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&quot;La foto que habla&quot;, aparecida en el diario La Nación.<br>  <br>

"La foto que habla", aparecida en el diario La Nación.





Buenos Aires, Ed. Sudamericana, 2001

Buenos Aires, Ed. Sudamericana, 2001

Buenos Aires, Planeta, 2001<br>

Buenos Aires, Planeta, 2001


Buenos Aires, Atlántida/Del Nuevo Extremo, 2001.<br>

Buenos Aires, Atlántida/Del Nuevo Extremo, 2001.


Buenos Aires, Ed. Sudamericana, 2001

Buenos Aires, Ed. Sudamericana, 2001

Buenos Aires, Ed. Sudamericana, 2001<br>     <br>

Buenos Aires, Ed. Sudamericana, 2001



Buenos Aires, Editorial Norma, 2001.<br>

Buenos Aires, Editorial Norma, 2001.


Buenos Aires, Manantial, 2001.<br>

Buenos Aires, Manantial, 2001.



Reseñas de libros/No ficción
Argentina: lágrimas por una atroz decepción
Por Anaclet Pons, sábado, 02 de marzo de 2002
Un breve y aventurado repaso (literal y metáfórico) a los libros y a la crisis argentina de los últimos meses.
En las últimas semanas, quizá uno de los temas más recurrentes en los distintos medios de comunicación haya sido el de la crisis que sufre Argentina. Tanto se ha dicho y escrito que acaso poco pueda añadirse ya, pues todos los frentes parecen haber sido abordados. Hemos podido leer análisis políticos, económicos, sociales, e incluso cómo ha reflejado el humor gráfico la catástrofe. Aún así, siempre quedan resquicios interesantes por explorar. Se podría, por ejemplo, rebuscar entre los chistes que han empezado a circular entre sus vecinos americanos. Ahora bien, aunque la burla o el sarcasmo revelan aspectos interesantes tanto de quien los emite como del que tiene la desgracia de ser su destinatario, ni lo uno ni lo otro suelen resultar agradables para definir la situación de la que se nutren. En cambio, la literatura puede ofrecer una aproximación igualmente relevante y menos ofensiva. Anotaba Jorge Luis Borges, citando a Lugones, que la literatura no es más que palabras y que toda palabra es originariamente una metáfora. A ello deberíamos añadir que la propia literatura es también metáfora. De hecho, por si alguien lo duda, bastará como ejemplo un repaso a los libros más vendidos por aquellos lares.

Ese recorrido –y exceptuamos aquí la ficción— nos conduciría a fijarnos en la persona de Jorge Bucay, quien, para no desentonar con el tópico, es un afamado psiquiatra. Pues bien, este aclamado terapeuta ha estado varios meses encaramado en las listas de éxitos con una trilogía de libros de autoayuda que la editorial Sudamericana ha incluido en una nueva colección denominada con buen tino “Hojas de ruta”. Primero, aún en el 2000, fue El camino de la autodependencia, una receta para “encontrarnos a nosotros mismos”. Luego le siguió el pasado junio El camino del encuentro, que exploraba la capacidad para comprometerse con los demás. Y, finalmente, en diciembre de 2001 apareció El camino de las lágrimas, dedicado al duelo, es decir, un remedio para paliar la evidencia de que muchas de las personas, situaciones y cosas con las cuales nos hemos encontrado las tendremos que dejar atrás. A la vista de estos títulos y del género al que pertenecen, casi sobraría cualquier comentario, pues parecen responder puntualmente a la desesperación que muchos argentinos sienten, e incluso a la cronología del proceso. Además, que este último volumen haya sido el más vendido, superando incluso a J.R. Tolkien, a J. K. Rowling y a Marcela Serrano, quizá sea una curiosidad o un sarcasmo, pero es sobre todo una metáfora. Una metáfora de la Argentina, de un país en duelo que, como diría Bucay, ha de llorar, ha de elaborar sus pérdidas, ha de aprender a dejar atrás lo que ya no está.
Como se puede observar, son por lo general libros duros, oscuros en ocasiones, como la realidad que retratan o describen. Y todos hablan de Argentina y de los argentinos, y todos intentan desentrañar por distintos caminos el espanto que les envuelve. Nada nuevo, por otra parte, aunque ahora bajo un contexto distinto

Pero si el uso de la metáfora parece excesivo, se puede probar con otro tropo literario: el oxímoron. Este término se ajusta perfectamente al título de otro de los libros relevantes del último año, El atroz encanto de ser argentinos, obra de Marcos Aguinis, un prolífico escritor que, por si no lo han supuesto, también es psicoanalista y que, además, ganó el premio Planeta allá por el año 1970 (entre Sender y Gironella). En esta ocasión, el volumen intenta dar respuesta a varias aparentes contradicciones: ¿cómo puede ser atroz un encanto? ¿cómo puede ser atroz un argentino? Con tales premisas, Aguinis denuncia los muchos males que aquejan a aquella sociedad (la corrupción, el facilismo, la queja, etcétera), aunque su espíritu crítico no le impide ser finalmente optimista. En su descargo hay que señalar que la obra apareció antes de que se desatara la actual crisis, de modo que su confianza en una rápida recuperación argentina ha mermado la verosimilitud de su análisis, aunque no el diagnóstico ni el éxito de su propuesta. Éxito que, por otra parte, ha venido redoblado con otro ejemplar, El cochero, escrito al alimón con Jorge Bucay a partir de las opiniones, testimonios y relatos recogidos tras seis meses de entrevistas realizadas en Rosario, Buenos Aires, Mar del Plata, Punta del Este, Córdoba y Mendoza.

Por último, también hay libros para quienes no sean partidarios de las figuras literarias y prefieran en cambio una mirada más descarnada de la realidad. Para esos lectores, nada mejor que Argentina, el imperio de la decepción. En esta ocasión, el ensayo ha sido escrito por Jorge Landaburu, escritor y columnista habitual del suplemento cultural de La Nación, que hace un repaso de las condiciones de vida de aquel país en los últimos tiempos. Su acerada crítica, no exenta de humor e ironía, se dirige en este caso contra el saber económico, una nueva teología dispensada por “una casta sacerdotal debidamente capacitada para navegar entre la hermenéutica y la retórica”. Y, aunque también apareció hace algunos meses, su pronóstico ha resultado ser mucho más certero que el de Aguinis: Argentina, señalaba, está al borde el precipicio.
Entonces y ahora, no deja de sorprender cuán a menudo la lucidez se pasea del brazo del desastre, pero tal coincidencia no sirve de consuelo, pues nadie merece ser objeto de tamaña infamia

Ciertamente esta elección, en aras del tropo literario, puede parecer sesgada. Hay otros autores y distintos libros que también han destacado en los últimos meses y, a pesar de no haber gozado del favor de los lectores en la misma medida, también merecerían que distrajéramos un poco de nuestro tiempo en su repaso. Entre ellos –tantos que sólo cabe la selección arbitraria e injusta--, los hay que han tenido cierto eco entre nosotros, como El dictador, libro que los periodistas María Seoane y Vicente Muleiro dedican a analizar la trayectoria de Jorge Rafael Videla, ex presidente y ex comandante en jefe del ejército. Una obra que, por lo demás, apareció en el mes de abril, coincidiendo con la última feria del libro bonaerense, y que se anunciaba por entonces con un entrecomillado impactante: “No hubo ningún descontrol. Yo sabía todo”. Los hay también mucho menos conocidos, de éxito improbable a pesar de su belleza, como puede ser, por ejemplo, Extinción: últimas imágenes del trabajo en Argentina, con texto del periodista Martín Caparrós e imágenes de Dani Yako, editor fotográfico del diario Clarín. Un tema, dicho sea de paso, de mucha actualidad, pues lo que se aborda es el trabajo (fotografiado), “un desaparecido del proceso democrático”, como dice Caparrós, un bien raro, objeto de deseo. Los hay, en fin, para quienes deseen algo más concreto, en el terreno de la historia en particular, en cuyo caso quizá la mejor opción sea viajar desde el cacerolazo a las viejas rebeliones de la mano de Anarquistas. Cultura y política libertaria en Buenos Aires 1890-1910, un estudio del historiador de Juan Suriano, director y editor de la revista Entrepasados.

Como se puede observar, son por lo general libros duros, oscuros en ocasiones, como la realidad que retratan o describen. Y todos hablan de Argentina y de los argentinos, y todos intentan desentrañar por distintos caminos el espanto que les envuelve. Nada nuevo, por otra parte, aunque ahora bajo un contexto distinto. El gran maestro Jorge Luis Borges, a quien retornamos para terminar, ya bosquejó algunas de las peculiaridades del “cotidiano argentino” en algún artículo publicado en Sur a principios de los años treinta. En uno de ellos, rotulado con el espléndido título de “Nuestras imposibilidades”, daba fraccionaria noticia de los caracteres afligentes del argentino y se quejaba sin alegría de la conjunción entre idealismo latino y viveza porteña, esa que “ingenuamente sólo cree en la viveza”, pero también de la fruición incontenible de los fracasos, esa que quizá explique el éxito de determinadas lecturas. Entonces y ahora, no deja de sorprender cuán a menudo la lucidez se pasea del brazo del desastre, pero tal coincidencia no sirve de consuelo, pues nadie merece ser objeto de tamaña infamia.

(En recuerdo solidario de los amigos argentinos)
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