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    AUTOR
Stefan Zweig

    GÉNERO
Memorias

    TÍTULO
El mundo de ayer. Memorias de un europeo

    OTROS DATOS
Traducción de J. Fontcuberta y A. Orzeszek. Barcelona, 2001. 546 páginas. 3900 pesetas (22,27 €)

    EDITORIAL
El Acantilado




Reseñas de libros/No ficción
Stefan Zweig o las memorias de un cosmopolita en peligro: El mundo de ayer. Memorias de un europeo
Por José María Lassalle Ruiz, viernes, 14 de diciembre de 2001
Comenzadas cuando las divisiones panzer alemanas se aproximaban a París, las memorias de Stefan Zweig constituyen el dramático pero fascinante testimonio de un novelista extraordinario que tuvo que abandonar una Europa por ser austríaco, judío, escritor, humanista y pacificista.

Hay libros que desde un primer momento son capaces de atrapar al lector en una suerte de rapto amoroso, incluso cuando, como sucede con el caso que nos ocupa, lo hacen ofreciéndonos el testimonio desgarrado de una de las víctimas de los totalitarismos que destruyeron la idea cosmopolita y civilizada de Europa.

Por eso precisamente, porque vivimos bajo la vorágine de una época que recuerda aquel reinado de los “Tiempos sombríos” del que hablara Bertolt Brecht, la lectura de El mundo de ayer. Memorias de un europeo de Stefan Zweig (Viena, 1881, Petrópolis, Brasil, 1942) nos brinda un documento biográfico de primera mano sobre los efectos políticos y morales que es capaz de desatar el odio irracional que portan consigo alguno de esos discursos de barbarie que, como sucede hoy con el integrismo islámico, o ayer con el nazismo o el comunismo, instituyen un “dogma deliberado y programático de antihumanidad” que aboca a los hombres a esa vivencia atroz del horror y el odio colectivos.

Escritas en su mayor parte en la habitación del hotel brasileño en el que vivía exiliado, las memorias que reseñamos aquí fueron terminadas poco antes de que se suicidara, dos años después de su huida de Europa

Comenzadas cuando Zweig decidió abandonar Europa en la primavera de 1940, estas memorias fueron cobrando forma bajo el efecto de las noticias que hablaban del imparable avance de los pánzer de Hitler. De hecho, la descripción que hace de su estancia juvenil en el París de antes de la Primera Guerra Mundial se haya mediatizada por el hecho de saber que la capital francesa acababa de caer en manos alemanas, de modo que aquella imagen luminosa y brillante, repleta de encanto y felicidad que tenía alojada en su memoria nos la muestra entenebrecida por la sombra de la svástica que se proyectaba al tiempo de redactar las páginas dedicadas a sus vivencias parisinas. Escritas en su mayor parte en la habitación del hotel brasileño en el que vivía exiliado y sin más ayuda que el pasado que llevaba “detrás de la frente”, las memorias que reseñamos aquí fueron terminadas poco antes de que se suicidara, dos años después de su huida de Europa, quizá porque como anticipa premonitoriamente en su prólogo: “¡hablad, recuerdos, elegid vosotros en lugar de mí y dad al menos un reflejo de mi vida antes de que se sumerja en la oscuridad!”.

Decía Hofmannsthal con esa sabiduría estética que hizo de él uno de los poetas más grandes que dio el desquiciado siglo XX que “la riqueza, lo que moralmente es posible, está representada interiormente en formas, no en conceptos. Así se distingue al que ha penetrado en el templo de la formación del que permanece en el umbral”. Y esto es lo que precisamente se percibe desde la primera página del libro que comentamos: esa formación sólida que engendra la libertad de los espíritus egregios y que toma nota de la pluralidad del mundo sin perder la cohesión necesaria para la vida. Por eso resulta llamativa la serenidad admirativa con la que Zweig escribe sobre la seguridad del universo paterno en el que nació y que las generaciones posteriores desbarataron debido a un exceso de vitalidad fáustica y, sobre todo, a una autoconfianza ciega en las posibilidades que irradiaba una Modernidad burguesa que se creía capaz, incluso, de digerir su propia negación.

Lo más significativo del libro es contemplar el atractivo trágico de los detalles de la vida de un hombre excepcional que fue capaz de seguir viviendo obsesionado por el fenómeno misterioso de la “creación” artística y, con ella, del cultivo de la belleza y la eternidad

En este sentido, las memorias de Stefan Zweig tienen mucho de esa reflexión que Machado de Assis comenta en Esaú y Jacob cuando dice: “Querido amigo, yo no sé cómo ocurrió todo, y así te lo cuento. Si no hay más remedio lo explico, con la condición de que ello no se convierta en habitual. Las explicaciones roban tiempo y papel, retrasan la acción y acaban por aburrir. Lo mejor es leer con atención”. Y mucha atención precisamente es la que logra despertar el relato de vivencias y acontecimientos que Zweig nos pone delante de los ojos. Pero una atención trágica y ceñuda que nos sumerge en una especie de “impaciencia del corazón” en la que el lector no puede eludir la impresión que engendra el dolor ajeno, incluso cuando es colectivo y se asocia a esa sucesión inenarrable de fracasos históricos que colocaron a Europa al borde de su desaparición.

Y es que bajo aquellas “inmensas fuerzas impersonales” de las que hablaba T. S. Eliot, todo lo conseguido por generaciones y generaciones de europeos fue malbaratado atrozmente en medio de una especie de aquelarre demoníaco que golpeó sin tasa el espeluznado rostro de una civilización que, en apenas tres décadas, fue sacudida por terremotos históricos que provocaron no sólo la caída de imperios milenarios, sino la edificación de tiranías y ensayos revolucionarios que hicieron del sufrimiento algo mecánico.

Con todo, lo más significativo del libro es contemplar el atractivo trágico de los detalles de la vida de un hombre excepcional que fue capaz de seguir viviendo obsesionado por el fenómeno misterioso de la “creación” artística y, con ella, del cultivo de la belleza y la eternidad, y todo ello, en medio de las ruinas provocadas por el más “enfervorizado triunfo de la brutalidad de cuantos caben en la crónica del tiempo…”, un triunfo que, edificado sobre la derrota de la razón, hizo cierta aquella reflexión de Trostki que recordaba que aquel que hubiera deseado llevar una vida tranquila, “no debería haber nacido en el siglo XX”.

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