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Carlos Malamud es profesor de Historia de América de la UNED y Subdirector del Instituto Universitario Ortega y Gasset

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Hugo Chávez

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Fidel Castro

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Salvador Allende y su mujer, Hortensia Bussi

Salvador Allende y su mujer, Hortensia Bussi


Análisis/Política y sociedad latinoamericana
Venezuela: el comandante se quita la careta
Por Carlos Malamud, sábado, 1 de diciembre de 2001
En una reciente rueda de prensa, el comandante Hugo Chávez, presidente bolivariano de Venezuela, esgrimió amenazador un fusil con el objetivo claro de transmitir a los opositores a su régimen un mensaje contundente: la revolución no tolerará la menor crítica y, si fuera necesario, se defenderá con la violencia.
La evolución de la vida política venezolana resulta cada vez más complicada y la mayoría de los analistas no se pregunta si el comandante Chávez permanecerá en el gobierno hasta el 2006 sino cuándo va a caer. Caracas se ha convertido en una verdadera usina de rumores que dan cuenta de múltiples conspiraciones con el objetivo de acabar con un régimen que cada vez muestra más su verdadero rostro dictatorial y represivo. Es verdad que el descenso en los precios del petróleo recorta los ingresos del Estado venezolano y limita las posibilidades de seguir aceitando la maquinaria clientelar, devoradora permanente de fondos públicos, pero lo cierto es que el deterioro del gobierno viene de lejos y la pérdida progresiva de popularidad no es algo nuevo. De hecho, la probada incompetencia del gobierno se ha manifestado tanto con precios altos como con precios bajos. Es más, dadas las características particulares de los petróleos explotados por Venezuela, pesados mayoritariamente, la política impulsada por Chávez ante sus socios de la OPEP de recortar la producción para mantener altos los precios puede ser suicida para el futuro del sector. Muchos pozos que cierren hoy serán imposibles de abrir en el día de mañana.

La vida política se recalienta por varios motivos. En primer lugar porque el oficialismo ha perdido las elecciones sindicales. Después de los múltiples esfuerzos del régimen por construir un movimiento sindical a su imagen y semejanza, siguiendo los dictados peronistas del que fuera asesor áulico del chavismo, el argentino Norberto Ceresole, el MVR (Movimiento por la V República) se encuentra seriamente tocado y cada vez más aislado después de las deserciones del Polo Patriótico y del MAS. La oficialista Fuerza Bolivariana de Trabajadores (FBT) perdió estrepitosamente las elecciones por el control de la Confederación de Trabajadores de Venezuela (CTV), que quedó en manos del Frente Unitario de Trabajadores, próximo a Acción Democrática (AD). Las cifras son elocuentes: un 15,84% obtenido por los bolivarianos frente a un 57,46 de la oposición. Más allá de los recursos en marcha que tienden a cuestionar la legalidad de los comicios, lo evidente es el aislamiento gubernamental entre los trabajadores sindicalizados.
La gran duda que se plantean algunos observadores es si los Estados Unidos tolerarían un golpe militar contra Chávez o, por el contrario, mantendrían la doctrina de las últimas administraciones favorable a la vigencia de las instituciones democráticas

La opinión pública y publicada también se muestra contraria a los usos y costumbres bolivarianos. El comandante Chávez posee una pasión por la verborrea sólo comparable a la de su amigo el comandante Castro y con el objetivo de dar rienda suelta a su pasión gusta que su voz y su figura se propalen por las ondas televisivas y radiofónicas de todas las emisoras nacionales. Para lograr sus medios es necesario que todas las emisores emitan en cadena, una medida de obligado cumplimiento. Pues bien, para evitar oír a Chávez, los sectores medios y altos de las principales ciudades del país han apostado por las caceroladas en aquellos momentos en que el comandante está en el aire. Aceptar la disidencia y la opinión del otro nunca fue una característica del golpista comandante Chávez que a lo largo de su vida política siempre ha seguido la máxima maoísta de que el poder nace de la boca del fusil. Por eso ha iniciado una campaña para responder con petardos y música revolucionaria (¿tiros?) a las caceroladas.

La actitud de los Estados Unidos con Chávez se ha endurecido en las últimas semanas, especialmente tras las críticas a la intervención norteamericana en Afganistán. El comandante no se recató en absoluto a la hora de caracterizar los bombardeos norteamericanos como actos terroristas junto a extrañas divagaciones sobre quiénes eran terroristas y por qué. Estas manifestaciones estrafalarias provocaron la retirada inmediata de la embajadora de los Estados Unidos en Caracas y una serie de señales de signo muy claro: se canceló una ayuda de 12 millones de dólares para combatir el narcotráfico y cada vez son más complicadas las relaciones de cooperación militar entre ambos países. La gran duda que se plantean algunos observadores es si los Estados Unidos tolerarían un golpe militar contra Chávez o, por el contrario, mantendrían la doctrina de las últimas administraciones favorable a la vigencia de las instituciones democráticas.
El verdadero peligro no es que Pinochet no venga sino que Chávez se convierta en Pinochet

Es obvio que un golpe militar en Venezuela no ayudaría a la estabilidad de su sistema político y mucho menos al futuro del país, pese a que la desaforada política chavista lo ha conducido a un callejón sin salida. La reforma agraria de carácter expropiatorio que se quiere implementar sólo va a servir para crispar más la situación. Pero parece que es eso lo que Chávez quiere, justificar la aplicación del estado de excepción, lo que le permitirá aumentar la represión policial sobre las todavía dispersas fuerzas de la oposición. La burda comparación con Allende y con la posibilidad de que su régimen acabe como el chileno va por el mismo camino. En realidad, lo único que se pretende es buscar una mayor legitimidad en la izquierda latinoamericana e internacional recordando las metas socialistas de Allende y poniendo en alerta a sus connacionales sobre el riesgo de la aparición de un nuevo Pinochet. El verdadero peligro no es que Pinochet no venga sino que Chávez se convierta en Pinochet.

Los primeros días de diciembre serán capitales para evaluar la evolución de los acontecimientos y la fuerza de la oposición. Para el 7 se ha convocado una manifestación para pedir la renuncia del presidente y para el 10 una huelga general, impulsada por la patronal Fedecámaras y por los sindicatos, para rechazar el paquete de 49 leyes impulsado por el Poder Ejecutivo. El reforzamiento de los partidos políticos tradicionales, tan denostados por el chavismo y la consolidación de nuevas opciones son el mejor camino para garantizar la alternancia y evitar que haya Chávez hasta 2013. Sin embargo, la negativa del presidente a renunciar abre muchos interrogante sobre el cómo y el cuándo de su salida. Salvo en el grupo más fiel y en el 30% de la población que todavía lo respalda la cuestión está clara: con Chávez no hay futuro para Venezuela
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