López Blanco es director de www.ojosdepapel.com y crítico del suplemento El Cultural de El Mundo

Rogelio López Blanco es director de www.ojosdepapel.com y crítico del suplemento El Cultural de El Mundo




Tribuna/Tribuna libre
La izquierda ensimismada
Por Rogelio López Blanco, martes, 15 de julio de 2003
El deplorable espectáculo ofrecido por los socialistas con el episodio de los diputados rebeldes por Madrid, revela como una caja de resonancia las debilidades del partido y su liderazgo, aunque es preciso señalar que este lamentable episodio no es el objeto de este comentario. Lo que ocurre en la capital de España no es sino la expresión de una crisis más profunda que afecta a valores, a concepciones, a pautas de organización que forman un todo en torno al proyecto que se pretende defender desde el socialismo español. Ante los acontecimientos, dicho proyecto aparece ahora, con esa nueva luz que arroja lo sucedido, paralizado por cuestiones de un calado más profundo de lo que se juega en Madrid y que se basan, en conjunto, en una pérdida del sentido de la realidad, un lastre creciente que tiene su fundamento en tres elementos: la patrimonialización de las virtudes democráticas, el sectarismo y la pérdida de la idea nacional española en su sentido cívico.
En el campo de los ideales, hace tiempo que la izquierda, desde la etapa de Felipe González, ha perdido el acervo de la honradez y de la gestión honesta. Ya no puede arrogarse el papel de paladín de la lucha contra las injusticias. La rémora constituida por la sucesión ininterrumpida de casos de corrupción y los crímenes de Estado patrocinados por los distintos gobiernos del que fuera indiscutido líder socialista, a quien hay que reconocerle su labor en la consolidación de la democracia y del Estado de bienestar, le ha venido enajenando a su partido el favor de las clases medias urbanas e ilustradas, probablemente el sector socialmente más determinante del país y menos dado a someterse a posiciones de incondicionalidad hacia cualquier partido que no acredite una trayectoria razonablemente limpia.

Ya nadie tiene en España el monopolio de la ética, del civismo, del pedigrí democrático o de la lucha contra la injusticia. En primer lugar, porque quienes presumían detentarlo, las izquierdas, dilapidaron ese capital, como ya se ha mencionado. En segundo lugar, porque quienes han recogido el relevo en la gobernación, los populares, han demostrado una ejecutoria en la que ha dominado la decencia, la coherencia en los propósitos, una buena gestión económica y, lo que es fundamental, las cicatrices democráticas que suponen las víctimas del partido en la lucha por la democracia en el País Vasco contra el totalitarismo etnicista, haciéndolo desde el más estricto respeto a la Ley sin por ello perder eficacia, sino al contrario.

Sin embargo, en un alarde de ceguera suicida, los socialistas, negando la realidad de los hechos, mantienen la descalificación de la derecha española a través del recuerdo de la Guerra Civil, modo a través de cual pretende deslegitimar lo que consiguió en la urnas. Sin embargo, persiste contumaz el discurso sobre el fascismo y el autoritarismo, un auténtico tigre de papel que sólo funciona con los más fieles, con aquellos que lo continuaron votando incluso tras los escándalos y el GAL. Nada que pueda convencer a un votante con un resto de conciencia crítica.
Estos dos fenómenos tan peculiares, la concepción patrimonialista de la honradez y de la democracia, responden a una característica que deja anclada a la izquierda en la inoperancia y la estolidez: el sectarismo

Por su parte, una corriente historiográfica, cuyos miembros, aunque son de sello muy heterogéneo, pueden ser englobados como profundos antiizquierdistas, ha empezado a demoler los mitos que asentaban el aval democrático de la izquierda y los nacionalistas en su comportamiento en la Guerra Civil. En sentido opuesto, otra tendencia está efectuando la operación de rescatar con un propósito más que histórico, político, la memoria de dicho enfrentamiento civil a través del desenterramiento de los cadáveres de quienes encontraron la muerte en las refriegas, venganzas y fusilamientos de la contienda, lógicamente pertenencientes al bando perdedor ya que los vencedores, como es bien sabido, homenajearon a sus muertos de forma pertinaz durante el franquismo. De este modo, al acto de justicia de honrar a unos muertos que permanecían en el olvido, se ha unido claramente el objetivo de la manipulación de dichas víctimas como arma arrojadiza en la actual lucha política. Un debate apasionante que, aparte del acto público de ofrenda de las autoridades hacia esas víctimas relegadas, debería ceñirse al círculo de los historiadores y especialistas.

Estos dos fenómenos tan peculiares, la concepción patrimonialista de la honradez y de la democracia, responden a una característica que deja anclada a la izquierda en la inoperancia y la estolidez: el sectarismo. Esa suerte de imaginario que funciona como un mecanismo automático, casi subconsciente, que niega validez, ignora o denigra todo aquello no perteneciente al campo ideológico-político al que está adscrito el sujeto. Es un componente mental muy restrictivo, que impide altura de miras, la apertura mental necesaria para observar y percibir los cambios sociales, y que, en consecuencia, resta posibilidades para aceptar la realidad tal cual es, implicando al conjunto hacia una visión ensimismada o circular sobre el entorno.

En último lugar, pero quizá lo más importante, se encuentra todo lo que ha comportado la situación vasca. Aquí la dirección del partido socialista se ha mantenido firme en defensa del Estado democrático y la Constitución, lo que le ha supuesto pérdidas humanas y morales importantes por las acciones del terrorismo. Empero, al mismo tiempo, una seria fisura ha surgido por la falta de cohesión del partido, tanto en el propio País Vasco como en Cataluña, con tendencia a extenderse a otras comunidades con líderes dispuestos a jugar la baza que agita Maragall para debilitar a la derecha en sus respectivos territorios.
El objetivo final del proyecto de Maragall, por afinidad y necesidad, es mantener abierto el objetivo de crear en España un marco confederal, el denominado “federalismo asimétrico”, un concepto, basta reparar en el sinsentido de unir ambas palabras, que consagra no el derecho a la diferencia, sino la desigualdad de oportunidades entre las regiones. La propuesta va revestida del clásico envoltorio victimista: el del expolio fiscal de Cataluña, tópico de todos los discursos de los partidos catalanes nacionalistas y/o de izquierdas

El problema se puede centrar en el discurso de Paqual Maragall, aunque, como se ha dicho, tiene diversas derivaciones y apuestas oportunistas en otras federaciones del PSOE, como la balear, la valenciana, la aragonesa y la gallega. Las tesis de Maragall, por origen familiar e ideológico, beben del nacionalismo catalanista y se encuentran determinadas también por la dinámica electoral en la que se ve inmerso en Cataluña para vencer a los nacionalistas moderados de CiU y conseguir el apoyo de los nacionalistas radicales de ERC en las elecciones autonómicas de 2004.

El objetivo final de su proyecto, por afinidad y necesidad, es mantener abierto el objetivo de crear en España un marco confederal, el denominado “federalismo asimétrico”, un concepto, basta reparar en el sinsentido de unir ambas palabras, que consagra no el derecho a la diferencia, sino la desigualdad de oportunidades entre las regiones. La propuesta va revestida del clásico envoltorio victimista: el del expolio fiscal de Cataluña, tópico de todos los discursos de los partidos catalanes nacionalistas y/o de izquierdas. ¿Cómo se puede concebir que una de las regiones más ricas de España pueda ser la explotada? Siendo imposible atribuir el despojo a las regiones más pobres, Andalucía, Galicia o Extremadura..., se resuelve el expediente con la fórmula mágica que consiste en atribuir a la abstracción “Madrid” dicha usurpación. Así todos quedan contentos.

La percepción sobre la real función de Madrid como capital, como eje y mecanismo histórico de distribución de la riqueza y espacio de concurrencia de las élites regionales para la distribución de los recursos, se esfuma. Un antagonista malvado, por egocéntrico, perverso y opresor, queda dibujado como enemigo ideal. Un cuento chino fácil de asimilar y muy práctico: un chivo expiatorio que lleva alguna que otra centuria a su espalda con el baldón. Y, por lo tanto, nada original, desde que lo enunciaran el ilustrado Capmany, pasando por Balaguer y otros miembros de la Renaixença, aderezado por los proteccionistas y llegado hasta Almirall, Prat de la Riba y demás congéneres. Maragall no aporta, pues, ni un ápice de originalidad a uno de los topicazos más repetidos y banales de la crítica catalanista, pero eficaz a más no poder.

El problema de las evanescentes teorías de Maragall y su proyecto de signo confederalista tropieza con la brutal realidad del proyecto nacionalista étnico al que se ha sumado el PNV en el País Vasco. Un proyecto que niega la esencial pluralidad de la sociedad vasca, sus verdaderos deseos y anhelos (basta ver el resultado del último euskobarómetro), y que conduce directamente a la balcanización primero del espacio vasco, abocado a sucesivas peticiones de autodeterminación de partes del mismo, y a la desmembración del territorio nacional después. Aquí, el papel de Maragall lleva siendo bastante pernicioso e irresponsable hace tiempo, primero socavando la sensata y eficaz alternativa labrada poco a poco por Nicolás Redondo y luego respaldando la postura de un Atucha, que se niega a acatar las decisiones del Tribunal Supremo.

A este proyecto tan aventurado e inconsistente, con tan poco alcance práctico, se opone el sentido de la realidad de lo que se ha venido poniendo en práctica desde hace más de veinte años, la Constitución y el sistema autonómico, algo ya probado con notable éxito. Además de su relevante papel en la atenuación de las diferencias económicas interregionales, ha facilitado la convivencia en paz, ha permitido la defensa e impulso del patrimonio e identidad cultural de cada territorio español y ha supuesto un método para canalizar las discrepancias de modo civilizado, excepto en el País Vasco, donde la violencia, el miedo y la muerte, una tríada que ha envilecido a la sociedad vasca hasta sus raíces, ha sido el signo predominante.

El sistema autonómico no fue creado, sin embargo, para que sobre las nacionalidades históricas se fuera erigiendo una suerte de proceso que llevara, poco a poco, a un estado confederal (o a la independencia), con objeto de satisfacer al sector de la sociedad que se corresponde con la clientela nacionalista. La esencia de la democracia es la pluralidad y la única forma de mantenerla, impidiendo la discordia, es la no superación de un sistema que es lo suficientemente adaptable para atender a todas las expectativas excepto las exclusivistas.

Sectores de la derecha, que han tenido detractores en su propio campo ideológico, sobre todo entre los publicistas más independientes, e intelectuales de la izquierda vasca, han sabido acuñar un espacio común de juego a través del concepto de “patriotismo constitucional”, un terreno que, lejos de ser una rehabilitación del trasnochado centralismo, como se quiere hacer ver en la crítica nacionalista, supone un espacio a compartir, desde quienes tienen poco apego a la patria, a cualquier patria, pero sí, y mucho, a la democracia, a los más patriotas, siempre que acepten la pluralidad y respeten la diversidad.

Si el partido socialista no recupera un proyecto razonable para España, que implique estabilidad territorial, no aprende a reconocer que existen valores compartidos por todo el arco político democrático, persistiendo en el sectarismo y en el oportunismo, poco podrá hacer para llegar al poder y resultará un lastre para la democracia española. Es, pues, imprescindible que el partido recupere su carga ética, rehabilite el liderazgo de la dirección democráticamente elegida y acometa ese proyecto que ilusione al conjunto de los ciudadanos.
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