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Eva Pereiro López

Eva Pereiro López



Caspar David Friedrich: "El mar alcial" (1823-24)

Caspar David Friedrich: "El mar alcial" (1823-24)

Caspar David Friedrich: "paisaje de invierno con iglesia" (1811)

Caspar David Friedrich: "paisaje de invierno con iglesia" (1811)

Caspar David Friedrich: "Paisaje de invierno" (1811)

Caspar David Friedrich: "Paisaje de invierno" (1811)

Caspar David Friedrich: "Bruma matinal" (1808)

Caspar David Friedrich: "Bruma matinal" (1808)

Caspar David Friedrich: "Túmulo megalítico en la nieve" (1807)

Caspar David Friedrich: "Túmulo megalítico en la nieve" (1807)

Antonio Hervás Amezcua: "Arco" (2002)

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Antonio Hervás Amezcua: "Candomble en Bahía" (1997)

Antonio Hervás Amezcua: "Candomble en Bahía" (1997)

Antonio Hervás Amezcua: "Viento rojo" (1995)

Antonio Hervás Amezcua: "Viento rojo" (1995)

Antonio Hervás Amezcua: "Otoño en el Neguev" (1995)

Antonio Hervás Amezcua: "Otoño en el Neguev" (1995)

Antonio Hervás Amezcua: "La salud de la tierra" (1995)

Antonio Hervás Amezcua: "La salud de la tierra" (1995)

Antonio Hervás Amezcua: Apunte a la acuarela (Brasil, 1997)

Antonio Hervás Amezcua: Apunte a la acuarela (Brasil, 1997)

Antonio Hervás Amezcua: Apunte a la acuarela (Brasil, 1997)

Antonio Hervás Amezcua: Apunte a la acuarela (Brasil, 1997)

Antonio Hervás Amezcua: "Latodo en Amazul" (2002)

Antonio Hervás Amezcua: "Latodo en Amazul" (2002)


Creación/Creación
Obsesiones
Por Eva Pereiro López, martes, 15 de julio de 2003
El duro y largo invierno se hacía notar, quizás fuese la tristeza que generalmente acompaña a esta estación grisácea y descarnada, y la que se añadía debido a circunstancias ajenas a los caprichos climáticos. El caso es que el invierno se hacía terriblemente largo y el gris desteñía sobre ánimos pequeños y replegados como fetos.

¿Cómo ocurrió todo? Y exactamente… ¿qué ocurrió?

Un día la cabeza perdió el control, dejó de gobernar el timón por hartazgo a la oscuridad. La obsesión del sol, de la luz cegadora y dolorosa, del brillo de arenas claras donde viene a morir un mar desafiante, juguetón y espumoso, empezaba a tomar forma de duende enloquecido por una espera aún larga. Así, un despertar más difícil que los demás trastabilló la tranquilidad del rumbo impuesto por una rutina amable e hizo que la realidad se mezclase peligrosamente con la imaginación.

Se le ocurrió un día que iba encogida por las calles heladas de una ciudad pequeña rodeada de nieve, ¿qué pasaría si robase sol? ¿Acaso no era posible? ¿Acaso los avances de hoy en día no habían conseguido embotellarlo de alguna manera? ¡Pero si el sol es la vida y la inmortalidad el veneno de la humanidad! La idea la desconcertó y el vapor ritmado del aliento comenzó a acelerarse ante sus ojos. Rió; ¡vaya ideas más peregrinas se me ocurren!, ¿cómo iba yo a robar sol ? Siguió caminando encogida de hombros como queriendo empequeñecer más y más y así protegerse del frío, con los pies entumecidos, las orejas ardiendo de dolor y dando pasitos cortos para no resbalar con el hielo de las aceras. Vino como un fulgor –el verano de nuevo-, y como tal se desvaneció en un imaginario empobrecido por la falta de ejercicio diario.

Pero ese día, el primero de una larga lista, se olvidó del sol, hizo que se olvidase. Empezaba enero y no cabía otra cosa mas que despedirse de él hasta la primavera. Lo que no sabía era que un duende había nacido tan sólo con mencionar la locura, y que de ahora en adelante anidaría en su ser, y ella no podría más que intentar satisfacer su tiranía.

Pasaron días helados en los que apenas sintió su presencia. El tiempo –sin luz- transcurría congelado entre horas laborales y horas de ocio recluidas. Desfilaba con lentitud y ella seguía separando realidad y ficción como cualquier hijo de vecino. Pero una noche soñó más de lo razonable. Soñó que el sol invadía su cuarto que ya no era tal porque la arena blanca y fina había reptado por las tablas de madera antiguas y formado dunas diminutas cuyo juego de luces y sombras era excepcionalmente real. Y el mar estaba allí delante, rezagado tímidamente y al instante cabalgando ligero los pliegues del manto tierra. La hipnotizó el infinito tranquilo, la claridad y la paz que parecían flotar y entornarla con manos suaves y caricias dulces. No se atrevió a ponerse en pie, a sentir como los granos se deformarían bajo sus pies, hundiéndose quizás, apenas logró recostarse en la almohada y disfrutar del milagro que estaba ocurriendo en su propia habitación sin realmente llegar a creérselo. Y las olas seguían viniendo a morir y a nacer al pie de la cama con olor a sal, y el murmullo de quejas que desprendía en su camino intensificaba el poder del encantamiento soñado. Aquella noche la pasó así, delante de un paisaje de cuento ordenando luces, colores, murmullos y olores en cajones separados de su memoria, etiquetando las imágenes de sensaciones simples y bellas que la maravillaban y más tarde adormecían para llevarla a un despertar plácido y caluroso.

A la mañana siguiente, una extraña necesidad la pellizcó en varias ocasiones con esas imágenes de ese otro mundo todavía soñado que probablemente ya no volvería a repetirse con fieles pinceladas, pero ella no le dio importancia alguna. Había recuperado una sonrisa verdadera y su mirada dejó los derroteros de abismos perdidos para empezar a chispear alegremente y canturrear al abrigo de miradas extrañas. Notó los cambios y los agradeció con distraída simpleza para seguir el camino de la normalidad.

Pasaron más días y la necesidad volvió a asomar pero esta vez con punzadas más agudas. Fue una tarde intranquila en la que nerviosa y sin entender qué le estaba pasando, se apresuró a llegar a casa y poder esperar así que el sueño le devolviese aquella satisfactoria plenitud. Y ocurrió. Volvió a despertar en una noche invadida de luz y de calor, con las olas juguetonas lamiéndole los pies, deslizándose por la arena fina y blanca y el rumor tranquilo y apaciguador resonando en la inmensidad. Pero esta vez el sueño había ido más allá, había conseguido derrumbar las paredes del cuarto y la vegetación mediterránea se extendía fresca a sus espaldas: los pinos dejaban vibrar sus agujas al ritmo del mar. Su cama se había evaporado y ella yacía en la arena cálida, desnuda, sintiendo como cada milímetro de su piel temblaba ligeramente bajo los rayos cálidos y sabiéndose capaz de quedarse ahí quieta, sosegada, con los ojos cerrados días enteros.

Y eso fue lo que ocurrió: se quedó ahí días, concentrada en sus sentidos y todo lo que percibía a través de ellos, sin querer volver a adormecerse y despertar en la realidad. Fue capaz de palpar la luz, lamer el calor, observar el murmullo del oleaje, escuchar la intensidad del horizonte y dejó que la luminosidad se filtrase por las contras de las ventanas de su casa y extrañase a los viandantes que caminaban hundidos en sus abrigos sin demorarse a curiosear no por ganas, si no por evitar atrasarse en el frío invernal.

Pasaron días y ella había conseguido incluir en su ínsula imaginaria su repertorio de música y libros, y allí vivía mecida por su sol, su mar y el cálido verano devorando historias de amor o aventuras, luchando contra el cansancio que como tormenta se aproximaba amenazando con consumar el inminente naufragio de ese sueño en el que la vida era vida y no escueta supervivencia.

No pudo mas que quedarse dormida después de tres días paradisíacos y veraniegos. Tuvo que capitular al cuerpo físico derrotado por la vigilia. No pudo mas que inventarse una excusa y volver a la rutina de trabajo y sobrevivir a las inclemencias del tiempo que azotaban la ciudad oscura con tormentas de nieve enfurecidas. Pero fue necesario, fue necesario para poder reponerse y descansar, acumular nuevas fuerzas poquito a poco como el camello que se abastece de agua para largos días de escasez. Ella hizo lo mismo, y además se creyó capaz de incluir en su próximo exilio víveres y agua suficientes para lograr desaparecer más y más tiempo, sin cuestionarse peligro alguno. Se creyó fuerte y confiaba en dominar sus evasiones temporales hacia su otra vida cálida, protegida entre historias escritas por otros y sobre otros, y dejándose estremecer por emociones que creía suyas, por músicas bellas y armoniosas que provocaban en ella toda clase de sentimientos plenos y verdaderos siempre en su isla imaginada.

Siguió un régimen exhaustivo de preparación ante un viaje largo y excitante para el que no había final determinado. Para el que podría incluso no haber vuelta, se sorprendía pensando. Y por qué no, por qué habría de volver, por qué no escapar de los inviernos uno tras otro, por qué no vivir siempre de cuentos bellos alimentando su ser de luz... Demostrar que la imaginación puede vencer si existe mezcla adecuada de voluntad, magia y locura no era tal sin sentido si no más bien una elección de vida que inconscientemente se había resuelto a tomar.

Y llegó el momento en el que se consideró preparada para una nueva y maravillosa huída algunas semanas después. Eligió un día concreto espectacularmente crudo para zambullirse con determinación otra vez en su imaginario. Cerró los ojos esa noche segura de que estaba ante una puerta que se abría a un mundo prohíbido para muchos seres desgraciados a los que ella hubiese querido revelar su secreto.

El milagro se intensificó todavía más: en sus árboles ya había pájaros fabulosos que destellaban colores vivos, risas de recuerdos alegres flotando entre las olas y saltando como delfines, y el mar adormilado lucía turquesa con fondo de coral. Había conseguido acumular a su alrededor todas las sensaciones extrañas a ella que le provocaban una felicidad indecible de placer, de plenitud.

Pero de esta nueva huída no volvió nunca más. Su imaginación se desbocó, derrotó al cansancio, cordón umbilical de la realidad, y no volvió jamás a quedarse dormida. Y en su calle, su casa se transformó en isla luminosa que derivó como un iceberg de sol intensísimo por la ciudad deshelando aceras y arrancando asombros maravillados y gritos a los transeúntes. Y ahora vaga en su isla mediterránea por el mundo, persiguiendo al frío con lengüetazos de mar salada, bajo un cielo azul infinito y el murmullo de la brisa salina, riendo y riendo con sus libros y músicas dispares, y sobre todo, repartiendo sonrisas, sonrisas cálidas y verdaderas entre niños y mayores, animándolos con su fulgor a soñar y soñar alegremente para escapar de los crudos inviernos que asolan el planeta.
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