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Margaet Mead

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Raymond Aron

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André Malraux

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Immanuel Kant

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Saul Bellow

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Ruth Benedict

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Tribuna/Tribuna libre
En el centenario de Margaret Mead
Por Edgardo Krebs, sábado, 2 de febrero de 2002
Uno de los vacíos más lamentables en la cultura popular norteamericana contemporánea es el provocado por la ausencia del "intelectual publico". Francia los tiene y los ha tenido: Raymond Aron, Lévi-Strauss, Malraux. Esta ausencia se hace más penosa en tiempos críticos, como los presentes, cuando no sólo están en juego libertades civiles de larga tradición en occidente, sino los modos de relación con países lejanos y culturas distintas. La representación del mundo que recibe el público norteamericano es producida por el gobierno y por los medios de comunicación, que más y más se parecen a dos voces de un mismo coro.

En la era del sound-bite, las smart bombs y las encuestas de opinión, esto no es nada bueno. Los sound-bites reemplazan a la explicación, el análisis y el diálogo; las smart bombs cosmetizan el horror pedestre y terrenal de cuerpos destrozados y hombres matando a hombres; las encuestas de opinión escamotean el pensamiento del pueblo encerrándolo en cifras convenientes que pueden moverse y usarse como colchones.

Immanuel Kant escribió lo siguiente en 1783: "La ilustración es el triunfo del ser humano sobre su inmadurez auto impuesta. La inmadurez es la falta de habilidad para usar del intelecto propio sin la ayuda de otro. Esta inmadurez es auto impuesta cuando la causa no es una falta de intelecto, sino una falta de coraje para hacer uso del intelecto. Ser ilustrado demanda nada menos que libertad --la libertad que consiste en hacer uso público, bajo todas las circunstancias, de la capacidad de pensar. Porque la libertad de pensar es uno de los derechos de nacimiento de todo ser humano."

Sabemos mucho más del mundo hoy que los contemporáneos de Kant. Una de las fuentes de este conocimiento es la etnografía, que desde su profesionalización a finales del siglo XIX, no ha cesado de producir informes sobre realidades diferentes, que en algunos casos alcanzan el rango de la gran literatura. Esta acumulada información sobre la imaginación humana ha expandido nuestras conciencias y verificado lo interesante, lo inesperado, que es el ancho mundo. Muy poca de esta información, sin embargo, se filtra a los medios de comunicación, que parecen confinarse voluntariamente a una sola banda mínima de realidad, un equivalente empaquetado y caro a la tranquilizadora y elemental vuelta del perro.

El público norteamericano vive alejado del mundo, ha conseguido el "espléndido aislamiento". Asfixiado por una marea de noticias viradas al entretenimiento y a la superficialidad, deriva por la estrecheces de sus malls, de sus canales de cable y por los espejos halagüeños de la publicidad y el patriotismo

Saul Bellow en El público distraído (1990) y Simplemente hay mucho en que pensar (1992), se refiere despiadadamente a la prensa de su país, al pálido servicio que presta a la inteligencia: "Vastas empresas descritas con el rótulo de industria de la comunicación, informan, mal informan o desinforman al público sobre política, guerras, revoluciones, sobre conflictos religiosos o raciales, y también sobre educación, la ley, medicina, libros, teatro, música, artes culinarias. La confección de estas listas da una equivocada impresión de orden. La verdad es que nos encontramos en un insoportable estado de confusión y distracción."

Es decir, el público norteamericano vive alejado del mundo, ha conseguido el "espléndido aislamiento" que vanamente soñaba para su isla un primer ministro inglés del siglo XIX. Asfixiado por una marea de noticias viradas al entretenimiento y a la superficialidad, deriva por las estrecheces de sus malls, de sus canales de cable y por los espejos halagüeños de la publicidad y el patriotismo. Es escéptico de sus políticos --las elecciones presidenciales cada vez registran menos votantes-- y se distancia cada vez más de ellos. Es víctima, en suma, de una doble incomunicación, hacia adentro y hacia afuera.

El mundo globalizado de los economistas y los políticos tiene cada vez menos lugar para la cultura y la diferencia. Lo que ellos ven y reproducen hasta la náusea (por todos los medios), es una ilusión, una ilusión de contador enamorado de sus lápices y de las cuatro paredes de su gabinete

El intelectual público cumple con la función de introducir variedad en el discurso político. Le arrebata el micrófono al locutor que lee noticias preparadas. Corrige la memoria selectiva del candidato, o del general, o del dirigente gremial. Le recuerda a su auditorio la larga tradición de occidente y lo ayuda a poner los eventos minúsculos e inmediatos, que todo lo devoran, en cierta perspectiva. Los intelectuales públicos, invisibles por la mayor parte, reducidos a la sinecura de un puesto académico, son quienes pueden evitar que la conversación de un país quede en las bocas de poderosos políticos, de melifluos agentes de publicidad, y de otros señores o señoras con megáfonos monótonos. Representan el primer paso hacia la vida privada y la normalidad. Se burlan, como el trickster de los mitos indígenas, de la realidad oficial.

Margaret Mead fue una de las últimas intelectuales públicas de los EE.UU. y ya lleva muerta casi treinta años. En este pasado mes de diciembre se cumplió el centenario de su nacimiento. Desde luego Mead distó mucho de ser perfecta. Se la ha criticado como etnógrafa, aunque sus monografías han resistido bien el paso del tiempo y la revisión de colegas mas jóvenes. Se la ha criticado, sobre todo, por entreverarse en la turbamulta de publicistas, editorialistas y "hacedores de opinión" . Los hechos desnudos tienen más interés que las críticas: Mead fue una de las primeras antropólogas mujeres, y con su colega y amiga Ruth Benedict, una de las pocas figuras de esa profesión que alcanzaron a la clase política y al "público común" (Bellow también nos advierte que un país grande tiene muchos públicos). El crisantemo y la espada, el análisis de Benedict sobre la cultura japonesa, no solo era leído en el tranvía sino que por el estado mayor del general MacArthur, y en buena medida influyó sobre la orientación que tomó la política norteamericana hacia el Japón de la post-guerra. En un país puritano, el país de las brujas de Salem y de las novelas de Hawthorne, Mead introdujo el trópico, y una visión diferente y terapéutica de cómo los teen-agers pueden socializar su incipiente sexualidad.

El mundo globalizado de los economistas y los políticos tiene cada vez menos lugar para la cultura y la diferencia. Lo que ellos ven y reproducen hasta la náusea (por todos los medios), es una ilusión, una ilusión de contador enamorado de sus lápices y de las cuatro paredes de su gabinete. También del poder que dan las explicaciones únicas a quienes están sentados sobre ellas. Lo cierto es que el mundo es ancho y ajeno y que aún hoy, como sostenía Borges, es posible ser Eric el Rojo. Es decir, aún hoy se puede explorar y descubrir, y usar el intelecto, como lo quería Kant para las personas libres.

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