Director: Rogelio López Blanco      Editora: Dolores Sanahuja      Responsable TI: Vidal Vidal Garcia     
Historial de visitas

· Borges portátil (Visitas 1)
  • Novedades

    Las consecuencias estratégicas del secesionismo catalán (por Manuel López Blanco)
  • Cine

    25 kilates, película de Patxi Amezcua (por Eva Pereiro López)
  • Sugerencias

  • Música

    Crítica de Hey Eugene, CD de Pink Martini (por Marion Cassabalian)
  • Viajes

  • MundoDigital

    La creación de contenidos web en la era de la economía de la atención
  • Temas

    Problemas de los emigrantes africanos en Europa (por Inongo vi-Makomé)
  • Blog

    Sergiusz Piasecki en el Blog de Juan Antonio González Fuentes
  • Creación

    W. S. Merwin: Perdurable compañía
  • Recomendar

    Su nombre Completo
    Direccción de correo del destinatario




    AUTOR
Fernando Savater

    GÉNERO
Biografía

    TÍTULO
Jorge Luis Borges, la ironía metafísica

    OTROS DATOS
Barcelona, 2002. Colección "Vidas literarias". 215 páginas. 18,99 euros.

    EDITORIAL
Edicones Omega




Reseñas de libros/No ficción
Borges portátil
Por Justo Serna, domingo, 7 de abril de 2002
Una introducción jubilosa a la vida y a la obra de Jorge Luis Borges, un breviario hecho con inteligencia y humor por Fernando Savater
En 1999 se cumplía el primer centenario del nacimiento de Jorge Luis Borges. Con motivo de esa efeméride, se celebraron homenajes populares y congresos académicos y se publicaron numerosos libros que festejaban al autor de El Aleph. Muerto en 1986, la fama de Borges no ha decrecido y su influencia y su prestigio se agigantan. Desde su fallecimiento ha aumentado exponencialmente la bibliografía que lo comenta, que lo analiza, que lo critica. El español que empleaba es a la vez sentencioso y conciso, dotado para la adjetivación insólita y para la brevedad descriptiva, afectadamente popular o elegante. La erudición de la que se sirvió da muestras de la cultura que llegó a atesorar, del patrimonio de referencias de que se valió para designar lo real. Una parte de ese saber es apócrifo y es una burla explícita contra el academicismo, pero es también un homenaje a la tradición o a la lengua que hablan por nosotros y de las que sólo somos portavoces voluntarios o inconscientes. La poesía enumerativa, que fue su modo corriente de versificar, nos da un compendio del mundo, del mundo exterior que enfrenta o que envidia, como esos hombres de acción a los que admira; y de ese otro mundo interior constituido por lo que recibe de la literatura o del pensamiento y que es el repertorio de sus dones. Las ficciones que ideó son graves e irónicas a un tiempo y resumen, reproducen en forman narrativa los debates clásicos con que se han enfrentado los hombres. Los ensayos que alumbró son propiamente literatura, es decir, adoptan la forma del ensayo como género de creación en el que un yo explícito aborda tentativamente un cachito del mundo. Borges es un referente del fin de siglo, pero es sobre todo un autor imprescindible y ya clásico para pensar aquello que fuimos y somos, aquello que recibimos del pasado, aquello que es la ficción y sus usos, aquello que es el pensamiento y aquello que es el humor. Porque, en efecto, no hay un solo Borges del que tomar los nutrientes literarios para un único fin; hay numerosos Borges que se complementan y que se solapan.

Leer desordenadamente es hedonismo, es entusiasmo y es placer, es buscar resonancias, es acceder a las obras para dejarse sorprender, para hallar a nuestros interlocutores, para hacer y rehacer nuestros modelos de excelencia y de deleite

Podemos identificar, por ejemplo, al ensayista y el narrador, pero sobre todo al ensayista que escribe como si narrara o al narrador que imagina falsos ensayos, valiéndose para ello de la depuración y de la economía lingüística. Podemos identificar al literato intelectualista, culturalista, al autor irónico que hace guiños a un destinatario que también sabe, a un destinatario al que toma por aliado sabio y conmilitón; al vate ciego de perfil homérico que canta las gestas de los hombres porque cumple un destino; al humorista que se reconoce irreparablemente plagiario, que se repite y que se prodiga, que habla por otros, y que se divierte con paradojas torturando la lógica, la teología y la metafísica. Podemos identificar al Borges que juega con el tiempo, que conjetura, que imagina duplicaciones y argumentos numerosos, que se recrea en un infinito juego de azares, que sospecha una biblioteca ilimitada, que admite los varios porvenires que proliferan y se bifurcan. Pero sobre todo podemos identificar al lector cultísimo y voraz, omnívoro, aquel que parece tener todos los libros leídos.

¿Qué significa tener todos los libros leídos? Leer todos los libros no es especializarse perezosamente en una competencia para así agotar los volúmenes de esa materia; leer todos los libros no es aherrojarse, no es contentarse con un plan o un itinerario de obras y de textos, parejos y comunes, no es marcarse los ejemplares en un orden sucesivo y previsible para evitar decepciones y sorpresas. El mejor modo de leer, aquel en el que acto es formativo hasta volverse propiamente un arte, es el del riesgo, la indisciplina, la intuición errabunda, la reconstrucción tentativa de un camino, de los atajos y senderos. No hay un plan, hay un tanteo que nos lleva a la gran literatura sin orden, en un continuo vaivén, buscando que aquel libro posterior fertilice la lectura del anterior, buscando que las referencias múltiples y contradictorias nos llenen el interior. Ése era el modo paradójico de lectura que proponía Borges: en esta obra previa encuentro retrospectivamente los ecos de otra obra sucesiva, en este libro antiguo aprecio las huellas de un volumen contemporáneo, en un escritor del pasado remoto observo en esbozo a un Kafka futuro. Es la intuición lo que nos guía, es la libertad de búsqueda, con el fin de amueblar la psique. Hay individuos que precisan muchas cosas, que se rodean de numerosas posesiones materiales; hay individuos que no saben llevar una vida sedentaria, que no saben deleitarse con una vida de sosiego, porque ese sosiego les produce vértigo, dolencia que combaten con el ruido, con el viaje continuo, con la mudanza perpetua, con la velocidad; hay individuos que se entregan con furia al consumo amontonando el número de los bienes, y al tiempo que amplían sus nonadas ven menguarse su mundo interior. En las entrevistas que concedió años atrás, Borges aportó pruebas de templanza, y la riqueza de su alma era el desorden que lo habitaba, ese caos de referencias, esa multiplicación a la diabla de vidas y obras, de personajes, de enseñanzas, de lecciones que la literatura le había dado. Por eso, Borges invita a lectura, pero no al modo de los que son competentes en la materia. Leer ordenadamente es asunto de profesores de literatura, los especialistas que respetan la cronología y las influencias, los contextos y las lindes culturales y generacionales que separan a este de aquel escritor. Leer desordenadamente es hedonismo, es entusiasmo y es placer, es buscar resonancias, es acceder a las obras para dejarse sorprender, para hallar a nuestros interlocutores, para hacer y rehacer nuestros modelos de excelencia y de deleite.

Como decía Jean-Paul Sartre, es preciso volver a la modestia y al gusto de leer con riesgo. Pero para cautivar, para provocar entusiasmo, es preciso que el crítico y el profesor renuncien a juzgar con seguridad y compartan la suerte de los autores y de las obras, como dones, como azares. A fin de cuentas –añadía--, un libro es un acierto, la chiripa de un hombre solo. Por eso, los lectores deberíamos parecernos más a un salvaje que a un crítico o a un profesor; por eso, el profesor Borges --que lo fue-- deja de serlo para enseñarnos a obrar al modo de los primitivos. Los salvajes no seccionan el mundo, no cuartean la realidad a la manera cartesiana, no separan una cosa de la otra. A lo que nos cuenta Lévi-Strauss, los salvajes lo piensan todo a la vez, sin dividir, sabiendo que hay ecos y sombras de unas cosas sobre las otras, que hay un mundo ilimitado que no tiene que ver sólo con la cronología ni con el orden.

Fernando Savater habla de Borges, pero sobre todo habla de sí mismo, de lo que él aprendiera, de esos modos hedonistas de leer, de la risa culta y sabia, de la filosofía como una de las bellas artes, del relato como análisis de la psique, de la poesía como inspección del mundo

Para nosotros, los lectores comunes, todo libro, incluso el clásico, el que acarrea años y lleva adheridas interpretaciones y reinterpretaciones, ha de ser nuevo, ha de recrear el mundo cada vez y, por tanto, ha de retarnos. El libro siempre es nuevo –insiste Sartre--: deberíamos entrar en él libremente aunque se nos pasasen por alto sin advertirlas las cualidades más raras o los ecos más evidentes, tarea esforzada que en todo caso dejamos a los profesores o a los críticos. Sin embargo, para nosotros, para los lectores comunes, en ese libro hay algo más, hay vida, se resume toda la historia del mundo, un mundo posible, el diálogo del hombre consigo mismo e incluso con sus dioses. “Tal vez encontremos en las últimas líneas de una página –apostilla Sartre--, negligentemente expuesta, una de esas ideas que aceleran los latidos del corazón y esclarecen toda una vida”. Así vale la pena leer; así habría que leer. El porvenir de la lectura no se garantiza multiplicando horas o contenidos, ensayando tecnologías pedagógicas o haciendo de las humanidades simulacros de ciencias. El futuro de la enseñanza, de la buena enseñanza, debería ser otro, el del ejemplo y el del entusiasmo. Algún día, nuestros estudiantes lo reconocerán y reclamarán maestros de lectura, profesores salvajes que como Borges nada tienen de expertos, maestros que les den vida, modelos de excelencia literaria y una provisión inagotable de futuro.

Pues bien, es así como Fernando Savater ha leído y lee a Borges. Desde que le rindiera temprano tributo en un capítulo de La infancia recuperada (1976) hasta el último de sus libros, Jorge Luis Borges, la ironía metafísica (2002), el escritor argentino es celebrado preferentemente como lector, como un maestro de lectura que explora con gravedad y con humor los meandros del alma. Fernando Savater habla de Borges, pero sobre todo habla de sí mismo, de lo que él aprendiera, de esos modos hedonistas de leer, de la risa culta y sabia, de la filosofía como una de las bellas artes, del relato como análisis de la psique, de la poesía como inspección del mundo. Hay que evitar que Borges se convierta en materia exclusiva de profesores de literatura, que se convierta en un monumento del canon; hay que tomarlo como lo que fue y a lo que siempre aspiró: como un tipo sedentario y algo ensimismado que hace de la lectura su modo de estar en el orbe, justamente porque los libros son un prodigio de la invención, tecnología punta de la industria cultural, y compendio, resumen y alternativa del mundo que tanto disgusta a los hombres. Es probable que la obra de Savater no sea la más erudita, la más completa, la más minuciosa, que el Borges que nos presenta sólo sea el que cabe en un breviario. Es incluso posible que tenga algún error documental, pero su escueta biografía de Borges, su celebración y la selección de textos que incluye es probablemente una de las mejores introducciones al escritor argentino. Hay una superstición muy común que es la del menosprecio culto de las introducciones, como si una introducción pudiera hacerla cualquiera frente a la gravedad y énfasis de la monografía académica. Sin embargo, una introducción a un autor es el reto cultural más decisivo, y las mejores son resultado de la inteligencia, de la ironía, de la intuición, de la capacidad de compendiar lo fundamental sin herir la complejidad del escritor. Las mejores son, efecto, un ejercicio de comprensión --en el estricto sentido que le diera Dilthey a esta expresión-- y un ensayo de autoanálisis. ¿Inteligencia, ironía, intuición, compendio, comprensión, autoanálisis? Fueron ésas justamente las virtudes de Borges, que tan frecuentemente se entregó a abreviar a autores y a presentárnoslos en formato portátil; y son éstas las cualidades de Savater, lector contumaz y sabio conmilitón. Pasen, pasen y lean. Hay aquí humor e inteligencia.

  • Suscribirse





    He leido el texto legal


  • Reseñas

    La cabeza del profesor Dowell, de Aleksandr R. Beliáiev (por Ana Matellanes García)
  • Publicidad

  • Autores

    Arthur Koestler: el judío errante (por Miguel Ángel Sánchez de Armas)