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Carlos Malamud es profesor de Historia de América de la UNED y Subdirector del Instituto Universitario Ortega y Gasset

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Álvaro Uribe

Álvaro Uribe

Andrés Pastrana

Andrés Pastrana

Ernesto Samper

Ernesto Samper

Horacio Serpa

Horacio Serpa

Luis Eduardo Garzón

Luis Eduardo Garzón

Noemí Sarín

Noemí Sarín

Ingrid Betancourt

Ingrid Betancourt

Alfonso López Michelsen

Alfonso López Michelsen


Análisis/Política y sociedad latinoamericana
Colombia ante la llegada del Júpiter tonante
Por Carlos Malamud, lunes, 10 de junio de 2002
Finalmente se cumplieron las previsiones y Alvaro Uribe ganó en la primera vuelta la elección presidencial que le permitirá conducir durante los próximos cuatro años los destinos de su país. Si bien el veredicto ciudadano despejó la principal incógnita electoral, el futuro de Colombia está lleno de incertidumbres, como muestra la ruptura de las negociaciones con el ELN y la resolución de la mayor parte de las mismas dependerá del desempeño del próximo inquilino del Palacio de Nariño.
La elección presidencial colombiana ha vuelto ha confirmar una vez más que estamos frente a una democracia que funciona, pese a los numerosos problemas que afectan la vida cotidiana del país. En medio de tanta violencia, con guerrilleros y paramilitares disuadiendo a una parte considerable del país de acudir a las urnas, con algo más de dos millones de desplazados que viven fuera de sus casas, con un censo electoral inflado y que tiene serios problemas de actualización, la cifra de participación, un 5% superior al de la primera vuelta de 1998, no está nada mal. Como bien señaló Fernando Cepeda, en este contexto que "lo admirable... es que vote tanta gente". Por eso resulta muy pertinente la aclaración de Eduardo Posada Carbó de que “Álvaro Uribe es el cuadragesimoquinto presidente elegido en las urnas desde la desintegración de la Gran Colombia” a principios del siglo XIX.

Alvaro Uribe obtuvo 5.829.958 votos (el 53,4% de los votos válidamente emitidos), frente a los 3.486.384 (el 31,72%) de Horacio Serpa, el candidato liberal. En tercer lugar, y realizando una excelente elección se colocó Luis Eduardo Garzón, que con 679.201 votos (el 6,18%) superó a la independiente Noemí Sanín y está en condiciones de consolidar en el futuro inmediato una importante opción de izquierda democrática que puede jugar un papel clave como principal fuerza opositora. En quinto lugar, de once candidatos, figuró la candidata Ingrid Betancourt, con 53.939 votos, que todavía sigue secuestrada en manos de las FARC. Volviendo al tema de la democracia colombiana, las candidaturas presentadas y los resultados obtenidos nos muestran que asistimos a una elección competida donde había distintas opciones, correspondientes a todo el amplio espectro político e ideológico existente en el país.
El ex presidente Alfonso López Michelsen declaró, en un tono algo sibilino, que “no ha habido una derrota liberal. Lo que ha habido es una derrota del oficialismo liberal”

El presidente electo, Alvaro Uribe, al haber ganado por mayoría absoluta, evitando la segunda vuelta, obtuvo un plus de legitimidad de origen superior al de su antecesor, Andrés Pastrana, que le permitirá contar con un cierto respaldo popular a la hora de intentar llevar a la práctica alguna de sus más discutidas propuestas de reforma política. En este punto el problema es cómo traduce el rotundo mandato electoral recibido de sus votantes en un claro apoyo político, comenzando por el Parlamento, cuyo futuro puede ser algo incierto si Uribe saca adelante su propuesta de revocar los mandatos parlamentarios y pretende reducir el tamaño de la Asamblea Legislativa, convirtiéndola en unicameral.

Uribe, que se presentó al margen del aparato del que había sido su propio partido, el Liberal, no debería tener mayores problemas para aglutinar a las diversas estructuras del mismo en torno suyo, especialmente después de la categórica derrota de Horacio Serpa y de su intención de retirarse de la política activa. El ex presidente Alfonso López Michelsen declaró, en un tono algo sibilino, que “no ha habido una derrota liberal. Lo que ha habido es una derrota del oficialismo liberal”. En la misma línea favorable a la reunificación del Partido Liberal están los también ex presidentes Julio César Turbay y Ernesto Samper, que tuvieron una reunión muy constructiva con Uribe, que dio los primeros pasos para avanzar significativamente en el proceso de reunificación liberal. Más complicado de prever será lo que ocurra con el Partido Conservador, pese a que al contrario que el Liberal, apoyó su candidatura en el último comicio, tras la retirada del que había sido su candidato inicial, J.C. Restrepo, quien nunca consiguió despegar en las encuestas. En este proceso de consolidación partidaria es muy importante el papel que puede jugar el Polo Democrático de Garzón, que podría convertirse en el tercer gran partido colombiano.
El combate contra los alzados en armas no debe hacer olvidar la delicada coyuntura económica y el elevadísimo porcentaje de colombianos que vive bajo la línea de pobreza

Más allá de que en numerosas ocasiones los dos partidos tradicionales, integrantes en su día del famoso Frente Nacional, colaboraran en tareas de gobierno, es importante para el futuro político e institucional de Colombia que tanto liberales como conservadores apuesten por reforzar, renovar y regenerar sus estructuras partidarias, que en los últimos tiempos han sufrido un agudo deterioro. Por eso, más allá de las necesarias coincidencias, que debe haberlas, en la lucha contra el terrorismo y el narcotráfico, es preciso que cada cual encuentre su rumbo y que éste no pase necesariamente por el reparto del poder. Más allá de lo demagógico, las acusaciones del presidente electo contra la politiquería no deberían caer en saco roto.

Será la lucha contra el terrorismo, una de las principales amenazas al futuro del Estado colombiano la que ocupe la atención del nuevo gobierno. Sin embargo, el combate contra los alzados en armas no debe hacer olvidar la delicada coyuntura económica y el elevadísimo porcentaje de colombianos que vive bajo la línea de pobreza. Uno de los mayores temores que suscita el personalísimo estilo de liderazgo de Uribe, que siente una exagerada tendencia a controlarlo todo, es que su apuesta por los modos gerenciales de gestionar la cosa pública le haga perder de vista la importancia de las instituciones y de la política a la hora de gobernar a su país.
Una rápida y exitosa negociación con los paramilitares le permitiría dar un paso importante para restablecer al Estado el monopolio de la violencia

La población se movilizó en la búsqueda de seguridad y atraída en cierto modo por el mensaje de autoridad, que no de autoritarismo, emitido por el candidato Uribe, un mensaje condensado en la principal consigna de su campaña: “mano firme, corazón grande”. En el combate a cualquier forma de violencia (terrorista, paramilitares incluidos, o proveniente del narcotráfico) el nuevo presidente deberá probar la validez de sus propuestas. Su llamado a la mediación internacional, rebajando el tono de su discurso belicista, fue una grata sorpresa que habla favorablemente del peso de los condicionamientos institucionales. Sin embargo, no fue tan sorpresiva la respuesta de las FARC, que una vez más pusieron nuevas y viejas, aunque todas irrealizables, condiciones para avanzar en el proceso de paz.

El principal handicap de Uribe en el terreno internacional es su tan cacareada, aunque no probada, relación con el paramilitarismo. En este sentido su respuesta debe ser contundente, combatiendo a las FARC con el mismo empeño que a los paramilitares y demostrando un exquisito respeto por los derechos humanos. Pero, también debe dejar la puerta abierta, como ya ha hecho, para negociar no sólo con las FARC y el ELN, sino también con las AUC (Autodefensas Unidas de Colombia). Una rápida y exitosa negociación con los paramilitares le permitiría dar un paso importante para restablecer al Estado el monopolio de la violencia.

América Latina ve con peligro la escalada bélica, temiendo que el conflicto se extienda a los países vecinos de Colombia: Brasil, Venezuela, Perú y Ecuador. Una de las voces más críticas fue la de Carlos Fuentes, que en declaraciones al diario italiano Corriere della Sera criticó el plan de Uribe de distribuir armas entre la población civil: "El proyecto de repartir un millón de fusiles entre los campesinos de las regiones cocaleras puede significar una guerra total extendida a Venezuela, Ecuador y el norte del Brasil”. Por su parte el diario La Jornada señalaba en un editorial que "El triunfo de Uribe representa una nueva vuelta de tuerca en la violencia que agobia a [Colombia] desde hace cuatro décadas". Para muchos latinoamericanos el riesgo del contagio y de una mayor implicación de los Estados Unidos en el conflicto es un serio peligro para la estabilidad regional. Sin embargo, no debería olvidarse que el abandono de las posiciones sostenidas por el estado colombiano podría conducir a un triunfo del terrorismo y en ese caso los peligros para América Latina serían aún mayores.
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