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Carlos Malamud es profesor de Historia de América de la UNED y Subdirector del Instituto Universitario Ortega y Gasset

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Fernando de la Rúa

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Ramón Puerta

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Adolfo Rodríguez Saá

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Eduardo Duhalde

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Carlos Menem

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Domingo Cavallo

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Ricardo López Muphy (en medio)

Ricardo López Muphy (en medio)

Jorge Remes Lenicov

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Análisis/Política y sociedad latinoamericana
¿Hay salida para la crisis Argentina?
Por Carlos Malamud, domingo, 6 de enero de 2002
La Argentina vivió quince días de vértigo, sumida en una situación de virtual vacío de poder, gracias a la cual las fiestas navideñas y el fin de año fueron sumamente amargas. En ese lapso los argentinos conocieron cinco presidentes distintos. Si nos remontamos a los momentos fundacionales del país encontramos una jornada conocida como el día de los tres gobernadores [de la provincia de Buenos Aires]. Fue el 20 de junio de 1820. Desde entonces ha corrido mucho agua, pero hoy la Argentina vuelve a estar con el líquido elemento rozándole el cuello. De ahí que sea pertinente formularse la pregunta de si hay salida para la crisis y si en un momento como este se puede ser optimista.
En estos días de infarto, han estado presentes en la escena política argentina casi todos los elementos de la tragedia clásica: la violencia y la muerte, la ambición desmedida por el poder y la traición. La única excepción fue el amor. En otro momento, los políticos argentinos habrían desempolvado de su dietario de discursos vacíos el tan socorrido y retórico argumento del amor a la patria. Pero los argentinos, cansados de tantas promesas incumplidas y de la corrupción rampante que los persigue, parecen haber agotado su paciencia con los políticos y al son de sus cacerolas han reiterado machaconamente que su bronca no se compra ni se vende. El principal problema de las caceroladas es que su polifonía es contundente a la hora de consignar los rechazos, pero poco clara para saber qué se quiere y cómo. Para colmo, en torno a los aquelarres donde resuena el metálico bom bom de la cucharas contra las cacerolas se dan cita gentes e intereses variopintos, que sólo tienen en común su apuesta por el no. A partir de ahí es muy difícil construir y por eso se echa en falta un esfuerzo más claro de los intelectuales argentinos para analizar la profundidad de la crisis.

A la hora de pedir responsabilidades hay que comenzar por los políticos, pero sin eximir totalmente la parte que le toca a todo el pueblo argentino, el mismo que avaló a supuestos gobiernos eficientes pese a que robaban. En esta hora difícil en la historia argentina todos los partidos políticos con representación parlamentaria han demostrado su incapacidad de mirar por el interés general del país y lo peor del caso es que se siguen moviendo por reivindicaciones mezquinas en lugar de apostar claramente por un proyecto que permita sacar a la Argentina del pozo en que se encuentra. Los reproches por lo que se hizo en el pasado continúan y hoy el radicalismo se niega a sumarse a un gobierno de concentración porque cuando gobernaba de la Rúa los peronistas rechazaron una propuesta semejante. El peronismo no es mejor. Para no quemarse junto a Duhalde en caso de fracaso, muchos gobernadores se han resistido a integrarse al gabinete y ya comienzan a dejar oírse voces en contra del sesgo bonaerense [de la provincia de Buenos Aires] del equipo presidencial.
Adolfo Rodríguez Saá, elegido por la Asamblea Legislativa como presidente de transición, previo acuerdo de los gobernadores peronistas, hizo suyas las palabras del ex presidente Menem de que los acuerdos están para ser cumplidos o... incumplidos

Pese a la cercanía al abismo son muchos los que no se han dado cuenta de que el tren finalmente ha descarrilado y que la catástrofe puede ser inmediata, por eso siguen actuando con la intención de sacar el mejor provecho posible para sus intereses y sin arriar ninguna de las banderas partidarias. El día que se elegía al último presidente hubo serios enfrentamientos en las inmediaciones del Congreso entre la barra brava de los muchachos peronistas seguidora de Duhalde y la barra brava de la izquierda nostálgica pre caída del muro de Berlín, que todavía tiene una cierta presencia en una parte de la Argentina, donde parece que el tiempo no pasa, que el mundo no cambia y que se puede seguir viviendo sólo de sueños y de deseos. En la trifulca se enzarzaron bandas perfectamente organizadas, responsables de no pocos de los desmanes ocurridos en los últimos días.

En la profunda crisis producida por la mala gestión y el alejamiento de de la Rúa, y ante la parálisis del radicalismo, el peronismo era el protagonista llamado a aportar las soluciones necesarias que reclama la grave coyuntura argentina. Sin embargo, las profundas divisiones internas y la ambición de poder de sus principales dirigentes sólo han favorecido un empeoramiento de las cosas. Adolfo Rodríguez Saá, elegido por la Asamblea Legislativa como presidente de transición, previo acuerdo de los gobernadores peronistas, con el claro objetivo de convocar elecciones en dos meses, hizo suyas las palabras del ex presidente Menem de que los acuerdos están para ser cumplidos o... incumplidos. De este modo, comenzó a gobernar no para resolver los problemas urgentes sino para incumplir su promesa, permanecer hasta 2003 y luego intentar ser reelegido en las urnas.
Harry Potter sería un magnífico ministro en un país que, al menos en algunos sectores, sigue pensando que todo es cuestión de magia

Rodríguez Saá, también conocido como Rodríguez S.A. por sus negocios en la provincia de San Luis, donde gobernó ininterrumpidamente durante largos años, demostró una gran irresponsabilidad en el cargo de presidente y mucho desprecio por los símbolos democráticos. Al asumir el cargo, que teóricamente lo encumbraba como presidente de todos los argentinos, se acompañó de una gran e incomprensible sonrisa, pese a la gravedad del momento y junto a la concurrencia entonó la Marcha Peronista, una canción de claro contenido partidario. Sus signos de sectarismo continuaron al designar en su gabinete a varios políticos corruptos, con la visita a la CGT (Confederación General del Trabajo) y sus guiños a la burocracia sindical de que sus prebendas tradicionales serían respetadas. De su larga lista de desaciertos demagógicos y populistas, imposible de reseñar pese a la brevedad de su mandato, señalaría tres más: el recibimiento a Hebe Bonafini y su facción de las Madres de Plaza de Mayo (las partidarias de ETA y de Bin Laden); el anuncio de la política a seguir con los militares acusados internacionalmente de violaciones a los derechos humanos (impropio de un gobierno de transición e inconveniente en un momento de tanta incertidumbre) y la promesa de crear un millón de puestos de trabajo. ¿Cómo se puede creer en un botarate semejante que al dejar el gobierno afirmó que en los pocos días que gobernó había creado 200.000 empleos? Harry Potter sería un magnífico ministro en un país que, al menos en algunos sectores, sigue pensando que todo es cuestión de magia.

Ante tanto dislate, el peronismo le dio la espalda al nuevo presidente, que no tuvo más remedio que dimitir. Pese a ello, la elección de su sucesor demostró ser algo más complicada, dados los enfrentamientos que dividen al actual partido en el gobierno. Varios gobernadores, comenzando por el de Córdoba, José Ramón de la Sota, decidieron mantenerse su postura de convocar urgentemente elecciones, mientras otros apostaban por una salida que comprometiera al radicalismo y otras fuerzas políticas y no incluyera una convocatoria electoral inmediata. Eduardo Duhalde, senador y ex gobernador de Buenos Aires, fue el elegido por la Asamblea Legislativa tras reunir los apoyos necesarios, algo más fácil de conseguir fuera de su partido que dentro. El lubricante que logró convencer a sus correligionarios fue la promesa de no presentarse a la reelección, dejando el campo abierto para otros contendientes.
Es vital para la Argentina crear un clima de confianza que permita a la ciudadanía recuperar su fe en la política y los políticos. Sin ella, no habrá recuperación económica posible, por cuanto cualquier plan que se intente está condenado al fracaso


En la votación celebrada en la Asamblea Legislativa, unión del Congreso y del Senado, Duhalde obtuvo 262 votos a favor, 21 en contra y 18 abstenciones. Tuvo el apoyo de su partido, el Justicialista, y de los radicales y el Frepaso, que han huido como gato escaldado de la posibilidad de pasar por las urnas y de buena parte de los partidos provinciales. En contra votaron la izquierda a la que se alude más arriba, la demagógica ARI (Agrupación por una República de Iguales) de la ex radical Elisa Carrió y algunos frepasistas disidentes, mientras se abstuvieron los demócrata progresistas y los restantes partidos provinciales. Paradojas de la política, el derrotado por Fernando de la Rúa en las elecciones presidenciales de 1999 es ahora el llamado a sucederle.

La agenda del nuevo gobierno es amplia y debe responder a urgentes temas económicos, sociales y políticos. Sin embargo, dada la naturaleza de la crisis, debe comenzar por la política, ya que es vital para la Argentina crear un clima de confianza que permita a la ciudadanía recuperar su fe en la política y los políticos. Sin ella, no habrá recuperación económica posible, por cuanto cualquier plan que se intente está condenado al fracaso. Por eso debe emprenderse sin más dilación la tan necesaria reforma del Estado. La Argentina necesita un Estado fuerte y eficaz, lo que no equivale a recrear un monstruo amorfo como en la época del estatismo. Para ello debe lograrse un consenso lo más amplio posible de todas las fuerzas sociales y políticas, sin olvidar a la Iglesia, pero sin otorgarle a ésta un protagonismo y un liderazgo que no llevarían al país a buen puerto, dado el carácter francamente intervencionista de las medidas que propugna. Las tareas económicas son muchas, comenzando por un presupuesto saneado, que permita gastar únicamente lo que se tiene, cosa que no ha ocurrido últimamente, especialmente en el segundo mandato de Menem, cuando se recurrió al endeudamiento y al déficit público para financiar las redes clientelares que hubieran permitido la re-reelección presidencial, lo que finalmente no ocurrió ante la oposición popular a semejante engendro antidemocrático.
Entre las alternativas descartadas está la dolarización y entre las manejadas la pesificación de las deudas (pasarlas de dólares a pesos), a fin de afrontar la consiguiente devaluación en una mejor situación para la población y las empresas endeudas

Jorge Remes Lenicov, un economista bonaerense de 51 años, que acompañó a Duhalde en la provincia de Buenos Aires será el responsable de poner en orden las cuentas nacionales. La cuestión monetaria, encorsetada entre la convertibilidad y la paridad uno a uno con el dólar es un tema urgente en el que ya se ha puesto a trabajar. Entre las alternativas descartadas está la dolarización y entre las manejadas la pesificación de las deudas (pasarlas de dólares a pesos), a fin de afrontar la consiguiente devaluación en una mejor situación para la población y las empresas endeudas. Hay problemas añadidos como el tipo de cambio (flotante o fijo y la paridad a adoptar en su caso), así como el volumen de la devaluación, que inicialmente parece que se moverá en torno al 35-40%. De todas formas, las cosas no se quedan ahí, ya que habrá que lidiar con los espectaculares déficits provinciales; la mejora de los servicios públicos esenciales, como sanidad y educación; la arancelación de la enseñanza universitaria (un tema que influyó en la rápida salida del ministerio de Economía de Ricardo López Murphy, nombrado por de la Rúa) y el saneamiento del sistema de pensiones, que permite una cantidad excesiva de pensiones de privilegio, por las cuales ex legisladores, ex magistrados y ex de todo tipo cobran retiros de escándalo, de varios miles de dólares, en una sociedad que ha visto como el número de pobres no deja de crecer y que tiene un índice de paro cercano al 20%.

En estas horas iniciales del mandato de Duhalde, cuando todavía hay margen para un poco de optimismo, muchos todavía siguen apostando por un gobierno de concentración nacional. Si bien es necesario crear amplios consensos o formar una gran coalición, el radicalismo, que vivió aliviado la postergación de las elecciones, ya se ha sumergido en sus tradicionales dudas y no sabe si aportar o no ministros al gobierno, no sea cosa que se abrasen junto a Duhalde si fracasa en su gestión. Pese a ello algún radical ya se ha sumado al gabinete, como el ministro de Justicia, Vanossi, o podrían hacerlo en el futuro inmediato, como Jaunarena, con muchas opciones a ser el titular de Defensa. El nuevo presidente parece haber aprendido algunas de las lecciones de estos días y es difícil que llame a su gabinete a políticos claramente connotados como corruptos y hasta se especula con la posibilidad de que acometa una cierta renovación en la Corte Suprema de Justicia. Sin embargo hay señales alarmantes que debería cortar de cuajo para ir construyendo un país diferente. Por eso, sería muy conveniente que alejara cuando antes a su mujer del entorno presidencial y evitara el ridículo de reemplazar el Ministerio de Bienestar Social por un directorio filantrópico presidido por su señora esposa.

De todas formas, los desafíos iniciales que tiene que afrontar el presidente son serios, comenzando por el restablecimiento de un clima de confianza entre la ciudadanía, necesario para acometer los problemas económicos más acuciantes: pesificación de las deudas, devaluación de la moneda, recorte del gasto público, etc. Sin embargo, los riesgos de que apueste por una deriva basada sólo en la reactivación del mercado interno, olvidándose del Mercosur y los mercados internacionales, es alta, por lo que habría que esperar que no incurriera en ese desliz. Sería deseable que Duhalde le haya visto las orejas al lobo de la desintegración nacional y haya sentido su respiración en el cuello, sólo así dejará de lado los vicios que acompañaron las anteriores gestiones en la Argentina y se podrá cambiar el rumbo. Pero para llegar a buen puerto no habrá que olvidar que la Argentina es una república democrática y que se debe ser sumamente respetuosos con las reglas del juego establecidas.
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