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Joan del Alcàzar es profesor de Historia Contemporánea de América de la Universidad de Valencia

Joan del Alcàzar es profesor de Historia Contemporánea de América de la Universidad de Valencia



Ernesto Guevara y Fidel Castro

Ernesto Guevara y Fidel Castro

Marcos

Marcos

"Lo que está en mi corazón" de Marcela Serrano (Planeta, Barcelona, 2001)

"Lo que está en mi corazón" de Marcela Serrano (Planeta, Barcelona, 2001)


Tribuna/Tribuna libre
Una mirada insorportablemente leve sobre América Latina
Por Joan del Alcàzar, lunes, 19 de agosto de 2002
La última novela de la escritora chilena Marcela Serrano se ha convertido en un nuevo éxito editorial, reforzado por haber sido finalista del Premio Planeta. Esta mujer, que se dice comprometida, latinoamericana que afirma ejercer de tal, se ha convertido en una mina de oro editorial. Hace años que una parte de la crítica literaria, especialmente la chilena, la ha fustigado hasta el insulto, mientras que otra, especialmente en España, la ensalza hasta convertirla en una especie de canon de la literatura escrita por mujeres en el continente americano.
Críticos tiene la literatura y quien estas líneas firma no se encuentra entre ellos; así pues, lo que el lector encontrará en este artículo viene propiciado fundamentalmente por la curiosidad que a un historiador dedicado a América Latina le provoca el hecho de que una obra literaria como Lo que está en mi corazón se convierta en un éxito de ventas que arrasa en las librerías españolas y, también, cuentan, en otros países europeos.

Como lector de novelas, este historiador se sorprende de que una obra a la que no le encuentra ni la historia ni la trama, protagonizada por unos personajes que son caricaturas, liderados por una protagonista/narradora que resulta ser una mujer absolutamente banal, pretenciosa y frívola, se esté vendiendo como rosquillas calientes. Tenemos asumido la capacidad persuasiva de las editoriales mediante sus técnicas de marketing. Sin embargo, más allá del consistente andamiaje mercantil y publicístico, alguna cosa deben encontrar lectores y (fundamentalmente?) lectoras para que sigan comprando las novelas de Marcela Serrano. ¿Por qué se está vendiendo por millares una novela como ésta?

En Lo que está en mi corazón la publicidad nos ofrece una mercancía tentadora. Según la Editorial Planeta, “Camila [una chilena de 34 años, afincada en los Estados Unidos], la protagonista, se ve obligada a replantearse su vida [tras perder un hijo de corta edad], especialmente la relación con su madre, defensora de la democracia chilena [esto es falso], y con su marido, un periodista con quien abandonó Chile para vivir en Washington. Así, mientras descubre los claroscuros del México actual [descubrir, descubrir, no descubre casi nada], Camila se debate entre la necesidad de reconciliarse con su pasado y el renovado impulso vital que la domina”. Sin embargo, quizá, lo más importante de la publicidad, tras la sinopsis argumental, es la idea final: “Marcela Serrano ha conseguido con esta novela --por medio de una prosa viva y sugerente-- un apasionado retrato de una mujer de hoy, capaz de enfrentarse a sus contradicciones y abrirse camino en un mundo extraño”. Prosa viva y sugerente para un apasionado retrato de una mujer de hoy. Muy atractivo, el producto, desde luego.

Parte de la crítica española, parte sustantiva, no ha escatimado elogios. Isabel Núñez, por ejemplo, en La Vanguardia (9.11.2001), ha escrito: “Todo eso integrado en un discurso de izquierdas lleno de matices, de dudas, de contradicciones que componen una interesante visión de la realidad latinoamericana”. Sostiene que la autora aborda “con cierta libertad, casi tangencialmente, temas de fondo que sin duda le son más próximos, como la historia reciente de Chile, la era oscura del pinochetismo y el retorno a una democracia que oculta una sociedad aún dividida. Y en primer plano, el complejo conflicto de Chiapas, intensificado en los años de gobierno del PRI [sic], sin que reivindicar los derechos de los indígenas impida a la protagonista censurar el conservadurismo y la misoginia de sus costumbres”. Y todo esto, nos dice Núñez, se hace desde “retratos de mujeres en una ficción que deja transpirar la verdad con toda intensidad”.

Marcela Serrano también tiene una excelente opinión de sí misma, y no se recata en demostrarlo. Una cuestión es importante: es feminista pero no escribe literatura feminista [“eso sería algo programático, panfletario, con mujeres ejemplificadoras” (sic), (La Vanguardia)]. En declaraciones a una publicación que es un referente progresista desde hace décadas en Valencia, la Cartelera Turia, preguntada por García Bertolín si es “feminista y de izquierdas”, la respuesta es: “exacto”. Y ello, inquiere el periodista, “¿pese a su condición de esposa de embajador?” Y aquí Marcela Serrano hace una alarde de finezza política [arrasa en Italia, dicen]: “No soy esposa de embajador sino de dirigente político socialista, que es distinto. En Chile hay muchos nombramientos de embajador que son nombramientos políticos” (sic) (Cartelera Turia, nº 1975, dic. 2001).

El embajador que no es embajador, sino que es político, es Luis Maira; un hombre reconocido que lo ha sido casi todo en la política chilena (presidente del partido socialista, varias veces ministro). En 1999 vivió una situación desagradable a propósito de un asunto relacionado con su esposa y con la literarura chilena. Como embajador en México consiguió que Chile fuera el invitado de honor a la Feria del Libro de Guadalajara, y la lista de los escritores que debían formar parte de la delegación oficial chilena la hizo... Marcela Serrano. Ella mismo declaró: “Hace mucho tiempo, la agregada cultural en México me dijo ¿por qué no me haces una lista de lo que tú crees representa a Chile?. Y yo le puse 40 nombres, sólo de escritores, especialmente mujeres... Y al día siguiente le dije: es todo lo que intervendré” [Que pasa, nº 1496, www.quepasa.cl --ver link--].

Pues bien, pese al especialmente mujeres, se quedó fuera de la lista Diamela Eltit, una escritora que mantiene una conocida rivalidad con Marcela Serrano desde los años setenta, cuando ambas formaban en un grupo artístico de vanguardia llamado C.A.D.A.. Se armó el revuelo y, a lo que parece, terció el marido de Eltit, otro político de renombre, también varias veces ministro, Jorge Arrate. Y ahí apareció el embajador: “Yo le expliqué personalmente toda esta situación a Jorge Arrate, que es el marido de Diamela, pero ella se negó a asistir”. Una disputa entre escritoras en la que intervienen dándose explicaciones... ¡los maridos! Sorpresas que da la vida.

De algo más que contradictorios acusó al matrimonio Maira-Serrano la también escritora chilena Faride Zerán (directora, además, de la Escuela de Periodismo de la Universidad de Chile), quien imputó al embajador el hecho de haber sido censurada en Guadalajara, al no permitirle tomar la palabra, como estaba previsto, en un acto de homenaje a la señora Hortensia Bussi, viuda de Allende. El embajador negó la acusación y, desde luego, que su supuesta actitud tuviera nada que ver con la crítica muy negativa que la revista Rocinante había hecho del entonces reciente libro su mujer Nuestra Señora de la Soledad. Ciertamente, la crítica, firmada por Patricia Espinosa, no se había contentado con afirmar que la obra era “una mala novela sentimental y una ridícula novela negra”, sino que alentaba a los potenciales lectores a sentirse “con todo el derecho de denunciarla al Sernac (Servicio Nacional del Consumidor)” (www.quepasa.cl).

Si dura fue esta crítica, mucho peor devino la que publicó Álvaro Bisama en la revista de crítica literaria de la Universidad de Chile a propósito de la siguiente novela de Marcela Serrano, Un mundo raro. En opinión de este crítico, si los autores escriben un solo libro en su vida, el de la Serrano “sería algo así como una descripción pormenorizada del horror vacui de la mujer de mediana edad, adinerada, ociosa, con problemas maritales y una frustración íntima pero no demasiado trascendente”. El texto obedece, dice Bisama, a “un feminismo trasnochado que pretende ser avanzado pero que no reconoce en la problemática sexual nada más que la voluptuosidad sexual del hombre y la carencia de salidas para la mujer. Una mezcla de clasismo, machismo y pretensiones intelectuales” y esto además, con “las limitaciones de una prosa incapaz de cualquier ironía que no sea el mal gusto generalizado” (ver link).

Este crítico chileno, paralelamente, se hace la misma pregunta que ya hemos enunciado antes: ¿podemos explicar por qué novelas como ésta son un best seller en lugares como España o Italia?.

Pues bien, entendemos que para encontrar la respuesta hay que olvidarse de las discusiones en torno a la falta o no de calidad literaria. Es otra cosa. Proponemos una hipótesis: Lo que está en mi corazón (como otras novelas antes) se venderá en Europa porque muchos lectores y lectoras se identifican con una imagen de América Latina que sintoniza con la que ellos tienen, con sus luces y sus sombras. Se trata de una imagen muy simplista (deudora de esquemas políticos de los años setenta), confeccionada con trazos gruesos de injusticia insoportable, bellísimos parajes, horizontes de liberación, causas nobles e incontaminadas, gente abnegada y valiente, cosmopolitismo y posibilidad de redención. La decadente política europea, decepcionante por reiterativa, aburrida, cuando no mendaz y tramposa, contrasta con la supuesta posibilidad de participar –siquiera sea como lector, desde el sillón de casa--, en la lucha mundial por la justicia.

Se trata, quizá, de un nuevo subgénero novelístico, algo así como la novela política de viajes. Añadámosle a esto que, en el caso de la Serrano, encontramos un suplemento femenino, que quiere ser de género: Mujer (con mayúscula) que escribe sobre Mujeres (singulares, valerosas, inconformes, a las que la vida les suele ir mal), para las mujeres con conciencia y para los hombres progresistas-no-machistas (a quienes la vida les va como les va). Marcela Serrano, por boca de Camila, nos dice: “Ninoska me sonrió como no podría hacerlo un hombre, como si las mujeres lo supieran todo unas de las otras desde la eternidad (Las únicas mujeres que cuentan con amigas verdaderas son las que tienen conciencia de su género, le había escuchado decir un día; las demás compiten entre ellas y se sacan los ojos)” [148] (en adelante, de esta forma, la página del libro en que se encuentra la cita).

Hubiera sido grato encontrar en Lo que está en mi corazón una buena novela política de viajes, con una buena trama, con personajes convincentes, con cierta dosis de acción y, claro, con un cierto compromiso político progresista, quizá de centro sinistra. Pues, no. En la última novela de Marcela Serrano, no hay nada, o casi nada, de esto. La historia es de cartón piedra e insustancial, los personajes son caricaturas, la acción no existe, y el progresismo político es nominal, siendo benévolos. Finalmente, en contraste con los alardes de la autora, de lo que podemos llamar, para entendernos, defensa de valores de género, paja y humo. Cuando no, conservadurismo rancio. Veamos nuestras razones.

Las tribulaciones de Camila Sánchez en las tierras de Chiapas

Camila es una mujer de 34 años, simple e infeliz, sexualmente mojigata, con una baja autoestima, que ha vivido la devastadora desgracia de perder un hijo. Su marido, joven periodista chileno pero definitivamente instalado en los Estados Unidos, le consigue el encargo para viajar a Chiapas a escribir un artículo “nada especializado” [48], para una revista norteamericana. Una especie de terapia ocupacional, la que propone Gustavo, para sacar a Camila del abandono en el que se encuentra por la depresión que la afecta.

Al poco de llegar a San Cristóbal de las Casas, la protagonista comenzará a mostrarse fascinada, con tendencia a la hipérbole, y sentirá “que esta ciudad ha ido penetrando en mi carne sin mi consentimiento y que no deseo abandonarla” [89]; y es que “no tengo como ocultar el lento enamoramiento que se gesta entre la ciudad y yo [99]. En San Cristóbal Camila ha contactado con una misteriosa uruguaya, Reina Barcelona, que compartió cárcel con su madre y que ahora juega, parece, un destacado papel, en el EZLN (se insinúa que pueda ser amante de Marcos, [96]). Reina sufre un atentado en el que resulta malherida por un coche sin matrícula conducido, se supone, por parapoliciales antizapatistas. La uruguaya, un alter ego de la madre de Camila, combativa e incombustible, admirada y odiada por la protagonista, finalmente morirá a causa de las heridas.

Antes del atentado, Reina presenta a Camila a una parte de la colonia extranjera de San Cristóbal, alegremente identificados, más o menos, con los zapatistas. Camila se enamorará de uno de estos europeos, un italiano que responde al nombre de Luciano (quizá otro amante de Reina); y se involucrará en una misión que cualquiera podría haber realizado de forma menos llamativa (Camila es pelirroja y se mueve en Chiapas con nula soltura). En el desarrollo de la acción es secuestrada, torturada durante unos días y, finalmente, puesta en libertad por sus captores. Ya libre, abandonará Chiapas, San Cristóbal, a Luciano y volverá a casa, con Gustavo, a escribir sobre “lo que está en su corazón”, como dicen las mujeres mayas. Ella lo hará, --tras mucha reflexión finalmente se decide--, sobre una mujer: Reina Barcelona.

Los alegres chicos de San Cristóbal

Excepto una india ch’ol, Paulina, con la que Camila habla a partir de la página 157 de la novela, los europeos amigos de Reina son sus informantes en materia chiapaneca y zapatista. Excepto la citada Paulina, que es pobre, mujer e indígena, el grupo está formado por Luciano, Jean Jacques, Ninoska, una pareja de lesbianas, Dun y Leslie, y algún otro personajes del que sólo sabemos por alusiones (un español abnegado, llamado Jesús, que permanecerá junto al lecho hospitalario de Reina, por si intentan rematarla). “Nosotros somos su familia, nos corresponderá cuidarla” [74], sentenciará Luciano y nos recordará aquellas viejas películas en las que los blancos, en algún lugar de Asia o África, se sentían unidos por un poderoso sentimiento de solidaridad ante los primitivos autóctonos.

Estos europeos buscan en San Cristóbal, parece, “un espacio desde donde desafiar el modo único y global del vivir posmoderno” [37], o “refugios para sus malas conciencias” [96]. Eso, al menos, dice Camila, lo que está en sintonía con lo que le transmite un informante mexicano: “Algunos [extranjeros] vienen con enormes angustias, como si nosotros se las fuéramos a calmar con nuestra guerra” [75]. Con angustia o sin ella, Camila, en determinado momento dirá: “Y aquí voy, encaminando mis pasos hacia mis nuevos amigos, los que en su desabrigo ideológico y vivencial encontraron en el sureste mexicano un nuevo espacio en la tierra donde las utopías resucitaron, pequeñas, fragmentadas, con fronteras muy delimitadas, pero utopías al fin” [121]. El lector tendrá dificultades para elaborar un listado de esas utopías pequeñas, excepto que por pequeñas utopías entienda la justicia y la democracia que el subcomandante Marcos y los suyos exigieron con su levantamiento en 1994.

Luciano es el héroe de la novela, ejerce de pintor, con las manos permanentemente sucias de óleo, no se peina, “tampoco se cambia de ropa”, pese a lo cual “huele a una mezcla incendiaria de trementina y limón, como si, a pesar del trabajo, la limpieza encontrara permanentemente una ranura por la cual deslizarse”. Ahora bien, eso sí, una vez al año, Luciano “se presenta en las oficinas de la compañía de diseño de Milán para hacer el trabajo que le financiará el resto de su tiempo en San Cristóbal” [61]. ¿Será ésta la utopía final de los europeos?

Luciano es hijo de una pareja de partisanos comunistas, lo que lleva a Camila a entender “su sólida formación política y su falta de indiferencia hacia el destino de los pobres del mundo” [63]. Estas dos cualidades son, para él, la mejor herencia de sus progenitores; “al contrario que yo”, dirá Camila. Y no sabemos dónde radica exactamente la diferencia, puesto que también ella es hija de izquierdistas, y pareciera que la formación política fuera hereditaria. Quizá lamenta haber heredado de sus padres el no ser indiferente ante el destino de los pobres. En según que pasajes de la novela, es difícil entender lo que dice o piensa Camila.

Luciano habla, en ocasiones, como un Bogart de pacotilla (“si me necesitas, llámame, pelirroja, que no haré preguntas” [70]), pero suele ser pretencioso y cursi: “el brillo de esos ojos [los de Camila] habría avergonzado al mismo sol” [201]. Como es italiano, para que nadie se olvide, suponemos, muchas de sus frases comienzan con dos palabras en su idioma, del estilo de bella, bella, o va bene, va bene. O, por ejemplo, pregunta a su interlocutora Ti pare? [110]. Hay ocasiones en la que va más lejos, en lo de la italianidad: “Ma, che cazzo fai li?” Y Camila, criolla ella, le responderá: “Háblame en español, no te entiendo” [189].

Jean Jacques, hijastro de un republicano español, --“es el patriarca, el hombre grande” dirá de él Luciano y entendemos que se referirá a que es el patriarca de la colonia europea--, vive y regenta junto a su madre un restaurante de cocina francesa, el mejor de la ciudad, referente culinario al que “han agregado imaginativamente elementos locales, produciendo algunos platillos de esmerada sofisticación” [64]. Ninoska, la madre, una judía de Odessa que se ha enfrentado en su vida, dice Camila, a los comunistas y a los nazis, “es una mujer rubia y gruesa, su cuerpo generoso obliga a poner en duda los beneficios que rigen la estética anoréxica actual” (sic) [65], y, como su hijo, “cree rabiosamente en la causa zapatista” [65]. El lector ignora si lo de la creencia rabiosa se lo dijeron a Camila Jean Jacques o su madre, o es una deducción de la sagaz periodista amateur.

Dun y Leslie, la pareja de lesbianas, holandesa y australiana, respectivamente, son muy felices en Chiapas con sus perros y sus litografías. Tras el atentado contra Reina Barcelona, “como Leslie, su pareja, visita estos días su país, Dun aseguró contar con todo el tiempo del mundo, todo el que no le quiten los perros” [111] (es entrenadora de canes), para cuidar a la más comprometida de las zapatistas, mortalmente herida. Pese a que Camila es la recién llegada al grupo, le serán encargadas dos misiones que, aparentemente, nadie puede cumplir: el grupo delegará en ella la tarea de alimentar a los gatos de Reina (la india Paulina, pese a ser la ayudante de Reina en su librería, ni tenía llave ni nadie pensó en ella para este cometido) [152]; la segunda es, a petición escrita de la uruguaya malherida, llevar una caja a Ocosingo. Ambas ocupaciones, especialmente la segunda, recaen sobre Camila sin que el lector sepa el porqué. ¿Habrá tantos extranjeros en Chiapas que el mejor correo zapatista para no llamar la atención de los represores será una chilena pelirroja?

San Cristóbal estimula los sentidos de Camila, sus calles “caóticas, locas, contaminadas de comercio callejero, de olores a comida, de indígenas mezclados con alemanes, holandeses, españoles, pieles de todos los tonos, sonido de todas las lenguas, artesanías de todos los colores, niños pequeños mendigando dinero, joyerías con el ámbar en sus vitrinas y tiendas y hoteles por doquier contradiciendo a la miseria, restaurantes vegetarianos, avisos esotéricos, tigres de cerámica, multiculturalismo ensamblado entre tamales y sarapes. En un muro, un graffiti: ‘Vamos con Marcos’” [80]. Quizá entre tanto turista político, pensó Reina desde el hospital, Camila era la mejor mensajera. El lector deduce, seguramente, más que lo que la autora induce.

El barniz izquierdista

Pese a la etiqueta de izquierdista que exhibe la autora de la novela (posibilista de razón y revolucionaria de corazón), la novela tiene muchas trampas ideológicas y destila un tufillo inequívocamente reaccionario. Tres personajes constituyen el sustento ideológico de la novela: Reina, la uruguaya revolucionaria; Dolores, la revolucionaria chilena, madre de la protagonista; y, claro, la propia Camila.

Reina Barcelona es una uruguaya de infancia desgraciada (maltrato materno, como poco y no se sabe si incesto) que viajó al Santiago de la Unidad Popular con 16 años. Tras el golpe de Pinochet ingresó en el MIR y fue encarcelada, lo que le permitió conocer a Dolores, la madre de Camila. Luego fue expulsada de Chile. Tras el fin de la dictadura uruguaya, Reina vuelve a Montevideo, ingresa a su madre en un manicomio y se marcha a combatir con la guerrilla en Guatemala, ya en los años ochenta. Es una mujer aguerrida, para quien “aquello de las nacionalidades es pura pendejada” que, sorprendentemente, no parece haber pasado ni por la Nicaragua sandinista ni por la Cuba castrista. En Guatemala, nos contará Camila, Reina “no se la había podido con la guerrilla” aunque lo peor “lo duro de encarar y, más tarde, de asimilar fue el elemento de deshumanización de su propia ideología” [249]. No se nos dice que pasó a Reina en Guatemala para que decidiera subir un poco hacia el norte e integrarse en el EZLN comandado por Marcos. Sin noticias, igualmente, del cómo y el por qué de la deshumanización.

Reina, a quien Camila odiará y admirará (tal como le sucede con su madre), tiene una visión histórica castrista clásica de América Latina. Cuando la chilena le pregunta a la uruguaya si lo del zapatismo no es una locura, ésta le dará una píldora de historia condensada de América Latina: “Mira, Camila, en América Latina resulta posible lo que en otros lugares sería una locura [cursiva en el original], que un puñado de hombres resueltos cambien completamente la historia. La magnitud de las injusticias y las desigualdades permiten de vez en cuando que el máximo voluntarismo se convierta en un proyecto realizable. Hernán Cortés, sólo con seiscientos hombres y dieciséis caballos, terminó con un imperio inmenso al que los historiadores le calculan más de veinte millones de súbditos, no eran muchos los españoles, ¿verdad? Fidel desembarcó en la isla con ochenta y dos hombres y se tomó la primera guarnición con treinta, la mayoría de ellos reclutados hacía un mes” [236].

Más allá de la anécdota del tándem Hernán Cortés-Fidel Castro, que sería divertido analizar, y de que pasó tras el asalto al Cuartel Moncada, el razonamiento de Reina, no se sabe si compartido por Camila/Marcela, es de una simpleza extraordinaria. Como la injusticia y la desigualdad es tanta, la locura de unos pocos es posible que conduzca a la salvación. Pareciera que la historia de América Latina está jalonada de revoluciones triunfantes. Pareciera que en el año 2000, desde el que se narra, ni Reina Barcelona, ni Camila Sánchez sepan no ya de Nicaragua, sino de la mismísima Cuba. ¿Qué fue de la revolución liderada por Fidel Castro? ¿Es el modelo castrista el que Reina Barcelona propicia en el EZLN?

Políticamente, Camila es una ingenua que raya en la necedad. Tras el atentado contra su reciente amiga Reina, la protagonista reflexiona: “las cosas en Chiapas parecen ser más serias de lo que yo he percibido hasta ahora” [59]. ¿Cómo que serias? ¿Qué pensaba antes de viajar a San Cristóbal de lo que estaba pasando en Chiapas? Algo sabemos, por lo menos, de lo que pensaba del máximo dirigente zapatista: “Sentía que la atracción de la imagen del subcomandante Marcos era sólo mediática, sin solidez alguna, y que su personalismo y vanidad nublaban cualquier causa que hubiese tras él” [28]. Ahora ya no lo piensa, ¿por qué?

La madre, Dolores, le escribe por correo electrónico y le pone negro sobre blanco, desde su experiencia política, las cosas claras a la hija: “quiero decirte que todo lo que ha pasado en Chiapas me emociona porque no me cabe duda que el levantamiento de los indígenas y su lucha es justa y hermosa. Y creo que gran parte de esto se debe a Marcos. Pero, para mí, también ahí está el enigma; porque éste es nuestro problema, Camila, y nuestro gran fracaso. Es terrible pensar que hoy sólo los personajes mesiánicos, iluminados, son capaces de desatar los cambios que nuestra Latinoamérica necesita” [127]. ¿Claras? Entre Reina y su madre, la pobre Camila continúa sin entender nada.

Además, el apuesto italiano todavía confunde más a Camila. Luciano, de quien la protagonista piensa que –recordémoslo-- tiene una sólida formación política, es muy pesimista porque tiene miedo de los fanáticos: “Y la vida, cara mia, no ha hecho más que comprobar que el después que ellos [los fanáticos] construyeron era tan gris como el antes contra el que lucharon” Luciano no nos informa de que experiencias le permiten tan aguda reflexión. Además, ¿dónde ha visto Luciano el fanatismo últimamente? Se lo confiesa a Camila: “A veces diviso ese veneno en los ojos de Reina” [113]. Eso sí, el movimiento zapatista es, fanático o no, perfectamente moderno: “Así son los conflictos después de la caída del muro: pequeños, fraticidas, parroquiales” [114]. Con estos seminarios de línea política que le imparte Luciano, las reflexiones político-maternales de Dolores y las píldoras de historia condensada de Reina, Camila no va a salir de la indigencia política.

Esta pobreza, esta liviandad, si somos benévolos, es la que caracteriza el discurso de Camila en torno a Chile, quizá los pasajes en los que Marcela Serrano aparece con más nitidez. La novelista ha declarado recientemente: “Soy una desencantada de la transición chilena, pero comprendo que, frente a la dictadura, es una maravilla. ¿Me entiendes? La dictadura es lo peor” (Cartelera Turia, nº 1975). Sí, pero no. Amagar y no dar. Esa es una constante en la novela. Políticamente correcta, en todo momento: una de cal y una de arena. Ya ha dicho más arriba que ella es la esposa de un político socialista, ella misma está afiliada, y el Partido Socialista forma parte de la coalición que gobierna Chile desde 1990. Con sus aciertos y errores, con sus méritos y sus deméritos, con su generosidad y sus mezquindades, la Concertación de Partidos por la Democracia merecería un poco más de compromiso, del que tanto alardea, en las declaraciones de Marcela Serrano. Prefiere refugiarse, como en la novela de la que hablamos, en la ambigüedad.

En Lo que está en mi corazón, la equívoca posición de la Serrano la representa Camila y la traslada al lector a través de la doble posición de sus progenitores: suponemos que ambos provienen del Partido Comunista o del ala izquierdista del Socialista, pero mientras que la madre, Dolores, permanece fiel a los viejos principios, el padre se ha adaptado a los nuevos tiempos: “Los muros caídos también se introdujeron en mi hogar. Poco a poco los caminos que recorrían mis padres se fueron haciendo opuestos y acabaron por desvanecer también sus afectos: uno se instaló en el reino del desencanto, la otra en el del empecinamiento, de tal modo que sus visiones los llevaron a un creciente antagonismo” [119]. Por ello, mientras que la madre se nos ofrece como éticamente irreprochable, se sacrifica al padre quien engrosó “las filas de esa otra izquierda profesional y pragmática, concentrada en la gestión inmediata de las cosas, despreocupada de la posteridad y desembarazada del futuro” (cursiva en el original) [120]. ¿Dónde está Marcela Serrano?

No a los mesiánicos, no a los fanáticos, no a los despreocupados y desembarazados. ¡Instalémonos en el desencanto! Seguramente esto ayudará a vender más libros.

Pese a todo, donde Marcela Serrano quiere echar el resto es en lo que tiene que ver con las mujeres.

Los valores de género

Camila se aleja físicamente de Gustavo al viajar a Chiapas, haciendo explícito un alejamiento sentimental que se ha producido porque ella se ha sentido incomprendida en su dolor por la muerte del hijo. Gustavo, además, es un tipo al que se nos perfila con uno trazos cortantes que lo dejan malparado. Camila nos cuenta: “El hecho es que soy el basurero de mi marido (...) Todas las cargas negativas de Gustavo terminan en mí (...) Estoico, mi pecho va recibiendo los dardos de su amargura pasajera: que su mejor reportaje no fue evaluado como correspondía (...) que a la secretaria, idiota ella, se le borró el archivo requerido del computador (...) que los irresponsables de la tintorería arruinaron su traje azul, que en el restaurant los spaguetti no estaban al dente (...) No importa cuál sea la razón, el punto es que toda ira –en él--, al contar con un depósito, está salvada” [79].

Seguramente Gustavo, además, no friega los platos. No es sólo porque él sí lo hace, por lo que Camila se enamora de Luciano, pero tiene mucha importancia. Para Camila, arrebatada ya por la voluptuosidad, la cosa está clara: “Miraba el acucioso actuar de Luciano en la cocina y recordé que antes yo solía afirmar que, si en una pareja la igualdad se manifestaba en paridad intelectual, la batalla estaba ganada, relegando lo doméstico a un segundo plano, casi a un detalle secundario producto de la obsesión de las primeras feministas. El tiempo me ha dicho que estaba errada; si el mundo doméstico no se comparte, la brecha entre lo público y lo privado no se cerrará jamás (...) si tu hombre no lava contigo los platos, la maldición milenaria permanece [sic]. Pensé, entonces, que Luciano debía ser un buen compañero de vida” (sic) [199].

Con estas referencias ideológicas, ¿cómo es que la novela se vende como una obra comprometida con las mujeres?Marcela Serrano, ya lo hemos dicho, ora afirma ora niega ser feminista, según le parece, pero más allá de sus afirmaciones retóricas lo que el libro transpira es una concepción conservadora, cuando no reaccionaria, de las relaciones entre hombres y mujeres. Luciano estimula sexualmente a Camila, lo que se refleja en el relato con pedanterías y cursiladas del tipo de “Me diluí dentro de algo enorme y completo. El estampido. Que mata sin ton ni son. Trompetas y cítaras. Cítaras y trompetas. Arpas, tambores y danzas” [202]. Ella confiesa tener “lánguidas aprensiones de una latinoamericana un poco conservadora”, y se siente indefensa ante un “europeo liberal” como Luciano [198]. Con Gustavo, parece, las cosas eran distintas, más sencillas, como nos cuenta al rememorar un incidente con una ex amante del marido cuyo recuerdo la atribulaba: “Mi amor, ¡la cama no se trata de contorsiones!, fue lo primero que respondió [Gustavo]. Luego, debo reconocer, cada una de sus palabras me confirmaron, pequeños arroyos en cauce para desembocar en un río celeste” [93].

Basurero de su marido, desarbolada excepcionalmente por la pasión del europeo liberal, Camila acabará, pese a todo, volviendo junto a Gustavo, “un compañero amable y solidario, el que fue siempre, probablemente, y mis ojos, en su luto, no supieron ver” [267]. Bien está, lo que bien acaba.

¿Por qué se vende este libro como se vende?, nos preguntábamos al principio. Quizá será mejor que responda la propia Marcela Serrano. Preguntada por las razones por las que llegó a finalista del premio Planeta, la escritora chilena afirma que su novela tiene dos valores: “uno es contar con las mujeres (...) al escribir de mujeres de alguna forma estoy rescatándolas, reinventándolas. Camila es una persona común y corriente, y las mujeres comunes y corrientes que leen la novela, creo que entenderán que tengan la edad que tengan, todavía pueden hacer un enorme cambio en su vida, pueden volver a diseñar su vida si el diseño anterior no les complacía. El segundo es el aspecto político y social de la novela, hablar, contar sobre Chiapas” (Cartelera Turia, nº 1975). Tengamos en cuenta un elemento que amplía este segundo aspecto, puesto sobre la mesa por la misma Serrano en la citada entrevista: “En alguna parte de su subconsciente, los extranjeros siempre buscan respuestas en América Latina. Creo que tiene que ver con la orfandad revolucionaria, con la posibilidad de creer que las utopías aún son posibles”.

Bien, son dos razones y, a lo que parece, Marcela Serrano es una consumada especialista en ofrecer al mercado productos competitivos. Será, pues, por lo que ella dice, más allá de que en Lo que está en mi corazón ni se reivindica la utopía ni la protagonista vuelve a diseñar su vida.

Esta novela es un sucedáneo como literatura comprometida con las mujeres, con las de Europa y, especialmente, con las de América Latina. Además, es lamentable que con objetivos mercantiles se refuercen los estereotipos izquierdistas de los años setenta sobre América Latina. De aquellas simplificaciones se derivó mucha sangre y mucho dolor, demasiado como para que parezca que no hemos aprendido nada. Quizá Marcela Serrano pudiera transmitir a sus lectores y lectoras que, en el subcontinente del que se dice voz autorizada, la utopía a perseguir es la democracia, el Estado de Derecho que reconoce y garantiza la igualdad de todos y todas, la alimentación adecuada, la enseñanza y la sanidad públicas, universales y de calidad.
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