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Carlos Malamud es profesor Titular de Historia de América Latina de la UNED

Carlos Malamud es profesor Titular de Historia de América Latina de la UNED



George W. Bush

George W. Bush

Carlos Menem

Carlos Menem

Eduardo Duhalde

Eduardo Duhalde

Luis Ignacio "Lula" da Silva

Luis Ignacio "Lula" da Silva

Juan Serra

Juan Serra

Fernando Henrique Cardoso

Fernando Henrique Cardoso

Alvaro Uribe

Alvaro Uribe

Vicente Fox

Vicente Fox

Carlos Hugo Chávez

Carlos Hugo Chávez


Análisis/Política y sociedad latinoamericana
Un año después del 11-S. ¿Dónde está América Latina?
Por Carlos Malamud, miércoles, 16 de octubre de 2002
La llegada de George W. Bush a la Casa Blanca fue vivida con gran expectación en América Latina. En la mayor parte de las capitales de la región se apostaba por una mejora sensible en las relaciones con el poderoso vecino del norte. Esta situación fue particularmente visible en México, gracias a la fluida comunicación entre ambos presidentes. Sin embargo, tras los salvajes atentados del 11-S todo cambió y hoy América Latina ocupa un puesto claramente secundario dentro de las preocupaciones globales de los Estados Unidos.
A la hora de evaluar las consecuencias que el 11 de septiembre tuvo en el contexto internacional, la mayoría de los analistas se inclina claramente por incluir a América Latina en el bando de los perdedores. Desde entonces no sólo la región ha perdido su mayor o menor protagonismo en la escena internacional, sino también ha sido invadida por una especie de desánimo y desconcierto presente en buena parte de los países de la zona. Más allá del mayor o menor sentimiento antiyanqui visible en el subcontinente, habría que preguntarse qué es lo que hizo posible esta situación y cuáles serán las posibles repercusiones futuras. Sin embargo, en éste, como en otros puntos, es difícil generalizar y no todos los países latinoamericanos viven de la misma manera la situación ni se ven igualmente afectados en el deterioro de sus relaciones bilaterales con el gobierno de Washington, de modo que entre ellos también nos encontramos con ganadores y perdedores.

A la cabeza de estos últimos se encuentra la Argentina, un país que se ha ganado a pulso estar donde está en estos momentos, atravesada por la mayor crisis de toda su historia, gracias a la extrema irresponsabilidad de sus últimos gobiernos y a la apatía y la complicidad social existentes. Esta última afirmación puede sonar algo exagerada en la patria del voto bronco y de los cacerolazos, aunque hay que tener en cuenta que sin la tolerancia social que acompañó al gobierno de Carlos Menem (endeudamiento constante y corrupción incluidos), difícilmente se hubiera llegado a la situación actual. Pero más allá de los méritos acumulados por los gobernantes y el pueblo argentino, está la actitud moralizante de la administración Bush, que intentó hacer del caso argentino y de su escarmiento un ejemplo para los países emergentes, especialmente aquellos que de manera sistemática incumplen con sus obligaciones internacionales.

El problema se agravó porque parte de la burocracia del Fondo Monetario Internacional, con su vicepresidenta Ann Krueger a la cabeza, han decidido seguir los lineamientos dictados por el gobierno de los Estados Unidos, algo que no ayudó a los argentinos a salir del bache. La actitud del Fondo contraria a cualquier acuerdo con el gobierno argentino (con quien no ha dejado de marear la perdiz) contrasta con la mantenida con Brasil y Uruguay. Es verdad que sus gobiernos son más serios que el de Eduardo Duhalde, pero también lo es el hecho de que el FMI acudió presto al rescate de unas economías golpeadas por los rumores y por el síndrome de la extensión de la crisis argentina al resto del continente. De todas maneras, será interesante ver como responderá el FMI ante el nuevo gobierno brasileño, que asumirá en enero de 2003, cualquiera sea su presidente. Tanto Lula, el probable ganador, como Serra, prometen una postura más rupturista que la el actual administración de Fernando Henrique Cardoso.
Colombia es el único país del continente donde la guerra contra el terrorismo, el proyecto planetario en que se encuentra comprometido la administración Bush, tiene algún significado


A diferencia de lo ocurrido con Argentina, Colombia y México son dos casos de un éxito relativo en lo que hace a las relaciones con los Estados Unidos, aunque por motivos claramente diferentes. Colombia es el único país del continente donde la guerra contra el terrorismo, el proyecto planetario en que se encuentra comprometido la administración Bush, tiene algún significado, aunque lo que ocurre en las selvas colombianas poco tiene que ver con el terrorismo islámico. Pese a ello, los EEUU tienen claro que no pueden abandonar a Colombia en estos momentos, ni por su discurso sobre la guerra global contra el terrorismo ni por las connotaciones que el narcotráfico tiene en el conflicto. Por eso resulta inconcebible que las FARC no hayan asumido la inviabilidad de su proyecto en el actual clima internacional, un clima que explica, aunque sólo en parte, el encumbramiento del actual presidente Alvaro Uribe y que es un preanuncio de su fracaso militar.

Si el terrorismo islámico estuviera presente en la región, o fuera una amenaza potencial más seria para los intereses norteamericanos, la situación de América Latina sería muy diferente. La Triple Frontera entre Argentina, Brasil y Paraguay es prácticamente el único lugar donde es posible encontrar (al menos en la versión de ciertos servicios de inteligencia) algunos rastros de una presencia terrorista islámica de cierta importancia. De momento, la intensidad del fenómeno sólo exige una atenta vigilancia policial, aunque para la administración brasileña se trata de un fenómeno de casi o ninguna trascendencia, lo que es fuente de algún conflicto con los Estados Unidos, agudizados por la oposición brasileña al Plan Colombia.

México, por su parte, mantiene una muy particular relación con los EEUU, anudada aún más tras la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio de América del Norte en 1994. Sin embargo, no todas son rosas en la relación bilateral, como se ha visto en la suspensión de la gira que el presidente Fox iba a realizar al estado de Texas meses atrás. Es más, pese a todos sus esfuerzos, Fox no ha podido solventar el acuciante problema que afecta a los casi cuatro millones de mexicanos establecidos de forma ilegal en el vecino país del norte y que es vivida de forma angustiosa por su propia opinión pública. Pese a los esfuerzos iniciales de Bush, tras su llegada al poder, para hacer de las relaciones con México uno de sus pilares de la política exterior de su administración, el 11-S acabó con todas estas expectativas. Para ahondar más en las divisiones, días antes del primer aniversario de los atentados terroristas, el gobierno mexicano hizo efectivo el deseo planteado un año atrás de abandonar el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR), el esquema defensivo de los países del hemisferio americano.
Si se quiere avanzar en el diseño de una política de seguridad y defensa común, la discusión debe incluir la cuestión de la ingerencia en los asuntos internos de otros países, un tema hasta ahora tabú en América Latina

Sin duda alguna, el futuro de la seguridad y la defensa del continente americano está en la agenda y será abordado de forma monográfica en la reunión a celebrar en México en mayo de 2003. El terrorismo, el peligro potencial de las armas de destrucción masiva, el narcotráfico, las migraciones y la pobreza son algunos de los temas del actual debate. Uno de los problemas centrales del mismo es el papel que tienen que jugar los Estados Unidos en todas estas cuestiones. De ahí, la iniciativa brasileña para aumentar la coordinación en temas de defensa entre los distintos ejércitos de América del Sur. Es evidente que el surgimiento de Mercosur favoreció la cooperación militar entre Argentina y Brasil, así como los procesos de consolidación democrática reforzaron la confianza entre Argentina y Chile. Por ello, si se quiere avanzar en el diseño de una política de seguridad y defensa común, la discusión también debe incluir la cuestión de la ingerencia en los asuntos internos de otros países, un tema hasta ahora tabú en América Latina.

Venezuela es otro país, que por diferentes motivos, ocupa la atención del gobierno de los Estados Unidos. Más allá de los graves problemas que está pasando Chávez, que ve como la oposición a su gobierno crece y se consolida, el temor pasa por la expansión de su influencia, que algunos definen como bolivarianismo. En este sentido, ante un probable triunfo de Lula en las elecciones de Brasil, algún analista ha advertido del riesgo de que América Latina se divida en dos bloques. Uno atlántico, liderado por Cuba, Venezuela y Brasil, y de un claro contenido contra los Estados Unidos y su propuesta de Asociación de Libre Comercio de las Américas (ALCA). Otro pacífico, con Chile y México como principales exponentes, más próximos a Washington y caracterizados por un mayor orden político y económico. En realidad, la situación es más compleja y la evolución de Brasil, sea quien sea el triunfador, debe ser analizada con menos ligereza.

Resulta paradójico que por ser un territorio de paz, América Latina esté marginada en el olvido. Son sus propios pueblos y gobiernos quienes deben hacer un mayor esfuerzo por normalizar la relación con los Estados Unidos, más allá de algunos errores de valoración de la actual administración. No es poniéndose en contra del gobierno de Washington como mejor se defienden los intereses nacionales, o los latinoamericanos, sino todo lo contrario. Por eso no deben repetirse, ni tolerarse, expresiones como las de la Sra. Hebe Bonafini, una de las fundadoras de las Madres de Plaza de Mayo, apartada ahora de la Línea Fundadora del Movimiento, que en su momento, en nombre de no se sabe qué revolución, manifestó su gran alegría por los atentados y ninguna piedad con las víctimas. Sólo el abandono de tanta demagogia y el reconocimiento de sus propias limitaciones y virtudes hará de América Latina una región con futuro y tenida en cuenta por la comunidad internacional.
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    Los Talibán, de Ahmed Rachid (reseña de Vicente palacio de Oteyza)
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