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Carlos Malamud es profesor de Historia de América de la UNED y Subdirector del Instituto Universitario Ortega y Gasset

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Carlos Hugo Chávez Frías

Carlos Hugo Chávez Frías

José Vicente Rangel

José Vicente Rangel

Celso Lafer

Celso Lafer


Análisis/Política y sociedad latinoamericana
Chávez vuelve, los militares también
Por Carlos Malamud, domingo, 5 de mayo de 2002
En menos de 48 horas, la situación política venezolana cambió radicalmente. Todo mudaba minuto a minuto, a velocidad de vértigo, como si se tratara de la coreografía de un baile tecno (otros podrían pensar en el baile de San Vito). La única ausencia conocida, ya que el resto de los actores intervino en al menos algún momento de la tragedia, sino en todos, fue la tarántula. Por lo demás no faltó nadie (real o virtualmente) y los militares fueron los verdaderos árbitros de la situación.
Para ser fiel con mis lectores, debo confesar mi alegría inicial al conocer la renuncia de Hugo Chávez y su alejamiento del poder de la República Bolivariana de Venezuela. En los primeros momentos pensé que se trataba de un remedo de lo ocurrido recientemente con Fernando de la Rúa, en Argentina, o con Alberto Fujimori, en el Perú, o algo más atrás en el tiempo con algún presidente ecuatoriano. Pese a las rigideces impuestas por los sistemas presidencialistas latinoamericanos se ha podido ver, desde la destitución por el Parlamento tras el correspondiente juicio político, de Collor de Melo en Brasil, que las reconstituidas democracias regionales tenían más resortes que los aparentes en la búsqueda de su propia consolidación.

Por eso, fue de agradecer en esta crisis la rápida respuesta del Grupo de Río, que se opuso tajantemente al golpe de Estado que pretendió liquidar al régimen bolivariano y activó con una rapidez desconocida en el pasado los mecanismos establecidos por la OEA (Organización de Estados Americanos). Como señaló recientemente Celso Lafer, el ministro brasileño de Relaciones Exteriores, un golpe es un golpe... aunque ya no sean como los de antes. Inclusive las acusaciones sobre la participación de los Estados Unidos en la trama son bastante deslavazadas, más allá del hecho de que su embajada en Caracas estuviera al tanto de todas las conspiraciones en marcha. Qué se hubiera dicho de los servicios de inteligencia norteamericanos si no lo hubieran sabido, si hasta los servicios españoles estaban al tanto de la calle (lo cual habla muy favorablemente de ellos), tal cual manifestó recientemente Jorge Dezcallar, su nuevo Director.

El alejamiento de Chávez fue el producto de una concatenación de factores, comenzando por la impresionante movilización popular que provocó la inhibición de los militares favorables al régimen o partidarios de mantener el orden constitucional

Después de unas manifestaciones impresionantes, con un gran poder de convoctoria por parte de las fuerzas opositoras, la Confederación de Trabajadores de Venezuela (CTV) y la patronal Fedecámaras convocaron una huelga general, que terminó con la marcha de cerca de 600.000 venezolanos hacia el presidencial Palacio de Miraflores. El avance de las multitudes fue interceptado por las balas y el tiroteo ocurrido se cobró 15 muertos y más de 150 heridos. Para la oposición, la actuación de destacados chavistas en la balacera fue obvia (presentaron cintas donde estos aparecen disparando contra la multitud) y éste fue el detonante que desencadenó los acontecimientos que concluyeron con el alejamiento del presidente. Mientras tanto, el oficialismo replica que todo fue un montaje y una provocación de la derecha más reaccionaria para justificar el golpe oligárquico, que ya estaba perfectamente planificado. En respaldo de sus argumentos aporta fotografías donde aparecen policías a las órdenes del alcalde de Caracas, Peña, conocido opositor al régimen.

Más allá de este debate, de importantes consecuencias para el futuro político de algunos de los principales actores de la vida política venezolana, lo cierto es que el alejamiento de Chávez fue el producto de una concatenación de factores, comenzando por la impresionante movilización popular que provocó la inhibición de los militares favorables al régimen o partidarios de mantener el orden constitucional. Pese a los temores existentes de que la salida de Chávez sería muy violenta, dada la fuerte resistencia que opondría el líder bolivariano a ser apartado del poder, el desborde pacífico de todas las líneas de contención que rodeaban al presidente, aceleró los acontecimientos y puso en marcha algunas de las conspiraciones en danza desde meses atrás. Estas habían comenzado a articularse desde fines del año pasado, pero pese a la creencia inicial, de que se acabaría con el régimen antes de fines de abril, las fuentes más fiables señalan que el estallido militar se había pospuesto a agosto o septiembre. Sin embargo, la presión de Pedro Carmona Estanga, apoyado e incitado por el empresario y traficante de armas Isaac Pérez Recao, fue capaz de improvisar en pocas horas un golpe de derecha que acabó con las expectativas populares y también de los militares y antiguos (y recientes) chavistas que respaldaban la movilización pública en contra del presidente.

La fractura del oficialista Movimiento para la V República (MVR) hubiera posibilitado que el control del Congreso dejara de estar en manos del chavismo y que el relevo se hubiera revestido de todas las bendiciones legales

Desde las propias filas chavistas se sigue insistiendo en que no se produjo la dimisión del comandante y que éste fue obligado a dejar el cargo por la fuerza. Sin embargo, fue la irresponsabilidad de Pedro Carmona y sus seguidores (la derecha más reaccionaria y antidemocrática, algunos empresarios, el Opus Dei y algunos sectores de las fuerzas armadas desplazados por el chavismo) la que provocó el retorno de Chávez y evitó el abrupto final de otra aventura populista en América Latina. El lamentable manejo de la situación militar por el gobierno provisional es la mejor prueba de que estamos frente a una terrible improvisación, que terminó entregando el gobierno a un mero amateur de la política. Estamos frente a una constatación más del terrible efecto que los outsiders provocan en la vida política de América Latina. Ni bien se supo que el autoproclamado presidente provisional apostaba por cargarse de golpe y plumazo con toda la legalidad vigente, los trabajadores de la CTV, los directores de los principales medios de comunicación (los mismos que inicialmente apoyaron a Chávez), los partidos tradicionales y muchos más decidieron dejar librado a su suerte al gobierno de transición.

El inusitado rumbo que siguieron los acontecimientos imposibilitó que las instituciones jugaran el papel establecido para el relevo presidencial. La fractura del oficialista Movimiento para la V República (MVR) hubiera posibilitado que el control del Congreso dejara de estar en manos del chavismo y que el relevo se hubiera revestido de todas las bendiciones legales. Las prisas manifestadas por los seguidores de Carmona han condenado a sus seguidores al ostracismo político para el futuro venidero. No es este, sin embargo, el destino de la CTV y de otros grupos opositores, que a partir del 1º de mayo han retomado el camino de la movilización, frente a un Chávez seriamente tocado, cada vez más aislado y con un escaso respaldo popular. Sólo 5.000 seguidores de Chávez se dieron cita frente al Palacio de Miraflores para reclamar el retorno de su líder. Ante el peligro de desmanes a cargo de los grupos bolivarianos el Ejército decidió intervenir para evitar un inútil derramamiento de sangre.

En estas circunstancias, las fuerzas armadas se han convertido en los verdaderos árbitros de la situación. Pese a su debilidad y sus divisiones cuentan con la fuerza necesaria para decantarse por una u otra solución. El cambio del vicepresidente Diosdado Cabello y su reemplazo por el ministro de Defensa José Vicente Rangel es un intento de Chávez de atemperar la situación, probablemente a instancias del Ejército. Sin embargo, el margen de maniobra de unos y otros, básicamente a causa de su propia debilidad, dificulta una salida negociada entre el poder y la oposición. La fragilidad de los partidos tradicionales (AD y COPEI) y de los que están emergiendo, como Primero Justicia, sigue dejando en manos de los sindicalistas de la CTV el liderazgo de la oposición. Tal como están las cosas, no habría que excluir ninguna salida, como la consolidación de Chávez en el poder (aunque no hasta el 2021, tal cual le gustaría), una nueva intentona golpista o que el actual vicepresidente encabece un gobierno chavista sin Chávez. Sin embargo, sólo el respeto de la legalidad democrática garantizará una salida acorde con la voluntad de la mayoría de la población venezolana.
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