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    AUTOR
Oriana Fallaci

    GÉNERO
Ensayo

    TÍTULO
La rabia y el orgullo

    OTROS DATOS
Traducción de Miguel Sánchez con la colaboración de la autora. Madrid, 2002. 183 páginas. 16 €

    EDITORIAL
La Esfera de los Libros








Reseñas de libros/No ficción
La indignación de la Fallaci
Por Rogelio López Blanco, lunes, 6 de enero de 2003
La palabra que define la sensación que surge tras haber leído este descarnado librito de la legendaria periodista italiana es el término apabullante. Y el título da fe de esta impresión: se trata de la reacción inmediata que, tras sobreponerse al anonadamiento producido por las imágenes servidas desde la televisión, causó en ella el atentado contra las Torres Gemelas de Nueva York el Once de Septiembre de 2001 y las reacciones que este ataque terrorista suscitó en Europa, concretamente en los sectores de “se lo merecían”, y los países musulmanes, en las que destaca las manifestaciones de alegría y regocijo que causó la masacre.
El volumen está escrito bajo el efecto de ese impacto durante el mismo mes de septiembre de aquel año. Y como en todo buen panfleto, pues de eso puede calificarse al opúsculo, la intención es la de agitar las aguas, aún recurriendo a la exageración y criticando a diestro y siniestro. Dos son los objetivos principales de esa crítica: el principal es la cultura musulmana y sus súbditos, nunca tan bien dicho en el caso de una religión que somete o sacrifica al individuo y su esfera de acción particular a los principios comunitarios y jerárquicos de las sociedades teocráticas, en las que la mujer desempeña un papel marginal.

El otro es la sociedad italiana, a la que hay que tomarla como arquetipo de la europea, una comunidad ahíta de bienestar, instalada en la cultura de la queja, de la exigencia de derechos y de toda ausencia de autodisciplina, incapaz de defender su identidad como colectividad moderna y lo que ello implica en términos democracia y libertad, para creer o descreer, lo mismo le da a la autora.
Al igual que advirtió Winston S. Churchill, para la escritora de nada valen las políticas de conciliación o contemporización que, similares a las mantenidas en su día con el nazismo por el premier británico Neville Chamberlain, de nada servirán para un enemigo insaciable que está determinado a cumplir su objetivo último: extender la fe musulmana a todo el orbe

Según Fallaci la amenaza de la cultura musulmana es total, porque no aspira a asimilarse con los valores occidentales, ni a convivir, aunque fuera bajo la sevidumbre de un multiculturalismo negador de la pluralidad, sino a derrotarlos e imponerse. En cierto modo, concibe la cuestión en los términos en que plantearon algunos observadores sagaces los prolegómenos de la Segunda Guerra Mundial, en la que por cierto, la joven Oriana participó como partisana en la lucha contra el fascismo italiano.

Al igual que advirtió Winston S. Churchill, para la escritora de nada valen las políticas de conciliación o contemporización que, similares a las mantenidas en su día con el nazismo por el premier británico Neville Chamberlain, de nada servirán para un enemigo insaciable que está determinado a cumplir su objetivo último: extender la fe musulmana a todo el orbe. Para ella los quince millones de musulmanes que ahora residen en Europa son una amenaza latente.

La evidente exageración de su invectiva, pues toma la parte (los grupos integritas) por el todo (la comunidad musulmana en su conjunto), claramente determinada por esa reacción rabiosa ante el atentado y las vergonzosas reacciones que le siguieron en países mahometanos, no debe hacer caer a los lectores en el error de que Fallaci se encuentra en el reverso de la moneda, la de los integristas cristianos.

Al contrario, junto a su declarado amor por los Estados Unidos, a su tradición democrática, a su papel decisivo para acabar con el nazismo, primero, y el comunismo, después, esta atea confesa critica severamente el creciente poder de la plutocracia, la extensión oceánica de la ignorancia y la jactancia política y militar de la superpotencia. De su país tampoco salva ni a la izquierda, excomunistas hipócritas, que tan acerbamente la vituperaron cuando ella rechazaba lo que veía en sus viajes por los países comunistas, y que ahora se permiten dar lecciones sobre la libertad, ni a la derecha representada por Berlusconi, un hombre que, como apunta con mordacidad, siempre está riendo con la boca, pero no con los ojos. Hasta el Papa, que “tiene una callada nostalgia del poder temporal y calladamente lo ejercita con gran habilidad”, es objeto de sus dardos.

Todo esto quiere decir que no estamos ante la opinión de una reaccionaria: es una visión que, si bien está más cerca de la hipérbole que de la realidad global, no carece de cierta base. Y lo más importante: es todo un síntoma de que ha calado con vigor la idea formulado por el polítólogo norteamericano Samuel P. Huntington sobre el Choque de Civilizaciones, una profecía que, para inquietud general, parece destinada a autocumplirse.
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