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    AUTOR
José Álvarez Junco

    GÉNERO
Historia

    TÍTULO
Mater Dolorosa. La idea de España en el siglo XIX

    OTROS DATOS
Madrid, 2001. 684 páginas. 19,53 €

    EDITORIAL
Taurus



José Alvarez Junco es Catedrático de Historia del Pensamiento y los Movimientos Políticos y Sociales de la Universidad Complutense de Madrid

José Alvarez Junco es Catedrático de Historia del Pensamiento y los Movimientos Políticos y Sociales de la Universidad Complutense de Madrid


Reseñas de libros/No ficción
La construcción nacional de España
Por Rogelio López Blanco, lunes, 10 de junio de 2002
José Álvarez Junco se pregunta por la identidad española, centrándose en el proceso en que tuvo lugar su construcción como entidad nacional, esto es, durante el siglo XIX, prestando atención a sus antecedentes próximos y remotos, y proyectando, aunque esto no pertenezca al núcleo de la obra, sus conclusiones hasta nuestros días.
La obra llena un considerable vacío en la historiografía española sobre el tema de la identidad nacional, prácticamente siempre vista desde los ojos interesados, muchas veces tergiversadores, de historiadores que lo adoptan como modelo antagonista del nacionalismo (periférico) que defienden. Así, mientras que son innumerables las publicaciones que se han venido sucediendo desde hace largo tiempo acerca de los nacionalismos catalán, vasco y gallego, sin duda alentadas por la militancia nacionalista de muchos intelectuales, y, por extensión de quienes los contradicen, sobre todo en el País Vasco, no deja de sorprender, como el mismo autor subraya, la escasez de las que se acercan al estudio del fenómeno nacional español.

El volumen se divide en cuatro grandes apartados. El primero está dedicado a rastrear los orígenes de la identidad moderna a través de un rápido recorrido por los siglos medievales y modernos. La conclusión de este repaso es que, tras muchas vueltas, avances y retrocesos, vinculados al papel de la monarquía, la Iglesia y otros factores, existe una identidad (no nacional) española que se habría ido construyendo desde la Antigüedad y la Edad Moderna a la que finalmente los Reyes Católicos dotaron de significado político. El siglo XVIII supuso un importante avance en el proceso nacionalizador, pues fue cuando se creó el concepto de nacionalismo. Sin embargo, este período trajo consigo algunas cargas que pesaron sobre el siglo XIX, entre otras, la obsesión por la unidad --que afectó más adelante a la descalificación de la política parlamentaria liberal--, la escasa difusión popular del nuevo ente colectivo y la imagen dudosamente española que perseguirá a las elites modernizadoras desde que los antiilustrados denuncian como “extranjerizante” el proyecto de los reformistas dieciochescos. El éxito de la mitificación del levantamiento antinapoleónico elaborada por los liberales arrastró, por su parte, dos problemas. El primero fue que el mito adquirió vida propia y no se vinculó a un proyecto modernizador. El segundo estribó en que se consideró tan palmaria la existencia de una identidad española que no se acometió la educación del pueblo en sentido nacional.
Por medio de las disciplinas humanística y las artes los intelectuales consiguieron crear, en la primera mitad del siglo XIX, un nacionalismo español no castellano y laico que acompañó la creación de un Estado y una estructura política participativa que sobrevivió a los embates del carlismo, movimiento de corte reaccionario apoyado, no se olvide, por toda la fuerza de la Iglesia. En esta ocasión, el problema procedió del casi nulo eco popular del proyecto liberal

En la segunda parte se aborda la nacionalización de la cultura a través del estudio del papel que jugaron los intelectuales. Por medio de las disciplinas humanística y las artes consiguieron crear, en la primera mitad del siglo XIX, un nacionalismo español no castellano y laico que acompañó la creación de un Estado y una estructura política participativa que sobrevivió a los embates del carlismo, movimiento de corte reaccionario apoyado, no se olvide, por toda la fuerza de la Iglesia. En esta ocasión, el problema procedió del casi nulo eco popular del proyecto liberal, compensado en parte por el respaldo de los militares, grupo también perteneciente a la élite modernizadora. La inestabilidad política característica de esta etapa, causada por la debilidad de los sectores liberales y el intervensionismo militar -empleado como mecanismo de cambio político entre unas élites liberales (moderados y progresistas) que se excluían-, entorpeció seriamente el proceso de construcción nacional.

La tercera parte está dedicada a la evolución de la opinión conservadora, que va desde una actitud furibundamente antinacional, encarnada por Fernando VII, hasta que, tras una lenta y tardía evolución, que empezó con Balmes (1840), tomó forma definitiva durante el último tercio del siglo XIX y culminó a finales del mismo, cuando se formuló como nacional-catolicismo, personificándose intelectualmente en la figura de Menéndez Pelayo. En medio, transcurrieron fuertes polémicas y luchas políticas con unos liberales que habían abandonado su ingenuidad y apostaron decididamente contra la Iglesia tanto a través de la revisión de su papel en la historia de España como en las distintas formulaciones constitucionales, particularmente en la Constitución de 1868.
Se baraja la tesis de la debilidad del Estado por la falta de recursos y la inestabilidad política, pero se le reconoce cierto grado de organización y continuidad en el tiempo, con problemas muy similares a otros estados europeos. Curiosamente, cuando el proceso nacionalizador arraiga y alcanza gran profundidad, tras la reacción al Desastre del 98, ya es demasiado tarde pues parte de la población apuesta por el internacionalismo o por los nacionalismos periféricos

Por último, Alvarez Junco trata de establecer un balance sobre las funciones políticas del nacionalismo español del siglo XIX y avanzar una especulación sobre el XX. En primer lugar, constata los problemas derivados de la falta de objetivos del liberalismo tras la pérdida colonial y el estancamiento de la revolución, trayecto que le lleva hacia la renuncia al populismo y a la moderación política. A continuación, analiza la aportación del Estado a la empresa nacionalizadora. Se baraja la tesis de la debilidad del Estado por la falta de recursos y la inestabilidad política, pero se le reconoce cierto grado de organización y continuidad en el tiempo, con problemas muy similares a otros estados europeos. Curiosamente, cuando el proceso nacionalizador arraiga y alcanza gran profundidad, tras la reacción al Desastre del 98, ya es demasiado tarde pues parte de la población apuesta por el internacionalismo o por los nacionalismos periféricos. Al análisis de sus causas y del impacto sobre el nuevo nacionalismo de la derecha dedica las últimas páginas.

El autor no esconde que las preguntas que trata de responder están originadas por la realidad política actual. Detrás de este estudio, que es de carácter nítidamente académico, está el sentido cívico de quien se preocupa por la tensión entre el nacionalismo español, afecto en su mayor parte al patriotismo constitucional, que acepta el carácter pluricultural del Estado español, y los nacionalismos periféricos que dirigen sus pasos a la reforma en profundidad, quiebra en el caso vasco, del marco legal consensuado en la Transición. Este relevante libro es también un buen instrumento para conocer en profundidad los antecedentes históricos de muchos de los problemas actuales.
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