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Opinión/Editorial
La catástrofe del Prestige
Por ojosdepapel, lunes, 6 de enero de 2003
Son muchos los aspectos que se han venido desgranado a lo largo de las últimas semanas en la prensa a cargo de especialistas y científicos y no es este editorial el lugar en el que deban ser abordadas cuestiones cuya competencia corre a cargo de los expertos. De lo que se trata es de intentar deslindar los aspectos políticos, sus implicaciones y las responsabilidades que se pueden demandar a los gobiernos (central y autonómico), partidos de oposición y toda suerte de autoridades a las que competía la materia.
No obstante, es preciso describir el marco de la situación siquiera brevemente. Mientras el buque, siguiendo órdenes contradictorias, se alejaba de la costa dejando su rastro de muerte a partir del día 13 de noviembre, la sociedad española se quedaba estupefacta al enterarse de cómo habían pasado el fin de semana, días 14 y 15, las autoridades directamente responsables de gestionar tan grave situación: de cacería, descansando en el coto de Doñana o esquiando. Creían tener el problema bajo control o considerarlo un asunto de rango menor, no se puede explicar de otra forma, pues hay que descartar de que se trate de personas rematadamente estúpidas o que no están en sus cabales.

De esta forma, respecto a las responsabilidades todo empieza ese fin de semana. Nadie estaba dispuesto a reconocer errores y a disculparse. Todo se había hecho conforme a la lógica y al buen sentido. Contra las evidencias de que se trataba de una catástrofe cuya magnitud no tenía parangón, nada había que reprochar.

La reacción inmediata fue proceder a ejecutar una campaña de desinformación, como se había realizado en otras ocasiones, a través de los medios adictos al gobierno, con objeto de minusvalorar la gravedad de la situación. Pero frente a la campaña de desinformación programada por el partido en el poder a través de sus principales portavoces, Radio Televisión Española y Antena 3 TV, junto a los periodistas paniaguados y lacayunos de siempre, se alzaron espeluznantes imágenes, en ocasiones simples fotografías, de voluntarios, pescadores y mariscadores luchando contra la masa de denso chapapote que infestaba las costas gallegas, sobre todo la zona de la Costa de la Muerte.

A la incredulidad y desconcierto inicial del gobierno, se unió una sucesión de reacciones en la que se produjo una mezcla de incompetencia, como dejar desguarnecidas las Rías Bajas, y de locura políticamente suicida. Alentada desde el fondo del cuadro por un José María Aznar autista, encerrado en su mundo, incapaz de tomar las riendas de la situación.

Resulta difícil comprender como un líder político de la cintura política de Aznar, capaz de enfrentarse con firmeza e inteligencia a la plaga terrorista adoptando políticas ofensivas en múltiples terrenos y de desafiar el movimiento balcanizador impulsado por el nacionalismo vasco, haya sido capaz de dejar inerme al Estado en una situación de extrema gravedad nacional.

¿Cómo se explica tamaña ineptitud del gobierno y de su principal responsable, José María Aznar? Al reflejo instintivo de supervivencia de cualquier personaje público, siempre dispuesto a exigir y nunca a reconocer errores, se une aquí un problema de percepción de la realidad que ha tenido resultados catastróficos, para el medio biológico y humano y, puede, y sería bueno para la salud de la vida pública, que para el partido en el poder. El fallo estuvo en dar una dimensión política, y por tanto en canalizar la respuesta en ese marco de comprensión, a algo de naturaleza completamente distinta y de una entidad para la que los habituales mecanismos de respuesta, tendentes a la minimización, a proyectar las responsabilidades hacia el exterior y a embestir a los ajenos (que peor lo hizo el PSOE en su día, que Gibraltar, que nosotros no hundimos el buque, que se ha hecho lo humanamente posible, que no es una marea negrea, que son manchitas y plastilina...) son del todo ineficaces. La situación exigía de las autoridades una respuesta cargada de simbolismo, emocional, de solidaridad en el lugar de los hechos, no un planteamiento técnico de la cuestión, caracterizado por la frialdad y la distancia.

Cualquiera que sea la explicación de semejante comportamiento, lo cierto es que el principal responsable en todo esto, José María Aznar, en un caso de dejación manifiesta, permitió que la maquinaria de un Estado moderno funcionase al ralentí y tuviese que ser la sociedad civil, algunos medios de comunicación, los voluntarios y, sobre todo, los habitantes del litoral, los que, prácticamente en solitario, combatiese contra las sucesivas mareas negras.

Se ha comentado que en cierto modo el Estado falló y la nación funcionó. A grandes rasgos la cuestión puede formularse de este modo, pero la proposición exige matizaciones. El Estado pudo haber funcionado mejor, bastante mejor, si los encargados de gestionarlo, aquellos democráticamente elegidos por la ciudadanía, tanto en España como en Galicia, hubiesen actuado con decisión ante lo que se venía encima. Y que al menos, como hizo la Casa Real, hubiesen mostrado, que no exhibido, su solidaridad en el terreno, probando que se tenía exacta conciencia de lo que estaba ocurriendo.

La nación, al contrario que la casta política gobernante, incluida una oposición demasiado centrada en los réditos electorales, sí desplegó sus mecanismos afectivos y solidarios. Es cierto que a Galicia acudieron, y acuden, literalmente voluntarios de todo el mundo, pero los autobuses repletos de gente deseosa de ayudar o las largas listas de espera para echar una mano no están repletas de ciudadanos de Oporto o de Toulouse, sino de Cataluña, Madrid, Andalucía, Murcia, Valencia, León... Por toda España se extendió la convicción de que algo suyo estaba en peligro en una parte de su territorio y se actuó en consecuencia.

Por eso es, si cabe, más grave la ausencia del Estado, como lo muestra el hecho de que el Ejército sólo fuese movilizado tres semanas después del inicio de la catástrofe, y por tanto mayor responsabilidad descansa sobre unos gobernantes que en ningún momento han estado a la altura de las circunstancias.
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