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    GÉNERO
CRONICA DE VIAJE

    TEMA
Impresiones de un viaje a Moscú y San Petersburgo (por Eva Pereiro López)

    OTROS DATOS





































Magazine/Nuestro Mundo
Del Moscova al Neva
Por Eva Pereiro López, miércoles, 16 de octubre de 2002
Un congreso me llevó a Rusia unos días de finales de mayo, concretamente a Moscú y San Petersburgo, y éstas son algunas de las impresiones que he retenido de este viaje inesperado por no haber sido planeado turísticamente con tiempo y mimo. Por supuesto, como para cualquier otro tipo de viaje, o incluso como regla general en esta vida, lo que voy a contar no es más que un cúmulo de percepciones una detrás de otra, al que yo intentaré dar un hilo conductor.
Una noche de sábado de finales de mayo, aterricé en la capital rusa expectante por lo que iba a ver y nerviosa por lo que me había traído a ese país: un primer congreso de física de materiales. No podría decir qué fue lo primero que me llamó más la atención al desembarcar del avión, creo haberme fijado sobre todo en la gente que bajaba conmigo. Había hecho escala en Frankfurt y en el vuelo viajaban alemanes, franceses y rusos, probablemente pertenecientes al mundillo de los negocios. Me fijaba en sus fisionomías para intentar adivinar cuál era su origen, y fantaseaba con la lejanía e inmensidad de la estepa siberiana, con los rasgos asiáticos más o menos pronunciados que creía adivinar. A esas horas, las colas que se formaban en el control de pasaportes no eran de turistas, quizá nunca lo sean por completo, y la lentitud de los trámites resultaba excesiva.

Puede que fuese el número importante de militares lo que me sorprendió desde aquel primer momento, o eran simplemente los uniformes kakis que yo asocio sobre todo a éstos, o que llegaba el día previo a la partida de Bush, y que Putin podría haber ordenado reforzar la seguridad en aeropuertos, por ejemplo, no lo sé. Pero mi compañero de viaje enseguida encontró una similitud en sus recuerdos, las chicas parecían recién salidas de una película de James Bond, todas en uniforme, tacones y minifalda.

Una vez con las maletas en la mano, traspasamos las puertas mecánicas en busca de uno de los organizadores del congreso, Alexei, un chico joven y gigantesco con sonrisa de bonachón, fumador empedernido de Gauloise cuya adicción adquirió en una estancia breve en algún laboratorio parisino. Entre muchos taxistas espontáneos que ofrecían sus servicios, había reclutado a uno que nos llevaría al hotel en el que estábamos alojados. Cuál fue mi sorpresa al encontrarme no sólo con el fresquito de la noche moscovita, sino con un viejo Lada destartalado que nunca creí pudiese llevarnos a puerto.

Matizaré un poco la situación. Cualquier moscovita en posesión de un cuatro ruedas cualquiera, suele prestarse a hacer de taxista, sólo se trata de fijar un precio razonable, y el turista nunca obtendrá tal cosa a menos que su ruso no le delate, claro. La negociación suele ser en dólares y la comunicación complicada porque son pocos los que hablan alguna palabra de inglés.
La vida en Moscú no es fácil mas que para los que poseen mucho, nada nuevo, pensaréis con razón, la clase media emergente es débil y vulnerable todavía, y a medida que nos alejábamos del epicentro teníamos que enfrentarnos a rascacielos vetustos cuya construcción dio alojamiento a los más necesitados, que eran la mayoría y siguen siéndolo hoy en día. Moscú posee el 80% de la riqueza del país y representa sólo el 4% de la población

Pero el Lada rodaba con ruido y casi sin frenos por las grandes avenidas. Enormes, gigantescas y deshumanas avenidas bastante bien iluminadas, donde resaltaban los edificios importantes, en su mayoría oficiales, y las iglesias ortodoxas reconstruidas recientemente. Apenas nos detuvimos en algo más de media hora de trayecto, pocos coches y todavía menos semáforos se interponían en nuestro camino porque en Moscú los peatones cruzan las calles bajo tierra. La sensación de inhumanidad era desagradable, los seis carriles de las arterias de la ciudad asfaltaban la posibilidad de calor alguno, el desnudo de las aceras vacías de gente y árboles, acrecentaba la lejanía, y la frialdad de las edificaciones agudizaba la incomodidad producida por ese monstruo extendidísimo, habitado por diez millones de personas. Resultaba incluso anormal el vacío, ¿dónde estaba la gente?

El hotel pertenecía a uno de los institutos de física de la ciudad: en uno de los edificios habían habilitado un piso de habitaciones y un pequeño comedor. El acceso era digno de una película de misterio, pequeño, estrecho, de techo anormalmente bajo, y con varias personas siempre uniformadas pasando el tiempo en un sofá raído. Mi compañero volvió a sugerirme las películas de James Bond, y yo empecé también a creer en ellas.

La excitación del viaje no permitía los bostezos a pesar de ser noche avanzada, así que decidimos explorar las calles circundantes al hotel. La noche estaba muy tranquila y nos cruzamos con pocos noctámbulos, excepto al pasar por delante de uno de los parques más grandes de la ciudad. Coincidía nuestra llegada con la celebración del final de curso de los institutos, y los jóvenes volvían en su mayoría « contentillos » a sus casas, otros necesitaban manos amigas para sostenerse.

Esa primera noche, admiramos el paisaje de « furgonetas 24h » que venden tentempiés, bebidas, dulces, tabaco y otros miles de antojos más por las calles. En Rusia, o por lo menos en la capital, es costumbre picar cualquier cosa rápida a medio día y cenar contundentemente, y estos « fast food », estratégicamente colocados, son un escaparate de gastronomía popular donde predomina incondicionalmente la socorrida patata.

El siguiente día a la llegada, domingo, aprovechamos para caminar por las calles y hacernos con una visión global del centro de la cuidad. La zona turística más interesante es sin duda alguna el Kremlin y la famosa Plaza Roja. Y hacia ésta última dirigimos nuestros pasos en un primer momento. Pero no resultó tan impresionante como nos habíamos imaginado, y quizás hubiésemos tenido que aterrizar en avioneta burlando la seguridad rusa, como entonces había ocurrido, para no defraudar nuestras expectativas, pero el caso es que ese lugar histórico, donde Lenin sigue embalsamado, una vez delante, encogió la leyenda que teníamos en la cabeza.

Sin embargo, coincidimos con una pequeña manifestación, cosa aparentemente habitual, que blandía la bandera destronada de la hoz y el martillo. No pude, obviamente por mi desconocimiento de ruso, y a pesar de mi curiosidad, asegurarme del porqué de tal manifestación, qué era exactamente lo que impulsaba a esa gente a salir a la calle y corear, aunque supuse que algo tendría que ver con la nostalgia del anterior régimen.
Así como en Moscú la gente corre de un lado a otro como si estuviese en burbujas aisladas y no se cruzase nunca con nadie, y los jóvenes aportan dinamismo y ebullición pero siempre de manera enlatada, en San Petersburgo la relajación es evidente, y ésta precisamente permite a sus habitantes mirar hacia el exterior. Una economía probablemente más sostenida por el turismo que el salvaje acelerón moscovita de los últimos años, hace que las gentes parezcan más tranquilas y satisfechas, transmitiendo una « joie de vivre » contagiosa

No sé hasta dónde ha llegado la democracia en un estado tan vasto, probablemente muchos pueblos y ciudades pequeñas del continente asiático no hayan notado diferencia alguna y no entiendan el significado de esa palabra porque no repercute en sus vidas cotidianas. O incluso repercute desfavorablemente. Pero comentando esto mismo con un compañero ruso que ha hecho parte de su tesis en Francia, creo que mi idea no anda muy desencaminada y es una explicación razonable a esa nostalgia que reivindican muchos. La apertura es clara en las grandes ciudades como Moscú o San Petersburgo, pero al resto del país no ha llegado todavía.

Nuestro deambular quedó marcado por la desconfianza de la gente en varias ocasiones, quizá acrecentada por el poco contacto con los turistas pero sin duda enraizada en una historia de secretismo y espionaje al prójimo que ha hecho mella en una población acostumbrada a ser observada y controlada, que únicamente ahora puede sacudirse el polvillo de esa epidemia que ha estado vaciándola durante tantos años.

La vida en Moscú no es fácil mas que para los que poseen mucho, nada nuevo, pensaréis con razón, la clase media emergente es débil y vulnerable todavía, y a medida que nos alejábamos del epicentro teníamos que enfrentarnos a rascacielos vetustos cuya construcción dio alojamiento a los más necesitados, que eran la mayoría y siguen siéndolo hoy en día. Moscú posee el 80% de la riqueza del país y representa sólo el 4% de la población. El capitalismo salvaje que se ha puesto en marcha estos últimos años, acrecienta el abismo. A lo que el sistema socialista de entonces dió prioridad, como la seguridad social y la educación, la apertura se ha encargado de hacer caer, siguiendo sin duda alguna el modelo americano. También cayó Stalin y sus omnipresentes estatuas, aunque más peligroso resulta el olvido sistemático de sus años de poder en las escuelas. Pero no somos quienes para dar modelo alguno en cuanto a la autorreflexión, no me malinterpreten.

Otra epidemia grave que discurre a diario por las calles es el alcoholismo enfermizo, pareja indiscutible del frío. Las personas pasean los domingos, por ejemplo, con botellas o latas de gin tónic o cerveza en las manos como acto mecánico, aparte de ser actitud generalizada al salir del trabajo. Y la sensación de tristeza que se desprende de esta dependencia se mezcla con los juegos de los niños en los parques. Niños que, cuando oscurece el día, han llevado alguna vez de vuelta a casa a padres borrachos en un impresionante y lujoso metro resplandeciente de mármoles, estatuas y lámparas dignas de un museo.

En la capital esta visión es dolorosísima, y curiosamente se aligera en otras ciudades como San Petersburgo, donde el alcohol, sin dejar de marcar los latidos de la ciudad imperial, resulta más llevadero, más social.

Así como en Moscú la gente corre de un lado a otro como si estuviese en burbujas aisladas y no se cruzase nunca con nadie, y los jóvenes aportan dinamismo y ebullición pero siempre de manera enlatada, en San Petersburgo la relajación es evidente, y ésta precisamente permite a sus habitantes mirar hacia el exterior. Una economía probablemente más sostenida por el turismo que el salvaje acelerón moscovita de los últimos años, hace que las gentes parezcan más tranquilas y satisfechas, transmitiendo una « joie de vivre » contagiosa, por lo menos una vez que el duro invierno deja paso a un clima agradecido. Las terracitas se disputan las calles que palpitan hasta horas insospechadas, y la majestuosidad y elegancia de la ciudad resplandece todavía más en sus canales. Definitivamente San Petersburgo es una ciudad que vale la pena visitar, y que se deja disfrutar siendo cauto, por supuesto, con la elección de la temporada en la que se desee dejarse mecer por sus canales, recorrer sus imponentes palacios y perderse en sus islas.

Pero me estoy alejando de ese primer domingo. En vista de que la Plaza Roja había empequeñecido en nuestro imaginario, y que sin estar excesivamente concurrida, los autóctonos eran pocos y los grupos de turistas, cámara en mano, abundantes, decidimos emprender la búsqueda de barrios más populares. Dejamos el Kremlin atrás, y el discurrir pausado y sucio del Moscova que atraviesa parte de la ciudad, para adentrarnos en el barrio bullicioso del viejo Arbat. Calles peatonales, restaurantes, y quiosquitos con millones de « souvenirs » indicaban con claridad que el antaño barrio intelectual era presa de un turismo que empezaba a ser más y más importante. Maravillosamente aquel domingo, la música invadía una de sus calles más conocidas, y a medida que penetrábamos en aquel hormiguero de gente, empezaban a mezclarse sonidos de violines y guitarras, como si todos los músicos, niños, adolescentes y adultos, se hubiesen dado cita en el mismo lugar. Eran verdaderos conciertos de música clásica a cielo abierto, y cualquiera de esos músicos que nos robó tiempo esa tarde, sonaba majestuoso. Solitarios o en pequeñas orquestas, los sonidos vibraban con asombrosa perfección en honor a muchos de los compositores rusos que han legado a la historia sus obras. Pero no estábamos en el famoso Teatro Bolchoï que se erige espectacular en el barrio de Trerskaïa, y cuyas entradas son excesivamente caras incluso para los turistas de euros y dólares. No, estábamos en plena calle, con el ronronear de los coches a pocos metros y los empujones típicos de las masas.

El metro es, sin duda alguna, sitio de peregrinaje turístico obligatorio. No creo que exista un subsuelo tan digno de ser admirado como el de Moscú o San Petersburgo. Mármoles de todo tipo y color, lámparas araña gigantescas, algún busto de Lenin y la amplitud de sus « halls » elegantes, rivalizan con las entradas de teatros y palacios, pero todo ello concurrido por millones de viandantes que hace tiempo dejaron de fijarse en un lugar donde tanta belleza y refinamiento no es costumbre. Ahora sí, utilizar ese transporte público tiene sus riesgos por la alta probabilidad de subirse al vagón equivocado, en dirección contraria a la deseada y ni siquiera darse cuenta de ello porque todavía se está intentando averiguar cuál es el nombre de la estación de destino. Preguntar es inútil a menos que los gestos lleguen a aclarar bien las situaciones geográficas. Creo no haber utilizado nunca tanto una guía como la que habíamos comprado antes de emprender el viaje, cuyas páginas finales listaban las letras cirílicas y su equivalencia a nuestro alfabeto, aunque la traducción era un trabajo lento y el metro iba excesivamente rápido para nuestra ignorante torpeza.

La Galería Tretiakov, al sur del Kremlin, es otra de las perlas de la ciudad y necesita tiempo para ser visitada. Contiene la mayor colección de arte ruso del mundo desde el siglo XVIII al XX, así como joyas e iconos religiosos espectaculares en sus más de sesenta salas de exposiciones. El Kremlin - cuyo significado es fortaleza - fue cuna de la ciudad hasta que su crecimiento traspasó las murallas rojas que le caracterizan, es el centro neurálgico del gobierno, pero también sucesión de palacios e iglesias representativos de un antiguo imperio de zares que cayó con la revolución de 1917. Su museo recorre la historia de la realeza y las basílicas ortodoxas son muestra de un pasado creyente que parece haber vuelto a despertar hoy en día.

Mas ciudad imperial con mayúsculas, es, por supuesto, la fundada por Pedro el Grande, San Petersburgo que, con su Palacio de Invierno (Ermitage), por ejemplo, al borde del majestuoso y frío Neva, abre al mundo el lujo exquisito y el refinamiento artístico que las sucesivas y poderosas familias imperiales se encargaron de mimar a lo largo de los años. Una red de trenes abundante permite viajar con comodidad desde la capital cualquier día de la semana, otorgándonos además la posibilidad de contemplar un boceto de la campiña rusa a lo largo de 700 km.

Para el viajero poco acostumbrado sorprende la luminosidad casi excesiva y desconcertante en esta época del año que, aún no siendo el tan perturbador sol de media noche, acrecienta la intensidad del brillo dorado de las cúpulas de las basílicas y de las barandillas de los puentecitos delicados que atraviesan el entramado de canales, ahogando la noche en un suspiro corto. El encanto de San Petersburgo es mágico, y devuelve al visitante la imagen de una Europa antaño soñadora de gigantismo.
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