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Carlos Malamud es profesor Titular de Historia de América Latina de la UNED e investigador principal del Real Instituto Elcano

Carlos Malamud es profesor Titular de Historia de América Latina de la UNED e investigador principal del Real Instituto Elcano



Néstor Kirchner

Néstor Kirchner

Álvaro Uribe

Álvaro Uribe

Carlos Menem

Carlos Menem

Eduardo Duhalde

Eduardo Duhalde

Fernando de la Rúa

Fernando de la Rúa


Análisis/Política y sociedad latinoamericana
Retos y desafíos del nuevo gobierno argentino
Por Carlos Malamud, martes, 15 de julio de 2003
Tras su complicada llegada al poder, incluida la renuncia de Carlos Menem a presentarse a la segunda vuelta, el gobierno de Néstor Kirchner ha concitado una gran atención nacional e internacional. En líneas generales se puede hablar de una renovada esperanza en el futuro de la Argentina, pero cuando se trasciende el plano de la opinión y se interna en el del análisis comienzan a aparecer los problemas, como la negociación con el Fondo Monetario Internacional (FMI), o la postergación de la actualización de los servicios públicos privatizados, que tanto afecta a las empresas españolas.
Todo aquel que camine por las calles de Buenos Aires o de cualquier otra ciudad argentina se encontrará con un estado de ánimo popular muy diferente al existente un año y medio atrás, cuando cayó el gobierno de Fernando de la Rúa, o inclusive hace más de dos años atrás, cuando la recesión económica dejaba sentir sus efectos negativos sobre la opinión pública. Hoy la sensación es otra. De momento el voto bronca es un recuerdo del pasado, al igual que ese grito desgarrado del que se vayan todos. Si a principios de 2002 eran muy pocos los políticos que podían salir tranquilamente a la calle; hoy nos encontramos a un presidente, Néstor Kirchner, que se mueve por las calles porteñas casi sin escolta, algo prácticamente incomprensible durante el gobierno de Eduardo Duhalde, o incluso en los anteriores.

¿Cuáles son los motivos de este cambio generalizado en el ánimo de la opinión pública? En primer lugar, la sensación compartida por la mayoría de los argentinos de que están siendo gobernados, algo que no es poco después del paso por la Casa Rosada del autismo delarruista o del cansino estilo duhaldista, atrapado por las características de una transición demasiado complicada. En sistemas presidencialistas como el argentino, la necesidad de contar con presidentes que gobiernen es algo prácticamente inherente a la propia funcionalidad del sistema. Nos encontramos, entonces, con un fenómeno similar al existente en Colombia con Alvaro Uribe. Salvando todas las diferencias políticas e ideológicas entre ambos mandatarios, Uribe es otro presidente que gobierna y lo hace después del clamoroso silencio de su antecesor Andrés Pastrana. De ahí, el elevado respaldo que los dos reciben de sus opiniones públicas.

En poco tiempo el presidente Kirchner ha cambiado la cúpula militar y de la policía federal y ha arremetido, con cierto éxito, contra dos bastiones de la corrupción menemista y sindical, como la Corte Suprema de Justicia, o la obra social de los jubilaos, el PAMI.


En segundo lugar, tenemos la hiperactividad administrativa del presidente argentino, lo que algunos periodistas han bautizado como el factor K. En poco tiempo el presidente Kirchner ha cambiado la cúpula militar y de la policía federal y ha arremetido, con cierto éxito, contra dos bastiones de la corrupción menemista y sindical, como la Corte Suprema de Justicia, o la obra social de los jubilados, el PAMI. Sin embargo, los muchos gestos se han visto acompañados de escasas reformas concretas, muchas de las cuales han quedado postergadas al año próximo, cuando concluya el prolongado proceso electoral que vive el país. A esto se agrega una casi febril actividad internacional, culminada con las visitas de los comandantes Fidel Castro y Hugo Chávez al país, coincidiendo con la toma de posesión de Kirchner, y el viaje del secretario de Estado Colin Powell, tras la cumbre de la Organización de Estados Americanos (OEA), celebrada en Santiago de Chile. En el frente internacional también hay que incluir su primera tournée europea con ocasión de su asistencia a la Cumbre de la Tercera Vía, organizada por el británico Tony Blair. Es la primera vez que el presidente Kirchner viaja a Europa, pero no sólo como presidente sino también como el ciudadano Néstor Kirchner. ¿Es esto importante? Sólo el tiempo lo responderá.

Un elemento clave para descifrar la hiperactividad presidencial la encontramos en su forma de llegar al poder, con sólo el 22 por ciento del voto popular. La retirada anticipada de Carlos Menem, acobardado tanto él como su entorno por la que iba a ser la derrota del siglo, impidió la celebración de la segunda vuelta, que hubiera permitido al nuevo presidente contar con la suficiente legitimidad de origen como para afrontar todos los desafíos que su cargo implica. De ahí su obsesión por dotarse de la necesaria legitimidad de ejercicio que permita equilibrar su carencia de legitimidad de origen. Pero también hay que tener presente su firme deseo de mostrar que no es un títere de Duhalde y que su gobierno sólo responde a su liderazgo y a su concepción de la política.

El Partido Justicialista (PJ) no es el Partido de los Trabajadores (PT) de Lula y ese magma confuso, difuso y disperso que es el peronismo no puede aportar la necesaria renovación que el sistema político argentino requiere.

Son conocidos los orígenes políticos del presidente, vinculados al ala izquierda del peronismo. A principios de la década de los setenta militaba en la Juventud Peronista próxima a los Montoneros, una línea brutalmente reprimida por la dictadura militar y desplazada como tal durante los años dorados del menemismo. Son muchos quienes dicen que nos encontramos frente a un presidente de izquierda o, inclusive, social demócrata. El mismo Kirchner se encargó recientemente de mostrar su admiración por Felipe González, en quien dijo encontrar un modelo a seguir. La verdad es que de momento son muchas las incógnitas para responder a la pregunta sobre la verdadera filiación política e ideológica del presidente y más si tenemos presentes las abundantes tentaciones de la política argentina para deslizarse hacia el populismo. Por eso hay que señalar que el Partido Justicialista (PJ) no es el Partido de los Trabajadores (PT) de Lula y que ese magma confuso, difuso y disperso que es el peronismo no puede aportar la necesaria renovación que el sistema político argentino requiere.

Kirchner no quiere ser ni Menem ni Duhalde. Esta empeñado en eso y en su intento de hacer desaparecer del recuerdo de los argentinos la existencia del menemismo (o cualquier vestigio del mismo), ha decidido dar un giro importante a la política de Derechos Humanos, especialmente en lo que se refiere a los crímenes cometidos durante la última dictadura militar. Esta situación le ha servido para conquistar el respaldo de aquellos sectores vinculados a la persecución de los represores, pero tiene un recorrido muy corto en lo que implica la gobernabilidad del país y afecta a grupos muy concretos de la opinión pública. Resulta curioso en este punto la mayor cobertura del problema existente fuera que dentro del país, como lo muestra buena parte de la prensa europea, o de la española en particular.

La acción del nuevo gobierno se desarrolla con un ojo puesto en el apretado calendario electoral que tendrá lugar en los próximos meses (comicios en la mayoría de las provincias y la ciudad de Buenos Aires para elegir a los gobernadores y renovar el Congreso de los Diputados nacional) y el otro en la posible reelección de 2007. De ahí su necesidad de imponerse a la actual conducción del PJ, duhaldista, y armar una eficiente máquina política. Inicialmente se barajó la posibilidad de hacerlo al margen del peronismo, pero se trata de una aventura algo descabellada y con muy poco futuro. Su alto respaldo popular es insuficiente para que sus candidatos ganen las elecciones, sin el respaldo del aparato. Por eso, todo indica que de momento y lentamente ha decidido volver al redil partidario, donde la confrontación por la conducción se vislumbra sangrienta. Será el desenlace de este conflicto el que, precisamente, nos indique la viabilidad y la capacidad de éxito del nuevo gobierno.

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