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    GÉNERO
CINE

    TEMA
Crítica de la película La inglesa y el duque del director Eric Rohmer (por Eva Pereiro López)

    OTROS DATOS
Guión: Eric Rohmer.
Actores: Lucy Russell (Grace Elliott), Jean Claude Dreyfus (el Duque de Orleans) y François Marthouret, Léonard Cobiant, Caroline Morin, Alain Libolt, Héléna Dubiel, Laurent Le Doyen, Serge Wolfsperger, Daniel Tarrare y Charlotte Véry.
Producción: Françoise Etchegaray.
Música: Jean-Claude Valero.
Fotografía: Diane Baratier.
Montaje: Mary Stephen.
Vestuario: Pierre-Jean Laroque.
Decorados: Antoine Fontaine.
Nacionalidad: Francia, 2001
Duración: 2horas 8 minutos.




























Eric Rohmer

Eric Rohmer


Magazine/Cine y otras artes
En tiempos de la revolución
Por Eva Pereiro López, domingo, 6 de enero de 2002
Grace Elliot es una aristócrata inglesa afincada en París, antes amante y ahora amiga del Duque de Orleans, primo del rey Luis XVI, que se verá sorprendida por el estallido de la revolución francesa. Son tiempos de caos y terror en el París de 1793.
Las memorias de Grace Elliott (Ma vie sous la Révolution) son la base de esta nueva película del cineasta francés Eric Rohmer, que a sus 81 años se enfrenta a una de las épocas más importantes de la historia francesa.

El testimonio de esta aristócrata inglesa, no es sólo los padecimientos de una mujer en una época de terror, sino su visión de los acontecimientos que acabaron con la vida de buena parte de los miembros de la aristocracia francesa. Grace Elliott se nos presenta como una monárquica incorregible e intolerante respecto a los sucesos atroces e inexplicables que, según ella, corren las calles en esos tiempos. La antigua amante del Duque de Orleans, que fue su protector en ese caótico y sangriento París de 1793, intentará mantenerse en la normalidad de su vida mientras ruedan cabezas a su alrededor.

Rohmer nos acerca aquí excepcionalmente a sus dos personajes principales, Grace Elliott, Lucy Russell, y Felipe de Orleans, Jean-Claude Dreyfus, ambos impecables, aprovechando la intimidad que brinda este guión único, directo e impactante.

Ninguna película es capaz de darnos una visión objetiva de unos hechos históricos como éstos, resulta prácticamente imposible rodar sin tomar partido, y no es ni mucho menos lo que se pretende aquí. Invade las escenas la visión contundente, monárquica hasta los extremos, de ella, aunque sí tenemos en contrapunto, los susurros o actos fuera de la pantalla del personaje del Duque, que apoyó los terribles acontecimientos que tuvieron lugar desde la toma de la Bastilla, llegando incluso a votar a favor de la muerte de su primo, el rey Luis XVI.
Esa intimidad, muy lograda y sorprendente (estamos a más de doscientos años de lo ocurrido), es clave para que los espectadores sean capaces de encontrar su sitio en las escenas que se suceden en la pantalla. Es precisamente esta intimidad, que Rohmer lleva manejando a su antojo desde el principio de su filmografía, la clave de esta película

Pero indudablemente es una ventaja el poder disponer de un testimonio directo que se estremeció con la violencia y el miedo que asoló aquellos años la Ciudad de las Luces. Ese “vivido en propia carne” supera todo abismo de lejanía, ya que una de las características de las memorias es situar las cosas, en el espacio y en el tiempo, dotando de la misma importancia tanto a los grandes como a los pequeños hechos. Y esa intimidad, muy lograda y sorprendente (estamos a más de doscientos años de lo ocurrido), es clave para que los espectadores sean capaces de encontrar su sitio en las escenas que se suceden en la pantalla. Es precisamente esta intimidad, que Rohmer lleva manejando a su antojo desde el principio de su filmografía, la clave de esta película.

A lo largo de La Inglesa y el Duque se insinúa el amor entre los dos personajes, enmarañado a acontecimientos tan importantes y de tanta gravedad como la muerte del rey en la guillotina. Pero este acto, probablemente el más importante de la revolución, ocurrirá fuera de la pantalla propiamente dicha. Y ése es el Rohmer astuto que transmite el punto culminante del terror mostrando las reacciones de la protagonista y su sirvienta al ser testigos visuales de la ejecución mediante un catalejo, e invadiendo la sala con la algarabía del pueblo enfurecido, pero sin que una sola gota de sangre manche sus decorados de teatro. La violencia es siempre implícita a lo largo de la película, como una malla invisible en la que todo se sustentase.

Pero ese monarquismo ferviente de la aristócrata inglesa, encontrará su contrario, como ya se ha dicho, aunque en un segundo plano, en personajes tan misteriosos y ambiguos como Felipe de Orleans, que apoyó activamente la revolución haciéndose incluso llamar “Igualdad”. El Duque se convierte así en una figura romántica llegando incluso a ser tan cautivadora como las más históricas y épicas de Marat o Robespierre. Curiosamente este último, artífice en gran medida de la revolución y de su violenta locura, aparece unos segundos en escena deslumbrando por su tranquilidad y sangre fría, mientras el pueblo sediento de sangre azul, enarbola la cabeza de la reina por las Tullerías.

Una novedad en esta película de época es la introducción de la tecnología digital que directamente inserta a los personajes en decorados pintados. Se recrea, de esta manera, el París de entonces y en ciertas escenas esta técnica resulta adecuada, aunque en otras muy evidentes, y por desgracia, se pierden los ángulos y la estética de la imagen queda amputada limitándose en exceso al plano frontal.

Aparte de este escollo técnico, un guión fluido e intimista y unos actores excelentes, moldean unos acontecimientos históricos muy interesantes vestidos por los trajes que cada personaje ha tejido de éstos. Es sin duda una película recomendable que brilla por la experiencia innegable de su director para lograr acercarnos a una época clave de la historia francesa.
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