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Joan del Alcàzar es profesor de Historia Contemporánea de América de la Universidad de Valencia

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Cartel

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Las televisiones dan la noticia de la invasión

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Llegan las naves

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Las inmensas naves se mantienen amenazadoras sobre las ciudades más importantes

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El presidente Whitmore

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El técnico especialista en comunicaciones, David Levison

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La primera dama de los EE.UU.

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Reunión preparatoria del primer ataque

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Destrucción de la Casa Blanca

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Escena del ataque extraterrestre

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La destrucción se extiende

La destrucción se extiende

La bailarina de striptease, Jasmine, y su hijo

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El primer encuentro cara a cara del presidente con el enemigo extraterrestre

El primer encuentro cara a cara del presidente con el enemigo extraterrestre

El capitán Stiller y el técnico en comunicaciones David Levison idean el contraatque

El capitán Stiller y el técnico en comunicaciones David Levison idean el contraatque

La mujer del técnico, y colaboradora del presidente, Levison y su padre

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En el área militar secreta

En el área militar secreta

Escenas del ataque de los aviones norteamericanos

Escenas del ataque de los aviones norteamericanos

La destrucción de las naves extraterrestres

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Osama Bin Laden

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Vista de las Torres Gemelas

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El ataque de los extraterrestres en Nueva York

El ataque de los extraterrestres en Nueva York

La zona cero: el World Trade Centre destruido

La zona cero: el World Trade Centre destruido


Tribuna/Tribuna libre
La patria violada
Por Joan del Alcàzar, viernes, 14 de diciembre de 2001
El martes 11 de septiembre de 2001, mientras veíamos las noticias de mediodía en televisión, muchos pensamos durante unos segundos que una señal ajena a la voluntad del realizador del noticiario se había colado inadvertidamente. La secuencia era, talmente, como otras de parecido tenor que habíamos contemplado en las superproducciones de Hollywood desde los años de King Kong.
Sorprendidos, contemplamos un gran desastre urbano, ubicado en esa parte de la ciudad de Nueva York que todos conocemos, admiradores o no de Woody Allen, que es Manhattan. Un avión que impacta, ni más ni menos, contra una de las Torres del World Trade Center, emblema inequívoco del imperio americano. Poco después, otro avión atraviesa materialmente la torre gemela. ¿No habíamos visto ya esa secuencia, u otras muy parecidas?

No, no era una secuencia cinematográfica. No se trataba, esta vez no, de un alarde de simulación de los excelentes técnicos con que cuenta la industria cinematográfica. Hubo ciudadanos, cuentan las crónicas, que tardaron en admitir que el ataque terrorista era precisamente eso: un ataque. Se trató, aceptemos el símil, de una violación, y así fue percibida por muchos. Como escribió el viejo historiador norteamericano Arthur Schlesinger, quien ya fuera consejero privilegiado del presidente Kennedy, el doble atentado de Nueva York y Washington, además de matar a miles de civiles desprevenidos, "violó el concepto que la nación tenía de sí misma y produjo una sensación de vulnerabilidad antes desconocido para la mayoría de los estadounidenses" (El País, 19.09.01).

Más de dos meses después, la aguda mirada de un palestino afincado en la metrópoli imperial, Edward W. Said, nos dice que tanto el gobierno norteamericano como los medios de comunicación de aquel país se han unido de forma eficaz para proyectar una inequívoca imagen de unidad. La unidad de América. La realidad, aunque más compleja de lo que gobierno y medios desearían, tiene como referencia el nosotros. Un nosotros colectivo que está siendo pregonado a los cuatro vientos, un nosotros que se despliega en el ondear de miles de banderas públicas y domésticas. Los periodistas norteamericanos hablan de nosotros desde cualquier lugar del globo en el que se encuentren para referirse a cualquier cosa que tenga relación con los Estados Unidos: "Nosotros bombardeamos, nosotros decimos, nosotros decidimos, actuamos, sentimos, creemos, etcétera" (El País, 20.11.01). Y eso, decimos quienes no somos estadounidenses, ya lo habíamos visto antes. Cuanto menos en el cine.
Una película como Independence Day, pese a su formato de comic, vista con los ojos que se nos han quedado después del 11 de septiembre, nos abre una inmensa ventana a la comprensión y el análisis de la imagen que la sociedad norteamericana transmite al exterior porque, en buena medida, es en la que se reconoce a sí misma

Quien no recuerda una película que se mantuvo durante semanas en pantalla de las salas comerciales, en la que el mundo era atacado por unas gigantescas naves espaciales tripuladas por unos alienígenas depredadores que pretendían ocupar el planeta tras la eliminación física absoluta de la raza humana. Aquellos seres de otra galaxia no perseguían otro objetivo que adueñarse del planeta Tierra, no pedían nada, no querían negociar. Sólo exterminar a los humanos y ocupar la tierra. En el film, el personaje que representa al presidente de los Estados Unidos, Thomas J. Whitmore, encarnado por el actor Bill Pullman, exclamará al final de una secuencia especialmente impactante: "Hay que matar a esas bestias". La raza humana está en peligro de extinción por el ataque de una fuerza armada tecnológicamente superior y aparentemente indestructible. El mundo, sin embargo, los distintos países, no tiene respuesta. Los Estados Unidos, sí.

Tres personajes se encargarán de salvar el mundo cuando ya todo parece perdido: el presidente Whitmore, un expiloto de caza, héroe en la Guerra del Golfo (el ya citado Bill Pullman); un joven y valeroso piloto de combate, excesivamente informal para sus superiores, pero muy simpático y, además, afroamericano (el capitán Steve Hiller, interpretado por Will Smith); y, en tercer lugar, un técnico avezado en comunicaciones, judío no estricto, nada ambicioso y con problemas de amores (David Levinson, encarnado por Jeff Goldblum). Ellos vertebran esta película comercial, Independence Day (Roland Emmerich, Twentieth Century Fox, 1996), en la que, como en otras que podríamos utilizar, aparece ese nosotros del que nos hacíamos eco al citar a Said.

Además, una película como la referida, pese a su formato de comic, vista con los ojos que se nos han quedado después del 11 de septiembre, nos abre una inmensa ventana a la comprensión y el análisis de la imagen que la sociedad norteamericana transmite al exterior porque, en buena medida, es en la que se reconoce a sí misma.

Los historiadores, que estudiamos a los hombres en sociedad estableciendo un diálogo entre el pasado y el presente, podemos utilizar el cine como una más de lo que denominamos fuentes documentales. Existen, desde nuestra perspectiva profesional, tres tipos de documento cinematográfico: a) los films relativos a un acontecimiento o un proceso histórico que no aportan gran cosa como producto desde la perspectiva del historiador, pero son útiles para el análisis de las sociedades en las que han sido producidos; b) los films que abordan un hecho o proceso histórico desde una perspectiva y con un calado que ofrece interés para el historiador, pero no sirven de gran cosa para el análisis de la sociedad en la que han sido creados; y, c) films que sirven para el estudio del hecho o del proceso histórico sobre el que versan y son muy interesantes como documentos válidos para el estudio de la sociedad originaria.
La idea central sobre la que pivota la película es la de civilización amenazada y, junto a ella, otra de la misma fuerza: la de la indiscutible supremacía mundial de los Estados Unidos de América (América, como abreviando dicen en el cine y en la realidad los presidentes de aquel país)

Si quisiéramos analizar un film comercial como Independence Day, (del tipo a, pues) y deseáramos hacerlo para profundizar desde el análisis histórico en el conocimiento de la sociedad norteamericana, podríamos realizar una especie de disección del film de la Twentieth Century Fox. Hagámoslo, siquiera como aproximación, y encontraremos algunas explicaciones para entender la violación de la que hablaba Schlesinger y para dar contenido al nosotros puesto de relieve por Said. Además, y paralelamente, encontraremos algunas ideas que resultarán sugerentes para una mejor comprensión de la sociedad estadounidense.

La idea central sobre la que pivota la película es la de civilización amenazada y, junto a ella, otra de la misma fuerza: la de la indiscutible supremacía mundial de los Estados Unidos de América (América, como abreviando dicen en el cine y en la realidad los presidentes de aquel país). Para dar mayor simbolismo al liderazgo norteamericano, el ataque alienígena comienza el 2 de julio y la batalla finaliza con la destrucción completa de los enemigos exteriores, precisamente ¡el 4 de julio! Por lo que no resulta difícil inferir que el mundo adoptará desde ese día la fecha de la conmemoración de la independencia de las Trece Colonias de la metrópoli británica en 1776, como día de la Independencia Universal. América, líder indiscutido del mundo, ha convertido su día nacional en el día de la Humanidad, en el día de la Civilización.

Y lo ha conseguido, en buena medida, gracias a la capacidad de liderazgo de su presidente. Este aparece como un hombre honesto pero atrapado por la tramoya política de Washington, obligado a reaccionar ante las fluctuaciones de su popularidad, lo que le provoca la distracción de sus quehaceres presidenciales. Son, entenderá el espectador, las mezquindades de la política. Pero, pese a todo, el presidente es un hombre de gran coraje, otrora un héroe en la Guerra del Golfo, una guerra en la que, según dice, "sabíamos lo que había que hacer" (sic). El presidente, el líder del mundo ("tenemos que dejar a un lado nuestras insignificantes diferencias [...] para evitar nuestra aniquilación", en referencia a los contenciosos con rusos y árabes), sólo ejercerá eficazmente como tal cuando ejecute dos decisiones: la primera destituir al Secretario de Defensa, un politicastro inútil y poco claro ("rata de alcantarilla" le espeta el presidente Whitmore); y, la segunda, cuando se enfunde su uniforme de vuelo y se ponga al frente del mega escuadrón que va a atacar la nave alienígena: "Soy piloto de combate. Mi puesto está en el aire", dirá a uno de sus subordinados, preocupado por la seguridad del primer mandatario.

Quizá el espectador malicioso pueda pensar que en el film subyace una ideología de escaso fervor democrático. Los políticos son o ineptos o deshonestos, y cuando no lo son tropiezan con graves problemas. Es por ello que en tiempos de crisis contrastada pudiera considerarse que el peligro es excesivo como para dejarlo en sus manos. La solución: un político que viene de la milicia, a la cual retorna circustancialmente para afrontar el riesgo de desaparición de la humanidad.
Antes de Independence Day, el film, la única amenaza seria para América (usemos su sinécdoque), la más verosímilmente destructiva (los films con terroristas humanos amenazaban con menor capacidad destructora), había de venir de otro mundo, de otra galaxia. Además, los agresores habían de disponer de una tecnología claramente superior

El personaje representado por Goldblum, un judío que compensa lo arquetípicamente WASP que nos resulta el presidente, es un tipo amable, ecologista en horas bajas sentimentales, que no tiene más diversión que jugar con su padre al ajedrez en un parque, y eso desde que su mujer (a la que sigue amando) lo abandonó para trabajar codo con codo con el Presidente (de quien piensa que está enamorada). Este científico, que incomprensiblemente (por su enorme valía) se dedica a resolver problemas de antenas emisoras de televisión instaladas en satélites, demuestra la supremacía absoluta y contrastable de la iniciativa privada. Confrontado con los técnicos que el gobierno norteamericano tiene en una supersecreta Área Militar en la que se custodia un OVNI desde los años cincuenta, demostrará que los funcionarios del Estado son torpes o corruptos, o las dos cosas: Levinson sabrá en pocos minutos mucho más de la nave marciana de lo que los científicos pagados con presupuestos del Estado, con los impuestos de todos, han conseguido averiguar en varias décadas. Suya será la idea de cómo atacar a los agresores: advertido por su padre de que no se constipe, Levinson/Goldblum se dará de bruces con la solución: un virus, ¡hay que inyectar un virus para desactivar el escudo invisible que protege la meganave invasora! ¿Quién lo hará?

Un simpático piloto de combate, el capitán Hiller, enamorado de una excelente y bella muchacha y madre que, esas cosas pasan, se gana la vida como bailarina de striptease. Quizá por esta relación es que sus superiores se han negado ya en más de una ocasión a aceptar la solicitud de incorporación del joven afroamericano a la NASA. Un colega, antes de que se produzca el ataque marciano, le advierte, sabedor de los deseos del piloto de casarse con la chica: "si lo haces, nunca saldrás al espacio". Hay ocasiones que el puritanismo que caracterizó a los Padres Peregrinos parece jugar en contra, pero es sólo aparentemente. El personaje de Will Smith no dudará un segundo en jugarse la vida: él pilotará la remozada nave alienígena capturada años atrás y la utilizará para entrar con astucia en la nave gigantesca, acompañado por el ingeniero de telecomunicaciones. Tanta pericia demuestra el capitán Hiller a los mandos de una nave marciana, que el espectador sólo puede imaginar que se vetó su acceso a la NASA por razones extraprofesionales. ¡Otra vez los políticos como obstáculo para el progreso individual!

La Humanidad se salvará pues, pese a todo, gracias a una hábil combinación de tres factores: el liderazgo, la técnica y el valor. El primero y el último encarnado por militares, el segundo por un civil. Algunas de las que podríamos llamar ideas secundarias del film insisten sobre esto: el ejército aparece como el artífice de la victoria y el valor en combate del soldado americano es ejemplar (el joven piloto derribará un platillo pilotado por un alienígena al que, ya en tierra, reducirá a la vieja usanza: de un fuerte puñetazo). Todo ello está adobado, además, con un nacionalismo simbólico y sentimental, con mucha bandera de barras y estrellas, y aderezado por una religiosidad explícita e implícita ("No hablo con Dios desde que murió tu madre", dirá el padre ajedrecista a su hijo; el joven piloto, por su parte, antes de salir en la que puede ser su última misión, en la antesala del fin del mundo, contrae matrimonio con la bella bailarina que, además de valerosa, ha ayudado a la Primera Dama, la señora Whitmore, herida en el ataque alienígena). América, además, redime a sus hijos descarriados cuando vuelven al redil: un ex-piloto de Vietnam, ahora borrachín e irresponsable, dedicado laboralmente a la fumigación agrícola cuando no está inconsciente por la ingesta de alcohol, tenido por loco por sus paisanos (afirma que fue antaño abducido por alienígenas), será la mano ejecutora que marcará el fin de la batalla: tripulará un avión que estrellará como kamikaze contra el puente de mando de la nave invasora.

Los Estados Unidos son, en la película, la única esperanza de la Humanidad ante la amenaza marciana. El resto de los paises, con sus ejércitos incompetentes ante el tremendo desafío, nada saben oponer como defensa y, por supuesto, acatan el incontestable liderazgo americano. Israelíes, iraquíes, japoneses, rusos..., todos, comunicándose con el sistema Morse (que los alienígenas no saben descifrar), coinciden en la necesaria unidad de los humanos en la defensa de la Tierra, en luchar por su Independence Day: será el 4 de julio.

Debe parecer muy lógico al norteamericano medio que su dia nacional se convierta en día mundial. Vicente Verdú, en su ensayo El planeta americano decía: "América existe [para los estadounidenses] como un Dios, inmanente, omnipresente, incuestionable. América es la utopía en carne viva, el espacio cercado por la providencia, sin vislumbre de confusión". América es la patria de los americanos, personas que en casi el 70 por ciento de los casos, según las encuestas, se confiesan no sólo patriotas, sino muy patriotas. Como añade Verdú, "la patria se ama como a una divinidad benefactora y se reverencia con himnos y ceremonias a propósito de las ocasiones más menudas [...] La creencia en la prosperidad que ofrece aquel ámbito y la fe en una tierra libre, querida por Dios, son las dos caras del mismo ideal religioso en el que flota la sólida peculiaridad de América".

Esa patria fue, como concepto, aceptemos la tesis de Schlesinger, violada el 11-S. El nosotros del que habla Said, cuanto menos ese 70 por ciento de muy patriotas, están desarbolados. Antes de Independence Day, el film, la única amenaza seria para América (usemos su sinécdoque), la más verosímilmente destructiva (los films con terroristas humanos amenazaban con menor capacidad destructora), había de venir de otro mundo, de otra galaxia. Además, los agresores habían de disponer de una tecnología claramente superior a la de la mas fuerte potencia terrícola. Si eso alguna vez ocurriera, sólo con valor y astucia podía pensarse en vencer a los invasores.

¿Qué pasó, sin embargo, el 11-S? Que el ataque fue doméstico, que se produjo desde dentro. La tecnología utilizada por los terroristas fue tan rudimentaria como diestra y coordinada su acción. Y América evidenció cuan inmensa es su fragilidad. No era eso lo que el ciudadano norteamericano había creído durante los más de dos siglos de existencia. Algo se ha roto, algo importante. El nosotros ha sufrido un fuerte traumatismo: el 11-S fue violado el concepto que la mayoría de los norteamericanos tenían de su país. Ni los guionistas de Hollywood ni el común de la ciudadanía hubieran podido imaginar un guión tan amargo.
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