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Felipe L. Aranguran

Felipe L. Aranguran

    NOMBRE
Felipe L. Aranguren

    LUGAR Y FECHA DE NACIMIENTO
Madrid, 1951

    CURRICULUM
Escritor y poeta. Entre sus poemarios destacan Escombros y laberintos (Argés, Madrid, 1997), El viajero y su tierra (Madrid, 1999) y, su más reciente publicación, La esfinge (La Palma, Madrid, 2001). Actualmente reside en Barcelona, colabora en distintas publicaciones y revistas y trabaja en diferentes medios para la difusión de la cultura.



La esfinge (La Palma, Madrid, 2001)

La esfinge (La Palma, Madrid, 2001)

Escombros y laberintos (Argés, Madrid, 1997)

Escombros y laberintos (Argés, Madrid, 1997)

Este es el rey del mundo<br>Frágil pero deafiante.<br>Allí donde sus pies se hallan<br>está el centro del orbe.<br>Abrazado a sí mismo<br>inventa la sonrisa.<br>Sobre sus hombros gravita<br>toda la dignidad de los orates.<br>(Felipe L. Aranguren)

Este es el rey del mundo
Frágil pero deafiante.
Allí donde sus pies se hallan
está el centro del orbe.
Abrazado a sí mismo
inventa la sonrisa.
Sobre sus hombros gravita
toda la dignidad de los orates.
(Felipe L. Aranguren)


Roberto Huarcaya (fotógrafo): &quot;La Nave del Olvido&quot;. Con la colaboración de Felipe L. Aranguren (poemas) y Mariano Zuzunaga (música)

Roberto Huarcaya (fotógrafo): "La Nave del Olvido". Con la colaboración de Felipe L. Aranguren (poemas) y Mariano Zuzunaga (música)


Creación/Creación
El ramo de rosas
Por Véase ficha del autor, domingo, 5 de mayo de 2002
Este relato fue publicado por primera vez en la revista Azul, dirigida por Nicolás Melini, en el año 1994.
El curso de la vida es un discurso (B. Gracián)

El pueblo era muy pequeño. La empalizada de bambú apenas sí ha podido secarse tras las últimas lluvias torrenciales del monzón y una capa de verdín festonea las erizadas puntas de las cañas contrastando con el rojo violeta de los campos de labranza. Es ésta una pobre tierra, casi desértica, apenas sosegada por los solos alivios de los pozos de agua, allí donde se reúnen las mujeres mezclando su parloteo inacabable con el tintineo de las pulseras que ciñen sus tobillos y brazos. El negro y azul de los saris produce manchas móviles en el horizonte, donde el sol refracta sus aires calinos sobre las piedras calcinadas. Aquí y allá se afanan los hombres, semivestidos con el paño blanco que ciñe sus caderas fibrosas. Roturan la tierra con palos aguzados al fuego y por debajo del azul intenso de los cielos se elevan los gritos solitarios de los pastores, sonido largo, trémolo inquieto que lanzan esos seres acostumbrados a los silencios de las montañas. Elevaciones despiadadas que más parecen descolgarse del cielo que alzarse sobre las tierras llanas.

Nuestro viaje no ha sido largo. Apenas hace dos días que abandonamos un poblado tan similar a éste que, por un momento, yo, Kaspaya, he tenido la impresión de que habíamos errado nuestro camino y que nos hallábamos de nuevo frente a cualquiera de las anteriores aldeas que ya habíamos visitado. En todas partes se encuentran las mismas miradas oscuras, con cerrazón aldeana. El color se sucede a sí mismo como un continuo renacer de sensaciones falsas. Nada cambia sin cambio, la rueda imperturbable sujeta tan firmemente los destinos que los hombres resultan iguales. Uno a uno diferentes, cierto, ¡pero todos semejantes!

El cambio llega hoy para estas buenas gentes. Hoy les alcanza nuestra pequeña comitiva, un puñado de hombres y las mujeres que nos acompañan. De una manera más profunda hoy les alcanza la palabra. Porque yo, Kaspaya, acompaño a Nuestro Señor Gautama.

Ladran los perros de la aldea, ¡pobres almas atadas! Yo he visto cómo también ellos escuchaban al Maestro y entendían sus palabras. Ellos también están necesitados de mensajes. Les he observado echarse, con la cabeza entre las patas y elevar su mirada ansiosa por comprender los más mínimos ademanes. He vigilado sus orejas en el vaivén atento a los sonidos que brotan de la boca del Gautama. También ellos escucharán, a la caída del sol, tras la pobre comida de las tortas de cereal cocidas sobre el estiércol de vaca.

Estas gentes siempre fueron generosas y no nos fue difícil encontrar hospedaje y comida en la choza del santón del poblado, un anciano de ojos febriles y apostura inquieta, sin la placidez necesaria para comunicar el Espíritu a quienes pasan a nuestro lado. No me sorprendió advertir que torturaba su cuerpo con los más variados instrumentos punzantes, a juzgar por las incisiones y cortes que marcaban su piel. Probablemente sus estados de contemplación estaban más cercanos al estupor producido por la raíz de cabra que a la inmersión en el Nirvana. Mas su respeto humano era grande y esto le hizo desvivirse por nuestro cuidado. Sin duda tranquilizó su ánimo el saber que no permaneceríamos en la aldea más que el tiempo necesario para que Nuestro Señor Gautama pudiera dirigir al pueblo su plática. Así que su celo fue bueno y Nuestro Señor hará que le sea recompensado.

La caída de la tarde suaviza la tempestad del tiempo. El calor retira poco a poco su mordaza e incluso el viento, repentinamente convertido en aire fresco, convoca a los habitantes a esta plaza, con sus escasos terebintos y el pozo de donde se extrae el agua potable. Allí los hombres discuten los acontecimientos del día, acuclillados, mascando el betel que tiñe sus dientes con su jugo rojizo y produce el relajamiento a los miembros cansados por el rudo trabajo. En tanto, las mujeres, algo apartadas, cuchichean dejando escapar risitas entre las que, de vez en cuando, se eleva el sonido agudo de la voz de las viejas. En torno, juegan los niños sobre el polvo, se enciende el fuego sagrado y el día bosteza entre el fulgor del astro que desciende hacia las montañas lejanas y el relucir de la primera estrella que tiembla en el aire.

Nuestro Señor Gautama, resaltando la luz blanca de su túnica entre nuestros vestidos azafranes, se adelantó lentamente hasta el centro de la plaza, allí donde se alzan los pocos árboles del poblado. La imponente estatura de Gautama dominaba a todos los presentes. Su aparición provocó el silencio de los aldeanos. Ese momento fue el que aprovechó el Gautama para darles su saludo de paz y amor. Su voz leve, con toda la potencia de la divinidad, elevó su cadencia ritual, hipnótica. Todos nos sentamos. Nosotros, sus discípulos, en torno a su figura, en postura de loto. Los aldeanos recostados en sus esteras de paja. Todos a la espera del momento celeste que lanza a los seres hacia la comunión de la Palabra.

Mas no es de su plática de lo que quiero hablar. No esta noche. Tampoco puedo, con mi corta voz, describir su continuo mensaje. Todos luchamos contra esa Rueda eterna que nos somete, que esclaviza nuestro ser al dominio brutal de la materia. No, por esta vez tan solo quiero hablar de mí, no del Gautama. Su exposición fue breve y clara. Jamás cansaba el buda a su auditorio. Sabía el número exacto de palabras necesarias y decía todo su sencillo mensaje en un tiempo prudencial. Al final de su discurso, en el momento en que los aldeanos formulaban sus preguntas, una mujer, cubierta con un sari, enteramente velada tras sus azules vestimentas, se acercó al Maestro y con una profunda reverencia le ofreció un ramo de rosas.

“Cuando aquella mujer se acercó hasta mí y me ofreció aquel ramo de rosas, así, sin palabras, creí llegado el momento oportuno de explicar la mejor de mis enseñanzas. Los hombres son oscuros y los senderos por donde caminan sus sentimientos se cruzan por todas partes. Es imposible hallar en ellos una vía sola por donde discurran sus actos. En ocasiones parece que sus pies siguen una dirección y mientras con su dedo señalan un destino, caminan hacia el opuesto, atraídos por no se sabe qué imanes.

Desde hace tiempo recorro el mundo explicando un saber inapreciable. Tras muchos años de esfuerzo, he reunido en torno mío un puñado de hombres que me siguen más por lo que intuyen que por lo que saben. Me afano en enseñar a estos pocos el valor de mi doctrina, formarles, hacerles ver cómo hay que comportarse cuando tengan que hacer, a solas, lo que ahora hacen a mi lado. Y pensar que uno tan solo... Nadie más que uno ha desentrañado mis enseñanzas...

Aquella mujer resumía en su ademán, unas manos tendidas, mudas entre las flores, el acto. El humano siempre está necesitado de palabras. Por eso, al recoger el ramo, lo levanté en silencio y permanecí gozando plenamente del acto puro, el gesto sin afán de explicación, sin un valor que positivice o haga negativa la acción, desprovisto del lenguaje, así, tan solo un hombre con un ramo en la mano. En la vorágine inmensa de los lenguajes, todos los hombres son capaces de entender esas rosas, ese ramo levantado por una mano humana y contemplado por unos ojos que obedecen sólo al íntimo placer de renovar las flores con la mirada, impregnar nuestra mente de sensación. No idea, sino sentido puro, único, callado.

Entonces, de pie, con el silencio de las rosas ganando ya mi alma, elevé mi mirada por encima del ramo, por debajo de la noche donde el azul y el rojo seguían luchando y observé a mis discípulos para ver si habían comprendido mi mensaje.

¡Ilusión vana! Interrumpida mi plática por aquella mujer sagaz, mis seguidores eran la misma imagen de la destemplanza. Algunos esperaban impacientes el final de la interrupción para que yo reanudase mi río de palabras. Otros distraían la espera mirando en torno suyo. Los más de ellos cuchicheaban. Tan sólo uno, mi hijo predilecto, Kaspaya, observaba mi gesto y sonreía. ¡Tan solo uno! En aquel momento me di cuenta de que mi mensaje no estaba perdido. Mi acto puro, ese gozar tan leve de rosas en la sombra, no había sido en vano. Por encima de las palabras, sonreía Kaspaya”.

Nuestro Señor Gautama elevó el ramo para mirarlo. Parecía estar más allá de este mundo, intentando fundir mano, rosas y mirada en un solo destino mágico. Imposible es, para mí, imaginar de dónde pudo sacar esa mujer aquellas rosas. Sus pétalos parecían haber recibido hacía poco la visita del agua y un temblor húmedo trajo su aroma hasta mi cara.

Ante el avance de la noche, en esa calidez de fogata del poblado, llegó para mí el trance. Allí, ante el maestro, pude, por vez primera, prescindir de su rostro, de su palabra, incluso de se misma existencia. Allí sólo existíamos el ramo y yo, Kaspaya. Aquellas rosas me confirmaban una sospecha vaga, un deseo más allá del presente. Estoy vivo. Mi sonrisa surgió encadenada a esta idea. Tan solo gracias a aquel ramo de rosas. A aquel perfume y a aquellos restos de agua en los pétalos, puedo decir que respiro y estoy existiendo. Aquellas rosas, la belleza elevada en las manos del hombre, son la prueba viva de la realidad de mi existencia. Y mi sonrisa, jamás tan hacia dentro, me abrió las puertas del Nirvana.
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