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Mario Vargas Llosa

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"La verdad de las mentiras" (Alfaguara, 2002)

"La verdad de las mentiras" (Alfaguara, 2002)

E. M. Cioran

E. M. Cioran

Jorge Luis Borges

Jorge Luis Borges

Jean Paul Sartre

Jean Paul Sartre

Ludwig Wittgenstein

Ludwig Wittgenstein

Vladimir Nabokov

Vladimir Nabokov


Tribuna/Tribuna libre
Vargas Llosa o la orgía perpetua del lector
Por Justo Serna, miércoles, 16 de octubre de 2002
Un buen narrador es siempre y primeramente un cuidadoso lector, alguien que se examina y que se recrea con la ficción, con los libros y con el arte mismo de la invención. Vargas Llosa lo demuestra en cada página que celebra o que escribe.

Según pudimos leer en El País del 28 de septiembre de 2002, un jurado integrado entre otros por Eduardo Mendoza, Félix de Azúa, Guillermo Cabrera Infante, Luis Goytisolo, Jorge Volpi y Fernando Savater concedía a Mario Vargas Llosa el II Premio Bartolomé March por su obra La verdad de las mentiras. Este galardón se otorga a volúmenes de crítica literaria. Hemos de admitir que se trata de un premio insólito, destinado a libros prácticamente invisibles, de escasas ventas, dado el poco aprecio de que goza el género entre el gran público. Los lectores corrientes, urgentes, perentorios, prefieren deleitarse con sus autores predilectos y con los relatos que más y mejor los cautivan: sólo excepcionalmente atienden a la crítica literaria o a la reseña periodística, la crítica y la reseña que parafrasean, comentan el sentido de las obras de ficción y que a aquéllos les sirven de guía u orientación. Hemos de admitir que tampoco los lectores más cultivados dispensan gran atención a estos géneros menores. ¿Por qué razón? Porque la obra de invención siempre tendrá algo inefable, inexplicable, propiamente indescifrable que no aclararán la mejor exégesis ni el estudio más esforzado.

“Leer un libro por el placer de leerlo y leerlo para hacer una reseña son dos operaciones radicalmente opuestas --indicaba Cioran--. En el primer caso, nos enriquecemos, hacemos pasar dentro de nosotros la sustancia de lo que leemos; es un trabajo de asimilación; en el segundo, permanecemos exteriores, por no decir hostiles (¡aun cuando lo admiremos!) al libro, pues no debemos perderlo de vista un solo momento, sino que, al contrario, debemos pensar en ello sin cesar y transponer todo lo que decimos en un lenguaje que nada tiene que ver con el del autor. El crítico no puede permitirse el lujo de olvidarse, debe ser consciente en todo momento; ahora bien, ese grado de conciencia exacerbada resulta al final empobrecedor. Mata lo que analiza –añade Cioran--. Seguramente el crítico se alimenta, pero con cadáveres. No puede comprender una obra, ni aprovecharla, hasta después de haberle extirpado el principio vital. Considero una maldición tener que contemplar alguna cosa, sea lo que fuere, para hablar de ella. Mirar sin saber que miramos, leer sin sopesar lo que leemos: ése es el secreto. Todo lo que es demasiado consciente es funesto para el acto, para cualquier acto. No se puede hacer el amor con un tratado de erotismo al lado. Sin embargo, eso es lo que ocurre prácticamente por doquier hoy. La enorme importancia que ha adquirido la crítica corresponde al mismo fenómeno”.

Situado presuntamente en un escalafón inferior, pero dotado de medios (el periódico, la cátedra, etcétera), el crítico posee el poder de aprobar o de desaprobar, de salvar o de condenar, de admitir o de excluir

Hay tratados de erotismo que no son un manual de instrucciones sino la expresión misma del placer, su máximo ahondamiento. Esos tratados no reemplazarán las artes amatorias ni el acto en que los amantes se abandonan a la “petite mort”. Pero, lejos de expresar el erotismo con la sequedad de un manual, hay ejemplares que elevan el disfrute hasta hacernos olvidar el artificio que es siempre compendiar una instrucción. Algo semejante podríamos decir de ciertos libros de crítica literaria: no reemplazan la obra de ficción y ni siquiera es bueno que la lectura de aquélla se haga contrastando los avatares narrados con el comentario, con la explicación; pero algunos de esos textos dejan de ser parasitarios para ensayar e internarse en el sentido inefable de la invención que los precede. Tomando en serio esta posibilidad, el “Bartolomé March” es un galardón que busca el logro excepcional de la crítica premiando aquellos volúmenes de esos géneros menores que descuellan como hallazgos mismos de creación y de literatura, escritos que empezaron siendo parasitarios de las novelas para acabar cobrando vida propia, excelencia compositiva y reflexión. En efecto, hay ciertas obras de crítica en las que un observador hace suyo el prodigio de la invención de un tercero hasta hallar en el libro comentado las preguntas exactas, las respuestas –en el caso de que las haya— y el significado preciso de la vida y del mundo. Cuando esto se da, esa condición parasitaria se torna creativa y mestiza. ¿Por qué calificar la mejor crítica literaria como propia de un género mestizo? Porque, al menos en sus ejemplos de mayor excelencia, aúna la fidelidad humilde del comentarista, la contención de quien se asoma a las obras para rendir tributo de admiración, y la arrogancia de quien se sirve de esos mismos libros para analizarse, para recrear su sentido, para aventurar un significado a la cultura, a la invención y al mundo que nos acoge.

Visto así, el libro de crítica literaria es un esfuerzo, una audaz reelaboración de algo ya creado; pero es también un modesto ejercicio de comprensión, de homenaje a esos otros volúmenes que nos preceden y a los que nos debemos. La mejor crítica literaria añade, suple, completa, aclara o enmaraña las cosas, se sube a lomos de las obras de creación y trata de ver más allá, de otear lo que los propios escritores vieron o no vieron o expresaron metafóricamente. Desde ese punto de vista, es creación y es rigor. O, por decirlo con Nabokov, gran analista literario, amante de las paradojas y celebrado narrador: debería escribirse la crítica con la frialdad del poeta y la pasión del científico. Hay, sí, algo de poeta y de científico en quien se asoma con humildad y con júbilo a la lectura, porque sabe que no puede pronunciarse acerca de todo y sobre lo que quiera, porque sabe que no puede tomar la obra como mero pretexto para decir otras cosas ajenas al texto, pero porque sabe también que el libro al que rinde tributo o examina es un acicate, un estímulo para la imaginación, una fiesta de los sentidos a la que el analista está convidado. “Estoy realmente impresionado, emocionado, encantado”, añadía Vargas Llosa una vez se le comunicó la noticia del galardón. “Y, además, estoy especialmente feliz porque este premio reconoce la importancia de la crítica literaria, un género que siempre ha sido menospreciado”.

Sin embargo, aun siendo un género menospreciado, la crítica contemporánea parece haber alcanzado una ventaja chocante: la posibilidad de discriminar, de seleccionar, de marcar el canon y, por tanto, de administrar ese sacramento. Situado presuntamente en un escalafón inferior, pero dotado de medios (el periódico, la cátedra, etcétera), el crítico posee el poder de aprobar o de desaprobar, de salvar o de condenar, de admitir o de excluir. Convertido en experto conocedor del canon y de la tradición literaria, puede llegar a ser un lector inconmovible, justamente lo contrario de lo que reclama la gran creación de sus mejores destinatarios: la conmoción, la impresión, la humildad aventurera y errabunda de un lector voraz, impresionable, culto pero indisciplinado. Hay que leer muchos libros, para que entre sí se fertilicen esas semillas, y hay que hacerlo con sabiduría, con modestia y con audacia. Así lee Mario Vargas Llosa y así se expresa en La verdad de las mentiras, ahora (2002) y en la primera edición de esta obra (1990). Así leían dos de sus más admirados maestros: Borges y Sartre.

No digo que leer ordenadamente –que es asunto de profesores de literatura y de críticos canónicos-- sea secundario, sino que no suele fomentar el hedonismo, el entusiasmo y el placer, el pensamiento indómito

Leer muchos libros no es alzarse con una competencia exclusiva para de ese modo agotar los volúmenes de dicha materia, no es contentarse con un plan deliberado ni con un itinerario académico de obras y de textos; tampoco supone marcarse los ejemplares necesarios en el orden sucesivo del canon previsible. Leer como leyeron Borges y Sartre –y como de ellos aprendió Vargas Llosa-- es emprender una aventura llena de sorpresas y de vecindades inauditas, de subjetividades y de sobreinterpretaciones. No hay un plan definitivo, hay propiamente un ensayo que nos lleva a la gran creación sin respetar un orden profesoral, adentrándonos en un camino que es un continuo vaivén. Es el olfato, la intuición, la resonancia, los parecidos de familia lo que nos guía, es la libertad de búsqueda nuestra meta. En las entrevistas que concedieron años atrás, Borges y Sartre aportaron pruebas de esa manera de operar, de esa manera de leer, y sus obras de creación fueron también sus modos de recreación crítica, haciendo ver la riqueza de sus interlocutores, el desorden formativo que es la vida y que es la educación con que ellos y nosotros nos constituimos. No digo que leer ordenadamente –que es asunto de profesores de literatura y de críticos canónicos-- sea secundario, sino que no suele fomentar el hedonismo, el entusiasmo y el placer, el pensamiento indómito. Borges y Sartre, que se disfrazaron en alguna ocasión de profesores, no leyeron así y se entregaron a la digresión y a la modestia, a la exaltación y a la admiración por la obra que nos conmueve, a la sobreinterpretación, incluso. Hay que compartir la suerte de los creadores y de las obras, como prodigios, como azares dichosos en los que el yo del lector también se libra y se desinfla. A la postre, una novela o un poema, si son un acierto, consuman la fortuna de un individuo que se atreve pronunciarse y que a nosotros nos concede como una gracia, como un don o como una revelación.

Por eso, para los mejores críticos, los indisciplinados y creativos, todo libro ha de ser leído como si fuera efectivamente nuevo, como la apuesta que cada uno se plantea para explicar el mundo. Al tomar cada libro como si siempre fuera nuevo deberíamos adentrarnos en él libremente, con coraje y con modestia. Tal vez encontremos en las últimas páginas una de esas ideas que aceleran el corazón, que nos interpelan y que plantean expresamente algunos de nuestros enigmas; tal vez unas pocas líneas nos conmuevan hasta el punto de que nos hagan volcar sobre ellas nuestra interpretación o, incluso, nuestra inquietud. Decía Richard Rorty que hay lecturas metódicas y lecturas inspiradas, que hay lecturas ordenadamente hechas que se someten a criterios académicos y universalmente comunicables, y que hay otras, tal vez salvajes e indisciplinadas, que se sirven del texto para sus propios fines. No son excluyentes, pero las hacen individuos distintos o se hacen en circunstancias diversas. Las primeras son las propias del profesor de literatura; las segundas son características de los creadores.

Para quienes no tenemos que cursar la historia literaria, una lectura indiciplinada y una interpretación inspirada, incluso la sobreinterpretación, son más atractivas, más enriquecedoras, porque en ella nos volcamos y las empleamos para adensarnos y para formarnos moralmente. Así vale la pena leer; así habría que leer cuando no hay obligaciones profesorales; así lee Mario Vargas Llosa cuando el novelista se calza las botas de crítico, cuando rehace la lección de sus mayores, la de Borges o la de Sartre; así está concebida La verdad de las mentiras, hecha de libertades y de licencias de creador, pero hecha también con la consciencia de los avances analíticos del siglo. Detrás de la escritura desenvuelta y elegante, detrás de esa prosa libre de erudiciones académicas, hay, sin embargo, la mano del profesor Vargas Llosa, la de quien sabe qué han dicho los formalistas, los estructuralistas, los teóricos de la recepción en una centuria en que se han multiplicado las teorías literarias. En esa obra se condensa lo mejor de Vargas Llosa, su inspiración y su trabajo, su método y su creación, sus humores y sus tributos. Comenta un puñado de buenas novelas, de relatos ficticios del siglo XX, relatos decisivos que han alcanzado la jerarquía de los clásicos, es decir, que han rebasado su contexto y a sus primeros lectores para seguir latiendo. Y Vargas Llosa lo hace con el fin de provocar y transmitir su entusiasmo de lector, para poder adentrarnos en los mundos posibles que aquellas obras construyeron y de cuyas geografías aún somos visitantes o de cuyos personajes aún somos admiradores, seguidores. Los tipos humanos que viven en el interior de ese milagro llamado ficción son extraordinariamente parecidos a nosotros y de ellos sabemos algunas cosas y otras no. Establecemos diálogos con esos espectros y los hacemos interlocutores u oráculos de nuestros enigmas personales.

La palabra no sólo es consciencia y comunicación deliberada, es sugerencia, connotación y es el eco de miles de voces de antepasados y de contemporáneos que se pronuncian implícita y enigmáticamente en cada acto creador

La crítica literaria que emprende Vargas Llosa es de esa índole: pone por escrito lo que sería una buena, una provechosa lectura, informada, rica, compleja, deliberadamente subjetiva, apasionada, personal. Tanto es así, que se prodiga, se libra hasta hacer del lector su usufructuario y su más directo beneficiario, brindándole una interpretación como si de un diálogo se tratara, ampliando su experiencia. Porque, antes que nada, Vargas Llosa es lector: alguien que vive innumerables vidas gracias a las variadas peripecias de las que se apropia vicariamente. Sólo después se apresta a comunicarlo y nos entrega ese tesoro a manos llenas, como esos comentaristas o narradores orales que transmiten una historia que ellos no han inventado, pero de la que se apropian para contarla o parafrasearla con sus palabras, con su particular tono, con sus inflexiones de voz, con aspavientos teatrales y con mohínes que añaden, complementan y mejoran la cifra y el enigma del relato original. Vargas Llosa transmite un entusiasmo y transmite también el placer del texto, el goce que nos da la ficción. Lo hizo en Carta de batalla por Tirant lo Banch (1969); lo hizo en García Márquez: historia de un deicidio (1971); lo hizo en La orgía perpetua. Flaubert y ‘Madame Bovary’ (1975); y lo hizo, en fin, en La utopía arcaica. José María Arguedas y las ficciones del indigenismo (1996). Sólo un consumado lector, sólo un apasionado lector, voraz, incansable, es capaz de hacerlo de ese modo.

El riesgo que corre todo volumen de crítica cuando trata la gran obra de ficción es rebajar el texto comentado, volverlo prosaico, evidente hasta desmitificarlo, hasta desinflarlo quitándole la potencia que anida en su interior. Que se muestren las estrategias retóricas o compositivas del autor, que se informe del contexto histórico del creador, que se declaren las intenciones morales del escritor, que se aclare la tradición que lo inviste y en la que se inserta no son en sí mismas tareas desmitificadoras, sino necesarias. Pero agostarán la narración, la arruinarán hasta secar su encanto o su enigma, si esas labores aspiran a reemplazar el prodigio de aquella invención. Es conocido el dictamen del primer Wittgenstein, próximo a un misticismo poético, tajante. En la Conferencia sobre la ética, por ejemplo, sostuvo que la estética o las creencias o los valores o la moral pertenecen al dominio de lo inefable, algo que la cháchara interminable de los especialistas no aclarará. Lo decisivo del Tractatus no es lo que su autor dice, sino lo que calla porque de eso no puede hablar. Concebido así, el Tractatus es una aproximación a la lógica sin apenas rozar lo humanamente importante: el sentido. Las narraciones son recreaciones del sentido, relatos que expresan el enigma humano de los que no son enteramente dueños ni siquiera los propios autores. La palabra no sólo es consciencia y comunicación deliberada, es sugerencia, connotación y es el eco de miles de voces de antepasados y de contemporáneos que se pronuncian implícita y enigmáticamente en cada acto creador. Por eso hay siempre en la palabra y en las novelas de nuestras vidas un residuo de indescifrabilidad que resiste toda aclaración: no hay desvelamiento definitivo aun cuando revelemos las estrategias autoriales, los contextos históricos, las intenciones explícitas y la tradición o el género al que dicen pertenecer. Por mucho que nos acerquemos a la obra, ésta siempre opondrá resistencia a ser iluminada de una vez para siempre. Vargas Llosa lo sabe, dada la experiencia que reúne como antiguo y persistente lector, como gran novelista que él mismo es y como crítico temprano.

Con frecuencia ha hablado del dato escondido, el recurso especial del narrador. “La parte escrita de toda novela –dice en Cartas a un joven novelista (1997)-- es sólo una sección o fragmento de la historia que cuenta: ésta, desarrollada a cabalidad, con la acumulación de todos sus ingredientes sin excepción (...) abarca un material infinitamente más amplio que el explícito en el texto y que novelista alguno, ni aun el más profuso y caudaloso y con menos sentido de la economía narrativa, estaría en condiciones de explayar en su texto”. A ese material no nombrado, supuesto y dado por descontado lo llamamos espacio vacío o implícito o blanco de las novelas. Los lectores no precisan tanto detalle y con su colaboración se reconstruye lo que falta. Esos materiales innombrados son fruto de la elipsis y la operación economiza páginas o evidencias. Los lectores se ponen manos a la obra y, gracias a su saber y a su enciclopedia y a su experiencia, los rellenan, tal y como supone el autor o tal y como su libertad o conducta aberrante les dicta. El resultado es, pues, un cruce de expectativas y de rellenos que amplían la obra según los destinatarios y la época de esos mismos destinatarios. Generaciones y generaciones de lectores completan de manera coincidente o contradictoria lo que de un solo modo fue dicho. Ni el mejor crítico puede aspirar a rellenar definitivamente ese espacio vacío, las edificaciones, personas, geografías o cosas no mencionadas de ese mundo posible que hay en las novelas. Pero, fuera de esa parte elidida e implícita, que responde a necesidades de economía narrativa, suele haber en los mejores relatos un dato escondido, alguna pieza que ha sido birlada al lector para provocar un efecto de enigma, una cifra insondable a la que al final ni el propio autor accede porque se le va literalmente de las manos. Según anota en Cartas a un joven novelista, consiste esta operación en “narrar callando, mediante alusiones que convierten el escamoteo en expectativa y fuerzan al lector a intervenir activamente en la elaboración de la historia con conjeturas y suposiciones”. Si la buena novela nos obliga a conjeturar, a aventurar, a suponer, a fantasear, entonces es que hay una libertad compositiva que se deja al destinatario, una libertad que se actualizará de modo diverso de acuerdo con la cultura o la moral de quien lee. Pero ese que lee, por muy avezado que sea, por muy informado que esté, no podrá agotar el repertorio de conjeturas de los otros receptores posibles del relato, con lo que la potencia persuasiva y sugeridora de la novela derrotará al crítico más experimentado. Vargas Llosa concluye sus lecturas reconociendo esa derrota, celebrando la libertad de la obra que fluye y que rebasa contextos. Porque quien a ella accede siempre acabará derribado por la gran novela, la gran novela que supera a su mejor destinatario, incluso a su autor, que a la postre sólo es su primer lector y, como todos, ignorante de una parte inefable e indescifrable, de esos ecos que trascienden lo que puede ser dicho, lo que fue dicho.

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